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Tuvieron que atravesar gran parte de la escuela hasta llegar al ala este, donde se localizaban los dormitorios.
Subieron hasta la tercera planta. Los techos se encogieron y la luz llenó mejor los pasillos.
Daba igual dónde mirasen, cada pocos metros aparecía una puerta con un número sobre ella, que indicaba la habitación.
—¿Cuántas hay? —preguntó Lucius, que no paraba de examinar cada número.
—Al menos doscientas —apostó Lukas.
—Son demasiadas —intervino Amanda.
—Doscientas treinta y cuatro para ser exactos —confirmó Rowina Arch—. Aunque muchas de ellas están vacías. La Academia de las Artes Oscuras no goza de la popularidad de antaño.
—Igual tiene que ver con que vinculen a la institución con sectas y asesinatos… —musitó Lukas. Frederick le dio un codazo para que se callara. Aunque los rumores se extendieran a través de Eileanor, no era necesario mostrar tanta arrogancia en la boca del lobo.
El sol casi había caído en el exterior y los pasos de Rowina parecían acelerarse conforme más se acercaba la noche.
Recorrieron el resto del pasillo sin cruzarse con nadie.
Apenas se oían ruidos, salvando los de la propia estructura de la Academia.
Las maderas crujían y el viento se colaba a través de los ladrillos, imitando el sonido de los fantasmas.
Si todo iba a ser así, a Lukas le parecería muy aburrido.
Imaginaba encontrarse a alumnos de su edad con ganas de diversión, correteando por los pasillos y reuniéndose en zonas ocultas para organizar fiestas.
¿Acaso habían perdido todo sentido de vida allí dentro?
—Habitación ciento cincuenta y tres… —Rowina se llevó la mano al bolsillo de su túnica y extrajo una llave que colgaba de un trozo de madera con el número grabado—. Esta es para ustedes.
Le entregó la llave a Frederick y a Lukas, que se miraron con recelo.
—¿En serio tengo que compartir habitación con él?
—Lukas estuvo a punto de vomitar. Ya había imaginado el lujo que supondría, por primera vez en su vida, tener una habitación para sí mismo, sin un hermano mayor que hiciera de padre todo el tiempo y dos hermanos pequeños de los que tuviera que cuidar.
—A mí tampoco me hace gracia compartir espacio contigo, ratón —respondió Frederick, que agarró la llave y la balanceó entre sus dedos con cierta sorna—. Te recuerdo que esto no lo elegimos nosotros.
Lukas resopló. Agitó los brazos y los hizo chocar con su cuerpo.
—Quiero ir a hablar con la directora. Necesito un cambio.
—Es tarde —replicó Rowina—. Si hay alguna queja sobre la distribución de habitaciones, mañana al amanecer podrá hablarlo con ella.
Frederick le dio una palmada en el hombro que Lukas recibió de mal gusto.
—Vamos, ratón. No te pongas así. Seguro que nos lo pasamos en grande juntos.
—Ustedes dos, acompáñenme. Sus habitaciones están al fondo del pasillo.
Amanda y Lucius desaparecieron tras el ama de llaves. Se despidieron con un leve asentimiento de cabeza, deseando que todo saliera bien y que a la mañana siguiente volvieran a encontrarse sanos y salvos.
Frederick abrió la puerta del cuarto sin saber qué habría al otro lado.
¿Desorden? ¿Criaturas extraordinarias? ¿Los restos de un antiguo alumno que habitara allí?
La realidad fue mucho más corriente que sus fantasías.
La habitación se dividía con una rigurosa simetría.
Una cama individual a cada lado, pegada a la pared, junto a un pequeño escritorio, un par de baldas y un armario.
Una puerta en la pared lateral daba paso a un pequeño baño que contaba con lo justo para hacer sus necesidades.
Eso era todo cuanto poseían en su nuevo hogar.
Las sábanas estaban dobladas sobre los colchones.
La tela desgastada se había vuelto amarillenta por el paso del tiempo.
Al fondo, una ventana con cortinas raídas les dejaba unas vistas envidiables: un bosque frondoso, rodeado de montañas. Las luces de Westgard se distinguían entre la maleza, aunque no se alcanzaba a ver ninguna de las casas de la villa.
Frederick soltó su maletín sobre la cama. Durante unos segundos, miró por la ventana en busca de una respuesta. Lukas, en cambio, se tiró a plomo sobre el colchón.
—Creo que haré la cama mañana. Estoy demasiado cansado hoy —aseguró, llevándose las manos a la nuca para incorporarse un poco—. ¿Sabes algo de nuestras maletas?
—Eres demasiado impaciente. Cuando amanezca, preguntaré en la conserjería. Tal vez ya les hayan llegado. De todos modos… —Frederick abrió el armario para comprobar sus sospechas—. Tenemos uniformes de la Academia aquí dentro. Supongo que no usaremos mucha más ropa en el día a día.
Lukas resopló.
—Uf, me entusiasma la idea de formar parte de un colectivo sin identidad en el que todos vestiremos iguales, tendremos los mismos modales y seguiremos unas reglas a rajatabla que nos arrebatarán todo lo que nos queda de personalidad —escupió.
Frederick se encogió de hombros.
—Supongo que esa será nuestra vida a partir de ahora.
Esta vez, Lukas se sentó en la cama. Tenía las manos apoyadas sobre el colchón y las venas se le marcaban en sus escuálidos brazos.
—¿De verdad estás de acuerdo con esto? —preguntó. Lukas hacía mucho tiempo que había dejado de preocuparse por el día a día de su hermano, pero eso no le impedía querer conocer los motivos de este viaje—. Podrías haber disuadido a padre… Podrías…
—No había elección, Lukas. —El tono de Frederick fue cortante, autoritario—. Nuestra familia se estaba quedando sin opciones. Nuestro padre necesita avanzar solo, es más fácil esconderse de lo que te persigue sin arrastrar a cuatro hijos contigo.
—No lo entiendo. —Se levantó de la cama y se acercó un par de pasos a su hermano—.
Permíteme no entenderlo. Llevamos toda una vida huyendo de ciudad en ciudad, recorriendo Eileanor de norte a sur; escapando de un mal al que ni siquiera sabemos ponerle nombre.
Ninguno de nosotros ha tenido infancia ni amigos ni una estabilidad.
Más que una familia, hemos sido un grupo de supervivientes que se las arreglaban para seguir adelante.
Y ahora, después de todo, ¿pretende que nos asentemos aquí?
¿En una Academia perdida en los confines del norte que esconde más maldiciones de las que nosotros cargamos a nuestras espaldas?
Frederick comprendía la rabia de Lukas porque un tiempo atrás había sido como él.
Quizá no tan impulsivo, porque tampoco había tenido la opción.
Comprendía lo que se sentía al no entender las decisiones de un padre que los alejaba de una vida normal.
Nunca conocerían la palabra «normalidad» y no tenían elección.
Las decisiones de su padre, de su familia, de cada uno de sus ancestros, los habían condenado a eso: a vagar por el mundo huyendo de las sombras.
Y ahora decidían meterse en su casa. Casi parecía una broma.
—Aquí encontraremos estabilidad, y sobre todo un futuro.
De esta Academia salieron los mejores artistas de todo Eileanor.
Tal vez nosotros podamos ser los siguientes…
—Colocó sus manos sobre los hombros de su hermano—.
Lucius podrá tener la adolescencia que ninguno de nosotros tuvo y desarrollar su amor por la literatura.
Amanda podría hacer amigas con las que compartir intereses musicales.
Y tú y yo podremos quitarnos de encima la responsabilidad de cuidar del resto.
Quizá, por una vez en la vida, podamos preocuparnos solo por nosotros mismos.
Tú, por tu excelente pintura. Yo, por el teatro.
Lukas negó con la cabeza. Si no fuera porque Frederick conocía a su hermano, juraría que sus ojos se cristalizaban por culpa de unas lágrimas que nunca llegaron a brotar.
—Nunca nos libraremos de la reputación que arrastramos. Nunca dejaremos de preocuparnos por Lucius o Amanda. Es de necio pensar eso.
—Quiero creer en ello. Padre está convencido de que podremos limpiar la imagen de nuestra familia… Preservar el legado familiar.
—Tu optimismo siempre te ha alejado de la realidad. Soñar no implica que tus deseos se cumplan, tan solo te distraen del peligro —sentenció Lukas.
Entonces, se tumbó en la cama y, sin mediar palabra, se giró hacia la pared.
El cristal quebrado de la ventana reflejaba su rostro.
Las grietas se extendían desde el ojo a la boca, partían la simetría de su cara en dos, eliminando cualquier atisbo de belleza.
Lukas no tenía miedo a la oscuridad ni a los monstruos, tan solo a ese ser en el reflejo que le recordaba todo cuanto odiaba de sí mismo.
Dio un puñetazo a la ventana y la partió.
Los cristales se le clavaron en los nudillos.
La mano le chorreó sangre que no se molestó en limpiar.
Al otro lado del tragaluz, se veía el horizonte.
Las nubes grises que ocultaban la luna, que filtraba sus rayos sobre la superficie a duras penas.
Un árbol sin hojas ni vida lo observaba desde una colina yerma.
No quedaba nada en él: ni esperanza ni vestigios de un futuro mejor.
Las ramas del árbol parecían garras por cómo caían sobre la tierra.
Vio algo.
Una sombra que se arrodillaba a los pies del árbol.
Al principio, no le dio importancia. Hasta que se fijó en que la sombra cobraba una forma humana. Pelo negro y largo, tez pálida. Parecía una chica.
En su cabeza, el eco de una voz aguda: Bellavere, Bellavere, Bellavere…
Entonces notó un tirón en su espalda. Unas garras invisibles se le clavaron en la piel. Una fuerza le impulsó hacia atrás. Lo arrastró lejos de allí. Todo se volvió borroso. De pronto ya no estaba en su habitación. No había rastro de Frederick ni del árbol muerto. Aunque sí de la sombra.
Estaba en un pasillo tan extenso que no alcanzaba a ver el final. Las habitaciones numeradas se repartían a ambos lados. A su espalda, la misma silueta que había visto arrodillada frente al árbol lo esperaba.
—¿Qué eres? —No respondió—. ¡No te tengo miedo!
De la cabeza de la sombra asomaron unos dientes largos como cuchillas, repletos de sangre. Se miró la mano, pero los nudillos ya no le sangraban. Ni siquiera había rastro de la herida que se había hecho al golpear la ventana.
Cuando la sombra se abalanzó sobre él, Lukas corrió.
Las piernas le pesaron en la carrera, había descuidado sus entrenamientos. Los pulmones le quemaban y sentía la respiración de la sombra en la nuca. Cada vez más cerca, cada vez más fuerte, cada vez más suya.
Por mucho que corriera, el pasillo nunca acababa. Siempre había nuevas habitaciones, siempre se prolongaba la sensación de vacío.
—¡Déjame! ¡Márchate de aquí! —gritó sin parar de correr—. ¡No soy yo a quien buscas!
Buscaba a su padre.
Y al no dar con él, los perseguía a ellos.
Lukas pareció entrever la que era su habitación. ¿La ciento cincuenta y tres? Los números parecían borrosos. Por mucho que lo intentaba, no conseguía enfocar.
Sin pensarlo, tiró del pomo y comenzó a golpear la puerta.
—¡Ábreme! ¡Abre!
La sombra cada vez se acercaba más.
—¡Por favor, Frederick!
Sentía su tacto en la piel.
—¡Hermano! —Sollozó. No sabía cuándo había sido la última vez que lo había llamado así.
Los dientes rozaron su cuello, el sabor de la sangre Bellavere en la larguirucha lengua de la sombra sabía a victoria y venganza.
Entonces Frederick le tiró una manta por encima. Lukas abrió los ojos de par en par y se sobresaltó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó. El sudor le empapaba la frente, el pelo, y le marcaba el cuello de la camisa.
Frederick volvió a meterse en la cama como si nada.
—Tan solo fue una pesadilla.
Lukas respiró aliviado al comprender que estaba a salvo.
Se tumbó de nuevo en la cama. Tomó aire y lo soltó con calma. El corazón le bombeaba en el pecho como si todavía siguiera corriendo por aquel pasillo.
Un pensamiento le cruzó la mente.
Se levantó de la cama y abrió la ventana del cuarto.
Al otro lado, bajo la luz de la luna, el árbol muerto arañaba la tierra con sus ramas.
Esta vez, no había ninguna sombra que rezara a sus pies.
Se llevó la mano a la nuca, después a la parte baja de la espalda.
Palpó las marcas de unos dientes afilados sobre su piel.
Lukas se preguntó hasta qué punto lo que había soñado era una pesadilla, y cuán reales podían llegar a ser estos sueños en un sitio como la Academia de las Artes Oscuras.