La sociedad de las almas malditas 2
6%

2

en la Ópera de Khataar después de batir el récord de asistencias

a un concierto de un artista westgardiano.

M arinea Imperial era la directora de la Academia de las Artes Oscuras.

Tenía el rostro compuesto de rugosidades más propias de un folio arrugado que de una persona.

Lukas la observaba intentando adivinar si la frialdad de su cara se debía a su tez fantasmal o a sus ojos vidriosos que parecían ver el alma.

Era tan alta y delgada que, al contraluz de la ventana, parecía un monstruo terrorífico de los cuentos que contaban a los críos para asustarlos.

El despacho de la directora era un cubículo hexagonal de paredes regias y techo alto.

Una ventana circular filtraba la luz desde la parte alta de la estancia y dejaba ver el cielo por completo.

A las espaldas de Marinea, un par de amplios ventanales convertían toda una pared en cristal.

Había estanterías repletas de libros y polvo, más polvo que libros en su mayoría, y eso parecía difícil, teniendo en cuenta la cantidad de ejemplares diversos que decoraban cada balda.

—La familia Bellavere —pronunció la directora con una cadencia lenta.

Tenía las manos cruzadas sobre el abdomen y la postura erguida.

Ataviada con un vestido largo de un color azul botella, la directora se asemejaba más a una sombra que a una persona.

Una capa corta de terciopelo pendía de sus hombros, a juego con los guantes finos que se quitaba en ese momento.

—Un placer conocerla, directora Imperial —saludó el hermano mayor—. Yo soy Frederick y estos son mis hermanos: Lukas, Amanda y Lucius. Gracias por acogernos en la Academia.

Lukas estuvo a punto de bufar cuando vio a Frederick haciendo una reverencia.

Odiaba los modales impecables de su hermano mayor.

¿Por qué siempre demostraba esa disciplina?

No era necesario. Uno podía ir por la vida sin mostrarse ante los demás como alguien dócil y obediente.

Al final, eso solo jugaba malas pasadas.

—Me gustaría decir que el placer es mío —respondió Marinea Imperial, que tomó asiento en su sillón—. Pero no sé si sois conscientes de la fama que precede a vuestra familia a lo largo de Westgard gracias a la reputación de vuestro padre.

Esta vez fue Lukas quien miró a su hermano con una sonrisa en la cara. Bien, hermanito. ¿Cómo vas a salir de esta ahora? , pensó.

—Los rumores son vagos y se extienden con facilidad —aseguró Frederick.

El mayor de los Bellavere había nacido con un don para la interpretación y la mentira, fruto de su interés por el teatro.

Sabía bien el vocabulario que emplear y cómo salir de un aprieto—.

¿Acaso no ha sufrido usted las mismas calumnias?

El sur y el norte comparten muchas similitudes, pero la popularidad de la gente suele variar dependiendo de quién cuente su versión.

A Marinea le gustaba que la desafiaran. Tomó de buen grado las palabras de Frederick y sonrió para sus adentros al comprobar que el chico tenía cualidades casi tan buenas como las de sus antepasados.

—Muchas generaciones de Bellavere han pasado por la Academia de las Artes Oscuras.

Los archivos recogen a tantos de los vuestros que casi parecéis una estirpe que hubiera nacido entre las paredes de esta institución.

—Marinea soltó un cuaderno con tapas de cuero sobre la mesa.

En la portada, se leía Alumnos y profesores de la Academia (212-1765) —.

Sin embargo, ningún Bellavere dio problemas hasta la llegada de vuestro padre.

Rembrandt Bellavere había sido considerado un traidor.

Tras un paso discreto por la Academia, se largó con el rabo entre las piernas como una rata asustadiza luego del incidente que puso a la institución en el mapa.

¿Asesinatos? ¿Locura? ¿Sombras? Rembrandt huyó antes de que la maldición que se decía que había caído sobre Westgard lo incluyera a él, aunque lo que no sabía era que la arrastraría consigo hasta el final de sus días.

El señor Bellavere no se marchó solo, sino que se llevó consigo algunas de las obras de arte más valoradas de la Academia para venderlas.

«Un ladrón de arte nunca será un artista», había determinado por aquel entonces el director de la Academia, padre de Marinea Imperial, el señor Robert Imperial.

—Puede que sea cierto que nuestra familia nació de los propios muros de este lugar —intervino Lukas, dando un paso al frente—. Al fin y al cabo, esta escuela esconde tantos secretos y misterios que sería imposible deducir qué es real y qué falso, ¿verdad?

—Lukas… —masculló Frederick.

—Si nuestra familia hubiera nacido aquí, engendrados por los cimientos de la Academia, ¿eso nos haría dueños, en cierta parte, de este sitio?

—Señor Bellavere —dijo Marinea, y cruzó las manos a la altura de su pecho. Contrajo una mueca de odio.

—Llámeme Lukas, por favor.

—Lukas. Lukas Bellavere —repitió la directora.

El cansancio por la burla se notaba en su ceño fruncido y sus ojos empequeñecidos, como dos finas líneas que juzgaban a Lukas—.

Una lengua tan afilada podría traerle problemas en un sitio como este.

Como regente de esta escuela, velo por la seguridad de los alumnos y profesores, no me gustaría verle metido en ningún lío.

Ni a usted ni a ninguno de sus hermanos.

Aunque no lo crea, soy la principal culpable de que ustedes estén aquí.

No quise que tuvierais que pagar los errores de vuestro padre —suspiró.

Se llevó la mano al antebrazo. Por debajo de los pliegues de la ropa, se distinguía un brazalete dorado que ella pareció acariciar con la nostalgia anclada al cuello—.

Procure llevar cuidado, joven. Guárdese esa daga cargada de palabras y disfrute de su estancia aquí.

La Academia de las Artes Oscuras es absorbente y tiene algo que atrapa a las personas.

Lukas no supo hasta qué punto la directora Imperial había cargado de ironía su discurso.

La Academia era conocida por la mala reputación que la precedía desde hacía treinta años, cuando los crímenes se desataron entre las paredes de un centro que prometía servir de inspiración para artistas y que acabó siendo la perdición de todos y cada uno de ellos.

Los rumores acerca del destino que procuraba la Academia a sus estudiantes eran tan grandes como las bocas que los expandían.

Ni un solo artista se había librado de padecer la locura o la propia muerte, de morir en extrañas circunstancias o ser arrastrados por la locura hasta el punto de acabar con su propia vida para no seguir lidiando con la realidad.

Lukas siempre había escuchado que el arte servía de escudo contra el dolor, aunque a veces le parecía que era una espada de doble filo que podía combatirlo, pero también acabar con uno mismo.

¿Por qué la gente seguía acudiendo allí?

Ellos no tenían otra opción, así lo habían dictaminado Frederick y su padre.

Si fuera por Lukas, se encontraría lejos de allí, perdido en algún rincón de Salmarina, con la brisa del mar azotándole en la cara y la seguridad de que nada malo llegaría.

Pero ¿tan grande era el afán de los artistas por conseguir un reconocimiento mundial que les daba igual si les costaba su propia vida?

¿O acaso eran tan osados como para creerse invulnerables a las maldiciones que la tierra de Westgard llevaba años arrastrando?

¿Qué les hacía pensar que ellos no serían los siguientes?

¿Qué les hacía pensar que al igual que otros antiguos pintores, escritores o actores no acabarían olvidados antes siquiera de poder hacerse un nombre entre la élite?

Marinea sacó de su cajón cuatro maletines de cuero. Llevaban grabadas las iniciales de cada uno, justo por debajo de una serigrafía dorada que decía Academia de las Artes Oscuras de Westgard .

—Estos son vuestros maletines de estudiante —explicó Marinea, entregándoselos—.

Dentro de cada uno, tenéis todo lo necesario para empezar vuestras clases: cuadernos, plumas, lápices y un libro de texto general con la información básica de la escuela.

Aprended bien las normas y los horarios.

Es importante respetar los toques de queda cuando cae el sol y las comidas.

Cualquier libro que necesitéis para vuestras clases, podréis encontrarlo en la biblioteca, en la planta inferior.

No la confundáis con la antigua, está cerrada desde hace tres décadas.

Las clases comienzan mañana, pero hay alumnos que llevan aquí un par de semanas, así que podéis recurrir a ellos para que os enseñen en profundidad las instalaciones. ¿Todo entendido?

Los hermanos asintieron a la par, aunque no estuvieran convencidos de saber lo que tenían que hacer a continuación.

—Nuestra ama de llaves, la señora Arch, os acompañará hasta vuestras habitaciones. Cualquier duda que tengáis, podéis preguntarle a ella, a mí o a cualquiera de los profesores que conoceréis en los próximos días.

—Gracias, directora Imperial. Pase una estupenda noche —se despidió Frederick.

Esta vez, todos hicieron una reverencia a la directora, incluso Lukas, que se agachó a regañadientes.

—Un último recordatorio, familia Bellavere. —La mirada de la directora se volvió aún más gélida, como si un monstruo devorase sus entrañas y quisiese salir al exterior a través de sus iris—: No quiero problemas.

La Academia de las Artes Oscuras era más grande de lo que podrían haber imaginado.

No solo se elevaba varias plantas hacia el cielo, sino que también se hundía en la montaña, haciendo que los pisos inferiores fueran un amasijo de tierra, oscuridad y calor.

Además, el edificio se dividía en dos alas: una reservada para el hospedaje de los alumnos y otra para las actividades educativas.