3 #2
Hasta el momento de levantarse de la cama y prepararse para el día que la esperaba, Amanda no se había percatado de una cuestión tan simple como necesaria que tenía que ver con su habitación.
Miró a un lado y a otro. Junto al armario, debajo de la cama y en el pequeño cuarto de baño que apenas contaba con un inodoro y un lavabo. ¿Dónde demonios estaba la ducha?
Se asomó con discreción al pasillo, primero dejando ver parte de la cabeza y luego el resto del torso.
Se había vuelto a poner la ropa de ayer porque fue la opción más rápida que encontró.
Un par de alumnos caminaban ya por los pasillos y sus voces resonaban entre risas y comentarios que delataban los nervios de su primer día.
Amanda tuvo miedo de salir así de su habitación.
¿Y si no iba apropiada? En el maldito manual de la escuela ya podrían haber hablado menos de relaciones amorosas y más de cómo arreglar su higiene.
Por suerte, el ama de llaves pasó por delante de su habitación.
—Señora Arch… —La llamó Amanda desde la puerta. La mujer se giró hacia ella. Llevaba un paño entre las manos y las llaves colgando del cuello—. Si no es indiscreción… ¿Puedo preguntarle dónde puedo ducharme?
—Perdóneme, querida, se me olvidó avisarles ayer de esto —dijo, llevándose la mano a la boca para disimular la risa—. En la Academia las duchas son públicas y compartidas. Están justo bajando las escaleras que puede encontrar tanto al final del pasillo, por ambos extremos, como en la mitad de este.
Las mejillas le ardieron tanto que una vida en el infierno le pareció mucho más agradable que soportar la idea de compartir ducha con el resto de los alumnos de la escuela.
Nunca nadie — JAMÁS — la había visto desnuda.
¿A partir de ahora tendría que vivir con los ojos de sus compañeras clavados en su piel, en sus senos, en sus inseguridades y en su intimidad?
No le parecía apropiado, pero tampoco se iba a quejar el primer día.
—Si quiere un consejo, cuanto antes acuda mejor. A partir de las siete, las duchas se ponen como un hervidero y no hay quien consiga turno. No querrá llegar tarde a su primer día. Hoy la directora hará un acto en el salón principal para dar la bienvenida a todos los alumnos. No querrá perdérselo.
Con la misma premura con la que la señora Arch siguió su rumbo, Amanda agarró uno de los uniformes de su armario y se dirigió escaleras abajo en busca de las duchas.
Durante el trayecto, agradeció no cruzarse con ningún alumno.
La mayoría estarían en las propias duchas o desayunando, supuso.
Se dirigió al piso inferior, donde encontró un pequeño mapa que indicaba las diferentes estancias de la planta: aseos femeninos y masculinos a ambos lados del pasillo, una lavandería para los uniformes y una consigna en la que podían dejar o retirar objetos de valor en cualquier momento del día, además de recibir el correo.
Primero visitó la consigna para recoger su equipaje.
Dentro de una caja de madera, habían dejado su maleta y un bolso grande con sus pertenencias.
El joven de la recepción, que parecía tener la edad de un estudiante más, le entregó una llave con la que abrir una taquilla numerada igual que su habitación.
—A partir de ahora, siempre tendrás la misma —explicó—. Aun así, si algún día necesitas dejar más pertenencias de las que caben ahí, habla con nosotros y nos encargaremos.
—Gracias —se limitó a responder Amanda.
Como no quería perder demasiado tiempo, sacó del bolso la ropa interior de recambio que llevaba y volvió a cerrar la consigna. Ya vendría a por el resto más tarde.
Al llegar a los aseos, un cartel señalizaba la zona del servicio y la de las duchas. Acudió directamente a esta última, donde había una recepción. Una trabajadora pedía su número de habitación a los alumnos y les entregaba un par de toallas limpias al pasar.
—Al salir, podéis dejarlas en el cesto de ropa sucia que hay junto a la puerta —informó.
A Amanda todo aquello se le hacía extraño.
¿Acaso contaban las veces que cada alumno acudía a la ducha?
Quería pensar que no, que su labor consistía solo en entregar toallas y, sobre todo, controlar el aforo del aseo.
Aun así, le inquietó la idea de que una persona vigilara el acceso.
Por suerte, a primera hora de la mañana no había demasiada gente y la espera no se demoró más de un par de minutos.
—¿Habitación? —La chica la recibió con una cálida sonrisa.
—Doscientos veintidós —respondió Amanda.
La recepcionista —que era tan joven como el chico que la había atendido en la consigna— buscó entre las toallas que tenía en un cesto de mimbre al lado de su asiento.
Le tendió una grande y otra pequeña, ambas con las iniciales de la Academia de las Artes Oscuras grabadas en la esquina inferior.
También le dio una llave para una taquilla.
—Adelante, puede pasar.
Los dedos de Amanda se hundieron con fuerza en la toalla.
El aseo era un espacio amplio: varios bancos se distribuían alrededor de unas taquillas donde las estudiantes dejaban su ropa.
Había lavabos y espejos que ocupaban toda la pared.
Allí se perdían las inseguridades y los miedos, olvidados en reflejos que devolvían una visión espantosa a quienes no convivían a gusto consigo mismos.
A esas horas, apenas una decena de chicas se encontraban en las duchas.
Un par de ellas charlaban sentadas en un banco, con la toalla aún atada a la altura del pecho.
El sonido del agua silenciaba las conversaciones.
El vapor elevaba la temperatura, provocando una sensación térmica mucho más agradable que en el resto de la escuela.
—¿Una Bellavere? —masculló una de ellas cuando pasó a su lado—. No sé por qué les aceptan aquí después de lo que hizo su padre…
Amanda ignoró los comentarios y buscó un lugar apartado para dejar la ropa y sentarse.
Tenía el corazón encogido y las manos le temblaron al apoyar la toalla sobre el banco.
Ninguna de las otras chicas pareció fijarse en ella, y aun así estaba convencida de que todas la juzgaban por su apariencia —y su apellido.
Dio la espalda al resto antes de quitarse la camiseta.
Luego, se quitó los zapatos y los pantalones.
Se sintió tan expuesta que pensó en salir corriendo antes de continuar.
En momentos así, la ropa interior nunca cubría lo suficiente.
¿Qué pensaría la gente de su piel pálida y sus costillas marcadas?
¿Qué pensarían de las cicatrices que se repartían por su cuerpo o de la flacidez de sus escasos músculos?
¿Compararían sus pechos con los suyos, casi inexistentes?
¿O la higiene de sus uñas con los restos de tierra que guardaban las de Amanda?
El cubículo delante de ella se abrió. Una densa nube de vapor inundó la estancia principal.
Como si fuera una criatura de leyenda, de entre la espesura apareció una silueta de cintura curvada y andares de felino.
A Amanda le impresionó el pelo, que parecía una llamarada provocada por el sol.
Caminó hasta sentarse a su lado, ni siquiera se tapó con la toalla.
Amanda hizo un esfuerzo por no mirar. Mantuvo la vista al frente mientras se quitaba las medias, en un intento de hacer tiempo para que el ángel de fuego se marchara.
—No deberías esperar —dijo la chica. Intentaba establecer contacto visual, pero Amanda se lo negaba—. Encontrar duchas libres es una odisea. En esa todavía funciona el agua caliente.
—Gracias —respondió, con la vista al frente.
—¿Eres de primer año? —La chica se entrometió en el campo de visión de Amanda. Solo así pudo ver que tenía los ojos de un verde pálido que le recordaba al césped de las montañas del norte—. Mi nombre es Miry, Miry Amber.
—Amanda… Amanda Bellavere.
Esta vez la miró para comprobar si sus facciones cambiaban al pronunciar su apellido. La mayoría solían alejarse en cuanto escuchaban la palabra Bellavere . No les culpaba. Probablemente, ella en su lugar hubiera hecho lo mismo.
Sin embargo, aunque en los ojos de Miry se dibujó una extraña neblina, su reacción fue sonreír y tenderle la mano.
—Encantada, Amanda. Cualquier cosa que necesites en este sitio, no dudes en decírmelo. Yo llevo en la Academia un par de años y sé que al principio puede ser duro. Te aseguro que te acabas acostumbrando a… a todo esto. Puedes localizarme en la habitación doscientos veintiuno.
Amanda se sobresaltó al escuchar el número de habitación.
—¿Doscientos veintiuno?
—Anda, se ve que no te ha comido la lengua uno de los gatos de la profesora Goldfish —rio, y aunque Amanda no soportara las bromas, porque no solía captarlas, le pareció que tenía tanta inocencia que le provocó una sonrisa—. Sí, doscientos veintiuno. Ese es mi cuarto.
—Mi habitación es la doscientos veintidós.
—¡Entonces tú eres mi nueva vecina! —Con el devenir de la conversación, Amanda casi había pasado por alto que Miry continuaba sin vestirse.
Le sorprendía la naturalidad de esa chica.
Ella, en cambio, llevaba tapándose con los brazos inconscientemente desde que se había sentado a su lado—.
Pues con más motivo: cualquier cosa que necesites, estaremos al lado.
Amanda asintió como agradecimiento. La idea de tener una amiga entre las paredes de la Academia le provocaba ilusión y vértigo a partes iguales.
Nunca había tenido nada parecido en las otras ciudades donde había vivido.
Lo que más se le acercaba era la anciana que le vendía el pan cada mañana, y ni siquiera podía considerar que eso fuera una verdadera amistad.
—Bueno, me marcho. Aún tengo que ir a recoger unos libros a la biblioteca antes de que empiece el acto de bienvenida. ¡Nos vemos por ahí!
Miry se despidió con un abrazo que sonrojó a Amanda. Al separarse de ella, se tomó su tiempo para secarse y colocarse el pantalón y la camisa del uniforme antes de marcharse.
Acompañada por el vapor, las conversaciones ajenas y un puñado de inseguridades, Amanda decidió que era el momento de meterse en la ducha o llegaría tarde al desayuno y a su primera clase.