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Kandance Bellavere fue la primera mujer en ganar el Premio Luna
L a noche era silenciosa, un vago recuerdo de los días de invierno en casa tras la muerte de su madre, cuando el padre de Amanda se marchaba y la dejaba sola con sus tres hermanos.
Aunque el bullicio se extendiera en los pasillos del hogar, para ella todo permanecía en un riguroso mutismo.
Caminaba de un lado a otro con un libro de partituras en la mano y una taza de café en la otra.
Antes de mudarse de Monte Alto, donde tuvieron la primera casa de la que Amanda atesoraba recuerdos, solía pasar el tiempo en una despensa medio derruida.
No tenía ventanas, así que la luz no entraba.
Entre cajas medio vacías de conservas y papeles de periódicos que Rembrandt guardaba, Amanda tocaba la flauta de pan que había heredado de su abuela y escribía sus propias canciones.
—Mírala, ya está otra vez ahí metida. —Escuchaba los comentarios de Lukas y Frederick a sus espaldas, pero los ignoraba. Se le hacía curioso que nunca se dieran cuenta de su existencia, salvo cuando ella decidía desaparecer.
Con el paso de los años, se había mantenido igual: casas y casas vacías, silenciosas; donde Amanda siempre conseguía encontrar un rincón en el que hacerse pequeña y esconderse de sus hermanos.
Hacía tiempo que había descubierto que lo único que necesitaba para continuar era la música. Y por suerte, nunca la abandonaría.
Esa noche, cuando el ama de llaves la dejó en la puerta de su habitación, Amanda sintió que allí jamás lograría encontrar su sitio.
Sobre su cabeza, el número doscientos veintidós.
Cabía esperar que tuviera tan mala suerte como para que el número que más odiaba se repitiera tres veces en su propio cuarto.
—Adelante —le dijo a Lucius, abriendo la puerta—. Vamos a descansar.
Sin embargo, lo que se encontró dentro fue un cuarto reducido de una sola cama.
—Oh, discúlpeme, señorita Bellavere —intervino la señora Arch—. Esta es una habitación individual. A partir de la doscientos, todas lo son. El señorito Bellavere tendrá también su propio cuarto, en la doscientos treinta y cuatro.
En cierto modo, a Amanda le alivió saber que tendría una habitación para ella sola.
No soportaría el desorden ajeno ni que perturbaran su descanso.
Aun así, sentía pena por Lucius. Hasta el momento, era el que mejor parecía sobrellevar el cambio de vida de los Bellavere.
Había recorrido con una sonrisa en su cara los pasillos de la Academia y, al enterarse de que dormiría en un cuarto ajeno a sus hermanos, casi dio un salto de felicidad.
—¿Cree que lo mejor para un niño pequeño es dormir solo? —preguntó Amanda, aún agarrada al pomo de la puerta.
—¿Cree que lo mejor para un adolescente es no separarse de sus hermanos mayores?
—corrigió, gesto altivo y mirada cortante—.
Estoy convencida de que podrá valerse por sí mismo allí.
Al fin y al cabo, lo único que puede hacer es dormir.
—Rowina alentó con la mano al chico, que la siguió con gusto—.
Si necesita cualquier cosa de él, podrá encontrarlo en la última puerta del pasillo.
Amanda se agachó para estar a la altura de Lucius.
Aunque estuviera en plena adolescencia, para ella siempre sería el niño pequeño del que debía cuidar.
Lo veía tan desprotegido siguiendo los pasos de esa mujer que sentía ganas de arrebatárselo y montar un escándalo para que les dieran una habitación juntos.
—¿Todo bien?
Lucius asintió.
—No te preocupes. Nos veremos en el desayuno.
Amanda sonrió. Le depositó un beso en la mejilla, que él se frotó, antes de que Rowina Arch se perdiera con el muchacho en la oscuridad del pasillo.
No entró en la habitación hasta que no escuchó el chirrido de una puerta en la lejanía.
«Buenas noches», escuchó decir al ama de llaves.
«Buenas noches», repitió Amanda para sus adentros, todavía intranquila por dejar solo a Lucius.
Al pasar a su cuarto, la gelidez de las paredes la abrazó.
Amanda se arrastró hasta la cama y dejó el maletín de la Academia sobre el escritorio.
A diferencia de la de sus hermanos mayores, la habitación tenía un tamaño un poco más reducido y una mesa que ganaba unos centímetros a lo largo.
Lo primero que hizo fue localizar unas mantas sobre el armario, que colocó en la cama.
Podía dormir en casi cualquier circunstancia, pero nunca podría permitirse tener frío o pasaría en vilo toda la noche.
Encendió una vela que había sobre el escritorio para iluminar la estancia. Al otro lado de la ventana, el viento azotaba con fuerza. Se colaba a través de las rendijas y las grietas, susurrando a las paredes como si fuera un alumno más de la Academia.
Amanda odiaba las historias de fantasmas y todo lo que se escapara de la lógica, a diferencia de sus hermanos, que parecían abrazar lo paranormal con el mismo amor que su padre.
¿Por qué entonces había aceptado ingresar en la Academia?
Se había informado lo suficiente como para saber que las leyendas de Westgard hablaban de rituales e invocaciones que combinaban los sacrificios con el arte.
No eran pocos los rumores que circulaban por Eileanor acerca de la Academia.
Algunos decían que las almas en pena de los artistas atormentados caminaban por los pasillos durante la noche, y que ese era el motivo de su estricto toque de queda.
Otros, que no conocían los límites de su mente, aseguraban que los asesinatos cometidos treinta años atrás habían sido causa de una secta radical que había nacido en lo más profundo de la escuela.
Durante años, Minerva Imperial había intensificado sus esfuerzos por desmentir todos esos rumores que circulaban sobre la institución.
«No hay lugar más seguro en Eileanor que la Academia de las Artes Oscuras», había asegurado en una entrevista para el periódico de la región.
¿Entonces por qué implantar un toque de queda nocturno?
¿Por qué las habladurías a lo largo de toda la comarca?
¿Por qué nunca habían explicado las desapariciones y los asesinatos que habían sucedido treinta años atrás?
El sonido del viento al golpear la ventana sobresaltó a Amanda.
Para no pensar en los ruidos siniestros del exterior, agarró su maletín y revisó lo que había en él.
La directora Imperial no había mentido cuando les dijo que encontrarían todo lo necesario para su primer día de clases.
Durante un rato, estuvo colocando sobre la mesa los diferentes tipos de plumas, lápices, gomas de borrar, folios y cuadernos que les habían regalado a su llegada.
Por último, extrajo el manual de la Academia: una portada negra con hilos dorados cosidos sobre la tapa.
Abrió el libro por la primera página, que contenía un índice con toda la información: desde los horarios de comidas y clases hasta normas y consejos para una convivencia entrañable en la Academia.
En la última sección, había un mapa detallado de la escuela y otro de Westgard y sus aledaños.
Cerca de la villa se hallaba un lago que pasaba congelado casi todo el invierno y del que Amanda había oído maravillas.
Entre las normas fundamentales había algunas simples como acudir a los horarios de las comidas y respetar el toque de queda, tratar con educación al personal y al resto del alumnado o no hacer ruido en horarios de estudio y descanso.
Sin embargo, a Amanda le sorprendió cómo las normas iban volviéndose cada vez más inusuales, más específicas, más… controversiales.
La primera norma que llamó su atención fue la que prohibía el contacto afectuoso entre los miembros de la Academia.
Durante dos páginas, el manual se encargaba de advertir a los alumnos del peligro que podía conllevar enamorarse.
¿De verdad? , pensó Amanda. No creo que nadie pudiera enamorarse en estas circunstancias .
La siguiente norma que llamó su atención fue la última del manual. Hablaba de la magia, los rituales arcanos y las leyendas. «Está prohibido realizar cualquier intento de magia primigenia, ritual, sacrificio o similares…», dictaminaba el libro.
¿Cuántas personas habían intentado practicar magia en la Academia para haber incluido una prohibición así?
Amanda volvió a pensar en los rumores que hablaban de sacrificios provocados por una secta entre las paredes de la escuela.
Si querían alejar esos rumores, sin duda con normas como esa no lo conseguían.
Hacía tantos años que Eileanor no presenciaba la magia que la mayoría de sus habitantes —sobre todo los del sur, mucho menos relacionados con ella— se habían olvidado de su existencia.
Al parecer, en el norte aún quedaban resquicios.
Apartó el libro a un lado de la mesa, se desvistió sin prisa, por causa del cansancio, y se sentó sobre la cama. Al darse cuenta de que no tenía aún su pijama a mano, se resignó a dormir arropada por todas las mantas. Esperaba que eso fuera suficiente para no pasar frío.
Se durmió abrazada a la almohada para sentir que al menos algo le hacía compañía en esa fría habitación.
Despertó con los primeros rayos del sol que se colaron a través de la ventana y se posaron sobre su cara.
Amanda solía conciliar mal el sueño porque siempre le daba la sensación de que se quedaría dormida y llegaría tarde.
Había leído que el toque de queda se levantaba a las seis de la mañana, cuando el horizonte comenzaba a clarear.
El desayuno empezaba solo media hora después y se extendía hasta las ocho, momento en el que iniciaban las primeras clases del alumnado.