La sinfonía silenciosa 12. EL MONASTERIO. #7
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12. EL MONASTERIO. #7

Rodrigo asintió.

—Sí. Si vamos a entrar en esa cámara, necesito gente de confianza.

Silvia frunció el ceño.

—¿Y si hay un traidor?

Rodrigo la miró con seriedad.

—Solo voy a llamar a una persona, alguien en quien confiaría mi vida.

Silvia asintió despacio.

Rodrigo sacó el móvil y marcó.

Contestaron al segundo tono.

—Dani, soy yo. Necesito tu ayuda.

Hubo una pausa.

—Sí, Dani, es urgente. Muy urgente.

Otra pausa.

—No puedo explicártelo por teléfono. Necesito que vengas a Oviedo. Ahora.

Rodrigo esperó durante un momento. No hubo respuesta, pero supo que estaba aceptando.

—Gracias, Dani. Te debo una. Te mando ubicación.

Colgó y miró a Silvia.

—El brigada Dani Samaniego, mi compañero. Estará aquí en una hora.

Silvia asintió.

—¿Confías en él?

Rodrigo asintió sin dudar.

—Como te dije hace un momento, con mi vida.

Silvia sintió un alivio.

—Está bien, vale.

Rodrigo se acercó a ella.

—Mientras tanto, tenemos que prepararnos. Necesitamos linternas, cuerdas, herramientas... Y sobre todo, necesitamos un plan.

Silvia asintió.

—¿Qué plan?

Rodrigo la miró con incertidumbre.

—Entrar en el Teatro Jovellanos, encontrar la Puerta de las Sombras y averiguar cómo abrirla sin que tú tengas que tocar el violín.

—Rodrigo, ya sabes que no hay otra forma.

Rodrigo la miró con firmeza.

—Siempre hay otra forma. Solo tenemos que encontrarla.

Silvia asintió despacio.

Rodrigo le puso una mano en el hombro.

—Confía en mí.

Silvia lo miró a los ojos.

—Confío en ti.

Rodrigo asintió.

—Bien. Entonces vamos a prepararnos.

El brigada Dani Samaniego llegó puntual.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, alto, de complexión fuerte, con el pelo corto y una mirada seria.

Rodrigo le abrió la puerta.

—Ese Dani… Gracias por venir.

Dani entró y miró a su alrededor.

—¿Qué está pasando, Rodrigo?

Este cerró la puerta.

—Algo muy grande, algo que no podía explicar por teléfono.

Dani frunció el ceño.

—¿Tiene que ver con los cadáveres de Cudillero y Luarca?

Rodrigo asintió.

—Sí, y con mucho más. Te va a sonar a fantasía, a delirios, pero es real, y quiero que confíes en que no es ficción.

Dani miró a Silvia.

—¿Y ella?

Rodrigo se acercó a Silvia.

—Ella es Silvia Fernández Olmedo. Su madre desapareció hace quince años y creemos que está atrapada en una cámara bajo el Teatro Jovellanos de Gijón.

Dani lo miró con sorpresa.

—¿Una cámara?

Rodrigo asintió.

—Sí, una cámara donde está encerrado algo muy peligroso que lleva siglos ahí y que alguien está intentando liberarlo.

Dani se quedó en silencio durante un momento.

—¿Estás hablando en serio?

Rodrigo lo miró de reojo.

—Completamente.

Dani se cruzó de brazos.

—Está bien, venga, cuéntamelo todo.

Rodrigo le contó todo.

Los violines de Corvino, el Pesadiellu, las doce cámaras, Víctor Menéndez, L'Ordine del Silenzio, el Padre Lucas, Los Custodios del Silencio, Iván Sokolov, la Puerta de las Sombras…

Dani escuchó en silencio.

Cuando Rodrigo terminó, Dani se quedó mirándolo durante un largo momento.

—Estás totalmente de coña, ¿no?

—Cuando lo veas con tus propios ojos, me repites esa pregunta.

Dani suspiró.

—Está bien. Si tú lo crees, yo también. Haré el esfuerzo al menos…

Rodrigo sintió un alivio.

—Gracias, Dani.

Dani lo miró con seriedad.

—¿Qué necesitas que haga?

Rodrigo se acercó a la mesa y desplegó un mapa de Gijón.

—Necesito que vengas con nosotros al Teatro Jovellanos. Vamos a buscar la Puerta de las Sombras y vamos a entrar en esa cámara.

Dani frunció el ceño.

—¿Y después?

—Después, vamos a rescatar a la madre de Silvia de allí y vamos a detener a Menéndez antes de que complete el ritual.

Dani asintió despacio.

—Está bien, cuenta conmigo.

Rodrigo le tendió la mano.

—Gracias, Dani.

Dani se la estrechó.

—Para eso están los amigos y los compañeros.

Silvia se acercó a ellos.

—Gracias, brigada Samaniego.

Dani la miró.

—Llámame Dani. Vamos a encontrar a tu madre.

Silvia asintió, con los ojos húmedos.

Rodrigo miró el reloj.

—Son las once, tenemos que irnos. Cuanto antes lleguemos a Gijón, mejor.

Dani asintió.

—Voy a por mi equipo. Tengo linternas, cuerdas, herramientas... Todo lo que me pediste cuando me diste la ubicación.

Rodrigo asintió.

—Perfecto, nos vemos en el coche en diez minutos.

Dani salió del apartamento.

Rodrigo se giró hacia Silvia.

—¿Estás lista?

Silvia asintió.

—Silvia, antes de irnos, necesito que me prometas algo.

Silvia lo miró.

—¿Qué?

Rodrigo la miró con intensidad.

—Que no vas a tocar el violín, pase lo que pase, no vas a entrar en esa cámara sola.

Silvia bajó la mirada.

—Rodrigo... ¿Otra vez? Eres pesadito cuando quieres…

Él le puso las manos en los hombros.

—Prométemelo.

Silvia lo miró a los ojos.

—Te lo prometo.

Rodrigo asintió despacio.

—Me vale, pero no me convence del todo.

Silvia cogió el estuche con el violín y entonces Rodrigo frunció el ceño.

—¿Vas a llevarlo?

—Por supuesto, si mi madre necesita que lo toque para abrir la Puerta de las Sombras desde dentro, tengo que tenerlo conmigo.

Rodrigo apretó los dientes.

—Acabas de prometerlo, pero como veo que harás lo que te dé la gana, no insistiré, pero no lo saques del estuche hasta que yo te lo diga.

Silvia asintió.

—De acuerdo.

Salieron del apartamento, bajaron las escaleras y salieron a la calle. Dani ya estaba esperando junto al coche, con una mochila grande en la mano.

Rodrigo abrió el maletero y su compañero metió la mochila dentro. Subieron y el motor arrancó.

—Vamos a Gijón.

Condujo por el centro de Oviedo y se desvió por la autovía minera.

El cielo estaba gris, cargado de nubes bajas.

Silvia iba en el asiento del copiloto, con el estuche del violín en el regazo.

Dani iba en el asiento trasero, mirando por la ventana. Sabía que lo que estaban a punto de hacer era peligroso.

Muy peligroso, pero también sabía que no tenían otra opción. Si no detenían a Menéndez ahora, el Pesadiellu tendría más probabilidades de ser libre, y entonces, todo estaría perdido.

El viaje transcurrió en silencio durante los primeros veinte minutos. Dani rompió ese silencio.

—Rodrigo, ¿estás seguro de que no deberíamos avisar al cuartel?

Rodrigo lo miró por el retrovisor.

—No, todavía no, cuando llegue el momento, pero aún no.

Dani frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque creo que hay un traidor, alguien que está filtrando información a Menéndez, y no sé si es en nuestro cuartel o en cuál.

Dani se quedó en silencio durante un momento.

—¿Tienes alguna sospecha?

Rodrigo negó con la cabeza.

—No, pero Iván Sokolov, el sicario de Víctor Menéndez sabía que estábamos en el monasterio, y está claro alguien se lo debió decir.

Dani asintió despacio.

—Entiendo. Entonces vamos solos.

Rodrigo asintió.

—Por lo menos hasta que sepamos quién es el traidor.

Dani se quedó pensativo.

—¿Y los que entraron contigo en la casa de Adrián Montero? ¿Los agentes que te acompañaron cuando encontraste los violines?

Rodrigo lo miró por el retrovisor con sorpresa.

—¿Cómo sabes que había dos violines?

Dani parpadeó.

—Me lo dijiste tú hace un momento.

Rodrigo frunció el ceño.

—No, no te lo dije.

Dani se quedó en silencio durante un instante.

—Entonces... Debí leerlo en el informe.

Rodrigo lo miró con desconfianza.

—No hay ningún informe todavía, y esa información no ha salido del cuartel.

Dani se tensó levemente.

—Entonces debí confundirme, perdona.

Rodrigo no respondió.

Siguió conduciendo, pero ahora con una duda creciendo en su mente.

¿Cómo sabía Dani lo de los dos violines?

Silvia lo miró de reojo. Había notado la tensión.

Tal vez Dani había leído el informe preliminar, o quizá alguien en el cuartel se lo había contado. O tal vez...

Rodrigo apartó el pensamiento. No podía permitirse dudar de Dani ahora. No quería hacerlo, lo necesitaba, aunque la semilla de la sospecha ya estaba plantada.

Dani miró a Silvia.

—¿Y tú? ¿Estás preparada para esto?

Silvia se giró hacia él.

—No lo sé, pero lo que sí tengo claro es que debo intentarlo.

—Tu madre debe ser una mujer muy valiente.

Silvia asintió despacio.

—Lo era. Lo es.

Dani asintió.

—Vamos a sacarla de allí.

—Gracias.

Rodrigo miró por el retrovisor.

—Dani, ¿trajiste el equipo de comunicación?

Dani asintió.

—Sí. Tres walkie-talkies, por si nos separamos.

Rodrigo asintió.

—Bien, porque no sabemos qué nos vamos a encontrar ahí abajo.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Crees que Menéndez estará allí?

Rodrigo la miró de reojo.

—Es posible. Iván dijo que te estaba esperando.

Silvia apretó el estuche del violín contra su pecho.

—¿Y si intenta quitarme el violín?

Rodrigo la miró con firmeza.

—Te necesita, no lo hará, es su duodécima pieza, pero tú también lo eres.

Silvia asintió despacio con timidez.

Siguieron conduciendo en silencio. El coche giró por la salida hacia Gijón. Condujo por las calles de la ciudad hasta el centro. El Teatro Jovellanos estaba en el paseo de Begoña, en pleno corazón de Gijón.

Era un edificio imponente, de estilo neoclásico, con una fachada de piedra blanca y columnas que sostenían un frontón triangular.

Rodrigo aparcó el coche en una calle lateral, apagó el motor, puso el cartel de Guardia Civil en el salpicadero, y se quedó mirando el teatro.

—Ahí está.

Silvia miró el edificio con cierto nerviosismo.

Dani se inclinó hacia delante.

—¿Cómo entramos?

Rodrigo sacó el móvil y buscó información sobre el teatro.

—Según esto, el teatro está cerrado los domingos. No hay funciones hasta el martes.

Dani asintió.

—Entonces tenemos el edificio para nosotros.

Rodrigo guardó el móvil.

—Eso espero.

Bajaron del coche. Rodrigo abrió el maletero y Dani sacó la mochila con el equipo.

Caminaron hacia la entrada principal del teatro. La puerta estaba cerrada. Dani se acercó.

—¿Forzamos la entrada?

Rodrigo negó con la cabeza.

—No, está demasiado visible. Vamos a buscar otra entrada.

Rodearon el edificio por el lateral.

En la parte trasera había una puerta de servicio, más pequeña, de metal oxidado.

No tenía pomo, únicamente cerradura.

Dani sacó una palanca de la mochila.

—Déjame a mí.

Introdujo la palanca en la rendija de la puerta y empujó con fuerza.

La cerradura cedió con un chasquido metálico y la puerta se abrió. Rodrigo miró a su alrededor. No había nadie.