La sociedad de las almas malditas 4 #3
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—Recordad lo más importante: respetad el toque de queda.

La oscuridad no es segura, pero no os hará daño mientras cumpláis nuestras normas.

Ahora sí, me despido para que podáis acudir a vuestras primeras clases del día.

Os deseo una grata experiencia en nuestra Academia.

Aprovechad cada minuto, pues vale oro. Convertíos en aquello que siempre soñasteis ser.

No hay mejor lugar que este para lograrlo.

Unos pocos minutos después del discurso, cuando la concurrencia se hubo dispersado.

Los hermanos se reunieron en la entrada del salón.

Algunos, como Frederick o Amanda, salían de allí radiantes, motivados y con ganas de empezar.

Otros, como Lukas o Lucius, no podían parecer más indiferentes ante lo que acababan de escuchar.

—Habéis oído, ¿verdad? —comentó Frederick, con el puño apretado y los ojos llenos de brillo—. Hay que aprovechar el tiempo aquí.

Amanda se rio.

—Pues aprovechemos el poco tiempo que nos queda y vayamos a clase antes de que lleguemos tarde el primer día.

Se despidieron con la promesa de verse durante la comida. Amanda tomó rumbo a la clase de música, mientras que Lukas y Frederick se dividieron entre las asignaturas de Pintura y Artes Antiguas e Historia del Arte, respectivamente.

Cuando Lucius llegó al aula, los alumnos ya estaban sentados en sus respectivos asientos. El espacio era pequeño. Apenas contaba con una decena de mesas, una pizarra y un escritorio para el profesor. La luz entraba por unas ventanas que amenazaban con caerse a pedazos.

Como los pupitres estaban dispuestos de dos en dos, Lucius decidió sentarse al fondo, en el único hueco libre, junto a un chico con la piel tan pálida que parecía enfermo y los ojos dorados como el sol.

El rubio de sus rizos se asemejaba a los ángeles y, por un instante, Lucius creyó que le saldrían alas y echaría a volar.

—Hola, ¿está libre? —preguntó al llegar.

El chico asintió.

Lucius colocó sus cosas sobre la mesa. No tenía más que un cuaderno y un par de lápices. Aún no había tenido ocasión de visitar la biblioteca ni de comprobar los libros que necesitaría para sus clases.

—Mi nombre es Lucius. —Le tendió la mano. Solía ahorrarse mencionar el apellido porque había visto cómo las personas adultas solían mirar a sus hermanos al pronunciarlo. De alguna manera, él tampoco había llegado a sentirse nunca un Bellavere.

—Yo soy Aetheriel —respondió el chico, tomando su mano—. Encantado.

El tacto de su mano era suave y, aun así, parecía quemarle con la yema de los dedos. Tenía un profundo acento norteño, aunque nunca había escuchado nada parecido.

—¿Llevas mucho tiempo en la escuela? —preguntó Lucius, a la espera de que el profesor llegara al aula.

Negó con la cabeza.

—Es mi primer día. Mi hermano mayor se inscribió hace tres años y quiero seguir sus pasos.

—Yo también he venido con mis hermanos mayores. Aunque ellos también son recién llegados.

—¿Venís de fuera?

—Del sur, aunque ellos nacieron en el norte —explicó con total naturalidad.

Aetheriel frunció el ceño y siguió escuchando:

—A mí me recogieron en un puerto cercano a la costa de Mar de Fuego.

—¿Te recogieron? —Aetheriel no comprendía lo que Lucius intentaba decirle.

—Mi madre murió después del parto y mi padre era pescador en un poblado cerca de Salmarina.

Solía viajar mar adentro para traer comida a casa, hasta que un día su embarcación no volvió.

Se encontraron restos de maderos flotando en las orillas de la playa y su cuerpo apareció no muy lejos de allí.

Los Bellavere me acogieron como a uno más porque tenían un buen trato con mi padre.

Llevo siendo parte de su familia desde los siete años.

Lucius estaba acostumbrado a contar aquella historia.

Disimulaba que no le dolía recordar la memoria de un padre que no vivía para verlo crecer.

Se había acostumbrado a echarlo de menos en silencio y a buscarlo en las estrellas, cuando el cielo le mandaba mensajes a través de las constelaciones.

En días de lluvia, le parecía que el rostro de su padre se dibujaba en las nubes.

Por eso, también amaba el norte y su clima.

Lejos de parecer impactado por la historia, Aetheriel reaccionó sin sorpresa.

—Debe ser duro perder a un padre de esa forma. Al menos, tienes una familia que te acoge. ¿Los Bellavere, has dicho?

Ahí estaba otra vez: esa mirada de desconfianza al pronunciar el apellido más resonado de costa a costa de Eileanor.

Lucius se preguntaba si algún día dejarían de juzgarlo por un pasado que ni siquiera él acarreaba, pero que lo perseguía de la misma manera solo por portar la protección de esa familia.

El profesor interrumpió su conversación al entrar al aula.

Era tan alto que recorrió la distancia entre la mesa y su escritorio con tan solo dos zancadas.

Tenía la piel de un pálido casi decrépito, con las ojeras marcadas de un violáceo enfermizo.

El pelo negro le caía a un lado de la cara, dejando el otro vacío.

Era tan fino que parecían hilos descosidos de una cortina.

—Buenos días, clase. —Su voz sonaba apagada y ronca.

Movía las manos con lentitud mientras colocaba los libros sobre el escritorio—.

Soy Reïh Bulgarion. A partir de ahora, vuestro profesor de la asignatura Introducción a la Historia de Westgard.

Esta es una materia que se puede hacer complicada, pero que os prometo que os ayudará a comprender la naturaleza de nuestra región, de nuestra gente y, sobre todo, los misterios que se esconden todavía dentro de la tierra que pisamos.

Reïh comenzó a andar por la clase con lentitud: se detenía a la altura de cada pupitre y observaba a los alumnos, que le devolvían miradas que combinaban el miedo y la curiosidad, algo típico del primer día. Llegó hasta el final del aula y se detuvo con los brazos cruzados a la espalda.

—¿Qué es para ustedes la magia?

Los cuchicheos, acompañados de risas leves, se extendieron entre los alumnos.

Hacía tanto tiempo que la magia no se mencionaba en público que se había vuelto un tema tabú.

Lucius reflexionó para sí mismo. No tenía una respuesta clara, aunque varias ideas rondaban su mente.

La magia era todo y a la vez nada; la magia era poder, anhelo y deseo; la magia era soñar con imposibles que alguna vez habían sido reales…

—La magia es nacimiento —contestó en voz alta Aetheriel.

Los alumnos se giraron hacia él. Lucius se sintió observado, aunque no fuera consigo la cuestión. De hecho, también clavó los ojos en su compañero, sorprendido por el atrevimiento de su respuesta.

—Explíquese…

—Aetheriel Skyheart.

—Hmm. Con que es hermano de Caelus Skyheart, ¿verdad?

—Así es, señor Bulgarion.

Una sonrisa se dibujó en las facciones del profesor, tal vez un recuerdo de una buena época con uno de sus alumnos favoritos. Por seguro, tener al hermano pequeño en su clase iba a ser divertido.

—Bien, señor Skyheart… ¿Puede desarrollar su respuesta?

Él se recolocó en la silla para mirar de frente al profesor, que continuaba parado en la parte de atrás.

Ni siquiera le tembló la lengua al empezar a hablar, pese a que la atención del resto de la clase recaía sobre sus hombros como una pesada losa.

Parecía que había nacido con el don de la oratoria.

—La magia es creación y es inicio porque asienta las bases de nuestro mundo, al menos según las leyendas de Westgard.

Cuando no había nada, solo estaba la magia.

El día que no quede nada, seguirá la magia.

De ella nació la vida tal y como la conocemos: el agua, las plantas, la tierra…

Por eso, para mí, la magia es nacimiento.

El profesor caminó de nuevo hasta su pupitre. Abrió un cajón para sacar una tiza y dibujó en la pizarra cinco círculos, unos dentro de otros.

—Lo que dice el señor Skyheart está muy bien.

Hay muchos filósofos e historiadores que han vinculado la magia a la creación del universo tal y como lo conocemos.

De esta forma, si nuestro planeta está conformado por diferentes capas —señaló los diversos círculos que había dibujado—, podríamos afirmar que la magia es el punto céntrico y primigenio del que nacen todos los demás.

Algo así como una onda expansiva que, a medida que avanza hacia el exterior, va creando capas de vida y permanece oculta en las profundidades del mundo.

Mientras la mayoría del alumnado permanecía atento a las palabras del profesor Bulgarion, Lucius dibujaba en un cuaderno los mismos círculos que el profesor había recreado en la pizarra.

Sin embargo, cuando terminó de delinearlos, se percató de algo en lo que no había caído hasta entonces.

¿Por qué era la magia la que permanecía encerrada si a la vez era la que englobaba todo?

¿No sería más lógico que la magia permaneciera ajena al resto de los círculos?

Levantó la mano para comentar su propuesta.

—¿Sí? Adelante —lo animó el profesor.

—¿Sería posible que la magia fuera el círculo exterior en lugar del interior?

Reïh Bulgarion esbozó una sonrisa.

—Interesante propuesta. ¿Por qué lo pregunta?

—Creo que, del mismo modo que la magia puede ser nacimiento, también puede ser final y continuidad.

Es decir, la magia es aquello que acoge a los demás círculos, que los mantiene estables y los guarda dentro de sí gracias a sus atributos.

El mundo se rige por estas fuerzas que no somos capaces de ver porque permanecen lo suficientemente lejos como para que no sean apreciables por nosotros, como el propio cielo.

—¿Su nombre es…?

—Lucius Bellavere.

Una leve sombra cruzó el rostro del profesor. Tardó un par de segundos en dar una respuesta. Los murmullos se extendieron entre los alumnos de la clase. Bellavere, Bellavere, Bellavere , parecían repetir al unísono.

Bellavere, Bellavere, Bellavere…

Siempre la misma historia.

—Bien. Como nos comenta el señor Bellavere, hay otros teóricos que afirman que la magia no es intrínseca a nuestro mundo sino todo lo contrario.

La consideran un elemento ajeno a la creación, pero que mantiene la estabilidad.

De esta manera, la magia sería la que establecería un orden entre el resto de las capas.

—¿Y cuál es la correcta? —preguntó una alumna ajena al debate.

—Iremos viendo a lo largo de esta asignatura que «lo correcto» es algo que hay que tomar con pinzas.

El mundo es complejo. Del mismo modo que en la historia hay hechos que son innegables, en el apartado de leyendas y magia solo podremos conocer teorías.

De cada uno de ustedes dependerá escoger unas u otras.

¿Qué es lo que os mueve por dentro? ¿Cuál es la versión que más os convence y cómo podéis defenderla?

En esta asignatura vamos a aprender mucho de Westgard y de sus tradiciones, pero también vamos a instaurar un espíritu crítico para que cada uno sepa defender su propio pensamiento y su identidad cuando salga al exterior.

El resto de la clase transcurrió con juegos de presentación entre los alumnos, que comentaron a cuál de las dos teorías se sentían más vinculados. Después, el profesor Bulgarion les mandó preparar una defensa sobre su opinión para la próxima clase, en la que organizarían un pequeño debate.

Ese día, Lucius abandonó el aula sintiéndose un poco más pleno, capaz y altivo.

El fuego le ardía en el pecho, el conocimiento le apretaba la sien.

Tenía ganas de descubrir más sobre Westgard, la magia y todos los secretos oscuros de la escuela.

También se moría de curiosidad por saber más acerca de ese chico misterioso que se sentaba a su lado: Aetheriel Skyheart.

¿Cuánta sabiduría podía albergar una persona?

Hasta ese momento, Lucius se había sentido diferente a cualquier otro joven de su edad por su capacidad analítica y su interés por la lógica, la retórica y la filosofía.

Sin embargo, había encontrado en Aetheriel un compañero que podía brindarle estímulos de lo más interesantes.