5 #2
—Este libro recoge cuentos y leyendas de terror populares de Westgard.
—Los ojos de Evangeline se volvieron más oscuros, como si la noche durmiera en sus entrañas esperando a que el sol desapareciera para salir—.
Incluye algún relato ambientado en esta escuela.
Ojalá te guste… Creo que logrará hacerte sentir más unido a este lugar.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No quería permanecer más tiempo unido a aquella chica. Asintió y tiró del libro, provocando que ella soltara el extremo que aún tenía agarrado.
—Gracias por tu ayuda, Evangeline. Se me ha hecho un poco larde y debo irme a clase.
—¿Tienes pensado volver por aquí? —preguntó antes de que él pudiera girarse.
Si la pregunta la hubiera hecho cualquier otra persona, Frederick no habría dudado en contestar. Sin embargo, ella poseía algo hechizante dentro.
—Aún no lo sé. Supongo que si me interesan más libros, volveré —respondió, intentando salir del paso. Se frotó la nuca y, aunque su instinto le ponía en alerta, algo le hacía querer permanecer allí unos minutos más.
—En la biblioteca siempre hay algo interesante que descubrir. ¿Me contarás qué te parece el libro?
—Si coincidimos, por supuesto.
—Coincidiremos. —Y su voz asustó a las sombras de las paredes.
—Hasta otro día, Evangeline. Gracias de nuevo por esto.
La noche era maldita y las maldiciones eran suyas.
Si las sombras corrieran por los pasillos con la misma fugacidad que por las paredes, nadie podría escapar de ellas.
¿Alguna vez las has escuchado? Suenan como la misma muerte: chirridos de verja y graznidos de cuervos, tormenta de invierno o goteo de lluvia. ¿Alguna vez las has escuchado?
Lo peor de las sombras es que nadie conoce dónde descansan.
Puede que detrás de ti, puede que bajo tu cama…
Puede que entre los recovecos del baño esperen a que alguien se cepille los dientes para situarse a su espalda y asustarlo a través del espejo.
¿Sabías que utilizan los reflejos para apoderarse de almas ajenas? ¿Alguna vez las has escuchado?
Los sueños no son sueños si en ellos hay oscuridad.
Si la hay, son pesadillas. Y estas no se forman solas.
Son las sombras que se cuelan en tu mente, que tratan de nublar tu descanso.
Una persona cansada es más propensa a percibir cosas inusuales por sus sentidos.
Te mantienen alerta a propósito para conectar contigo. ¿Alguna vez las has escuchado?
Se aprovechan y tiran de tus pies mientras duermes. Se colocan sobre ti y te inmovilizan. ¿Parálisis del sueño? No, no son sugestiones de la mente, sino actos de las sombras que te apresan cuando pueden. ¿Alguna vez las has escuchado?
Nadie sabe cuál fue el origen de las sombras. Sin embargo, se cree que en un rincón de Westgard…
—Oye, tú. Ratón de biblioteca. Que te he hablado —dijo Lukas, lanzándole una almohada a la cara a Frederick.
Cerró de inmediato el libro y se incorporó en la cama con la almohada entre las manos.
—Eres un payaso, ¿lo sabes?
—Me lo suelen decir, gracias. Me esfuerzo un poco por mejorar cada día. —Lukas hizo una reverencia antes de sentarse en su cama—. ¿Qué leías?
—Es un clásico de terror.
—¿Terror? Uf, pensaba que habías dejado de leerlos por las pesadillas.
—Fue una pausa. Todos necesitan descansar de lo que les gusta —aseguró Frederick.
Las comisuras de Lukas descendieron, imitando una cara triste, para nada de acuerdo con la afirmación de su hermano.
—Habla por ti. Yo podría estar de fiesta en fiesta todos los días y no me cansaría.
Esta vez, Frederick suspiró y se frotó la cara.
Lo miró con cierta pena. Su hermano poseía grandes dotes: la pintura le apasionaba, era guapo y gracioso, tan extrovertido que la ansiedad social le tenía miedo a él.
Sin embargo, prefería desperdiciar su tiempo haciendo el gamberro, bebiendo en antros de mala muerte y teniendo el horario de sueño de un murciélago.
—Es un libro muy interesante, ¿sabes? Habla sobre sombras y pesadillas. ¿No llevabas un tiempo soñando con eso? Creo que podría interesarte.
—Sabes que preferiría que una sombra me visitara cada noche antes que acercarme a un libro.
Él asintió. Lukas podía ser muchas cosas, pero para nada era una caja llena de sorpresas.
—¿Lo has sacado de la biblioteca? Aún no he tenido la oportunidad de ir a por mis libros para clase. —Miró por la ventana y se dio cuenta de que el atardecer estaba finalizando. ¿Cuántas horas habían pasado y en qué había invertido todo el día?—. ¿Me acompañarías mañana a por ellos?
Era la primera vez en mucho tiempo que Lukas le pedía hacer algo juntos.
La simple idea de ir con su hermano a una biblioteca le entusiasmaba.
Sin embargo, el recuerdo de aquella chica, Evangeline, regresó a su mente.
Cómo había aparecido de la nada… su deseo de volver a verlo por allí, sumado a las tinieblas que escondían sus intenciones.
—Me encantaría, pero mañana tengo cosas que hacer. Llevo atrasadas las materias de hoy. La profesora de Arte nos ha pedido preparar una exposición y ya sabes que no entiendo mucho.
Jamás le diría a Lukas lo que había presenciado en esa biblioteca o conseguiría que él tampoco se animara a entrar en una. Aunque si le digo que una chica guapa ayuda a encontrar los libros… , tan rápido como lo pensó, lo borró de su mente.
—Está bien, no pasa nada. Iré yo solo. —Se incorporó de la cama y se puso el batín de la Academia.
—¿A dónde vas? La biblioteca ya ha cerrado.
—A darme una ducha y a por un café. ¿Quieres que te traiga algo de comida?
—Que no esté envenenada, por favor.
—No te prometo nada.
Cuando cerró la puerta de la habitación, volvió a sentirse solo.
Le dio la sensación de que la temperatura descendía varios grados, pero tenía que ser cosa suya.
Miró la antología y pensó en retomar el relato ¿Alguna vez las has escuchado?
Aunque sus pasajes consiguieran erizarle el vello, aún no terminaba de conectar con la historia.
¿Hasta qué punto era una narración ficticia y no un ensayo?
La preocupación que el autor dejaba traslucir en las páginas parecía tan real que Frederick creía que le estaba advirtiendo de algo.
Los minutos pasaron y Lukas no volvió. Con el correr de las manecillas del reloj, la noche sustituyó al día.
Ya no quedaba ni rastro del atardecer ni de los últimos rayos del sol, la oscuridad se había comido cualquier resquicio de luz.
Escuchó ruidos en el pasillo. Pronto sería la hora del toque de queda y los alumnos no podrían salir de sus habitaciones hasta la mañana siguiente.
Y Lukas no regresaba.
Frederick se levantó de la cama y se puso una chaqueta. Seguro que su hermano se había metido en problemas y, una vez más, tenía que ir a librarlo de ellos.
Abrió la puerta y se paró en seco antes de salir al pasillo. Apoyada sobre el marco, un rostro conocido lo esperaba. La noche seguía instalada en sus ojos, aunque el brillo de la luna parecía morar en algún resquicio de su mirada.
—¿Quieres conocer los secretos de la noche? —le preguntó. Frederick aún no terminaba de asimilar que ella lo estuviera esperando.
—¿Evangeline? ¿Qué haces aquí?
—He pensado que sería divertido enseñarte los secretos que oculta la Academia. Este es un sitio peculiar, ¿sabes? Los momentos divertidos suceden cuando el sol se esconde…
—No sé si es buena idea… El toque de queda está a punto de empezar y mi hermano…
—No tienes de qué preocuparte. La noche está hecha para los valientes, los que buscan conocimiento. Tú eres esa persona, ¿verdad, Frederick Bellavere?
Nunca le había mencionado su apellido. ¿Por qué lo conocía?
¿Cómo sabía el número de su habitación? Frederick comenzó a sentir una presión enorme en la cabeza.
La visión se le nubló un poco, hasta el punto de que solo era capaz de enfocar el rostro de Evangeline, que parecía querer atraerlo como las sirenas de los cuentos a los marineros perdidos.
—No sé si… —La voz le temblaba casi tanto como las piernas.
—Tu hermano está con nosotros —susurró, acariciándole la cara con sus uñas. Escuchaba la voz dentro de su cabeza, ni siquiera había abierto la boca.
—¿Lukas?
—Lukas… —Saboreó cada sílaba de su nombre—. Él ha sido valiente, Frederick. ¿No quieres saber lo que esconde la Academia de las Artes Oscuras?
Por más que intentase razonar, no podía. El dolor le atravesaba la sien y sudores fríos le empapaban la espalda. Evangeline le tendió la mano y él estuvo a punto de tomarla. Casi podía rozar sus dedos gélidos como la nieve… Casi podía sentir su piel pegada a la suya…
—¡Frederick! ¿Qué haces? —La voz era de Lukas, que tiró la comida que cargaba al suelo en cuanto vio a su hermano solo en mitad del pasillo. Tenía la tez tan pálida que parecía haber visto a un fantasma.
Frederick volvió en sí. Perdió la fuerza en las piernas y cayó de rodillas. Por suerte, su hermano lo sujetó a tiempo. No le quedaba energía, apenas podía moverse. Sentía la cara dormida y una extraña confusión. El dolor de cabeza desapareció poco a poco, al tiempo que recuperaba la visión.
—Ella… Ella quería enseñarme los secretos de la Academia…
Lukas miró en todas las direcciones. Salvo el frío y la noche, nada habitaba las cercanías.
—¿Ella? ¿Quién? Aquí no hay nadie, Fred. Estabas solo en el pasillo cuando he llegado. Hablabas solo…
—No… No es posible. Ella estaba aquí. Era real. La misma chica que me dio el libro.
Las campanas tañeron en la Academia, indicando el inicio del toque de queda. El sonido reverberaba por los pasillos como si se anunciara el día del juicio final.
Lukas se cargó a su hermano al hombro y lo arrastró al interior.
—Vamos dentro. Creo que te vendrá bien descansar.
Al cerrar la puerta, dejaron atrás las sombras, la oscuridad y todos los secretos de la escuela. ¿Quién recorría los pasillos durante las noches para que los alumnos tuvieran prohibido salir de sus habitaciones?
Detrás de las tinieblas, siempre había alguien acechando.
¿Alguna vez la has escuchado?