La sociedad de las almas malditas 1 #3
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Si el exterior de la Academia de las Artes Oscuras era lúgubre, el interior no hacía más que recalcarlo.

Los muros eran tan altos que las lámparas de araña que colgaban del techo apenas iluminaban la parte baja.

Cientos de velas se distribuían en los laterales del suelo para remediar la oscuridad que los comía con cada paso que daban.

Las llamas de las velas bailaban de un lado a otro, como si siguieran con atención los pasos de los jóvenes que se adentraban en las entrañas de la escuela.

A aquellas horas, cuando el sol había caído casi por completo al otro lado de las montañas y la luz apenas llegaba a filtrarse por los ventanales, los pasillos estaban completamente vacíos. Ni un solo ruido perturbaba su paso, salvo el repiqueteo de los tacones de la señora Arch sobre las baldosas.

—¿Vuestro viaje ha sido muy largo? —preguntó Rowina, que como encabezaba la marcha no se molestó en girarse para mirarlos a los ojos. Su vestido gris, tan carente de pasión como sus ojos, bailaba de un lado a otro. La parte baja estaba desgarrada de tanto pisárselo.

—Un poco —respondió Frederick. Le sorprendía que ella aún no hubiera compartido nada acerca de la relación con su padre—. Han sido nueve horas de viaje en carro.

—Venís de muy lejos, entonces —supuso el ama de llaves.

Frederick prefería no responder. ¿Hasta qué punto su padre y ella mantenían el contacto?

Dar detalles sobre su procedencia solía ocasionarles problemas.

¿De dónde venían? De todos lados y de ninguna parte.

Los Bellavere nunca se habían asentado en una ciudad.

Viajaban de pueblo en pueblo, de región en región; cada comarca de Eileanor tenía grabada una parte de ellos.

Cuando hallaban un lugar seguro —y lo suficientemente lejano—, se asentaban allí hasta que todo volvía a suceder.

Hasta que la tierra que los rodeaba corría el mismo peligro que sus vidas.

—Del sur de Eileanor —añadió Lukas. Tuvo que lidiar con una mirada recriminatoria de Frederick—. Junto a la costa, hay un pequeño poblado llamado Salmarina. Es conocido como puerto mercantil y zona de paso.

—Sí, lo conozco. ¿No se encuentra allí el estrecho de Kethrin? —A Frederick comenzaba a importunarle la curiosidad de la señora Arch.

—Ese mismo —prosiguió Lukas—. Conecta el continente de Aheros con el océano Negro y las Islas del Vientoeste.

Frederick estuvo a punto de rogarle un poco de silencio a su hermano.

¿Podía ser consciente de su situación? Odiaba que fuera tan descuidado como para comentarle a cualquiera los aspectos más íntimos de su vida.

Nadie necesitaba conocer de dónde venían ni por cuánto tiempo estarían.

Esos vagos detalles les pertenecían a ellos y a su causa.

Por suerte, el chirrido de una puerta cortó la conversación.

Unos pasos corriendo perturbaron la tranquilidad de la Academia.

La señora Arch y los hermanos Bellavere se pararon en seco.

¿Se trataba de un peligro real o estaban perdiendo la cabeza?

¿Era una bestia? ¿Un animal? ¿Un monstruo?

¿O tal vez fuera la sombra que ya los había encontrado en su propio hogar?

El resplandor de las velas iluminó el rostro de una joven que corría cargada con libros.

Sus zancadas eran torpes, peligraba su equilibrio.

A Frederick le sorprendió el recogido de su pelo, compuesto de trenzas que se superponían unas a otras, enredándose hasta formar una mucho más gruesa.

Aunque con la penumbra no pudo distinguir sus rasgos, el brillo de sus ojos —juraría que de un color parecido a las esmeraldas— le recordó a las auroras boreales que solía ver durante el invierno con sus padres cuando aún vivían en el norte.

—Señorita Vionni —la llamó Rowina, sin éxito—. Señorita Vionni, ¿a dónde se supone que se dirige?

La chica esta vez frenó en seco, al percatarse de que si continuaba corriendo acabaría llevándose por delante al grupo que ocupaba la mitad del pasillo.

—Perdóneme, señora Arch. —Hizo una reverencia desganada—.

Tenía que devolver unos libros en la biblioteca y mi plazo se acaba hoy.

Se me había pasado por completo con el trabajo de las últimas semanas y los estaba llevando antes de que me pusieran una multa.

Lo pasaría fatal si me castigaran sin poder sacar libros nuevos, ¿sabe?

Rowina Arch suspiró.

—El sol está a punto de ponerse. No es seguro caminar por los pasillos de la escuela, mucho menos en soledad.

—Lo sé, tan solo es que…

—Déjeme esos libros. —Le tendió las manos para agarrarlos—. Yo los entregaré por usted. Pero, por favor, regrese a su habitación cuanto antes.

Los ojos de la chica se iluminaron tanto que Frederick creyó que los pasillos de la escuela recobraban el color que habían perdido por el paso del tiempo.

—Gracias, señora Arch. —Depositó los libros sobre sus manos e hizo otra reverencia—. Prometo recompensárselo como es debido.

—No es necesario, pero agradezco el gesto.

—¡Mañana nos vemos!

La chica se perdió de nuevo en la oscuridad del pasillo, llevándose con ella toda la luz con la que había iluminado su llegada.

—¿Quién era esa chica? —preguntó Frederick.

—Cierra la boca, espantapájaros —le dijo Amanda—, que se te van a salir los ojos de las órbitas.

Frederick enrojeció ante el comentario.

—No digas bobadas —respondió.

—Uh, ¿te ha gustado? —Añadió Lukas, pinchándole en el brazo—. No sabía que tuvieras la capacidad de generar sentimientos.

—Yo no sabía que tuvieras la capacidad de pensar, pero la vida siempre nos sorprende.

—¡¡¡Uhhh!!! —celebró Lucius, dando saltos por detrás de él—. Te ha callado la boca.

Rowina Arch carraspeó, haciendo notar su presencia.

—Esa era la señorita Vionni, Luz Vionni. Si tanto le ha interesado, le encantará saber que podrán compartir alguna clase.

Frederick notó las miradas de sus hermanos clavadas en él. Esperaba que, en cualquier momento, soltaran un comentario de los suyos, que le hicieran quedar en evidencia. Sin embargo, se mantuvieron tan callados como las paredes de la Academia.

—Me alegra haber conocido a una de mis compañeras, pero no he venido a la Academia de las Artes Oscuras para… tratar esos temas.

—¿Y entonces para qué ha venido, señor Bellavere? —La pregunta fue tan directa que Frederick sintió que se le quedaba atravesada en la tráquea. Le costó volver a tomar aire después de encajarla.

—Para aprender, señora Arch. Para aprender y proteger a mis hermanos —aseguró—. Creo que este lugar será idóneo para desarrollar todo mi potencial creativo.

Si no fuera porque caminaban por detrás de ella, los hermanos podrían haberse dado cuenta de que las comisuras del ama de llaves se elevaban al escuchar sus palabras.

—Si algo tengo claro, señor Bellavere, es que este lugar es el mejor para llevar al máximo sus capacidades.

Rowina se detuvo delante de dos puertas casi tan grandes como las de la entrada. Con una mano, les indicó que ingresaran.

—Adelante. Estoy convencida de que la directora estará deseosa por escuchar hablar de tus trabajos.

Si el aire fuera un cuchillo, Frederick habría deseado que en ese momento dejara de correr en ese pasillo.

Su padre le había hablado mucho de aquella mujer que dirigía la Academia.

En cualquier poblado del norte de Eileanor se la conocía como una auténtica heroína, la salvadora de una institución y una región.

Sin embargo, en el sur los cantares la trataban de bruja y alquimista, una mujer con la piel pálida y la sangre tan fría como para destruir lo que más quería con tal de ver cumplidos sus deseos.

Frederick nunca había sabido qué creer: si la versión cálida y cercana del norte o la fría y alejada del sur, que relacionaban a la directora de la Academia con los sucesos acontecidos hace más de tres décadas. Sin embargo, estaba muy cerca de conocer la verdad con sus propios ojos.