La sinfonía silenciosa 15. LA NANA DEL SILENCIO. #3
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15. LA NANA DEL SILENCIO. #3

—No lo sé. Supongo que... Supongo que intentar volver a la normalidad, si es que eso es posible después de todo esto.

Rodrigo sonrió con tristeza.

—La normalidad está sobrevalorada.

Silvia soltó una risa ahogada.

—Supongo que sí.

Hubo un silencio, incómodo, cargado de cosas no dichas.

Pilar miró a ambos.

—Voy a salir un momento a ver cómo están los demás.

Silvia la miró.

—Mamá...

Pilar le apretó la mano.

—Tranquila, no voy a desaparecer, te lo prometo.

Salió de la cámara, dejando a Rodrigo y Silvia solos.

Silvia miró al suelo.

—Rodrigo, yo...

Rodrigo la interrumpió.

—No tienes que decir nada.

Silvia lo miró.

—Sí tengo que decirlo. Gracias, por todo. Por creerme, por protegerme, por... Por estar ahí cuando más te necesitaba.

Rodrigo negó con la cabeza.

—No tienes que agradecerme nada. Yo...

Se detuvo.

Silvia lo miró con intensidad.

—¿Tú qué?

Rodrigo respiró hondo.

—Yo solo quería que estuvieras a salvo, eso es todo.

Silvia dio un paso hacia él.

—¿Eso es todo?

Rodrigo la miró y por una vez bajó la guardia.

—No, no es todo.

Silvia esperó.

Rodrigo continuó.

—Cuando te conocí, pensé que eras solo otra víctima, otra persona que necesitaba ayuda, pero entonces... Entonces te vi luchar, te vi resistir, te vi enfrentarte a cosas que habrían roto a cualquiera, y me di cuenta de que eras mucho más que eso.

Silvia se mostró visiblemente emocionada.

—Rodrigo...

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—Eres valiente, Silvia, más valiente de lo que crees, y después de todo esto... Después de todo lo que has pasado... Vas a estar bien, estoy seguro de ello.

Silvia negó con la cabeza.

—No lo sé, no sé si voy a estar bien. No sé si alguna vez voy a poder olvidar todo esto.

Rodrigo le puso una mano en el hombro.

—No tienes que olvidarlo, solo tienes que aprender a vivir con ello, y no tienes que hacerlo sola.

Silvia lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Rodrigo sonrió.

—Quiero decir que si alguna vez necesitas hablar, si alguna vez necesitas ayuda, si alguna vez necesitas... Lo que sea, estaré aquí.

Silvia lloró de emoción.

—¿Lo prometes?

Rodrigo asintió.

—Lo prometo.

Silvia se acercó a él y lo abrazó.

Rodrigo se quedó quieto un momento, pero después, la abrazó también, fuertemente, como si quisiera protegerla de todo el mundo.

Silvia sollozó contra su pecho.

—No sé qué habría hecho sin ti.

Rodrigo le acarició el pelo.

—No tienes que saberlo, porque estuve aquí, y voy a seguir estando.

Silvia se apartó un poco.

Lo miró a los ojos.

—Rodrigo... Yo...

Rodrigo la miró y vio algo en sus ojos, algo diferente que no había visto antes en ella, o quizá sí lo había visto, pero no se había permitido reconocerlo.

—Silvia...

Ella dio un paso más cerca.

—No digas nada. Solo... Solo déjame hacer esto.

Y lo besó. Fue un beso suave, tembloroso, y bastante lleno de miedo y esperanza.

Rodrigo se quedó quieto un momento, pero después, la besó también. Con ternura, con cuidado, como si ella fuera algo frágil, algo precioso.

El beso duró solo unos segundos, pero fue suficiente. Cuando se apartaron, ambos tenían lágrimas en los ojos.

Silvia sonrió con tristeza.

—Lo siento, no debería haber...

Rodrigo le puso un dedo en los labios.

—No te disculpes, nunca te disculpes por eso.

Silvia lo miró.

—¿Y ahora qué?

Rodrigo sonrió.

—Ahora... Ahora tú te vas con tu madre, recuperas tu vida. Y yo... Yo hago mi trabajo.

Silvia frunció el ceño.

—¿Y nosotros?

Rodrigo le acarició la mejilla.

—Nosotros... Nosotros tenemos tiempo, no tienes que decidir nada ahora, tampoco tienes que sentir nada ahora. Solo... Solo vive, y cuando estés lista, si estás lista... Estaré aquí.

Silvia sintió que las lágrimas le caían de nuevo.

—¿Y si nunca estoy lista?

Rodrigo sonrió con tristeza.

—Entonces habré tenido la suerte de conocerte y eso también habrá sido un regalo.

Silvia negó con la cabeza.

—No es justo para ti.

Rodrigo la miró con intensidad.

—La vida no es justa, Silvia, pero a veces... A veces nos da momentos, momentos como este, y eso es más de lo que muchos tienen.

Silvia lo abrazó de nuevo.

—Gracias. Por todo.

Rodrigo la abrazó.

—De nada.

Se quedaron así durante un momento, abrazados en silencio.

Y entonces, Silvia se apartó.

—Deberías irte. Tienes que llevar a Dani a comisaría y llevar a la chica de la viola con su familia.

Rodrigo asintió.

—Sí, tienes razón

Pero no se movió.

Silvia sonrió con tristeza.

—Vete, estaré bien. Mi madre está aquí, y tú... Tú tienes trabajo que hacer.

Rodrigo la miró.

—¿Nos veremos?

Silvia asintió.

—Sí, nos veremos.

Rodrigo sonrió.

—Bien.

Se giró hacia la puerta.

Y entonces, se detuvo.

—Silvia.

Silvia lo miró.

—¿Sí?

Rodrigo la miró por encima del hombro.

—Cuídate.

Silvia sonrió.

—Tú también.

Rodrigo asintió y salió de la cámara.

Silvia se quedó sola. Se llevó los dedos a los labios. Todavía podía sentir el beso. Todavía podía sentirlo a él. Y sonrió. Sonrió de verdad.

Entonces escuchó la voz de su madre.

—¿Silvia? ¿Estás lista para salir?

Silvia respiró hondo.

—Sí, mamá, estoy lista.

Y salió de la cámara con una sonrisa pura hacia la luz, hacia su madre, hacia su vida, y hacia lo que fuese que pudiera venir después.