La sociedad de las almas malditas 4
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por la directora Loola Imperial, heredera de la mayor fortuna de Westgard.

L ucius añoraba las tierras del sur casi tanto como su propia casa.

Sin embargo, el norte se había convertido en tan solo unas horas en un refugio, un lugar entrañable para vivir y, ante todo pronóstico, un placer estremecedor para sus sentidos.

Durante toda su infancia, había pensado que los paisajes de Salmarina y Hierro Chamuscado no tenían comparación en todo Eileanor: las playas, el mar y el buen tiempo; las flores que coloreaban el verde de los campos o la fauna, en la que predominaban los insectos, parecía casi irreemplazable.

Luego llegó al norte y su perspectiva cambió.

Las altas montañas repletas de árboles que rozaban los cielos, de un verde tan oscuro que la propia noche habitaba entre sus ramas; los cielos nublados donde el sol se dejaba ver cada poco tiempo, y eso, aunque entristecedor, conseguía que disfrutara mucho más de los pequeños momentos que le regalaba la vida.

Conoció a los animales que vagaban por el bosque y que no había podido parar de admirar desde el carruaje: mamíferos con cuernos que saltaban de un lado a otro y campaban en manada; roedores que vivían en los árboles y se lanzaban al suelo para recoger los frutos que allí crecían.

La región de Westgard era un conjunto de runas, naturaleza y leyendas que había sobrevivido al paso del tiempo.

Cuando despertó esa mañana, Amanda estaba esperando en la puerta con los brazos cruzados y el pelo mojado. Llevaba el uniforme de la escuela: tan negro como los ladrillos que la conformaban, tan poco alegre como el aire que se respiraba.

—Te has quedado dormido —aseguró, cruzándose de brazos.

Lucius negó con la cabeza.

—Me he despertado justo cuando quería —replicó el muchacho con cierta gracia.

Desde que Lucius entró a la familia, Amanda y él habían creado esta dinámica en la que uno necesitaba del otro.

Se buscaban a diario, ya fuera para que ella lo despertara a la hora correcta o para que él le relatara sus lecturas.

Lucius había sido el único en interesarse por los progresos de su hermana: la escuchaba cantar por las mañanas mientras recogía las habitaciones y cómo practicaba con la flauta de pan por las tardes cuando Lukas y Frederick desaparecían de casa.

En un mundo que la volvía invisible, Lucius tenía el don de hacerla sentir real.

—Venga, capullo —dijo esta vez, tirándole del brazo—. Hay mucho por hacer.

A esas horas, los alumnos caminaban con prisa por los pasillos.

La mayoría de ellos ya se habían duchado y aprovechaban el tiempo que quedaba hasta comenzar las clases para ordenar sus pertenencias o charlar entre sí.

Vestían camisas blancas revestidas de accesorios negros, pantalones negros, túnicas negras…

el único resplandor posible residía en la tela de esas camisas desgastadas que contrastaban con el resto de la estética.

Aun así, en el aire se respiraba poder, superioridad, dinero…

Lucius no sabía explicarlo, pero le daba la sensación de que cuando llegaba a un sitio podía identificar rápidamente a las personas por su forma de caminar y su presencia.

Pese a todo lo que contaban de la Academia, la mala fama, la falta de personal, el desgaste, la suciedad…

El elitismo que había entre su alumnado no había desaparecido.

La luz del sol se colaba a través de los grandes ventanales que se esparcían por todas las paredes.

El más cercano a las habitaciones daba a un patio interior con una fuente de piedra que ya no echaba agua y una zona de bancos y flores donde la mitad estaban marchitas.

A pesar de que la estampa era pobre, algo en Lucius se removió, llenándole de ilusión.

Deseaba conocer los rincones de la escuela.

A la luz del día, parecía que la Academia tenía mucho más que ofrecer que el día anterior.

Echaron a andar por el pasillo. Cada pisada le vibraba a Lucius en el pecho.

Cada paso, cada avance… era como adentrarse en lo desconocido de nuevo, como empezar una nueva vida muy lejos, aunque esta vez solos.

Una parte de él temía lo que podía pasar a partir de entonces con sus hermanos.

¿Aprovecharían la situación para estar más unidos que nunca?

¿O terminaría fragmentándose la escasa unión que les quedaba?

Al pasar por delante de la puerta de Frederick y Lukas, Amanda no se detuvo. Lucius miró un par de veces atrás, hasta que se frenó en seco unos pasos por delante de la habitación.

—Si vamos a desayunar, ¿no deberíamos avisarles?

—No. Ellos ya están en el comedor. Tú deberías ducharte primero, mientras yo te recojo la maleta en la consigna. No tardes, ¿vale? El acto de bienvenida empieza en cuarenta y cinco minutos y, después, las primeras clases.

Aunque Lucius adorase a Amanda, odiaba cuando ejercía de madre.

En parte, no podía culparla por preocuparse por él.

Siempre se había asegurado de que no le faltase nada.

Cuando uno es niño agradece ese tipo de atención; sin embargo, con el tiempo adquiere matices que se vuelven, irremediablemente, aborrecibles.

—Me ducho después de clase —replicó.

—¿Quieres apestar a rata de cloaca?

Lucius chasqueó la lengua.

—Me da igual a qué oler.

—No te dará igual cuando los cuatro graciosos de la clase te etiqueten como el rata apestosa en tu primer día y, por mucho que el resto del curso vayas perfumado con flores, te sigan llamando así durante lo que te quede de vida.

Lucius se quedó perplejo ante la explicación de Amanda.

La miró en busca de un gesto de vuelta, pero ella tenía los ojos clavados en el pasillo.

A veces parecía que solo quería avanzar y avanzar, y a Lucius le gustaba mucho más pararse y contemplar el entorno.

Disfrutaba de los pequeños detalles en las muescas de los ladrillos o cómo la luz proyectaba sombras terroríficas en las paredes; le gustaban los rayos del sol que se filtraban por los vidrios de colores del techo y el desgaste de los arcos.

Todo en la vida era efímero, incluso las estructuras que llevaban allí miles de años.

—¿Se metieron mucho contigo cuando ibas al colegio? —preguntó Lucius. Estaban bajando unas escalera en espiral y los gemelos se le cargaban por el cansancio. En las paredes había cuadros con los rostros de los profesores condecorados y letreros que informaban de sus años como docentes.

—No fui al colegio —contestó Amanda. «Ni a una guardería, ni a un profesor particular», le hubiera gustado decir.

—¿Ni siquiera en Salmarina? Estuvimos muchos años allí. —Lucius detestaba tener parte de su niñez bloqueada, carente de recuerdos.

—Y fueron los peores, te lo aseguro. Había tanto trabajo que hacer en casa que solo Lukas pudo estudiar.

—Pensaba que a Lukas no le gustaba estudiar —añadió Lucius, extrañado.

—Ni le gusta. Era la forma que tenía nuestro padre de castigarlo y mantenerlo a raya.

Lucius nunca entendió del todo los castigos de Rembrandt Bellavere. ¿Había pensado alguna vez en probar métodos como la comunicación o el respeto?

—Y si nunca fuiste a la escuela, ¿por qué sabes tanto sobre los alumnos en los primeros días de clase?

Amanda permaneció pensativa unos segundos, intentando encontrar una forma de explicarle por qué no confiaba en la gente; en especial en esos chicos de la última fila que vivían por y para molestar al resto.

—A veces no necesitas pasar por ciertas experiencias para conocerlas. Basta con ver cómo tratan a los demás. En Fuente de Piedra conocí a una chica que dejó de ir a la escuela porque un par de alumnas de su clase le hacían la vida imposible.

—¿Por qué motivo?

Amanda se encogió de hombros.

—Algo relacionado con su cuerpo.

—¿No debería darle igual al resto del mundo cómo es el cuerpo de otra persona?

Amanda adoraba la pureza de Lucius. No había nada como la inocencia para comprender lo podrido que estaba el mundo. Deseaba que él nunca tuviera que crecer.

—Eso mismo digo yo. —Se detuvieron delante de los aseos públicos. Una fila de al menos ocho muchachos aguardaba su turno—. Espera aquí a que te toque, ¿vale? Yo iré a por tus cosas y las subiré a tu cuarto. Te recojo aquí mismo en cuanto vuelva.

Lucius asintió.

Cuando su hermana se fue, decidió que era un buen momento para repasar mentalmente todos los planes que quería llevar a cabo durante su primer día en la escuela.

Treinta minutos después, los cuatro hermanos Bellavere se reunieron en una de las mesas del comedor.

Todos llevaban puesto el uniforme de la Academia de las Artes Oscuras en sus diferentes variantes.

Frederick había optado por el traje más formal, que incluía una chaqueta negra con dos franjas rojas que iban desde el hombro hasta la manga.

En el pecho llevaba grabado el escudo de la escuela —una estrella de seis puntas de color plateado—.

Lukas, en cambio, había optado por llevar solo la camisa blanca y una corbata desatada a juego con la chaqueta de su hermano.

Lucius y Amanda imitaron el atuendo de su hermano mayor.

El ambiente bullicioso del comedor impedía que se escucharan. Era irritante inclinarse sobre la mesa para poder oír al de enfrente y tener que alzar la voz hasta para pedir un poco de sal.

—¿Habéis dormido bien? —preguntó Frederick. Tenía sobre la mesa una tostada con tomate y arándanos.

Lukas le dio un sorbo a su tazón de cereales antes de responder:

—Me ha costado pegar ojo. ¿No habéis sentido nada raro desde que estáis aquí? Como si… una extraña presencia os vigilara de cerca.

Lukas llevaba teniendo pesadillas desde pequeño. Nunca nadie le había dado importancia a su mal sueño ni a sus ojeras de mapache. Aunque, por primera vez, los otros hermanos había experimentado una sensación parecida.