La sociedad de las almas malditas
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de las Artes Oscuras de Westgard. Siendo así el primer graduado
de la institución en toda su historia.
L a Academia de las Artes Oscuras de Westgard se veía a kilómetros de distancia.
Sus siete torres sobresalían por encima de los árboles y de las nubes gracias a sus chapiteles, que amenazaban con atravesar el cielo con la facilidad de una aguja.
Los maestros de la arquitectura elogiaban la brillantez del uso de la piedra negra más propia del sur de Eileanor, aunque algunos se quejaban de que, sobre esa misma piedra, el moho crecía, convirtiéndose en un elemento decorativo más de la estructura.
El vitral de colores parecía una llamada al más allá desde la distancia: lo único que resplandecía; lo único que no habían tomado las sombras.
A la Academia se llegaba a través de un camino sinuoso rodeado por pinos ancianos en la colina de una montaña, junto al poblado de Westgard, el más antiguo de la región.
Subir a pie era una hazaña física, ya que la institución casi coronaba la cima.
Construida a pocos metros de la cúspide, completaba el paisaje de una villa que guardaba tanta magia como secretos.
La familia Bellavere viajaba en un carro de madera tirado por dos caballos.
El último favor de su padre: el alquiler de un transporte que les evitara subir andando hasta la Academia.
Frederick, el mayor de los hermanos, se reía al pensarlo.
Todavía le tendrían que dar las gracias por haberlos abandonado a su suerte en mitad de ninguna parte, en el extremo norte del país, mientras él se dedicaba a hacer lo único que había hecho durante toda su vida: huir de las graves consecuencias de sus actos.
En el interior del carro, los cuatro hermanos Bellavere permanecían callados y atentos a sus quehaceres.
A través del silencio, parecían una familia unida, normal y tranquila.
Todo muy lejos de la realidad. Frederick era el tutor de los cuatro, el responsable , según su padre.
Sin embargo, cuando se fijaba en el rostro de sus hermanos no podía sentir mayor indiferencia.
¿En qué se parecía a ellos? Tal vez en todo, tal vez en nada.
Lukas tenía el pelo negro y rizado, le caía sobre los hombros, otorgándole un aire señorial.
Era tan delgado que apenas ocupaba la mitad del asiento, pero aun así los músculos se le notaban incluso por debajo de la ropa.
Se pasaba las horas pintando en un cuaderno con carboncillo.
Recreaba rostros sin vida. O al menos así lo sentía Frederick cuando observaba esos trazos carentes de sentimiento ni orden.
Amanda era solitaria, diferente. Se alejaba de la realidad como los cuervos de las aves.
A veces, parecía pertenecer a una raza distinta.
Frederick envidiaba de ella su independencia.
Nunca había necesitado nada de sus hermanos.
Siempre se las había arreglado sola. Quizá por eso sentía que la distancia que los separaba era tan enorme como el camino que recorrían hasta llegar a la Academia.
Amanda solía pasar las horas centrada en la música.
Le gustaba todo tipo de instrumento. Incluso, conseguía hacer melodías con objetos cotidianos.
Una cuchara y un plato podían convertirse en una buena percusión si así lo deseaba.
Que Lukas y Amanda eran hermanos no lo dudaba nadie. Tenían el mismo pelo negro y los ojos de un verde casi maléfico; el alma rota y la mirada perdida en el más allá.
Luego estaba Lucius. El pequeño de la familia era el que más desentonaba entre los cuatro.
Y, sin embargo, Frederick sentía que tenía mucho más en común con sus hermanos que él.
Tenía la piel besada por el sol y las estrellas grabadas en el pelo.
El blanco que crecía sobre su cabeza, y que se cortaba casi a diario, contrastaba con los tonos oscuros de su piel, más propios de las regiones del sur de Eileanor.
Lucius tenía catorce años, aunque su apatía a veces le hacía parecer más pequeño, más necesitado…
Frederick solía preguntarse cuándo maduraría y empezaría a tener iniciativa propia.
Una parte de él deseaba que eso sucediera con su ingreso en la Academia.
Era el hijo del mejor amigo de Rembrandt Bellavere.
Cuando murió, apenas tenía siete años. Rembrandt se sintió tan culpable por el fallecimiento, que decidió acogerlo en su familia como si fuera uno más.
Había crecido con el apellido Bellavere a sus espaldas y con la maldición anclada a sus tobillos.
Frederick nunca se había preocupado por saber qué le gustaba a Lucius.
Solía soñar despierto y caminar de un lado a otro, siempre acompañado por los perros callejeros y una buena lectura.
Y luego estaba él, Frederick. Un joven que había crecido demasiado deprisa.
No tenía el pelo oscuro de sus hermanos ni tampoco los ojos verdes.
A sus veintiséis años, tan solo podía presumir de un par de cicatrices que le adornaban la cara y que le dejarían el recuerdo imborrable de los severos castigos de su padre.
«Eres el mayor y eso implica responsabilidad. Tatúatelo en la piel, si es necesario», solía decirle cuando sus hermanos cometían cualquier error que lo implicara a él.
—¿Alguna vez has visitado Westgard? —La pregunta la hizo Lukas.
Miraba a través de la ventana, perdiéndose en el paisaje rupestre y mágico de la zona.
El verde de los árboles solo se veía manchado por las flores que coloreaban su lienzo.
Los rayos del sol se filtraban a través de la vegetación y aterrizaban sobre la tierra como lanzas divinas.
—No —respondió Frederick, que desvió su mirada hacia el mismo horizonte—. Westgard es un sitio extraño, lejano e incómodo.
Lukas alzó una ceja, a la espera de que se explicara.
—El norte no es agradable. Los forasteros del sur no somos bienvenidos. Tienen sus propias tradiciones y leyendas, muy arraigadas entre la población.
—Es una suerte, entonces, que nuestra familia tenga sangre norteña. ¿Cuántas generaciones de Bellavere estudiaron en la Academia de las Artes Oscuras? —La sonrisa de satisfacción que se le dibujó a Lukas en la cara irritó a Frederick.
Decenas. Incluso cientos , pensó. Los Bellavere tenían tanta tradición como la propia escuela.
Las leyendas precedían su paso y, desde el albor de los tiempos, su familia había estado estrechamente vinculada con la institución.
Al menos, hasta que su padre se había encargado de ganarse la peor fama entre los artistas de la región.
—A la gente del norte le importa demasiado la pureza. Nuestros antepasados les darán igual.
—¿Deberíamos preocuparnos? ¿Nos echarán a patadas en cuanto nos reconozcan?
Frederick suspiró. Aprovechó el silencio para buscar ayuda en los ojos de sus hermanos.
Amanda ni siquiera había levantado la cabeza de su libro de lectura.
Lucius era demasiado joven para opinar. Quería decirles que los errores de su padre no les traerían malas consecuencias a ellos.
Sin embargo, era difícil alzar una mentira tan grande con tanto rigor cuando la verdad se escondía en su propia sangre.
—Nadie nos va a echar de aquí. —La duda, la creciente duda se manifestó en el temblor de su voz al pronunciar esas palabras—.
Tan solo os pido que andéis con cuidado.
La Academia puede convertirse en un lugar desagradable, peligroso y violento.
Somos la familia Bellavere. No olvidéis vuestro apellido; os aseguro que ellos no lo harán.
Durante el resto del viaje, permanecieron en silencio.
El traqueteo de las ruedas creaba una melodía atroz, insensible y llena de agonía.
Las temperaturas descendían poco a poco, cuanto más se acercaban a la cima de la montaña.
Los dichos populares aseguraban que en Westgard no conocían el verano.
Sin embargo, Frederick Bellavere empezó a dudar de que supieran de algo que no fuera el invierno.
Al otro lado de las montañas, las nubes se dibujaban sobre el cielo de un gris plomizo que anunciaba tormentas venideras.
No tardarían en llegar a Westgard. Quizá, su primera noche en la Academia la pasarían acompañados de la canción de la lluvia: una nana inconfundible para dormir que silenciaba a los niños y despertaba los temores de los adultos.
El carro se detuvo de pronto.
El conductor bajó del pescante y sus pasos se escucharon sobre la tierra. Abrió la puerta e invitó a los hermanos Bellavere a bajar.
—Hemos llegado a la Academia de las Artes Oscuras de Westgard —anunció. Sus ropajes de piel estaban manchados por la tierra y empapados por la humedad del ambiente.
Frederick estaba en el extremo contrario del carro, así que esperó a que sus hermanos bajaran primero. Sin embargo, ninguno de ellos hizo ademán de moverse.
—¿A qué esperas? —espetó Lukas—. Tú eres el que nos lidera , ¿no?
Había cierta soma en sus palabras que no gustó ni un pelo a Frederick. Aun así, no estaba dispuesto a discutir antes de llegar a la Academia. Resopló y, aupándose sobre sus hermanos, bajó el primero del vehículo. Lo siguieron Amanda y Lucius al instante, mientras que Lukas esperó a ser el último.
La tierra estaba húmeda y las botas se les hundían en el lodo.
Frente a ellos esperaban ver las siete imponentes torres de la Academia.
Sin embargo, tan solo hallaron un arco gótico medio derruido que daba a ninguna parte.
Algunas hojas secas se deslizaron por el viento más allá del arco, como si invitaran a los hermanos a adentrarse en lo desconocido.
—¿Y la Academia? —preguntó Lukas, abriendo sus brazos—. ¿No habíamos llegado ya?
Frederick miró al conductor, frunció el ceño.