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La Sociedad de las Artes de Westgard se creó en la Academia en torno
N unca había sido un seguidor acérrimo de la pintura o los museos.
Se odiaba a sí mismo por ello, pero jamás se había preocupado por cómo los trazos de un pincel sobre un lienzo podían evocar los sentimientos de alguien.
Él era mucho más cercano al olor de los libros, el tacto de las hojas y el dibujo de la tinta sobre las páginas formando palabras cargadas de expresividad, interioridad y poesía.
Frederick opinaba que la literatura era superior a cualquier otro arte.
Daba igual si se trataba del verso o la prosa, de la novela o el ensayo: la capacidad del ser humano para expresar en pocas palabras un sentimiento le parecía un poder casi divino.
El detalle de hilar cada sílaba, creando ritmos armoniosos y consiguiendo que otros se identificaran con lo escrito, era para él una labor comparable tan solo con la cocina.
Ante su desavenencia con la materia, se sentía un bicho raro en la clase de Historia del Arte.
El resto del alumnado parecía emocionado escuchando las palabras de Morgana Shaven, la última incorporación al grupo de docentes de la Academia, y él no sabía distinguir si tanto interés se debía a que sus explicaciones eran buenas, innovadoras y cercanas o a que todos estaban enamorados de la profesora.
Los alumnos de la última fila, que estaban más interesados en lo que pasaba al otro lado de la ventana que en la clase, por primera vez atendían con entusiasmo.
A los de la primera fila les brillaban los ojos cuando la señorita Shaven se aproximaba a sus pupitres.
Frederick, sentado en mitad del aula, como casi siempre sintiéndose al margen de cualquier extremo, de cualquier decisión y en territorio de nadie, tan solo buscaba formas de paliar el aburrimiento que le generaba escuchar hablar de Pandinsky, Van Boht o Goniccelli.
Cuando las campanas de la Academia resonaron anunciando el final de las clases, Frederick fue el primero en levantarse para abandonar el aula. Ya desde la puerta, escuchó la voz de la profesora recordando:
—Ya sabéis, clase: para el próximo día quiero que escojáis la obra de un pintor nacional y hagáis un comentario detallado sobre ella.
Apenas conocía el arte clásico como para interesarse por el escaso talento nacional de Eileanor. Si no le quedaba más remedio para aprobar la asignatura, acabaría acudiendo más pronto que tarde a Lukas para que le hiciera las tareas de clase a cambio de las de literatura.
Como durante la siguiente hora no tenía ninguna asignatura, Frederick aprovechó el tiempo muerto para explorar la Academia.
Los pasillos estaban abarrotados de gente y, en cierta parte, prefería marcharse de allí para no sentirse aislado del mundo.
En ocasiones como esa, mientras caminaba esquivando a las personas que se interponían a su paso, se veía insignificante.
Era invisible a los ojos del resto, una mota de polvo entre tanta basura jamás sería percibida por el ojo humano.
Sus pasos lo llevaron hasta el ala oeste de la Academia.
Allí la multitud se dispersaba y el silencio se adueñaba de los pasillos como la oscuridad de la noche.
El resonar de sus zapatos era la única compañía que tenía.
Se sentía desprotegido, desamparado y solo.
Y, sin embargo, estaba mucho más seguro que rodeado del resto.
Su padre siempre le decía que era un lobo solitario que había nacido para actuar por su cuenta y que, por circunstancias de la vida, le había tocado cuidar de una manada que lo lastraría para siempre.
No le gustaba ver a sus hermanos como una carga, menos cuando eran los únicos que aún permanecían a su lado.
No obstante, sí que creía que su estancia en la Academia sería más llevadera —o al menos no le rompería tanto la cabeza— si no tuviera que preocuparse por el bienestar de otros.
Al llegar a la altura de la biblioteca, decidió entrar. El recibidor era un cubículo con un espejo, una sección de destacados y un mapa del recinto. Frederick solo lo revisó hasta dar con la sección de clásicos. Una escuela así debía de contar con los mejores de todos los tiempos.
Ni una sola alma se asomaba por el mostrador de recepción.
Unas cuantas fichas para prestar libros se esparcían por la mesa.
La bibliotecaria se encontraba a unos pasos de allí, junto a una de las grandes estanterías del pasillo, con un carrito repleto de ejemplares que iba poniendo en el lugar correcto.
Frederick miró a su alrededor. En el centro de la sala, dos mesas alargadas servían para que los estudiantes leyeran en silencio.
Sin embargo, no había ninguno. Lámparas de araña colgaban del techo, iluminándolo todo con claroscuros.
Las sombras se proyectaban en las paredes y estanterías como si se tratara de una estampa gótica.
—¿Esto suele estar así de vacío? —le preguntó a la bibliotecaria.
La señora, tan mayor que el pulso le temblaba al colocar un libro en su estante, no le respondió de inmediato. Parecía que no le había oído. No fue hasta que terminó su tarea que se giró hacia él para contestarle:
—Las mañanas son tranquilas. Los alumnos están en el aula o en el patio de la escuela. Nadie invierte su tiempo libre entre clases para meterse en una biblioteca. Salvo en época de exámenes, claro. Entonces está abarrotado y es imposible encontrar un sitio.
A Frederick le pareció una lástima que un lugar tan encantador como la biblioteca recibiera tan poca atención. Si él pudiera, pasaría todas las horas del día allí encerrado con un ejemplar en la mano y disfrutando de la lectura.
Pero no podía.
—¿Puedo ayudarle con algo? —preguntó la bibliotecaria.
—¿La sección de clásicos incluye novelas de terror?
—En esta escuela, lo único que hay son historias de terror. —Al ver que Frederick no se reía, añadió—: Estaba bromeando. Puedes encontrarlas en el pasillo trece. A la izquierda, los clásicos y a la derecha, los contemporáneos.
—Gracias.
Mientras se dirigía en busca de los clásicos, no podía sacarse de la cabeza el comentario tan extraño de la anciana.
«En esta escuela, lo único que hay son historias de terror».
Era una broma, o al menos quería convencerse de ello.
Aun así, no olvidaba cómo el rostro se le había ensombrecido al pronunciar aquellas palabras, como si sus iris guardasen más secretos de los que ella misma quisiera confesar.
A veces, la realidad contenía relatos mucho más escalofriantes que un libro de miedo.
El pasillo trece estaba decorado con telarañas y polvo —aunque tal vez no fuera ningún tipo de atrezzo —.
Los libros no seguían un orden concreto y costaba localizar a los autores por orden alfabético.
Casi todas las ediciones eran antiguas, por lo que las cubiertas se diferenciaban tan solo por el color de sus tapas y no tenían nada más que el título bordado con un hilo dorado casi ilegible.
—Aquí no está, aquí no está, aquí no está, aquí tampoco… —susurraba Frederick mientras recorría con el dedo los lomos de los ejemplares. Marcaba sus huellas en ellos, dejando un rastro de polvo levantado a su paso.
La desesperación crecía en él a raudales, incapaz de creer que una biblioteca pudiera estar tan mal cuidada. El orden era innegociable. Los libros tendrían que poder ser ubicados por sí solos. Nadie se merecía que un autor del mismo género estuviera disperso en siete estanterías distintas.
Cuando tomó la decisión de pedir ayuda a la bibliotecaria, se sobresaltó al comprobar que una chica se encontraba a su lado, observándolo.
—¡Ah! —gritó, asustado.
La chica se llevó el dedo índice a la boca para pedirle silencio.
—Perdón, no quería asustarte. ¿Puedo ayudarte con algo?
—¿También trabajas en la biblioteca? ¿Ayudas a esa señora?
—Esa señora se llama Kaitlin Wess y es una eminencia de la literatura romántica de hace cincuenta años.
Y no, no la ayudo. Solo soy una alumna que pasa demasiado tiempo frustrada en esta misma sección, así que ya tengo memorizados los errores de colocación.
Soy Evangeline Fray, aunque puedes llamarme Eva.
Frederick dudaba de que una chica de ojos bonitos y pelo negro pudiera ser la solución a sus problemas, más cuando había avistado esa presencia en sueños durante varias noches y casi era el prototipo de mujer que podía formar parte de sus pesadillas.
Debía reconocer que la palidez de su piel contrastaba con la pureza de sus dientes, y que en sus pupilas había divisado la misma oscuridad que en las noches sin luna.
Era una chica rara, silenciosa y enigmática.
Ya tenía suficientes problemas a la vista.
Sin embargo, podría ayudarle a encontrar el libro que deseaba.
—De acuerdo, Evangeline. Yo soy Frederick. Estoy buscando un clásico de terror que se centre mucho en lo psicológico. Siempre he leído novelas, pero últimamente pienso mucho en esos libros que se dividen en relatos independientes con una temática común. ¿Hay algo así por aquí?
Evangeline apenas se tomó unos segundos para pensar antes de salir disparada hacia un estante de la parte baja del final del pasillo.
—Este de aquí es una pequeña reliquia que pocos conocen. Su autoría es anónima, espero que no te importe.
—Mientras trate de lo que quiero, como si lo hubiera escrito el mismísimo diablo.
Ella se rio con el comentario y se lo entregó. Ambos sostuvieron el libro por un extremo diferente. Frederick nunca le había dado importancia a cómo la risa de una persona podía llenar una estancia, o cómo un libro podía cambiar su valor en función de las manos que lo ofrecieran.