La sinfonía silenciosa 14. LA PIEDRA DEL LIMBO.
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14. LA PIEDRA DEL LIMBO.

Silvia caminaba por la oscuridad.

La linterna apenas iluminaba unos metros por delante. El suelo era de piedra, húmedo y resbaladizo, y las paredes parecían respirar, expandiéndose y contrayéndose con un ritmo lento y constante.

Caminó durante lo que parecieron minutos, aunque el tiempo allí dentro no parecía funcionar igual que fuera.

Finalmente, llegó a una cámara. Era circular, tallada en la roca, con el techo alto y abovedado.

En el centro de la cámara había algo que brillaba con una luz tenue y azulada.

Una esfera. No era grande, tal vez del tamaño de un balón de fútbol.

Flotaba a medio metro del suelo, suspendida en el aire, girando despacio sobre sí misma.

La superficie de la esfera era translúcida, como cristal oscuro, y en su interior se movían sombras, formas que parecían rostros, manos y cuerpos retorciéndose.

Apartó la mirada de la esfera y alumbró con la linterna hacia el suelo, y allí los vio. Doce cuerpos.

Estaban tendidos en el suelo, formando un círculo perfecto alrededor de la esfera. Tenían los ojos cerrados, pero todos ellos respiraban.

Silvia se acercó despacio, con el corazón acelerado, alumbró con la linterna, y entonces la vio. Su madre.

Pilar Olmedo estaba tendida en el suelo, con el pelo rojizo extendido a su alrededor como un halo. Tenía el rostro pálido, sereno, como si estuviera durmiendo.

Silvia dejó caer el estuche del violín y corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Mamá, soy yo, Silvia.

Pilar no reaccionó.

Silvia le sacudió el hombro con suavidad.

—Mamá, por favor, despierta.

Nada.

—Mamá, por favor...

Pero Pilar no se movió.

Silvia miró a los otros once.

Todos estaban igual. Inmóviles. Respirando despacio, como si estuvieran en un sueño profundo del que no pudiesen despertar.

Silvia se levantó despacio y miró hacia la esfera. Flotaba en el centro de la cámara, girando despacio, con esas sombras moviéndose en su interior.

Silvia se acercó a ella, extendió la mano y escuchó un ruido detrás de ella. Pasos. Muchos pasos.

Silvia se giró bruscamente. La Puerta de las Sombras se estaba abriendo completamente.

Entonces entraron. Primero fue Iván Sokolov, con la pistola en la mano, alumbrado con una linterna potente. Detrás de él, cuatro hombres más. Todos armados, todos vestidos de negro, y detrás de ellos, Víctor Menéndez.

Era un hombre de unos cincuenta años, alto, delgado, con el pelo canoso peinado hacia atrás y una barba cuidada. Vestía un traje oscuro impecable. Llevaba algo en las manos. Un estuche, y junto a él, empujada por uno de los hombres, había una chica.

Tendría unos diecisiete años. Pelo oscuro, rostro pálido y sus ojos, llenos de terror.

Llevaba una viola en las manos. Temblaba.

Menéndez se detuvo al borde de la cámara y miró a su alrededor. Sus ojos se posaron en los doce cuerpos tendidos en el suelo. Después miró la esfera, y finalmente, miró a Silvia.

Sonrió.

—Silvia Fernández Olmedo. Por fin nos conocemos.

Silvia retrocedió un paso, con el corazón acelerado.

—¿Quién eres?

Menéndez inclinó la cabeza.

—Mi nombre es Víctor Menéndez, creo entendido que has escuchado hablar de mí. llevo quince años esperando este momento.

Silvia lo miró con rabia.

—Tú... Tú fuiste quien atrapó a mi madre aquí.

Menéndez asintió despacio.

—Podría ser, pero ella vino por voluntad propia. Quería protegerte, y yo le prometí que podía hacerlo.

Silvia apretó los puños.

—Mentiste.

Menéndez sonrió con tristeza.

—No mentí, la protegí. Durante quince años, el Pesadiellu no te tocó porque tu madre estaba aquí, alimentándolo, manteniéndolo dormido.

—Eres un monstruo.

Menéndez negó con la cabeza.

—Soy un padre desesperado. Mi hija está muriendo, y esta es la única forma de salvarla.

Señaló la esfera.

—Esa es la Piedra del Limbo. Dentro de ella están atrapadas las almas de los doce. Si la rompo, las almas se liberarán, y entonces, el Pesadiellu despertará.

Silvia negó con la cabeza.

—No vas a hacerlo.

Menéndez la miró con frialdad.

—Sí, voy a hacerlo, y tú no vas a poder detenerme.

Hizo un gesto a Iván, que se acercó a Silvia.

—Dame el violín.

Silvia retrocedió.

—No.

Iván levantó la pistola.

—No me hagas repetirlo.

Silvia apretó el violín contra su pecho y se negó nuevamente.

Iván dio un paso hacia ella. Entonces, desde el pasillo, llegó una voz.

—¡Alto!

Todos se giraron.

Rodrigo estaba de pie en el umbral de la puerta, con la pistola en la mano, apuntando a Iván.

—Suelta el arma. Ya.

Iván sonrió.

—Capitán Álvarez, qué sorpresa.

Rodrigo entró en la cámara, con la pistola firme.

—He dicho que sueltes el arma.

Iván no se movió.

Menéndez se giró hacia Rodrigo.

—Capitán, no sea estúpido, está solo. Mis hombres lo superan en número.

Rodrigo lo miró con frialdad.

—No estoy solo.

Y entonces, desde el pasillo, entraron más personas.

El Padre Lucas, Aurelio Noriega, y, tras ellos, seis hombres más. Todos armados, todos con el símbolo de los Custodios del Silencio en el pecho.

Menéndez palideció.

—No...

El Padre Lucas se acercó despacio.

—Sí, Víctor. Los Custodios del Silencio hemos estado vigilando, esperando, y ahora ha llegado el momento.

Menéndez apretó los dientes.

—No podéis detenerme, ya es demasiado tarde.

Hizo un gesto a la chica que sostenía la viola.

—Toca.

La chica negó con la cabeza, llorando.

—No... Por favor...

Menéndez la agarró del brazo con fuerza.

—¡Toca!

La chica sollozó.

Y entonces, empezó a tocar.

Una melodía oscura, disonante y triste, llena de dolor.

La esfera empezó a vibrar y la luz azulada se intensificó. Los doce cuerpos en el suelo empezaron a temblar.

Rodrigo gritó.

—¡Detenedla!

Pero era demasiado tarde.

Menéndez soltó a la chica y corrió hacia la esfera. Silvia intentó detenerlo.

—¡No!

Pero Menéndez la empujó con fuerza y Silvia cayó al suelo.

Menéndez llegó a la esfera, extendió las manos y la agarró.

La esfera vibró con fuerza.

Menéndez gritó.

—¡Por mi hija!

Entonces, apretó y la esfera se rompió.

El sonido fue ensordecedor, como si mil cristales se rompieran a la vez.

La luz azulada explotó, llenando la cámara, y de repente, todo quedó en silencio.

Los doce cuerpos en el suelo se incorporaron bruscamente.

Abrieron los ojos y gritaron.

Pilar se llevó las manos a la cabeza, jadeando.

Los otros once hicieron lo mismo. Todos temblaban y respiraban con dificultad, pero estaban vivos, despiertos.

Silvia se levantó del suelo y corrió hacia su madre.

—¡Mamá!

Pero antes de que pudiera llegar, Iván la agarró del brazo con fuerza.

—Quieta.

La arrastró hacia atrás y le puso la pistola en la sien.

Rodrigo levantó su arma.

—¡Suéltala!

Pero los cuatro hombres de Menéndez ya habían rodeado a Rodrigo, al Padre Lucas y a los Custodios.

Todos apuntaban con sus armas.

Menéndez se giró hacia Rodrigo con una sonrisa cansada.

—Baje el arma, capitán, o la chica muere.

Rodrigo apretó los dientes.

—Si le haces daño...

Menéndez negó con la cabeza.

—No voy a hacerle daño, todavía no, pero necesito que escuche, todos necesitáis escuchar.

Rodrigo no bajó el arma y Menéndez suspiró.

—Iván.

Iván apretó la pistola contra la sien de Silvia.

Silvia cerró los ojos.

Rodrigo gritó de impotencia, y bajó el arma.

Menéndez asintió despacio.

—Bien. Ahora, escuchad.

Se acercó al centro de la cámara, donde los fragmentos de la esfera brillaban en el suelo.

—Sé que tenéis preguntas y sé que queréis respuestas, y voy a dároslas, aunque dentro de unos minutos, nada de esto importará.

Miró a Rodrigo.

—Los cadáveres. Cudillero y Luarca. Queréis saber quién los mató.

Rodrigo lo miró con rabia.

—Fuiste tú.

Menéndez negó con la cabeza.

—No, fue Iván, aunque por orden mía.

Iván sonrió.

Menéndez continuó.

—Marcos Villar y Javier Ramos. Dos investigadores privados, ambos contratados por la misma persona.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quién?

Menéndez lo miró con tristeza.

—Yo.

Rodrigo lo miró con sorpresa.

—¿Tú?

Menéndez asintió.

—Sí, los contraté para buscar a Pilar Olmedo. Necesitaba saber si seguía viva, si seguía atrapada en la cámara, porque si lo estaba, significaba que la Piedra del Limbo aún funcionaba.

Silvia lo miró con rabia.

—¿Y por qué los mataste?

Menéndez la miró.

—Porque se acercaron demasiado. Villar descubrió la cámara de Luarca, y Ramos la de Cudillero. Ambos estaban a punto de encontrar la verdad, eran buenos en sus trabajos, mejores de lo que yo hubiese apostado, así que no podía permitirlo.

Rodrigo apretó los puños.

—¿Y la sangre limpia?

—Solo la sangre pura debe tocar la cámara, y ellos estaban sobre ella. Solo los dignos lo merecen, y ellos no lo eran.

—¿Y las marcas? Las claves de sol invertidas.

Menéndez sonrió con amargura.

—Esas marcas son el símbolo de L'Ordine del Silenzio. La Orden del Silencio. Una hermandad ancestral que lleva siglos protegiendo el secreto del Pesadiellu.

El Padre Lucas dio un paso adelante.

—Mentira. L'Ordine del Silenzio no protege al Pesadiellu. Quiere liberarlo.

Menéndez lo miró con frialdad.

—Eso es lo que tú crees, Lucas, pero te equivocas. L'Ordine del Silenzio fue creada para mantener al Pesadiellu encerrado, para proteger al mundo de su poder.

El Padre Lucas negó con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué intentaste abrir la cámara de Beleño hace treinta años?

Menéndez lo miró con tristeza.

—Porque no sabía la verdad. Ninguno de nosotros la sabía. Nos dijeron que tocar los instrumentos liberaría al Pesadiellu, que nos daría poder, conocimiento e inmortalidad, pero era mentira.

Silvia frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Menéndez se giró hacia ella.

—Tocar los instrumentos no libera al Pesadiellu. Lo encierra. Los doce que tocan los instrumentos se convierten en las llaves. Sus almas alimentan la Piedra del Limbo, y mientras la piedra esté intacta, el Pesadiellu permanece dormido.

Rodrigo lo miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces... ¿Por qué rompiste la piedra?

Menéndez lo miró con una mezcla de desesperación y determinación.

—Porque mi hija está muriendo, y el Pesadiellu es la única forma de salvarla.

Silvia negó con la cabeza.

—Estás loco.

Menéndez la miró con tristeza.

—Estoy desesperado, hay una gran diferencia.

Se giró hacia los doce, que ahora estaban de pie, mirándolo con confusión y miedo.

—Vosotros fuisteis engañados. Como yo fui engañado. Os dijeron que tocar los instrumentos os daría poder, pero en realidad, os convirtió en prisioneros, como llaves vivientes.

Pilar dio un paso adelante.

—¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar?

Menéndez la miró.

—Ahora, el Pesadiellu despertará, y cuando lo haga, le pediré que salve a mi hija. Y después... Después, no importa lo que me pase.

Rodrigo negó con la cabeza.

—No puedes controlar al Pesadiellu. Nadie puede.

Menéndez sonrió con amargura.

—Es posible, pero tengo que intentarlo.

En ese momento, la cámara empezó a temblar. El suelo se sacudió, las paredes vibraron, y desde la oscuridad, algo empezó a moverse. Algo grande y antiguo que había estado dormido durante siglos.

El Pesadiellu estaba despertando.