12. EL MONASTERIO. #6
El taller estaba tal y como lo había dejado, ordenado y silencioso, con las herramientas en su sitio y los instrumentos colgados en la pared.
En el fondo, la caja fuerte.
Silvia caminó hacia ella y marcó la combinación. La caja fuerte se abrió con un clic. Dentro estaba el estuche negro. Lo sacó con cuidado y lo dejó sobre la mesa de trabajo.
Abrió el estuche. El violín estaba allí. El Stradivarius que alguien le había enviado en nombre de su madre. El violín número 3 de Corvino brillaba bajo la luz de la lámpara.
Rodrigo se acercó.
—¿Estás segura de que quieres llevártelo?
Silvia asintió.
Cerró el estuche y lo cogió.
—Vamos.
Salieron del taller. Silvia cerró la puerta con llave y volvieron al coche.
Rodrigo arrancó el motor.
—¿A tu apartamento?
Silvia asintió.
Rodrigo condujo por las calles de Oviedo hasta el edificio de Silvia. Aparcó frente a la entrada y bajaron del coche.
Silvia llevaba el estuche con el violín en las manos.
Entraron al portal y subieron las escaleras hasta el apartamento de Silvia.
Ella abrió la puerta y entraron. El apartamento estaba tal y como lo había dejado.
Silvia dejó el estuche sobre la mesa del salón.
Rodrigo cerró la puerta.
—¿Estás bien?
Silvia asintió.
—Cansada, pero sí.
Rodrigo se acercó a ella.
—Deberías descansar, mañana será un día largo.
Silvia lo miró.
—¿Mañana?
Rodrigo asintió.
—Sí, mañana iremos a Gijón, al Teatro Jovellanos. Buscaremos la Puerta de las Sombras y entraremos en la cámara.
Silvia lo miró con intensidad.
—¿Y si Menéndez está allí?
—Entonces lo detendremos.
Silvia asintió despacio.
—Está bien.
Rodrigo se acercó a la ventana y miró hacia la calle.
—Voy a quedarme aquí esta noche si te parece bien para vigilar.
Silvia lo miró con sorpresa.
—¿Aquí?
Rodrigo asintió.
—Iván sabe dónde vives y no voy a dejarte sola. Si te ocurriese algo no podría perdonármelo.
—Gracias.
Rodrigo se giró hacia ella.
—No tienes que darme las gracias.
Silvia lo miró durante un largo momento. Después se acercó a él y lo abrazó.
Rodrigo la abrazó también. Permanecieron así durante unos segundos. Después, ella, nerviosa, se apartó.
—Voy a preparar algo de para picar, llevamos casi veinticuatro horas sin comer nada.
Rodrigo asintió.
—Está bien.
Silvia fue a la cocina.
Rodrigo se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle, apretando los dientes, pensando en todo lo que estaba ocurriendo, en Silvia, en Menéndez, en el monstruo, en la posibilidad de que ella quedase atrapada en una cámara con aquella cosa, y se prometió que no iba a permitir que aquello pasara, ni que Menéndez ganara la batalla, aunque para impedirlo perdiese su vida.
13. LA MARCA DEL SUEÑO.
Silvia preparó algo rápido en la cocina.
Tortilla francesa, pan tostado y un par de latas de atún. No era gran cosa, pero era suficiente para llenar algo el estómago.
Rodrigo se sentó a la mesa del salón.
Silvia le puso el plato delante.
—Come, que necesitas fuerzas.
Rodrigo la miró y asintió.
—Gracias.
Comieron en silencio durante unos minutos.
Silvia apenas probó bocado. Tenía el estómago cerrado, la mente llena de preguntas y el corazón acelerado.
Rodrigo la observaba de reojo.
—¿Estás bien?
Silvia dejó el tenedor sobre el plato.
—Creo que no, no mucho.
Rodrigo dejó de comer y la miró con atención.
—Es normal. Has descubierto cosas que nadie debería descubrir.
Silvia lo miró con los ojos húmedos.
—Mi madre lleva quince años atrapada en una cámara, alimentando a un demonio. Y yo... Yo no hice nada. No la busqué lo suficiente, tampoco insistí. Simplemente... Seguí adelante.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Eras una niña, Silvia, tú no podías hacer nada.
Silvia se llevó las manos a la cara.
—Pero ahora sí puedo, ahora sé dónde está y sé lo que tengo que hacer.
Rodrigo se levantó y se acercó a ella.
—Silvia, escúchame, no vas a entrar en esa cámara así como así ni tocar ese violín sin saber nada, pensaremos, pero encontraremos otra forma.
—¿Qué otra forma? El Padre Lucas lo dijo. La única forma de entrar sin abrir la puerta principal es a través de la Puerta de las Sombras, y esa puerta solo se abre desde dentro.
Rodrigo apretó los dientes.
—Entonces buscaremos a alguien que sepa cómo abrirla desde fuera.
Silvia negó con la cabeza.
—No hay nadie. Los Custodios del Silencio llevan siglos intentándolo, no hay otra forma.
Rodrigo la miró con rabia.
—Entonces no iremos.
Silvia se levantó bruscamente.
—¡Tengo que ir! ¡Es mi madre!
Rodrigo la agarró de los brazos.
—¡Y tú eres...!
Se detuvo.
Silvia lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué?
Rodrigo la soltó y apartó la mirada.
—Nada, olvídalo.
Silvia dio un paso hacia él.
—Rodrigo, ¿qué ibas a decir?
Rodrigo cerró los ojos.
—Nada importante.
Silvia le puso una mano en el brazo.
—Dímelo. No es la primera vez que callas así.
Rodrigo abrió los ojos y la miró.
—Que tú eres importante para mí, más de lo que debería admitir.
—Rodrigo...
Él negó con la cabeza.
—No digas nada. Sé que no es el momento, que estamos en medio de algo peligroso, pero necesitaba que lo supieras, porque si mañana vas a esa cámara y no vuelves... Necesito que sepas que...
Se detuvo y la miró con intensidad.
—Que no quiero perderte.
Ella se acercó a él y lo abrazó.
Rodrigo la abrazó también, con fuerza, como si tuviera miedo de que se desvaneciera. Permanecieron así durante un largo momento, y después, Silvia se apartó despacio.
—Rodrigo, yo...
Él le puso un dedo en los labios.
—No digas nada, salvemos a tu madre y después... Ya veremos.
Silvia asintió despacio.
Rodrigo le acarició la mejilla con suavidad.
—Descansa. Mañana será un día muy largo.
Silvia asintió de nuevo. Se apartó de él y fue al dormitorio.
Cerró la puerta y se quedó de pie, con la espalda apoyada contra la madera.
Respiró hondo. Sentía demasiadas cosas a la vez.
Miedo, esperanza, tristeza, pero también algo más que se sentía como cálido y que no había sentido en mucho tiempo.
Se acercó a la cama y se tumbó, completamente vestida.
Cerró los ojos, pero le costó dormir. Las imágenes de lo que era su realidad en un presente conectado con su pasado se agolparon en su mente.
Se llevó la mano al cuello y tocó el Sigillum Somniorum que el Padre Lucas le había dado. Era frío al tacto.
Cerró los ojos de nuevo y, esta vez, el sueño la venció.
Silvia estaba de pie en medio de una calle vacía.
Era de noche y no había nadie. Solo silencio. Entonces empezó a caminar sin saber hacia dónde, sin un rumbo fijo, pero sus pies se movían solos.
Caminó durante lo que parecieron horas hasta que llegó a un edificio.
Era el Teatro Jovellanos de Gijón, tan imponente por fuera como delicado en su interior.
La puerta principal estaba abierta y entró.
No había luces, estaba oscuro únicamente iluminado por las farolas del exterior.
Caminó por el pasillo hasta llegar al escenario.
Allí, en el centro del escenario, había un violín. Brillaba bajo una luz que no tenía origen. Se acercó despacio, extendió la mano hacia el violín, y entonces escuchó una voz. Era la voz de su madre.
—Silvia, no lo toques.
Silvia se detuvo.
—¿Mamá?
La voz no respondió.
Silvia miró a su alrededor. El escenario estaba vacío, pero sentía que alguien la observaba. Dio un paso atrás y el violín comenzó a sonar, esa melodía oscura que había escuchado con anterioridad. Los colores la envolvían. Azul profundo, púrpura vibrante y rojo sangre.
Y entonces apareció su madre, de pie en el centro del escenario, con el violín en las manos. Ella era quien tocaba esa melodía con los ojos cerrados y su rostro pálido. Silvia corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Su madre abrió los ojos, pero no eran sus ojos, eran ojos vacíos, sin pupilas, brillando con una luz azulada.
Silvia gritó, y entonces se despertó.
Se incorporó en la cama, jadeando. El corazón le latía con fuerza.
Miró a su alrededor. Estaba en su habitación, sola.
Respiró hondo, intentando calmarse, y se llevó la mano al cuello.
El Sigillum Somniorum seguía allí, pero no había funcionado.
El Pesadiellu había entrado en sus sueños de todas formas.
Se levantó de la cama y fue al baño. Se echó agua fría en la cara y se miró en el espejo. Tenía ojeras profundas y el rostro pálido, como si fuese un fantasma. Salió del baño y fue al salón.
Rodrigo dormía en el sofá, con la chaqueta puesta y la pistola en la mesilla.
Silvia se acercó despacio y lo observó durante un momento.
Tenía el rostro relajado y estaba sereno, muy tranquilo.
No quería que le pasara nada, ni tampoco que se arriesgara por ella, pero sabía que no podía detenerlo.
Se acercó a la ventana y miró hacia la calle.
Todo estaba en silencio, en calma que también la sosegó a ella, aunque sintió un escalofrío que le duró unos segundos.
Se apartó de la ventana y volvió al dormitorio.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos, pero ya no pudo dormir, tan solo descansar unas horas procurando de manera imposible no pensar demasiado.
Rodrigo se despertó con el sonido de la cafetera, se incorporó en el sofá y se frotó los ojos.
Silvia estaba en la cocina, preparando café. Este se levantó y se acercó a ella.
—Buenos días.
Silvia se giró.
—Buenos días.
Rodrigo la miró con atención.
—¿Pudiste dormir?
Silvia negó con la cabeza.
—No mucho.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Pesadillas?
Silvia asintió.
—El Pesadiellu… El Sigillum Somniorum no me sirvió de mucho.
Rodrigo se tensó.
—¿Qué viste?
Silvia le contó el sueño.
El Teatro Jovellanos, el violín, y su madre con los ojos vacíos.
Rodrigo escuchó en silencio. Cuando Silvia terminó, él suspiró.
—El Pesadiellu te está llamando. Quiere que vayas a la cámara.
Silvia asintió. Lo sabía sobradamente, por lo que aquella afirmación no era ninguna novedad.
Rodrigo la miró.
—Entonces tenemos que movernos rápido antes de que Menéndez haga su movimiento.
Silvia asintió.
Rodrigo cogió su chaqueta.
—Voy a llamar al cuartel. Necesito refuerzos.
Silvia lo miró con sorpresa.
—¿Refuerzos?