La sociedad de las almas malditas 1 #2
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—El carro no puede subir más. Los caminos son demasiado empinados y estrechos como para conducir a través de ellos.

Esta es la parada oficial donde se debe dejar a los alumnos —explicó—.

No se preocupen por el equipaje. Un par de mozos de la Academia vendrán a recogerlo y lo dejarán en las consignas del centro.

—Que tengan especial cuidado con ese cofre. —Frederick señaló a uno tan antiguo como robusto. Su padre le había dejado al cargo de él, y le había asegurado que era de vital importancia que lo conservara durante su estancia allí.

—No se preocupe, señor —respondió el conductor—. Todo llegará en perfectas condiciones.

Entonces, Frederick volvió a mirar hacia la cima. Al menos, una subida de una hora los esperaba antes de llegar a la Academia.

—¿De verdad tenemos que ir hasta ahí arriba? —protestó Lukas.

—¿Tienes algún plan mejor? —replicó Frederick, que agradeció con un asentimiento de cabeza al conductor antes de volver a encarar a sus hermanos—. Si no te gusta la idea de caminar, consigue un caballo y cabalga hasta la cima, si es que no caes por un barranco antes.

Lukas resopló y no volvió a abrir la boca en lo que restaba de camino.

Los hermanos permanecieron sumidos en el silencio, como si la energía que irradiaba la Academia les hubiera arrebatado las palabras.

A lo largo del sendero, se localizaban restos de la estructura.

Partes que se habían caído con el tiempo o se habían sustituido por otras.

A veces, los ladrillos de un negro tan oscuro como la noche asomaban entre las piedras, dando la sensación de que la Academia se cimentaba sobre la propia montaña.

Casi parecía que hubiera nacido de la tierra para erigirse hasta los cielos.

Frederick repasaba mentalmente los consejos que su padre le había dado antes de despedirse de él. ¿ Consejos ? Bueno, así los llamaba él. Más bien eran tareas asignadas como hermano mayor —y responsable— del grupo.

Nunca descuides a tus hermanos.

Vigila que Lukas no tome el control.

Asegúrate de que Lucius no se sienta solo.

Procura que ningún chico se acerque a Amanda.

Que la sombra no os encuentre durante la noche.

Los cuidados se repetían en su cabeza como mandamientos de una religión antigua.

Cada vez que dejaba la mente en blanco, allí aparecían: como el tarareo de una canción que no se puede borrar.

En este caso, una cantada por su padre. Y siempre, por encima de todos, el más importante, el que repetía en último lugar al menos una docena de veces para asegurarse de que Frederick lo había escuchado:

Limpia el apellido familiar.

A Frederick le resultaba cómico.

Cómico que su padre los hubiera mandado allí con la intención de ganar tiempo .

Cómico que pretendiera que sus carreras artísticas despegasen en una institución que amenazaba con venirse abajo y que había dejado más muertos que estrellas en el cielo.

Cómico que le pidiera limpiar una imagen que él mismo, Rembrandt Bellavere, se había esforzado por ensuciar cada día de su maldita vida.

Cada vez que traficaba con arte robado y ponía en contra a toda una generación de artistas que convivió con él en la Academia.

Cada vez que daba la espalda al mundo que le había abierto sus puertas.

Cada vez que en las noches las pesadillas regresaban y las sombras se cernían sobre él y sus hijos, obligándolos a abandonar su casa y marcharse lejos para continuar.

Los Bellavere llevaban toda una vida escapando de algo, aunque no sabían de qué.

Su padre había insistido en que no tuvieran miedo.

Las sombras se irían. Los malos sueños se irían.

«Combatid el dolor con el arte, es la única forma de evitar a las sombras», les había dicho cuando apenas eran unos niños que empezaban a formarse en diferentes disciplinas creativas.

Y Frederick nunca le perdonaría a su padre lo que le había hecho: haberlo dejado al cargo de tres hermanos, asustadizos y cobardes, que apenas sabían sobrevivir por su cuenta.

Y aun así, Frederick conservaba una esperanza en aquella institución, lejos de cumplir con el deseo de su padre y realzar su apellido y dejar un legado familiar . Frederick deseaba descubrir cuáles eran los errores de Rembrandt Bellavere.

Cuando llegaron a la cima, Frederick ya había memorizado cada bache del camino que podría provocarle una torcedura de tobillo a cualquiera de sus hermanos, las hiedras venenosas que crecían en los laterales o los animalillos salvajes que podían darles más de un susto si andaban descuidados.

Pararse ante la puerta de la Academia de las Artes Oscuras casi parecía un sacrilegio, un pecado, una mentira en voz alta.

¿Qué hacían allí? De todos los rincones del país, ¿por qué tenían que acabar en el sitio donde su padre había empezado todo?

A Frederick le provocaba escalofríos pensar en la humedad dentro de la escuela, las arañas y los ratones que recorrerían sus pasillos.

Su habitación se sentiría solitaria en comparación a la que tenía en su casa.

O eso habría pensado si alguna vez hubiera tenido una casa como tal.

—Vamos. No os quedéis parados. Caerá la noche a este paso antes de que nos presentemos. Las clases empiezan mañana mismo.

La entrada a la Academia estaba rodeada de pinos y caminos pedregosos, arbustos y esculturas antiguas.

Algunas representaban ángeles, demonios y otras criaturas de la religión.

Otras guardaban motivos relacionados con la belleza, la mitología o la naturaleza.

Había tantas a lo largo del pasadizo que los separaba de la entrada principal que Frederick creía que en cualquier momento cobrarían vida y los echarían de allí a patadas.

Junto a la estatua de un ángel caído le pareció ver a una chica.

Aunque cuando volvió a mirar, ya no se encontraba allí.

¿Imaginaciones suyas? Podía ser. Era imposible que nadie deambulara a esas horas, con el frío que calaba los huesos, por allí.

La Academia de las Artes Oscuras era imponente y tosca, un monumento de ladrillo negro decorado con torres altas y vidrieras de colores.

Las puertas de la entrada medían al menos cinco metros de altura, lo que hacía sentir enano a cualquiera que las traspasara.

Las gárgolas representaban escenas propias de la región de Westgard: la leyenda del nacimiento de la magia, la caída de las sombras, el crecimiento de los mares…

todo tenía una razón de ser, una historia detrás.

Las columnas que sujetaban la fachada estaban revestidas por pequeñas esculturas de artistas.

Los más afamados de la Academia allí tenían talladas sus caras, sus nombres, sus obras…

como si alguien se hubiera esmerado durante toda una historia en enaltecer los logros de una institución que en sus últimas décadas, desde el famoso incidente que los desprestigió, se había venido abajo y había perdido a la mayor parte de sus estudiantes y docentes.

—¿Y ahora qué? —preguntó Amanda. Frederick agradeció sus palabras, había comenzado a pensar que le había comido la lengua un gato—. ¿Llamamos y nos abren? ¿Esperamos?

—Tengo frío… —musitó Lucius, que se abrazó a sí mismo para entrar en calor.

Lukas tan solo alzó una ceja y dio un paso al frente, esperando la decisión de Frederick.

—Esperaremos —sentenció.

Lukas se quejó.

—Oh, por todos los dioses. Nos moriremos de frío esperando. Volverá a salir el sol antes de que descubran que estamos aquí.

La impaciencia solía gobernar por encima de la razón. Lukas no perdió el tiempo y se adelantó a su hermano. Con el puño en alto, se acercó hasta la puerta para llamar. Sin embargo, cuando sus nudillos estaban a tan solo unos milímetros de chocar con la madera, esta se abrió.

—Gracias por su paciencia, familia… Bellavere.

—El ama de llaves era una mujer adulta oculta tras una túnica que tan solo mostraba su cabello rubio, casi plateado por el paso del tiempo, y las arrugas de su rostro.

Tenía los ojos tan azules que casi parecían carentes de vida—.

Soy Rowina Arch. Os llevaré ante la directora de la Academia. Seguidme.

Frederick reconoció ese nombre en cuanto lo escuchó. Rowina Arch. Su padre le había hablado de ella.

«Un favor de una vieja amiga», le había confesado, orgulloso, después de comentarle que había conseguido cuatro plazas para la Academia.

Nunca le respondió lo que pensaba. Nunca le dijo que ir allí sería un suicidio.

¿No había leído los periódicos? ¿Las terribles muertes que habían sucedido entre los edificios de la Academia?

¿La locura que se había extendido entre sus estudiantes?

¿Las fatalidades que el destino había deparado a los artistas?

«Un artista no tiene miedo, hijo. Un artista tiene ambición.

¿Y qué es la ambición sino dejarse la vida por lograr lo que uno quiere?

», y así le había convencido de que esos pasos eran los correctos, de que debía mantenerse fuerte y guiar a sus hermanos, de que tenía que perseverar en aquello en lo que él no había podido.

«Frederick, tienes que ser un artista de renombre.

Interpreta el mejor papel de tu vida, o que Lukas venda sus obras a los museos internacionales, o que Amanda cante en las óperas de todo el mundo…

Si hace falta, que Lucius empiece a escribir sus propias novelas antes de su mayoría de edad.

Pero, por favor te lo pido, aprovechad vuestro paso por la Academia».

Las consecuencias podían ser fatales, pero ¿acaso el destino al que podían aspirar tenía precio?

Frederick asintió y animó con un gesto a que sus hermanos entraran.