12. EL MONASTERIO. #5
Ella temblaba.
—¿Estás bien?
Silvia asintió.
—Asustada, pero sí.
Rodrigo la abrazó.
—No voy a dejar que te pase nada.
Silvia se aferró a él.
—Gracias.
Permanecieron así durante unos segundos.
Después, Rodrigo se apartó.
—Salgamos de aquí.
Volvieron al coche.
Rodrigo arrancó el motor y condujo de vuelta a la carretera principal.
Silvia miraba por la ventana, con la mente llena de preguntas.
—¿Cómo supo Iván que estábamos en el monasterio?
Rodrigo apretó el volante.
—Alguien se lo dijo.
—¿Quién?
Rodrigo la miró de reojo.
—No lo sé, pero diría que tenemos un traidor, alguien que está filtrando información a Menéndez.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Crees que puede ser alguien de la Guardia Civil?
Rodrigo asintió despacio.
—Es posible.
Hubo un silencio sepulcral durante varios minutos dentro del coche. Finalmente, Rodrigo habló.
—Silvia, tengo que preguntarte algo.
Ella lo miró y asintió sin contestar.
—El violín que tienes en tu taller, el que creemos que te envió Menéndez, ¿seguirá allí? Hace días que no vas al taller.
Silvia asintió.
—Sí, lo guardé en la caja fuerte.
Rodrigo asintió despacio.
—Bien, porque ese violín es la única ventaja que tenemos. Mientras lo tengamos nosotros, Menéndez no puede completar el ritual.
Silvia lo miró con tristeza.
—Pero tampoco podemos salvar a mi madre.
Rodrigo la miró con compasión.
—Ya, pero tenemos que encontrar otra forma, algo que no implique que tú entres en esa cámara.
Silvia asintió despacio. Siguieron conduciendo en silencio, pero Silvia no podía dejar de pensar en las palabras de Iván.
"Menéndez te está esperando. En la cámara de Gijón."
¿Y si era la única forma de salvar a su madre? ¿Y si tenía que ir?
Recordó algo que su madre le había dicho cuando era niña, el mismo día de su desaparición, de camino a Gijón.
"Si algún día me pasa algo, busca en el lugar donde la música nunca muere."
Silvia siempre había pensado que era una frase poética, sin sentido, pero ahora... Ahora sabía que su madre le había dejado una pista que solo ella podría descifrar, y por suerte sabía dónde tenía que buscar.
—Tengo que ir al conservatorio.
Rodrigo la miró de reojo.
—¿Al conservatorio? ¿Por qué?
Silvia se giró hacia él.
—Mi madre me dejó una pista. Cuando era niña, me dijo algo. "Si algún día me pasa algo, busca en el lugar donde la música nunca muere."
Rodrigo frunció el ceño.
—¿El lugar donde la música nunca muere?
Silvia asintió.
—Siempre pensé que era una frase poética, sin sentido, pero ahora... Creo que me estaba diciendo dónde buscar.
Rodrigo se inclinó hacia delante.
—¿Dónde?
Silvia lo miró con intensidad.
—El Conservatorio Superior de Música de Oviedo. Mi madre trabajó allí dando clases, también ensayaba, pasaba muchas horas. Si dejó algo escondido, tiene que estar allí.
Rodrigo asintió despacio.
—Tiene sentido.
Silvia lo miró con esperanza.
—¿Vamos?
Rodrigo miró el reloj del salpicadero.
—Son las cinco y cuarto. El conservatorio estará cerrado.
Silvia lo miró con determinación.
—Entonces entramos de otra forma.
Rodrigo la miró con una sonrisa.
—¿Me estás pidiendo que allane un edificio público?
Silvia asintió, con cierta vergüenza.
—Sí…
Rodrigo suspiró.
—Está bien, pero si nos pillan, tú no me conoces.
Silvia sonrió.
—Trato hecho.
Rodrigo giró el volante y condujo hacia el conservatorio.
El Conservatorio estaba en el centro de la ciudad, en una calle tranquila rodeada de árboles.
Era un edificio antiguo, de piedra gris, con ventanas altas y una puerta principal de madera maciza.
Rodrigo aparcó el coche a una manzana de distancia.
—Vamos a pie.
Bajaron del coche y caminaron hasta el conservatorio.
La puerta principal estaba cerrada. Rodrigo probó el pomo. Cerrado con llave.
—Vamos a la parte de atrás.
Rodearon el edificio por un callejón lateral.
En la parte trasera había una puerta de servicio. Rodrigo probó el pomo. También cerrado. Sacó una ganzúa del bolsillo.
—Aprendí esto en la academia.
Silvia sonrió.
—¿En serio?
Rodrigo le guiñó un ojo y se rió.
—No lo aprendí de un ladrón al que detuve hace años.
Trabajó en la cerradura durante unos segundos hasta que la puerta se abrió con un chasquido. Guardó la ganzúa y empujó la puerta.
—Después de ti.
Entraron.
El interior del conservatorio estaba oscuro y silencioso. El capitán encendió la linterna del móvil. Estaban en un pasillo estrecho, con paredes de piedra y suelo de baldosas.
—¿Dónde trabajaba tu madre?
Silvia pensó un momento.
—En la segunda planta. Tenía un despacho pequeño.
Rodrigo asintió.
—Vamos.
Caminaron por el pasillo hasta una escalera de piedra y subieron a la segunda planta.
El pasillo de la segunda planta era más amplio, con puertas a ambos lados. Silvia se detuvo frente a una de ellas.
—Este era su despacho.
Rodrigo probó el pomo. Cerrado. Sacó de nuevo la ganzúa y forzó la cerradura. La puerta se abrió, y entonces entraron.
El despacho era pequeño. Había una mesa de madera, una silla, una estantería llena de partituras y un armario cerrado. Silvia miró a su alrededor. Todo estaba cubierto de polvo, como si nadie hubiera entrado allí en años. Silvia se sorprendió.
—No han tocado nada desde que desapareció.
Rodrigo se acercó a la estantería y pasó los dedos por los lomos de las partituras.
—¿Qué buscamos exactamente?
Silvia negó con la cabeza.
—No lo sé, algo que solo yo pueda reconocer.
Empezó a revisar los cajones de la mesa.
Papeles viejos, bolígrafos, clips. Nada importante.
Rodrigo abrió el armario. Dentro había ropa colgada. Un abrigo, una bufanda, un paraguas, y en el fondo, una caja de cartón.
Rodrigo la sacó y la dejó sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
Silvia se acercó. La caja estaba cerrada con cinta adhesiva amarillenta. Silvia la abrió con cuidado. Dentro había fotografías, de Silvia cuando era niña, con su madre en el parque, tocando el violín, sonriendo…
Silvia no pudo evitar soltar unas lágrimas. Ni siquiera recordaba haber tocado alguna vez un violín.
—Dios mío...
Rodrigo le puso una mano en el hombro.
—¿Estás bien?
Silvia asintió sin decir nada.
Siguió revisando la caja.
Debajo de las fotografías había algo más.
Un cuaderno pequeño, de tapa de cuero marrón. Tenía un candado diminuto en el lateral. Silvia lo cogió con cuidado.
—Nunca había visto esto.
Rodrigo se acercó.
—¿Qué es?
Silvia lo giró entre las manos.
—Un diario, pero está cerrado con candado.
Rodrigo sacó la ganzúa.
—Déjame intentarlo.
Silvia le entregó el cuaderno.
Rodrigo lo abrió enseguida. El candado se abrió con un clic, seguidamente se lo devolvió a Silvia.
—Adelante.
Silvia abrió el cuaderno con cuidado. Las páginas estaban amarillentas, cubiertas de la letra pequeña y precisa de su madre. Pasó las páginas despacio. Había diversas entradas
Silvia leyó en voz alta.
He visto el futuro. He visto lo que pasará si el Pesadiellu se libera. He visto a Silvia de pie en el centro de una ciudad en llamas, con un violín en las manos. He visto cómo la sombra la envuelve. Cómo la consume. No puedo permitir que eso pase.
Mañana iré a Gijón. Menéndez me ha prometido que puede protegerla, que si ayudo a abrir la cámara, el Pesadiellu no la tocará.
No sé si puedo confiar en él, pero no tengo otra opción. Si algo sale mal, si no vuelvo, quiero que Silvia sepa que todo lo que hice fue por ella.
Que la quiero más que a nada en el mundo y que si algún día tiene que enfrentarse al Pesadiellu, tiene que recordar esto:
"La música no es solo sonido. Es memoria, es emoción, es vida."
El Pesadiellu se alimenta de miedo, de sueños, de desesperación y de oscuridad, pero la música es luz, y puede vencerlo.
No cualquier música. La música que nace del amor, la música que solo ella puede tocar.
Si algún día tiene que entrar en la cámara, tiene que tocar con el corazón. No con las manos, con el corazón.
Y entonces, el Pesadiellu no podrá tocarla, porque el amor es más fuerte que el miedo. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
P.D.: El violín llegará a tus manos cuando llegue el momento adecuado, pero solo tócalo cuando estés preparada, cuando sepas que el amor es más fuerte que el miedo.
Silvia cerró el cuaderno.
Las lágrimas le caían por las mejillas.
Rodrigo la abrazó.
—Lo siento.
Silvia se aferró a él.
—Ella lo sabía, sabía que iba a quedar atrapada, y aun así fue.
Rodrigo la miró con tristeza.
—Fue por ti. Para protegerte.
Silvia asintió despacio.
Se apartó de Rodrigo y se limpió las lágrimas.
—Tengo que ir a la cámara de Gijón.
Rodrigo negó con la cabeza.
—No, es demasiado peligroso.
Silvia lo miró con determinación.
—Es la única forma de salvarla. Mi madre me dejó la respuesta. Tengo que tocar el violín, pero no con miedo. Con amor. Yo, que nunca he tocado, que nunca llegué a aprender porque sin ella no era capaz.
Rodrigo la miró con rabia.
—¿Y si no funciona? ¿Y si quedas atrapada como ella?
Silvia lo miró con tristeza.
—Entonces al menos estaré con ella.
—No voy a dejar que hagas eso.
—No puedes detenerme, Rodrigo.
Rodrigo la miró durante un largo momento. Después suspiró.
—Está bien, pero no voy a dejar que vayas sola.
Silvia negó con la cabeza.
—No puedes, es demasiado peligroso.
—No me importa, no voy a dejarte ir sola.
Silvia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias.
Rodrigo asintió.
—Pero antes, tenemos que ir a tu taller a recoger el violín.
Silvia asintió.
—Sí, quiero llevarlo a mi apartamento, tenerlo más seguro.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Estás segura? El taller tiene caja fuerte, tu apartamento no.
Silvia lo miró con determinación.
—Lo sé, pero quiero tenerlo cerca, por si acaso. Ahora sé que fue ella quien lo mandó, y no Menéndez.
Salieron del despacho y caminaron por el pasillo hasta la escalera. Bajaron a la planta baja y salieron del conservatorio por la puerta trasera. Caminaron hasta el coche, subieron y Rodrigo arrancó el motor.
Condujo por las calles de Oviedo hasta el taller de Silvia.
Rodrigo aparcó frente a la puerta.
Silvia bajó del coche y sacó las llaves, abrió la puerta del taller y entraron.