15. LA NANA DEL SILENCIO.
La cámara tembló brusca y violentamente, como si la tierra estuviese despertando de un sueño milenario.
El suelo se sacudió bajo los pies de Silvia.
Las paredes vibraron y pequeñas piedras cayeron del techo. Entonces, desde el fondo de la cámara, donde la oscuridad era más densa, algo se movió.
Al principio fue solo una sombra, una mancha oscura que se retorcía, que se expandía y que crecía, pero entonces, esa sombra tomó forma, y lo que emergió de la oscuridad no era de este mundo.
El Pesadiellu.
Era enorme, más de tres metros de altura.
Su cuerpo era una masa de sombras entrelazadas, como humo solidificado, que se movía y cambiaba constantemente.
Tenía forma vagamente humana, pero retorcida, deformada, como si alguien hubiera intentado esculpir un hombre y hubiera fracasado.
Sus brazos eran extremadamente largos, desproporcionados, y terminaban en manos con dedos afilados como cuchillas.
Sus piernas eran delgadas, casi esqueléticas, pero se movían con una fluidez antinatural, como si no tuvieran articulaciones. Y la cabeza...
La cabeza era lo peor. No tenía rostro, solo una superficie lisa, negra, brillante, como obsidiana pulida.
Pero entonces, esa superficie se agrietó y se abrió, y de ella apareció una boca enorme que ocupaba casi toda la cabeza, llena de dientes irregulares, afilados, parecían cristales rotos.
Cuando esa boca se abrió, el sonido que salió no fue un rugido, sino más bien un suspiro.
Un suspiro largo y profundo que llenó la cámara. Con ese suspiro llegó el frío.
Un frío que quemaba. El aire se congeló y salió vaho de las bocas de todos los presentes.
Silvia sintió que el terror la paralizaba. No podía moverse, tampoco respirar, tan solo podía mirar. Mirar a esa cosa, a ese monstruo, al Pesadiellu.
Iván, que la tenía agarrada del brazo, aflojó el agarre.
Él también estaba mirando con los ojos muy abiertos y con la boca entreabierta. Con miedo. Miedo puro.
Menéndez dio un paso adelante.
Temblaba, pero había tenía clara su misión y debía completarla.
—Pesadiellu... —Su voz era apenas un susurro—. Señor de los Sueños... Guardián del Limbo...
El Pesadiellu giró lentamente la cabeza hacia él, considerándolo.
Menéndez tragó saliva.
—He roto tu prisión. He liberado a los doce. He cumplido mi parte. Y ahora... Ahora te pido que cumplas la tuya. Mi hija... Mi hija está muriendo. Tú puedes salvarla, tú tienes el poder.
El Pesadiellu inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando, como si estuviera pensando.
Entonces, se movió. Fue tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar.
En un instante, el Pesadiellu estaba frente a Menéndez, que levantó las manos, como si quisiera protegerse.
—¡Espera! ¡Tenemos un trato! ¡Mi hija! ¡Tienes que...!
El Pesadiellu levantó una mano y la hundió en el pecho de Menéndez. No fue un golpe físico. La mano atravesó la ropa, la piel, las costillas, pero sin romper nada, como si Menéndez fuera humo.
Este gritó.
Silvia vio cómo algo salía del cuerpo de Menéndez, translúcido, brillante, que se retorcía en el aire como un pez fuera del agua. Era su alma.
El Pesadiellu la agarró y la absorbió.
La luz desapareció dentro su boca y Menéndez cayó al suelo, muerto, con los ojos abiertos, vacíos, mirando a la nada, y con la boca congelada en un grito silencioso.
Hubo un segundo de silencio absoluto hasta que, entonces, el infierno se desató.
Iván soltó a Silvia y retrocedió, tropezando con sus propios pies.
—Mierda... Mierda... ¡Mierda!
Los cuatro hombres de Menéndez levantaron sus armas.
Y dispararon. El sonido de los disparos llenó la cámara y las balas atravesaron al Pesadiellu, pero no le hicieron nada, simplemente pasaron a través de él, como si fuera humo.
El Pesadiellu se giró hacia ellos despacio, sin prisa, y entonces, se movió.
Esta vez fue aún más rápido. Un borrón de sombras. El primer hombre cayó con un grito ahogado, su alma arrancada antes de que pudiera siquiera parpadear.
El segundo intentó correr, pero el Pesadiellu lo alcanzó en dos zancadas.
El tercero disparó hasta que se le acabaron las balas. Después gritó, lloró y suplicó, pero no sirvió de nada.
El cuarto se quedó paralizado, con la pistola temblando en sus manos, incapaz de moverse.
El Pesadiellu lo miró y lo tocó.
Uno a uno, cayeron. Cuatro cuerpos en el suelo, cuatro almas devoradas.
Iván corrió hacia la puerta.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Pero el Pesadiellu fue más rápido. Lo agarró por la espalda. Iván gritó, se retorció e intentó liberarse, pero era inútil.
El Pesadiellu hundió su mano en el pecho de Iván y arrancó su alma.
Iván cayó al suelo, muerto, con los ojos abiertos y su expresión de terror congelada en su rostro.
El Pesadiellu se giró hacia los demás.
Hacia Rodrigo, hacia el Padre Lucas, hacia los Custodios del Silencio, hacia los doce, y hacia Silvia.
Rodrigo levantó su pistola con manos temblorosas.
—¡Atrás! ¡Atrás o disparo!
Disparó. Una vez, dos, tres veces.
Las balas atravesaron al Pesadiellu. No sirvió de nada.
El Padre Lucas gritó, con la voz rota por el pánico.
—¡No podéis matarlo con balas! ¡Es una entidad del limbo! ¡No tiene cuerpo físico! ¡No es de este mundo!
Rodrigo lo miró, desesperado.
—¿Entonces cómo coño lo detenemos?
El Padre Lucas negó con la cabeza.
—No lo sé... Dios mío, no lo sé...
El Pesadiellu dio un paso hacia ellos, despacio, y otro, acercándose más, con mucha calma, como si estuviera saboreando el miedo.
Los Custodios del Silencio retrocedieron. Algunos rezaban, pero sabían que iban a morir. Entonces, una voz rompió el silencio. Fue una voz firme. Una voz que Silvia no había escuchado en quince años.
—Yo sí lo sé.
Todos se giraron.
Pilar Olmedo estaba de pie, con su pelo pelirrojo cayendo sobre sus hombros, con aquellos ojos verdes brillando en la oscuridad, y con una expresión de determinación absoluta en el rostro.
Caminó hacia Silvia, esquivando los cuerpos y la sangre.
El Pesadiellu se giró hacia ella, pero Pilar no se detuvo. Se plantó frente a su hija y la miró a los ojos.
—Silvia. Mírame.
Silvia la miró, con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá...
Pilar le puso las manos en los hombros.
—Escúchame. Sé cómo detenerlo, pero necesito tu ayuda.
Silvia sollozó.
—Mamá, tengo miedo...
Pilar la abrazó con fuerza.
—Yo también, pero vamos a hacerlo juntas. Como siempre debió ser.
Pilar se apartó de Silvia y miró a su alrededor.
Los doce estaban de pie, confundidos, asustados, mirando al Pesadiellu con terror.
Pilar levantó la voz.
—¡Escuchadme! ¡Todos!
Los doce la miraron. Pilar respiró hondo.
—Menéndez tenía razón en una cosa. Fuimos engañados. Todos. Los once de Beleño, nosotros doce. Nos dijeron que tocar los instrumentos liberaría al Pesadiellu, que nos daría poder, conocimiento e inmortalidad, pero era mentira.
Uno de los doce, un hombre mayor con barba gris, dio un paso adelante.
—¿Qué quieres decir?
Pilar lo miró.
—Quiero decir que tocar los instrumentos no libera al Pesadiellu, lo encierra. Los doce que tocan se convierten en los guardianes, en las llaves, pero no de la forma que creíamos.
Silvia frunció el ceño.
—No entiendo...
Pilar se giró hacia ella.
—Las doce cámaras no son doce cámaras separadas, son una sola. Esta. La cámara principal. Las otras once son réplicas, mapas, espejos que reflejan y controlan al Pesadiellu, pero la verdadera prisión siempre estuvo aquí, en Gijón, bajo el Teatro Jovellanos, que fue construido para tapar el secreto.
El Padre Lucas dio un paso adelante.
—¿Cómo sabes eso?
Pilar lo miró con tristeza.
—Porque lo he vivido durante quince años, atrapada en el limbo. Pude ver la verdad, pude ver cómo funciona la prisión, y también pude ver cómo romperla.
Rodrigo la miró con intensidad.
—¿Y cómo se rompe?
Pilar señaló los fragmentos de la esfera en el suelo.
—La Piedra del Limbo era el ancla, el punto de conexión entre las doce cámaras y el Pesadiellu. Mientras la piedra estuviera intacta, el Pesadiellu permanecía dormido. Pero cuando ese necio la rompió, el ancla se soltó y el Pesadiellu despertó.
Silvia negó con la cabeza.
—Entonces... ¿Cómo lo detenemos?
Pilar la miró.
—Con la música. La música es la única forma de volver a encerrarlo.
Silvia frunció el ceño.
—¿Qué música?
Pilar se acercó a ella y le puso las manos en los hombros.
—¿Recuerdas las noches en las que no podías dormir? ¿Cuando eras pequeña?
Silvia asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí...
Pilar sonrió con tristeza.
—¿Recuerdas lo que hacía yo?
Silvia sollozó.
—Me... Me tocabas una nana, con el violín.
Pilar asintió.
—Sí, una nana. Pero no era una nana cualquiera. Era una melodía antigua, medieval. Un canto de protección, una canción que alejaba a los malos espíritus, a los demonios y a las criaturas del limbo.
Silvia la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué?
Pilar le apretó los hombros.
—Esa nana es la llave. La única forma de volver a encerrar al Pesadiellu, pero no puedo tocarla sola, necesito que me ayudes.
Silvia negó con la cabeza.
—Mamá, yo no sé tocar...
Pilar la interrumpió.
—Sí sabes. Tu sinestesia, los colores, las formas. Tú ves la música de una forma que nadie más puede ver, y eso es lo que necesito, eso es lo que el Pesadiellu teme.
Silvia miró hacia el suelo.
La viola estaba allí, junto a la chica que la había tocado.
Pilar siguió su mirada.
—Coge la viola. Yo tocaré el violín, y tú... Tú solo tienes que seguir los colores. Confía en ellos, confía en ti, confía en mí.
Silvia la miró, temblando.
—Mamá, tengo miedo...
Pilar la abrazó con fuerza.
—Vamos a hacerlo juntas, como siempre debió ser, como siempre debió haber sido.
Se apartó y miró a Silvia a los ojos.
—¿Confías en mí?
Silvia asintió, llorando. Pilar sonrió.
—Entonces, vamos.
Se giró hacia los otros once.
—¡Vosotros! ¡Los instrumentos están contra la pared! ¡Cogedlos, vamos a tocar una última vez!
Los once corrieron hacia los instrumentos.
Violines, violonchelos y violas. Todos los instrumentos que habían sido usados para encerrar al Pesadiellu siglos atrás.