La sinfonía silenciosa 15. LA NANA DEL SILENCIO. #2
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15. LA NANA DEL SILENCIO. #2

Pilar cogió el violín de Silvia y lo sostuvo en sus manos, como si fuera lo más valioso del mundo.

Silvia se acercó a la chica que había tocado la viola, que estaba acurrucada en una esquina, llorando, temblando.

Silvia se arrodilló a su lado.

—¿Puedo?

La chica asintió.

Silvia la cogió. Era pesada, más de lo que esperaba. Nunca había tocado una viola, ni siquiera para hacer una reparación.

Nunca había tocado ningún instrumento, pero cuando la sostuvo en sus manos, algo cambió. Los colores aparecieron. Dorado, rosa, blanco, azul, violeta, colores puros, y tras ellos vinieron las formas.

Líneas que se movían en el aire, que se entrelazaban, que formaban patrones y bailaban…

Silvia podía verlas y sentirlas. Su sinestesia le mostraba el camino. Pilar se acercó a ella.

—¿Estás lista?

Silvia respiró hondo y asintió.

Pilar miró a los otros once. Todos tenían sus instrumentos en las manos. Todos la miraban, esperando.

Pilar levantó el violín, lo colocó bajo su barbilla, levantó el arco y miró al Pesadiellu.

Él Pesadiellu también la miraba, inmóvil, como si estuviera esperando.

Pilar respiró hondo.

—Entonces... Tocad conmigo.

Y comenzó a tocar. La primera nota fue suave, delicada un susurro que llenó la cámara.

Silvia cerró los ojos y vio los colores.

Dorado, como el sol al amanecer.

Rosa, como algunas flores en primavera.

Blanco, como la nieve en invierno.

Las líneas se movían en el aire, formando patrones y guiándola.

Silvia levantó el arco y tocó. La viola respondió. Su sonido era más grave que el del violín, pero encajaba perfectamente, como dos piezas de un rompecabezas que siempre habían estado destinadas a unirse.

Los otros once empezaron a tocar también.

La nana. La canción que Pilar le había tocado a Silvia cuando era niña, la canción que alejaba a los demonios, la que mantenía a las criaturas del limbo encerradas.

El Pesadiellu se detuvo e inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando, recordando, y entonces, empezó a retroceder despacio, lentamente hacia la oscuridad.

Silvia abrió los ojos. Los colores eran más brillantes ahora. Más intensos.

Dorado, rosa, blanco, azul, violeta y verde, todos bailando juntos, formando espirales, formando círculos, formando una red de luz que envolvía al Pesadiellu.

Siguió tocando. Pilar la miró, y sonrió, con lágrimas en los ojos.

—Así, cariño, así. No pares.

La melodía creció, se hizo más fuerte, más intensa y más compleja.

Los trece tocaban al unísono, como si fueran un solo instrumento, una sola voz.

El Pesadiellu retrocedió más. Sus garras se retorcieron y su boca se abrió, pero no emitió ningún sonido, tan solo... Se fue desvaneciendo poco a poco,  como humo disipándose en el viento.

Entonces, algo cambió.

El Pesadiellu se detuvo y empezó a resistirse.

La oscuridad a su alrededor se espesó, se solidificó, formando tentáculos que se extendieron hacia los trece.

Uno de los tentáculos alcanzó a uno de los músicos, un hombre joven con un laúd.

El hombre gritó y dejó de tocar. Cayó al suelo, inconsciente.

La melodía cambió, pero entonces, Pilar gritó.

—¡No paréis! ¡Seguid tocando!

Pero otro tentáculo alcanzó a una mujer con una flauta. Ella cayó también, y después otro, y otro. Uno a uno, empezaron a caer.

Rodrigo corrió hacia ellos.

—¡Tenemos que hacer algo!

El Padre Lucas negó con la cabeza.

—¡No podemos! ¡Si interrumpimos la melodía, el Pesadiellu se liberará completamente!

Silvia sintió que el pánico le comenzaba a invadir. Los colores empezaban a desvanecerse, las líneas se rompían y la melodía se estaba desmoronando.

Entonces, Pilar gritó.

—¡Silvia! ¡Mírame!

Silvia la miró.

Pilar tenía lágrimas en los ojos, pero su expresión era firme.

—Tú y yo, solo nosotras dos. Podemos hacerlo. Confía en mí.

Silvia asintió, llorando.

—Confío en ti, mamá.

Pilar respiró hondo y empezó a tocar más fuerte y más rápido, soltando toda esa rabia acumulada desde hacía tres lustros. Entonces, a melodía cambió y se hizo más intensa y más poderosa.

Silvia siguió los colores y tocó con ella. La viola y el violín se entrelazaron, formando una armonía perfecta, una melodía que resonaba en las paredes de la cámara y que hacía vibrar el aire, llenando cada rincón con luz.

El Pesadiellu retrocedió de nuevo.

Los tentáculos se retrajeron y los músicos caídos empezaron a despertar. Uno a uno, volvieron a coger sus instrumentos y volvieron a tocar. La melodía creció de nuevo, aún más fuerte, brillante y poderosa que antes.

El Pesadiellu retrocedió más, y más, y más, hasta que llegó al borde de la oscuridad.

En aquel momento Pilar cambió la melodía una última vez. Las notas se hicieron más agudas y más rápidas, formando un crescendo que subía sin parar.

Silvia la siguió. Los colores explotaron en su visión.

Dorado, rosa, blanco, azul, violeta, verde, rojo, naranja… Todos brillando, todos bailando, y todos convergiendo en un solo punto: En el Pesadiellu.

Y entonces, Pilar tocó la última nota.

Una nota larga y sostenida que resonó en la cámara como una campana.

Silvia la siguió, y los otros once también. Todos tocando la misma nota, al unísono.

El Pesadiellu se congeló. Su boca se abrió en un grito silencioso, y entonces, se desvaneció completamente, como si nunca hubiera estado allí.

La oscuridad se cerró y la cámara quedó en silencio.

Silvia dejó de tocar. Pilar también.

Los otros once bajaron sus instrumentos. Todos miraban hacia el fondo de la cámara, donde el Pesadiellu había estado, pero ya no había nada, solo oscuridad y silencio.

Rodrigo se acercó despacio.

—¿Se... Se ha ido?

Pilar asintió, agotada.

—Sí, ha vuelto al limbo, donde debe estar, donde siempre debió estar y de donde nunca debió salir.

Dejó caer el violín y cayó de rodillas.

Silvia dejó caer la viola y corrió hacia su madre.

—¡Mamá!

Pilar la abrazó con fuerza.

—Estoy aquí, cariño, estoy aquí. Por fin estoy aquí.

Ambas lloraron, abrazadas, después de quince años. Por fin juntas.

El Padre Lucas se acercó despacio.

—Pilar... ¿Cómo sabías que funcionaría?

Pilar lo miró, con lágrimas en los ojos.

—Porque lo viví. Durante quince años atrapada en el limbo. Pude ver la verdad, pude ver que la música no era una prisión, sino una llave que solo podía ser usada por aquellos que amaban, por aquellos que confiaban y por aquellos que estaban dispuestos a sacrificarse.

Miró a Silvia.

—Y mi hija... Mi hija tiene el corazón más puro que he conocido.

Silvia sollozó.

—Mamá...

Pilar la abrazó de nuevo.

—Te quiero, cariño, siempre te he querido, y nunca, nunca te dejaré de nuevo.

Rodrigo se acercó a ellas.

—Pilar... Tenemos que salir de aquí. Esta cámara no es segura.

Pilar asintió.

Se levantó despacio, ayudada por Silvia.

Los otros once también se levantaron.

Todos estaban agotados, pero vivos.

Rodrigo miró a su alrededor. Los cuerpos de Menéndez, Iván y los otros hombres seguían en el suelo, muertos, con los ojos abiertos y con expresiones de terror congeladas en sus rostros.

Rodrigo suspiró, pero pensó en cómo contar todo eso en un informe…

—Vamos, salgamos de aquí.

Desde el pasillo, llegó una voz.

—Capitán...

Todos se giraron.

Dani Samaniego estaba de pie en el umbral de la puerta, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas.

Rodrigo lo miró y supo la verdad, a pesar de que ya lo intuía, pero no quería creérselo. Se acercó a Dani despacio.

—Dani... ¿Qué hiciste? Lo sé todo, solo quiero la verdad. Te hubiese confiado mi vida.

Dani negó con la cabeza.

—Rodrigo, yo...

Rodrigo lo interrumpió.

—¿Qué hiciste, Dani? Quiero saber por qué.

Dani sollozó.

—Necesitaba el dinero. Mi madre... Está enferma. Los tratamientos... No podía pagarlos. Y Menéndez... Menéndez me ofreció dinero, mucho dinero. Solo tenía que... Solo tenía que darle información sobre la investigación, sobre Silvia, sobre...

Rodrigo cerró los ojos.

—Sobre mí.

Dani asintió, llorando.

—Lo siento, lo siento mucho. Yo no sabía... No sabía que iba a llegar tan lejos. No sabía que iba a...

Rodrigo levantó una mano.

—Para. Prefiero que calles.

Dani se calló.

Rodrigo lo miró con tristeza.

—Daniel Samaniego, quedas detenido por colaboración criminal, obstrucción a la justicia y traición a la confianza pública.

Dani sollozó.

—Rodrigo, por favor...

Rodrigo negó con la cabeza.

—No. No hay excusas ni tampoco justificaciones. Traicionaste a tu compañero, traicionaste a tu amigo, y gente murió por ello. Las próximas explicaciones, al juez.

Sacó las esposas y se las puso a Dani.

Dani lloraba.

—Lo siento... Lo siento...

Rodrigo lo miró con pena.

—Yo también. No imaginas cuánto.

Rodrigo escoltó a Dani hacia la salida.

El Padre Lucas y los Custodios del Silencio ayudaron a los once músicos a salir de la cámara. Todos estaban agotados y bastante confundidos, pero vivos.

Pilar se quedó con Silvia, abrazadas en silencio.

Rodrigo se detuvo en el umbral de la puerta. Miró hacia atrás, hacia Silvia, que también lo miraba.

Rodrigo le hizo un gesto a uno de los Custodios.

—Llévalo arriba, yo subo enseguida.

El Custodio asintió y se llevó a Dani. Rodrigo sabía que no era lo propio, que un civil escoltase a un guardia civil esposado, pero todo lo que había ocurrido durante las últimas horas tampoco tenía mucho sentido, así que lo dejó pasar.

El capitán se acercó a Silvia y Pilar.

Pilar lo miró.

—Gracias, por todo. Pilar Olmedo.

Rodrigo asintió y estrechó la mano de la mujer.

—Capitán Rodrigo Álvarez. No tiene que agradecerme nada, solo hice mi trabajo.

Pilar sonrió con tristeza.

—Hizo mucho más que eso. Protegió a mi hija, y eso... Eso no tiene precio.

Rodrigo la miró.

—¿Qué va a hacer ahora?

Pilar miró a Silvia.

—Recuperar el tiempo perdido. Quince años son demasiados. No volverán, pero al menos ahora tenemos el resto de nuestras vidas.

Rodrigo sonrió y miró a Silvia.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

Silvia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.