EPÍLOGO.
Una semana después…
Rodrigo estaba sentado en su despacho.
Frente a él, una montaña de papeles.
Informes, declaraciones, testimonios. Todo lo que había pasado en el Teatro Jovellanos, todo lo que había que explicar, y claro, mentir. Nadie creería la verdad.
Rodrigo había redactado el informe oficial con cuidado.
Una operación criminal. Víctor Menéndez, empresario con conexiones en el mercado negro de arte y antigüedades, había secuestrado a doce personas hacía quince años.
Las había mantenido cautivas en una cámara subterránea bajo el Teatro Jovellanos, las había usado para experimentos relacionados con privación sensorial y control mental.
Iván y sus hombres eran cómplices. Todos murieron en el enfrentamiento final. Las víctimas fueron liberadas. Adrián Montero apareció muerto en una cuneta con un disparo en la sien. Fin de la historia.
No había mención al Pesadiellu, ni a las once cámaras, ni a L'Ordine del Silenzio.
Rodrigo suspiró. Odiaba mentir, pero era eso, o terminar en un loquero por petición expresa del teniente.
Llamaron a la puerta.
—Adelante.
Entró el teniente Mansilla.
—Álvarez, ¿cómo va el informe?
Rodrigo le entregó el documento.
—Terminado.
Mansilla lo leyó en silencio, y después, lo dejó sobre la mesa.
—Buen trabajo. Limpio, claro y creíble.
Rodrigo lo miró.
—¿Creíble?
Mansilla sonrió con tristeza.
—Tan creíble como puede serlo una historia así, pero es suficiente. El caso está cerrado. Las víctimas están a salvo y los culpables están muertos, y eso es lo que importa.
Rodrigo asintió.
—¿Y Samaniego?
Marrero suspiró.
—Fiscalía le podría pedir cinco años. Colaboración criminal, obstrucción a la justicia y traición a la confianza pública. Podría haber sido peor.
Rodrigo cerró los ojos.
—Era mi amigo.
Mansilla le puso una mano en el hombro.
—Lo sé, y sé que duele, pero hiciste lo correcto.
Rodrigo asintió.
—¿Y las víctimas? ¿Los doce?
Marrero se sentó.
—Están recibiendo atención médica y psicológica. Todos, Pilar Olmedo incluida. Algunos están mejor que otros, pero todos están vivos y eso es un milagro.
Rodrigo asintió.
—¿Y los once de Beleño?
Marrero frunció el ceño.
—¿Los once de Beleño?
Rodrigo se dio cuenta de su error.
—Los once que Menéndez había secuestrado años antes.
Mansilla lo miró con extrañeza.
—No hay ningún registro de eso en tu informe.
Rodrigo tragó saliva.
—Porque no pude confirmarlo. Eran rumores, nada más.
Mansilla lo miró durante un momento, y después asintió.
—Bien, entonces no hay nada que investigar, capitán.
Se levantó.
—Tómate unos días libres, Álvarez. Te los has ganado.
Rodrigo asintió.
—Gracias, mi teniente.
Mansilla salió del despacho.
Rodrigo se quedó solo. Miró por la ventana, y pensó en Silvia.
Dos semanas después…
Pilar Olmedo estaba sentada en una sala de espera del Hospital Universitario Central de Asturias.
A su alrededor, los otros once.
Los doce que habían tocado los instrumentos y que se habían estado atrapados en el limbo durante quince años. Todos habían pasado por exámenes médicos exhaustivos y habían sido declarados físicamente sanos. Milagrosamente sanos, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos.
Pero psicológicamente era otra historia. Algunos lloraban, otros estaban en silencio, mirando al vacío, y otros temblaban, incapaces de procesar lo que les había pasado.
Pilar los miraba con tristeza. Todos habían perdido quince años de sus vidas. Todos habían dejado atrás familias, trabajos y sueños, y ahora tenían que empezar de nuevo. Una psicóloga entró en la sala.
—Buenas tardes. Soy la doctora Martínez. Voy a ser vuestra terapeuta durante los próximos meses. Sé que esto es difícil. Sé que tenéis muchas preguntas, pero vamos a trabajar juntos para encontrar respuestas.
Uno de los doce, un hombre joven, levantó la mano.
—¿Cuándo podemos irnos a casa?
La doctora Martínez sonrió con tristeza.
—Pronto, pero primero necesitamos asegurarnos de que estáis preparados, de que tenéis el apoyo que necesitáis.
Pilar levantó la mano.
—¿Y nuestras familias? ¿Saben que estamos vivos?
La doctora Martínez asintió.
—Sí, todas han sido informadas y están esperando para veros, pero queremos hacerlo de forma gradual para que no sea demasiado abrumador.
Pilar asintió. Pensó en Silvia, su hija, en esos quince años que había perdido y en los años que le quedaban por recuperar.
Tres semanas después…
El Padre Lucas estaba de pie frente al altar, en su Iglesia de San Pelayo de Beleño.
Los Custodios del Silencio estaban sentados en los bancos, todos en silencio. Junto a ellos, los once de Beleño rezaban y agradecían haber sido liberados treinta años después.
El Padre Lucas habló.
—Hermanos, hemos cumplido nuestra misión. El Pesadiellu ha sido encerrado de nuevo. Las cámaras están selladas, y el secreto está a salvo.
Uno de los Custodios levantó la mano.
—¿Y las otras once cámaras? ¿Qué hacemos con ellas?
El Padre Lucas lo miró.
—Las sellaremos. Todas. Para siempre. Nadie debe volver a entrar en ellas. Nadie debe volver a tocar los instrumentos.
Otro Custodio habló.
—¿Y si alguien lo intenta?
El Padre Lucas lo miró con dureza.
—Entonces haremos lo que siempre hemos hecho. Proteger el secreto, a cualquier precio.
Hubo un silencio, y después, todos asintieron.
El Padre Lucas continuó.
—L'Ordine del Silenzio ha existido durante siglos a través de mentiras y de cuentos como el que Menéndez nos intentó vender, y seguirá existiendo en la sombra, con un nuevo Maestre, pero los Custodios del Silencio seguiremos protegiendo al mundo de lo que no puede comprender y de lo que no debe despertar.
Miró a todos.
—¿Estáis conmigo?
Todos respondieron al unísono.
—Sí, Padre.
El Padre Lucas asintió.
—Entonces, que Dios nos proteja, y que el Pesadiellu permanezca dormido para siempre.
Tres meses después…
Viena era hermosa en otoño.
Silvia y Pilar caminaban por el Ringstrasse, la gran avenida que rodeaba el centro histórico de la ciudad. Habían llegado hacía dos días. Después de tres meses de terapia, de declaraciones, y de intentar reconstruir sus vidas en Oviedo, habían decidido irse lejos, a empezar de nuevo.
Pilar había elegido Viena, porque siempre había querido ir, porque era una ciudad de música, y porque necesitaban distancia.
Distancia de los recuerdos, del Teatro Jovellanos y del Pesadiellu.
Se detuvieron frente a un café.
—¿Entramos? —preguntó Pilar.
Silvia asintió.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Pidieron café y pastel de manzana.
Pilar miró a Silvia.
—¿Estás bien?
Silvia asintió.
—Sí, estoy bien, de verdad.
Pilar sonrió.
—Me alegro, porque yo también estoy bien. Por primera vez en quince años, estoy bien.
Silvia le apretó la mano.
—Vamos a estar bien, mamá. Las dos.
Pilar asintió, con lágrimas en los ojos.
—Sí. Las dos.
El teléfono de Silvia vibró.
Un mensaje.
De Rodrigo.
"¿Cómo va Viena?"
Silvia sonrió y contestó.
"Hermosa. Deberías venir algún día."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Quizá lo haga. Si me invitas…"
"Estás invitado. Cuando quieras."
"¿En serio?"
"En serio."
Hubo una pausa y una respuesta después.
"Te echo de menos."
"Yo también."
Pilar la miró.
—¿Es él?
Silvia asintió, sonrojándose.
—Sí.
Pilar sonrió.
—Me alegro.
Silvia la miró.
—¿De verdad?
Pilar asintió.
—Sí, por supuesto, te mereces ser feliz, cariño. Y él... Él te hace feliz, se nota cada vez que hablas de él.
Silvia sonrió.
—Es raro, nunca había sentido esto antes. Nunca había tenido una relación... real, duradera, y mira ahora...
Pilar la interrumpió.
—Y ahora tienes miedo.
Silvia asintió.
—Mucho.
Pilar le apretó la mano.
—Es normal, pero no dejes que el miedo te detenga. Si él te hace feliz, si tú lo haces feliz a él, entonces vale la pena intentarlo.
Silvia la miró.
—¿Y tú? ¿No te molesta? Quiero decir... Acabamos de reencontrarnos, y yo ya estoy pensando en...
Pilar la interrumpió de nuevo.
—Silvia, escúchame. Perdí quince años de tu vida, quince años que nunca voy a recuperar, pero no voy a ser un obstáculo para tu felicidad, y si tú eres feliz con él, entonces yo también soy feliz.
Silvia sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.
—Gracias, mamá.
Pilar sonrió.
—De nada, cariño.
El teléfono de Silvia volvió a vibrar.
Otro mensaje de Rodrigo.
"¿Cuándo vuelves?"
Silvia sonrió.
"Todavía no lo sé, pero cuando vuelva... ¿Podemos vernos?"
"Por supuesto, cuando quieras, donde quieras."
"Gracias por esperarme."
"Esperaría toda la vida si fuera necesario."
Silvia se emocionó. De sus ojos salieron lágrimas, lágrimas de felicidad.
"No tendrás que esperar tanto, te lo prometo."
"Estaré aquí."
Silvia guardó el teléfono y miró a su madre.
Pilar sonrió.
—¿Lista para seguir?
Silvia asintió.
—Sí, lista.
Salieron del café y siguieron caminando por Viena. Madre e hija, recuperando el tiempo perdido, construyendo nuevos recuerdos. Silvia se sentía completa. Tenía a su madre, tenía un futuro, y tenía a alguien esperándola. Sin prisa, sin presión, solo... Amor, tan puro y simple.
Aquella noche…
Silvia se sentó frente a la ventana. La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas. Cogió su teléfono y escribió un último mensaje.
"Buenas noches, Rodrigo."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Buenas noches, Silvia. Sueña bonito."
Silvia sonrió. Aquella noche y desde hacía semanas, no había pesadillas, ni miedo, ni demonios, solo una esperanza de un mañana mejor, con esa certeza de no saber lo que podría pasar, pero que por fin, tras muchos años, ya no estaba sola. Nunca más estaría sola.
Dos meses después…
Silvia salió de la terminal de llegadas, en el Aeropuerto de Asturias. Llevaba una maleta pequeña y una sonrisa nerviosa. Había vuelto, aunque solo por unos días.
Pilar se había quedado en Viena.
—Ve —le había dicho—. Ve a verlo y disfruta, que te lo mereces.
Y allí estaba, buscando entre la multitud.
Entonces lo vio. Rodrigo. De pie junto a una columna, con las manos en los bolsillos y con una sonrisa tímida.
Sus ojos se encontraron, y Silvia corrió hacia él.
Dejó caer la maleta y lo abrazó, se abrazaron mutuamente, con fuerza, como si no quisieran soltarse nunca más.
—Hola —susurró Silvia.
—Hola —respondió Rodrigo.
Se apartaron un poco y se miraron.
—Te he echado de menos —dijo Silvia.
—Yo también —dijo Rodrigo.
Y la besó. Fue un beso suave, tierno y simple, pero lleno de promesas.
Cuando se apartaron, ambos sonrieron.
—¿Lista? —preguntó Rodrigo.
—¿Para qué? —preguntó Silvia.
Rodrigo sonrió.
—Para empezar, pero de verdad, sin prisas, sin presiones, tan solo... Nosotros.
Silvia sonrió.
—Sí. Estoy lista.
Rodrigo cogió su maleta y caminaron juntos hacia la salida, hacia el futuro. Hacia lo que fuera que viniera después. Juntos.