12. EL MONASTERIO. #2
El Padre Lucas asintió despacio.
—Eso o contrató a alguien para hacerlo. Menéndez no quiere que nadie encuentre a tu madre antes que él.
—¿Por qué? ¿Qué quiere de ella?
El Padre Lucas miró a la mujer con compasión.
—Quiere que tú vayas a la cámara de Gijón y que toques el violín. Porque si tú lo haces, el vínculo de sangre con tu madre acelerará la apertura de la cámara.
Silvia se quedó inmóvil.
—No entiendo, ni siquiera sé tocar, yo solo restauro instrumentos.
El Padre Lucas se levantó y se acercó a ella.
—Silvia, tu madre fue la primera de los doce. Su alma está atrapada en la cámara de Gijón. Si tú tocas el violín allí, el Pesadiellu usará tu conexión con ella para manifestarse más rápido, y por eso Menéndez te envió el Stradivarius, por eso dejó las coordenadas. Quiere que vayas, que toques.
Silvia sintió que el mundo se tambaleaba.
—Entonces… ¿todo esto ha sido una trampa?
El Padre Lucas asintió con tristeza.
Rodrigo se acercó a Silvia y le puso una mano en el hombro.
—No vas a ir, lo siento, no vas a tocar ese violín.
Silvia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Pero mi madre…
Rodrigo la miró con firmeza.
—Encontraremos otra forma.
El Padre Lucas los miró a ambos.
—Hay otra cosa que deben saber.
Rodrigo se giró hacia él.
—¿El qué?
El Padre Lucas sacó un papel doblado del bolsillo de su hábito y se lo entregó a Rodrigo.
—Esta es la lista actualizada de los instrumentos de Corvino.
Rodrigo desdobló el papel y lo leyó en voz alta.
—Violín número uno: Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo.
Violín número dos: Víctor Menéndez. Violín número tres: Víctor Menéndez (robado de la Asociación de Gijón en 2010).
Violín número cuatro: Iglesia de San Pelayo, Beleño.
Violín número cinco: Víctor Menéndez, en posesión de Silvia Fernández.
Violín número seis: Adrián Montero, custodiado por Guardia Civil de Oviedo.
Violín número siete: Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo.
Violín número ocho: Paradero desconocido.
Viola número uno: Víctor Menéndez. Viola número dos: Víctor Menéndez.
Violonchelo número uno: Paradero desconocido.
Violonchelo número dos: Víctor Menéndez.
Rodrigo levantó la vista.
—Menéndez tiene cinco instrumentos aparte del violín que me envió.
El Padre Lucas asintió.
—Y si consigue los demás, podrá completar el ritual.
Silvia se acercó a Rodrigo.
—Tenemos que proteger los que están en los museos.
Rodrigo asintió.
—Voy a llamar al cuartel ahora mismo.
Sacó el móvil y marcó.
Mientras hablaba, Silvia se acercó a la ventana y miró hacia el valle. El Padre Lucas se acercó a ella.
—Silvia…
Ella se giró, no dijo nada. El Padre Lucas la miró con tristeza.
—Tu madre era una mujer valiente, pero cometió un error. Quiso entender algo que no debía ser entendido y pagó el precio. Un precio demasiado caro.
Silvia lo miró con intensidad.
—¿Qué vio en Beleño? ¿Qué fue lo que la horrorizó tanto?
El Padre Lucas cerró los ojos, volvió a abrirlos y la miró con gravedad.
—Vio el futuro. Vio lo que pasaría si el Pesadiellu se liberaba, y eso fue lo que la aterrorizó.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Qué vio?
El Padre Lucas negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo, pero sí que te lo puedo mostrar.
Silvia frunció el ceño.
—¿Cómo?
El Padre Lucas se acercó a la mesa y sacó un libro antiguo de un cajón. Lo abrió y le mostró una página. Era un dibujo hecho a mano, con tinta negra.
Mostraba una ciudad en llamas, cuerpos en las calles, y en el cielo, una sombra oscura, retorcida, con garras y ojos vacíos: El Pesadiellu.
—Dios mío…
El Padre Lucas cerró el libro.
—Eso es lo que tu madre vio, y eso es lo que pasará si Menéndez completa el ritual.
Por eso creo que tocó en la cámara, para evitar enseñarte a que tú tocases como ella, con esa manera tan sentida de soltar cada nota, quería tratar de impedir que tú sostuvieses el legado del Pesadiellu, temía por ti, hablaba de tu sinestesia, de tu talento único para percibir colores en los sonidos, y eso era un motivo de orgullo para ella, pero también le asustó que tú pudieses desatar ese infierno, el linaje era la clave y ella lo sabía.
Rodrigo colgó el teléfono y se acercó a ellos.
—Ya está. He ordenado que refuercen la seguridad en los museos. Nadie va a robar esos violines.
El Padre Lucas lo miró con tristeza.
—Espero que tenga razón, capitán. Porque si Menéndez consigue los doce instrumentos, nada podrá detenerlo.
Beleño, 2011 (un día antes de la desaparición de Pilar).
Pilar Olmedo aparcó el coche al pie de la colina.
Apagó el motor y se quedó mirando la iglesia de San Pelayo, recortada contra el cielo nocturno. La luna llena iluminaba el valle con una luz plateada y fría que hacía que las sombras de los árboles parecieran garras extendidas sobre el suelo.
Pilar respiró hondo.
Había llamado al Padre Lucas esa misma tarde. Le había dicho que necesitaba hablar con él porque necesitaba respuestas.
El Padre Lucas había dudado, pero finalmente había accedido.
"Ven esta noche. A las once y media. Te estaré esperando."
Pilar bajó del coche.
No llevaba nada más que su bolso y una linterna.
Había pasado los últimos seis meses investigando, hablando con historiadores, con musicólogos y con luthiers.
Había leído textos antiguos, manuscritos olvidados e incluso leyendas que nadie más tomaba en serio, llegando a una conclusión aterradora sobre los violines de Alessandro Corvino.
Estos no eran solo instrumentos musicales, sino llaves que abrían puertas a lugares donde no debería entrar nadie, y una de esas puertas estaba bajo la iglesia de San Pelayo de Beleño.
Pilar caminó despacio por el sendero que subía hacia la iglesia. Llegó a la puerta principal. Estaba entreabierta. Empujó la puerta y entró.
El interior de la iglesia estaba oscuro, iluminado solo por las velas que ardían frente al altar.
—Pilar.
La voz del Padre Lucas resonó en el silencio.
Pilar se giró.
El Padre Lucas estaba de pie junto al altar, con las manos cruzadas sobre el pecho. Tenía el rostro pálido, demacrado, con ojeras profundas. Parecía haber envejecido diez años desde la última vez que Pilar lo había visto.
—Padre Lucas.
Él asintió despacio.
—Sabía que vendrías. Tarde o temprano, todos los que buscan la verdad acaban aquí.
Pilar se acercó a él.
—Necesito saber qué hay debajo de esta iglesia. Necesito saber qué son los violines de Corvino y por qué todo el mundo que investiga sobre ellos acaba desapareciendo o muerto.
El Padre Lucas la miró con tristeza.
—¿Estás segura? Porque una vez que lo sepas, no podrás olvidarlo, y lo que veas te cambiará para siempre.
Pilar asintió.
—Estoy segura.
El Padre Lucas suspiró.
—Está bien. Sígueme.
Se dio la vuelta y caminó hacia el altar. Pilar lo siguió.
Detrás del altar, oculta por un tapiz bordado con símbolos extraños, había una puerta de madera oscura. El Padre Lucas apartó el tapiz y sacó una llave de su sotana. La introdujo en la cerradura, giró y la puerta se abrió con un crujido.
Detrás de la puerta había una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.
El Padre Lucas encendió una linterna y empezó a bajar. Pilar lo siguió.
El aire se volvía más frío a medida que descendían, más denso y pesado. Pilar contó los escalones. Cincuenta. Cien. Ciento cincuenta. Finalmente, llegaron al final. Ciento setenta y ocho escalones.
Se encontraron en un pasillo estrecho, excavado en la roca viva.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos tallados a mano, unos símbolos que Pilar no reconocía, pero que parecían moverse bajo la luz de la linterna.
El Padre Lucas se detuvo.
—Esto es lo más lejos que puedo llevarte sin poner en peligro tu vida.
Pilar miró hacia delante. Al final del pasillo, había una puerta de hierro. Estaba entreabierta. Solo unos centímetros que eran suficientes para ver lo que había al otro lado.
Una luz tenue, azulada, pulsante, que salía de la rendija, y un sonido, algo parecido a un susurro, como si algo estuviera respirando al otro lado de la puerta.
—¿Qué hay ahí dentro?
El Padre Lucas la miró con gravedad.
—La cámara. Una de las doce cámaras donde está encerrado el Pesadiellu. Me pediste respuestas, aquí las tienes.
Pilar sintió un escalofrío.
—¿El Pesadiellu?
El Padre Lucas asintió despacio.
—Es una entidad primordial anterior al cristianismo.
Anterior incluso a las leyendas celtas. Fue adorado y temido por las civilizaciones antiguas de Asturias.
Tiene el poder de entrar en los sueños, de manipular la mente, de curar enfermedades y de otorgar conocimiento prohibido, pero todo tiene un precio.
Se alimenta de almas, de cordura e incluso de vida.
Pilar lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y está ahí dentro?
El Padre Lucas asintió.
—Fragmentado. Dividido en doce partes. Una en cada cámara. Si se abren todas las cámaras, el Pesadiellu se recompondrá y recuperará su poder total.
Pilar miró hacia la puerta entreabierta.
—¿Por qué está abierta?
El Padre Lucas bajó la mirada.
—Porque yo no completé el ritual.
Pilar lo miró con sorpresa.
—¿Usted?
El Padre Lucas asintió despacio.
—Hace treinta años, yo era miembro de L'Ordine del Silenzio.
Una hermandad ancestral que cree que el Pesadiellu les otorgará poder, conocimiento e inmortalidad.
Participé en el ritual de apertura de esta cámara.
Once personas que tocaron los instrumentos de Corvino quedaron atrapadas.
Yo iba a ser el duodécimo, pero en el último momento, vi el horror, vi de frente lo que realmente era el Pesadiellu, así que hui.
Pilar se puso poco a poco más nerviosa. Su piel se erizó.
—¿Y los once?
El Padre Lucas la miró con tristeza.
—Siguen ahí dentro, atrapados entre la vida y la muerte, esperando en el limbo de los sueños.
Pilar se acercó despacio a la puerta. El Padre Lucas la agarró del brazo.
—No te acerques más. El Pesadiellu no puede cruzar el umbral porque falta el duodécimo, pero puede verte, puede hablarte, y también puede mostrarte cosas.
Pilar lo miró.
—¿Qué cosas?
El Padre Lucas la soltó.