4 #2
—Las habitaciones son frías y el viento se escucha a través de los pasillos y las paredes… —explicó Amanda—. Es normal que imaginemos cosas que no existen. Los cambios llevan tiempo.
Incluso a la propia Amanda le costó creer sus palabras.
—Estamos acostumbrados a los cambios —replicó Lukas—. Este sitio tiene algo extraño.
—Y en parte, por eso estamos aquí —les recordó Frederick—. Si en la Academia de las Artes Oscuras residen los motivos por los que nuestra familia lleva maldita tanto tiempo, os aseguro que nos encontraremos más pronto que tarde con ellos.
—Pensaba que veníamos a formarnos y ser grandes artistas… —protestó Lukas, que conocía a la perfección las intenciones de su padre y su hermano.
Frederick suspiró.
Lucius se percató del intercambio de miradas que hubo entre los dos hermanos mayores antes de dirigirse al resto.
—Que cada uno encuentre el motivo que crea necesario entre estas paredes.
Rembrandt Bellavere ansiaba limpiar el apellido familiar.
En cambio, Frederick parecía encantado con la idea de descubrir qué ligaba a los Bellavere a un lugar como aquel.
Desde que había comenzado su viaje, no había parado de asegurar que las claves para la maldición que los perseguía y que se componía de pesadillas y tormentos residía entre esas paredes.
Lucius no sabía al detalle qué motivaba al resto de sus hermanos.
Sí, era cierto que ninguno había escogido estar allí, que todos se veían atados a las decisiones de Frederick.
Sin embargo, él empezaba a pensar que su estancia en la Academia podía volverse útil para descubrir más acerca de sí mismo y su pasión por la literatura.
¿Quién sabía? Tal vez saliera de allí convertido en toda una eminencia de las letras…
Tal vez, algún día, sus escritos pudieran dar la vuelta al mundo y ser traducidos a decenas de idiomas.
—Otro punto que quiero que tengáis en cuenta.
—Las palabras de Frederick sacaron a Lucius de su ensimismamiento—.
Esta escuela nos brinda una gran oportunidad.
Siempre nos vamos a tener los unos a los otros, pero aprovechad vuestros días aquí.
Conoced a otras personas, perseguid lo que os mueve por dentro…
No os ahoguéis en la rutina ni en la idea de permanecer los cuatro juntos.
Es un buen momento para disfrutar de la libertad que nunca hemos tenido…
—Pero… —intervino Lukas, consciente de que Frederick no podía dejar de lado su papel como hermano mayor responsable.
—Pero os pido compromiso, responsabilidad y conocimiento. No os precipitéis. No os metáis en líos. Recordad que somos una familia y que me tenéis aquí como apoyo para lo que necesitéis.
Los hermanos asintieron sin prestar mucha más atención. Frederick se quedó con el puño apretado sobre la mesa y los miedos anclados a su garganta.
—¿Habéis leído las normas? —preguntó Amanda, tratando de cambiar el tema. La chica había desayunado antes que el resto y estaba ansiosa por salir disparada a su primera clase para no llegar tarde—. Están prohibidos los rituales, los sacrificios, la magia… ¿No os parece raro?
—¿Que en la escuela en la que hace décadas se produjo una de las mayores masacres de la historia por el uso fraudulento de esta magia se prohíba su empleo o los que sean parecidos? —intervino Frederick, apuntando a Amanda con su tostada—. Llámame «loco», pero no me sorprende en absoluto.
—Venga, Fred. Eso son habladurías. En ninguna región de Eileanor se practica la magia desde hace siglos. Los sureños descartaron esas leyendas hace mucho tiempo —replicó Lukas con cierto hastío.
Lucius no recordaba tantos rumores como sus hermanos porque la mayoría los había olvidado o nunca les había prestado la suficiente atención.
Sin embargo, la maldición de Westgard se extendía por tantos rincones de Eileanor que era complicado no conocerla.
Varios estudiantes implicados en un ritual que acabó con unas cuantas desapariciones y muertes dentro de la Academia.
Desde entonces, la reputación de la institución se echó a perder, por mucho que las investigaciones no hayan sacado nada concluyente.
Sobre todo, porque se dice que algo maligno quedó anclado a la Academia.
—Los norteños no olvidan su pasado. Viven arraigados a la tradición.
¿Habéis visto este sitio? Todo son runas y profecías.
La magia vive anclada a la tierra del mismo modo que la sangre recorre nuestros cuerpos.
—Frederick miró a través de los ventanales del comedor: las vistas daban a un mirador repleto de acantilados, bosques y ríos.
El horizonte hacía parecer que el mundo en el que vivían era infinito.
En el comedor, los alumnos comenzaron a levantarse de sus asientos. El chirrido de las sillas al arrastrarse contra el suelo provocó un ensordecedor escándalo durante unos segundos.
—¿Se marchan? —preguntó Lukas, que aún tenía el cuenco de cereales a la mitad.
—Quedan cinco minutos para que empiece el acto. Haríamos bien en seguir sus pasos —aseguró Amanda, poniéndose en pie.
Lucius y Frederick imitaron a su hermana, mientras que Lukas apuró el cuenco de cereales.
—¿Coincidimos después en alguna asignatura? —preguntó Frederick, que repasó el manual que le habían dado.
Amanda sacó el manual de su maletín para comparar con el de sus hermanos.
—Hay algunas asignaturas genéricas, pero creo que hoy nos ahorraremos compartir pupitres.
—Se detuvo a leer las anotaciones que explicaban cómo funcionaban las clases—.
Realmente, dado el escaso número de docentes en el centro, se imparten diferentes materias secundarias a las que el alumnado puede acudir según le convenga.
Lucius repasó el horario de las asignaturas de primera hora. A diferencia de sus hermanos, él sí que parecía tener un horario obligatorio de asignaturas entre las que no podía elegir.
—Me parece injusto tener que ir a Introducción a la Historia de Westgard y que vosotros podáis escoger —replicó.
Amanda se rio y le removió el cabello.
—Es lo que tiene seguir siendo el pequeño de los cuatro…
La discusión sobre la madurez de Lucius continuó hasta el pasillo entre bromas de sus hermanos, que aseguraban que las prisas por crecer de Lucius solo le traerían problemas y lo adentrarían en un mundo oscuro llamado «adultez».
El salón principal de la escuela contaba con techos altos y varias lámparas de araña que colgaban sobre sus cabezas. El alumnado había tomado asientos en sillas distribuidas a lo largo y ancho del espacio, alrededor de una tarima de madera que, intuían, serviría a la directora para dar su discurso.
Para Lucius era extraño estar allí, rodeado de gente uniformada, todos persiguiendo un mismo objetivo.
Compartir ropas e intereses acercaba sus posturas, sus aficiones, sus destinos…
Nunca se había sentido tan compatible con el entorno, y a la vez tan impostor.
Los otros chicos no se veían como él. Su piel era perfecta, lisa, sin rasguños ni heridas, ninguna marca del trabajo, el sol o la tristeza.
Aunque todos fueran iguales bajo aquel uniforme, seguían luciendo impecables a su lado, como si los Bellavere estuvieran marcados por algún tipo de marca que ni siquiera la uniformidad pudiera esconder.
Una parte de él temía que el año no avanzara paso a paso, que el tiempo se congelara y que cada día allí supusiera una condena. ¿Qué pasará si no encajo? ¿Qué pasará si no logro hacerme un hueco entre estos «artistas»?
Confiaba en sus capacidades, en su amor por la literatura y en sus dotes para escribir grandes obras. Pero ¿y si no era suficiente? ¿Y si allí encontraba mentes creativas superiores a la suya? Le asustaba no destacar en un mundo que te olvidaba si no brillabas más que el resto.
Aún era pronto. Solo el primer día del curso. Habría margen para equivocarse y aprender… O al menos, de eso intentó autoconvencerse mientras el gentío se acallaba y la directora Marinea Imperial ocupaba su puesto en el centro del salón.
La mujer, que vestía con una indumentaria parecida a la de los alumnos a la que se le añadían florituras y decoraciones que solo una directora se podía permitir, miró a su alrededor y sonrió, orgullosa.
Se ajustó los guantes de encaje que siempre asomaban por debajo de la túnica negra y se recolocó el brazalete dorado que acostumbraba llevar puesto.
—Queridos alumnos de la Academia —comenzó su discurso, gesto solemne y la mirada cargada de brillo—, no sabéis lo especial que es para mí encontrarme un año más dándoos la bienvenida a esta institución.
Muchos ya sabréis que nuestra Academia es la más antigua de Eileanor, la primera que se dedicó al estudio de las artes, y que logró un reconocimiento mundial gracias a los grandes artistas que salieron de aquí.
Lucius se percató de que Frederick asentía orgulloso a cada palabra que la directora mencionaba, mientras que Lukas parecía estar perdido en sus pensamientos. Amanda, al darse cuenta de que él se había distraído, le agarró la mano y le animó a seguir mirando a la directora.
—Sé que nuestra escuela está pasando por un momento…
complicado , que las malas lenguas hablan sobre nosotros ahí afuera y muchos alumnos temen venir.
Sin embargo, durante vuestra estancia aquí comprobaréis que, mientras sigáis las normas de vuestro manual, estaréis completamente a salvo y será una etapa placentera.
Tenéis las puertas de mi despacho abiertas siempre que lo necesitéis.
Rowina Arch, nuestra ama de llaves y encargada de custodiar los pasillos, sabéis que estará al tanto de todas vuestras necesidades.
Los profesores, cómo no, también estarán para proporcionaros toda la ayuda que requiráis.
En la primera fila, unos hombres y mujeres se levantaron para saludar a la multitud. Los profesores de la escuela.