12. EL MONASTERIO. #8
—Vamos.
Entraron, estaba oscuro, por lo que Rodrigo encendió su linterna. Estaban en un pasillo estrecho, con paredes de ladrillo visto y suelo de cemento.
Dani encendió su linterna también.
—¿Por dónde?
Rodrigo miró a su alrededor.
—El Padre Lucas dijo que la Puerta de las Sombras está en los sótanos. Tenemos que bajar.
Caminaron por el pasillo hasta encontrar una escalera de metal que descendía hacia la oscuridad.
Rodrigo se detuvo al borde de la escalera y alumbró hacia abajo. No se veía el final.
—Vamos.
Empezó a bajar. Silvia lo siguió, con el estuche del violín en una mano y la otra apoyada en la barandilla. Dani bajó detrás de ella. La escalera era larga y empinada. Bajaron durante lo que parecieron varios minutos.
Silvia sentía que algo la observaba, que la esperaba.
Finalmente, llegaron al final de la escalera. Se encontraron en un pasillo largo, excavado en la roca, con un suelo compuesto de tierra compactada.
Rodrigo alumbró con la linterna. El pasillo se extendía hacia delante, perdiéndose en la oscuridad.
—Por aquí.
Caminaron despacio, en fila india. Rodrigo delante, Silvia en medio, y Dani detrás.
El silencio era absoluto. Solo se escuchaban sus pasos y su respiración. Llevaban caminando unos cinco minutos cuando Rodrigo se detuvo.
—Mirad.
Alumbró hacia delante. Al final del pasillo había una puerta. Era una puerta de hierro, antigua, cubierta de óxido con símbolos tallados en la superficie que Silvia no logró reconocer, pero que parecían moverse bajo la luz de la linterna.
Rodrigo se acercó despacio. Silvia lo siguió y Dani se quedó unos pasos atrás, vigilando.
El capitán alumbró los símbolos con atención.
—Porta Umbrarum.
Silvia lo tradujo.
—La Puerta de las Sombras.
Rodrigo asintió. No había pomo. La puerta no tenía manija, ni cerradura visible. Era una superficie lisa de hierro, con los símbolos tallados.
Dani se acercó.
—¿Cómo se abre?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No lo sé.
Silvia se acercó a la puerta, extendió la mano y tocó la superficie. El hierro estaba frío, muy frío. Sintió una vibración muy leve, casi imperceptible, como si algo al otro lado de la puerta estuviera respirando.
Silvia apartó la mano bruscamente.
—Hay algo ahí dentro.
Rodrigo solo la miró. Esta respondió con otra mirada, con los ojos muy abiertos.
—Algo vivo, algo que respira.
Dani se tensó.
—¿El Pesadiellu?
Silvia negó con la cabeza.
—No lo sé, parece como demasiado abierto al mundo, pero hay algo.
Rodrigo se acercó a la puerta y apoyó la mano sobre el hierro.
Sintió la vibración también, y apartó por instinto la mano al momento.
—Tienes razón, hay algo tras la puerta.
Dani miró a su alrededor.
—¿Y ahora qué?
Rodrigo se quedó pensando.
—El Padre Lucas dijo que la puerta solo se abre desde dentro. Desde el limbo donde están atrapadas las almas.
Silvia lo miró.
—Entonces mi madre tiene que abrirla.
Rodrigo asintió despacio.
—Sí, pero ¿cómo sabrá que estamos aquí?
Silvia miró el estuche del violín que llevaba en las manos.
—Tocando.
Rodrigo se alarmó instantáneamente.
—No, me niego. Prometiste que no lo tocarías.
—No tengo que tocarlo yo, solo tiene que sonar.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Silvia dejó el estuche en el suelo. Lo abrió con cuidado. El violín brillaba bajo la luz de la linterna.
La restauradora lo cogió con cuidado.
—Si toco una sola nota, mi madre la escuchará. Desde el otro lado.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Silvia, no, es demasiado peligroso.
Silvia lo miró con determinación.
—Es la única manera de hacerlo.
Rodrigo la agarró del brazo.
—No voy a dejar que lo hagas.
Silvia lo miró a los ojos.
—Rodrigo, confía en mí. Solo será una nota, una sola. No voy a quedar atrapada.
Rodrigo la miró durante un largo momento.
Después suspiró.
—Está bien, pero solo una nota, y si sientes algo extraño, lo sueltas inmediatamente, por favor.
Silvia asintió.
—Lo prometo.
Rodrigo la soltó.
Silvia se acercó a la puerta, levantó el violín y lo apoyó bajo la barbilla. No tenía arco, aunque tampoco lo necesitaba.
Extendió la mano y pulsó una de las cuerdas con el dedo. La nota resonó en el pasillo. Un La, claro, limpio y perfecto. Entonces, los colores de sus sueños aparecieron. Azul profundo, púrpura vibrante, rojo sangre. Silvia cerró los ojos y escuchó la voz de su madre.
—Silvia, estoy aquí.
Silvia abrió los ojos bruscamente.
—¿Mamá?
La voz no respondió, pero la puerta empezó a vibrar.
Los símbolos tallados en el hierro empezaron a brillar con una luz tenue, azulada.
Rodrigo dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando?
Silvia miró la puerta con los ojos muy abiertos.
—Se está abriendo.
Y entonces, la puerta se movió, despacio, con un chirrido metálico que resonó en el pasillo.
Se abrió apenas unos centímetros. Lo suficiente para ver lo que había al otro lado.
Oscuridad. Oscuridad absoluta. Pero había algo más.
Una luz tenue, azulada, que pulsaba como un corazón.
Rodrigo se acercó despacio y alumbró con la linterna hacia el interior.
No se veía nada, solo oscuridad y aquella luz azulada, pulsante. Dani se acercó también.
—¿Qué es eso?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No lo sé.
Silvia se acercó a la puerta.
—Tengo que entrar.
Rodrigo la agarró del brazo.
—No, todavía no sabemos qué hay ahí dentro.
Silvia lo miró con determinación.
—Mi madre está ahí dentro, tengo que ir.
Rodrigo la miró con rabia.
—Entonces voy contigo.
Silvia negó con la cabeza.
—No puedes. El Padre Lucas dijo que solo puede entrar alguien que tenga un vínculo con los atrapados.
Rodrigo apretó los dientes.
—No voy a dejarte ir sola.
Silvia le puso una mano en el pecho.
—Rodrigo, por favor, confía en mí, hazlo por esta vez.
Rodrigo la miró durante un largo momento.
Después suspiró.
—Está bien, pero lleva un walkie-talkie, y si pasa algo, si sientes algo extraño, sal inmediatamente. Prométemelo.
Silvia asintió.
—Lo prometo.
Dani le entregó un walkie-talkie que Silvia guardó en el bolsillo. Rodrigo le entregó su linterna.
—Toma. Y ten cuidado.
Silvia asintió. Cogió el violín y el estuche y se acercó a la puerta.
Respiró hondo.
Y entonces, empujó la puerta. Esta se abrió completamente y, sin pensar más, entró.
La oscuridad la envolvió. Rodrigo y Dani se quedaron de pie frente a la puerta, mirando hacia el interior.
—Silvia, ¿estás bien?
La voz de Silvia llegó a través del walkie-talkie.
—Sí, tranquilo, estoy bien.
Rodrigo respiró aliviado.
—¿Qué ves?
Hubo una pausa.
—Nada, todo está oscuro y la luz azul que está… Está... Brillando.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Dónde está?
Otra pausa.
—Delante de mí, a unos veinte metros. Voy a acercarme.
Rodrigo apretó el walkie-talkie.
—Ten cuidado.
—Lo tendré, tranquilo.
Rodrigo y Dani esperaron en silencio.
Los segundos se convirtieron en minutos.
El capitán miraba la puerta con el corazón acelerado.
Dani miraba a su alrededor, vigilando.
Finalmente, la voz de Silvia volvió a sonar en el walkie-talkie.
—Rodrigo.
—¿Sí?
Hubo una pausa larga.
—La he encontrado.
Rodrigo sintió que el corazón se le detenía.
—¿A tu madre?
—Sí.
Rodrigo cerró los ojos.
—¿Está... viva?
Otra pausa.
—No lo sé. Está... Está como dormida, pero respira. Y otra cosa, hay más gente con ella, dormida, pero respiran.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Puedes despertarla?
Hubo un silencio largo.
Después, la voz de Silvia volvió a sonar.
Pero esta vez, sonaba diferente.
Asustada.
La comunicación se cortó.
Rodrigo apretó el walkie-talkie y se tensó.
—¿Silvia? ¿Silvia, me oyes?
No hubo respuesta.
Rodrigo miró a Dani.
—Voy a entrar.
Dani lo agarró del brazo.
—Espera, puede ser peligroso.
Rodrigo lo miró con rabia.
—No me importa.
Se soltó y se acercó a la puerta, pero antes de que pudiera entrar, la puerta empezó a cerrarse, despacio, con ese mismo chirrido metálico.
Rodrigo intentó detenerla, pero era demasiado tarde.
La puerta se cerró con un golpe seco y los símbolos dejaron de brillar.
Rodrigo golpeó la puerta con el puño.
—¡Silvia!
No hubo respuesta.
Rodrigo golpeó de nuevo.
—¡Silvia!
Dani se acercó a él.
—Rodrigo, cálmate.
Rodrigo se giró hacia él con los ojos llenos de rabia.
—¡Está atrapada ahí dentro! ¡Y es culpa mía!
Dani lo agarró de los hombros.
—Lo sé, pero golpear la puerta no va a ayudar, y no es tu culpa, ¿vale? Quítate eso de la cabeza.
Rodrigo respiró hondo, intentando calmarse. Dani tenía razón. Tenía que pensar, había que encontrar una forma de abrir la puerta. Pero entonces, un pensamiento lo golpeó. ¿Cómo sabía Iván que estaban en el monasterio? ¿Cómo sabía Dani lo de los dos violines? ¿Y si...?
Rodrigo miró a Dani con desconfianza. Este lo notó.
—¿Qué pasa?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no era nada. Rodrigo acababa de darse cuenta de algo. Dani había llegado demasiado rápido, demasiado preparado, y sabía cosas que no debería saber, y no podía acusar a Dani sin pruebas, pero tampoco podía confiar en él completamente.
Miró los símbolos tallados en el hierro. Después miró a Dani.
—Necesitamos ayuda.
Dani asintió.
—¿A quién llamamos?
Rodrigo sacó el móvil.
No había cobertura.
Maldijo entre dientes.
—Tenemos que subir.
Dani asintió. Caminaron de vuelta por el pasillo, subieron la escalera y salieron del teatro. Rodrigo marcó un número en cuanto tuvo cobertura. Contestaron al tercer tono.
—Padre Lucas, soy Rodrigo Álvarez. Necesito su ayuda.
Mientras hablaba, Rodrigo observó a Dani de reojo.
Dani estaba de pie, mirando hacia la calle, con el móvil en la mano.
¿Estaba enviando un mensaje? Rodrigo no podía verlo bien, pero la sospecha crecía.