La sinfonía silenciosa 12. EL MONASTERIO. #4
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12. EL MONASTERIO. #4

—¿Y si Menéndez consigue los doce instrumentos?

—Entonces abrirá las diez cámaras restantes. Una tras otra, y cuando abra la última, el Pesadiellu se recompondrá.

Silvia se inclinó sobre el mapa.

—¿Cuánto tiempo tiene?

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—No lo sé, pero sé que está cerca. Muy cerca.

Rodrigo señaló el mapa.

—¿Hay alguna forma de entrar en la cámara de Gijón sin liberar al Pesadiellu?

El Padre Lucas asintió despacio.

—Puede que sí haya una forma, pero es extremadamente peligrosa.

Silvia lo miró con intensidad.

—¿Cuál?

El Padre Lucas pasó la página del libro.

En la siguiente página había un dibujo. Era una puerta de hierro, con símbolos tallados en la superficie, y debajo de la puerta, una inscripción en latín.

Rodrigo leyó en voz alta.

—Porta Umbrarum. Ianua Somniorum.

El Padre Lucas asintió.

—La Puerta de las Sombras. La Puerta de los Sueños. Es una entrada secundaria a la cámara de Gijón. Fue construida por los Custodios del Silencio hace siglos, como medida de seguridad. Permite entrar en la cámara sin tocar los instrumentos y sin tener necesidad de abrir la puerta principal.

Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Y dónde está?

El Padre Lucas la miró con gravedad.

—Bajo el Teatro Jovellanos de Gijón, en los sótanos. Pero hay un problema.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Cuál?

El Padre Lucas lo miró con tristeza.

—La puerta solo se abre desde dentro. Desde el limbo donde están atrapadas las almas. Tu madre tendría que abrirla desde el otro lado.

Silvia sintió que el mundo se tambaleaba.

—¿Y cómo puede hacerlo si está atrapada?

El Padre Lucas la miró con compasión.

—No puede, a menos que alguien entre en el limbo y le diga cómo hacerlo.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cómo se entra en el limbo?

El Padre Lucas lo miró con gravedad.

—Tocando uno de los instrumentos de Corvino. Pero quien lo haga, quedará atrapado, como tu madre.

Silvia bajó la mirada.

Rodrigo le puso una mano en el hombro.

—No vas a hacerlo.

—Pero es la única forma de salvarla.

Rodrigo la miró con firmeza.

—Encontraremos otra forma.

El Padre Lucas cerró el libro.

—Hay algo más que debéis saber.

Rodrigo lo miró.

—¿Qué?

El Padre Lucas se acercó a la ventana y miró hacia el valle.

—Menéndez no está solo. Tiene un equipo. Gente que trabaja para él. Gente dispuesta a matar para conseguir los instrumentos.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

El Padre Lucas se giró hacia ella.

—No lo sé con certeza. Pero sé que uno de ellos estuvo aquí hace dos días preguntando por mí.

Rodrigo se tensó.

—¿Cómo era?

El Padre Lucas lo miró con gravedad.

—Alto, de unos cuarenta años, tenía el pelo oscuro y una cicatriz en la mejilla izquierda. Sus ojos eran fríos, muy fríos.

Rodrigo sacó el móvil y buscó en la base de datos de la Guardia Civil.

—¿Reconoce a alguno de estos?

Le mostró varias fotografías de criminales conocidos.

El Padre Lucas las miró con atención.

Se detuvo en una.

—Ese. Ese es el hombre que vino a buscarme.

Rodrigo miró la pantalla.

Iván Sokolov. Nacionalidad: Rusa. Profesión: Mercenario. Especialidad: Ejecuciones. Paradero: Desconocido.

—Maldita sea.

Silvia lo miró con preocupación.

—¿Quién es?

Rodrigo la miró con gravedad.

—Un asesino a sueldo. Uno de los mejores, y está claro que si Menéndez lo contrató, significa que va en serio.

El Padre Lucas asintió despacio.

—Y significa que no se detendrá ante nada para conseguir el violín número 3 de Corvino.

Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Y si ya lo tiene?

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—Entonces ya es demasiado tarde.

Rodrigo se levantó.

—Tenemos que movernos.

El Padre Lucas asintió.

—Pero antes, hay algo que Silvia debe saber.

Rodrigo lo miró.

El Padre Lucas se acercó a Silvia y la miró con gravedad.

—El Pesadiellu te ha marcado. Entra en tus sueños, te muestra visiones y te prometerá cosas, pero todo es mentira, no lo olvides.

Silvia asintió despacio.

—Lo sé, y créame que lo tengo bien presente.

El Padre Lucas negó con la cabeza.

—No, realmente no lo sabes, porque el Pesadiellu no solo te muestra visiones del futuro, también te muestra visiones del pasado, cosas que tu madre vio y que sintió, y si no aprendes a cerrar tu mente, el Pesadiellu te consumirá.

Silvia lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo cierro mi mente?

El Padre Lucas sacó algo del bolsillo de su sotana.

Era un pequeño colgante de plata. Tenía forma de cruz, pero no era una cruz cristiana. Era más antigua.

—Esto es un Sigillum Somniorum. Un Sello de los Sueños. Fue forjado por los Custodios del Silencio hace siglos. Protege la mente de quien lo lleva e impide que el Pesadiellu entre en tus sueños.

Le entregó el colgante a Silvia.

Ella lo tomó con cuidado. Era frío al tacto y pesaba más de lo que parecía.

—¿Funciona?

El Padre Lucas asintió.

—Solo mientras lo lleves puesto. Si te lo quitas, el Pesadiellu volverá.

Silvia se lo colgó al cuello.

Sintió alivio al ponérselo, como si una presión que no sabía que tenía se hubiera levantado de su pecho.

—Gracias.

El Padre Lucas asintió.

—Ahora marchad, pero tened cuidado.

Rodrigo asintió.

—¿Y usted? ¿Qué va a hacer?

El Padre Lucas lo miró con tristeza.

—Volveré a la parroquia, a proteger la cámara de Beleño con mi vida. Es lo único que puedo hacer.

Rodrigo le tendió la mano.

—Gracias, Padre.

El Padre Lucas se la estrechó.

—Que Dios os proteja.

Rodrigo y Silvia salieron de la celda.

Caminaron por los pasillos oscuros del monasterio, bajaron las escaleras de piedra y salieron al claustro.

Rodrigo miró a Silvia.

—¿Estás bien?

Silvia asintió.

—Sí, solo... necesito un momento.

Se sentó en el borde de la fuente seca del claustro.

Rodrigo se sentó a su lado.

Permanecieron en silencio durante unos minutos.

Finalmente, Silvia habló.

—Rodrigo...

Él la miró.

—¿Sí?

Silvia dudó un momento.

—¿Crees que mi madre sigue siendo... ella? Después de quince años atrapada en el limbo, ¿crees que seguirá siendo la misma persona?

Rodrigo la miró con tristeza.

—No lo sé, Silvia, pero creo que si hay una oportunidad de salvarla, tenemos que intentarlo.

Silvia asintió despacio y se levantó.

—Vamos. Tenemos que volver a Oviedo.

Rodrigo asintió.

Caminaron hacia el coche. Subieron y Rodrigo arrancó el motor. Condujo por la carretera que bajaba de las montañas. Silvia miraba por la ventana, con la mente llena de preguntas.

Rodrigo conducía en silencio, con la mandíbula apretada.

Llevaban unos veinte minutos de trayecto cuando el capitán miró por el retrovisor.

Frunció el ceño.

—Nos están siguiendo.

Silvia se giró.

Detrás de ellos, a unos cien metros, había un coche negro. Un BMW con los cristales tintados.

—¿Estás seguro?

Rodrigo asintió.

—Lleva siguiéndonos desde que salimos del monasterio.

Aceleró.

El BMW también aceleró.

—Agárrate.

Pisó el acelerador a fondo. El coche salió disparado por la carretera de montaña. El BMW los seguía de cerca. Rodrigo tomó una curva cerrada a toda velocidad. Las ruedas chirriaron.

Silvia se agarró al asiento.

—¡Rodrigo!

—¡Tranquila!

Tomó otra curva.

El BMW seguía detrás.

Rodrigo miró por el retrovisor. El conductor del BMW era un hombre alto, de pelo oscuro. Iván Sokolov.

—Maldita sea.

Aceleró aún más. La carretera descendía en zigzag por la montaña. A un lado, el precipicio, y al otro, la roca.

Rodrigo conducía al límite. El BMW se acercaba.

Entonces, Iván sacó una pistola por la ventanilla.

Disparó. El cristal trasero del coche de Rodrigo estalló. Silvia gritó y Rodrigo se agachó.

—¡Abajo!

Silvia se tiró al suelo del coche. Iván volvió a disparar. La bala impactó en el maletero. Rodrigo tomó otra curva cerrada. El BMW derrapó, pero se mantuvo en la carretera.

Rodrigo vio una desviación a la derecha. Un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Giró bruscamente. El coche salió de la carretera y entró en el camino de tierra. El BMW los siguió.

Rodrigo aceleró por el camino lleno de baches. El coche se sacudía violentamente. Silvia se agarraba como podía.

Rodrigo miró por el retrovisor. El BMW seguía detrás. Vio un puente de madera viejo que cruzaba un río y aceleró. El coche cruzó el puente a toda velocidad. Las tablas de madera crujieron bajo el peso.

Rodrigo miró por el retrovisor. El BMW también cruzó el puente, pero entonces, una de las tablas cedió y este derrapó.

Iván intentó controlar el coche, pero era demasiado tarde, el BMW se salió del puente y cayó al río.

Rodrigo frenó en seco y se quedó mirando por el retrovisor.

El BMW estaba volcado en el río, medio hundido.

Rodrigo bajó del coche. Silvia lo siguió. Caminaron hasta el borde del río.

El BMW estaba destrozado. El agua entraba por las ventanas rotas. Rodrigo sacó la pistola y se acercó despacio. Miró dentro del coche. Iván no estaba.

El capitán frunció el ceño.

—¿Dónde...?

Entonces, escuchó un ruido detrás de él y se giró.

Iván estaba de pie en la orilla, empapado, con la pistola en la mano, apuntando directamente a Silvia.

Rodrigo levantó su arma.

—¡Suelta el arma!

Iván sonrió.

—No creo que quieras hacer eso, capitán.

Rodrigo lo miró con rabia.

—¿Qué quieres?

Iván lo miró con frialdad.

—Menéndez sabe que ella tiene el violín. El violín número 3 de Corvino, y sabe que va a ir a la cámara de Gijón. Es solo cuestión de tiempo.

Silvia negó con la cabeza.

—No voy a ir.

Iván entrecerró los ojos.

—Sí irás, porque si no lo haces, tu madre morirá, al igual que todos los que están atrapados con ella.

Rodrigo dio un paso hacia delante.

—Ella no va a ir a ninguna parte.

Iván lo miró.

—Entonces morirá, y tú también.

—No si yo te mato primero.

Iván sonrió.

—Puedes intentarlo.

Durante un instante, nadie se movió. Después, Iván bajó la pistola.

—Menéndez te está esperando, Silvia. En la cámara de Gijón. Tiene los once instrumentos. Solo le falta el tuyo. Y cuando vayas, él estará allí.

Rodrigo lo miró con rabia.

—¿Y si no va?

Iván lo miró con frialdad.

—Entonces iremos a buscarla, y la llevaremos a la fuerza. Una opción que no recomiendo.

Se dio la vuelta y caminó hacia el bosque. El capitán corrió detrás de él, pero Iván ya había desaparecido entre los árboles.

Rodrigo volvió junto a Silvia.