La sinfonía silenciosa 12. EL MONASTERIO.
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12. EL MONASTERIO.

Rodrigo condujo en silencio por la carretera que serpenteaba entre las montañas. El cielo estaba gris, cargado de nubes bajas que amenazaban lluvia.

Silvia iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla, con la mente llena de preguntas.

Habían salido de la casa del acantilado hacía una hora.

Aurelio les había dado las coordenadas del Padre Lucas, escritas en un papel arrugado con letra temblorosa. Rodrigo había introducido las coordenadas en el GPS y había arrancado el motor sin decir palabra. El navegador les indicó el destino:

Monasterio de San Pedro de Villanueva. Cangas de Onís.

Ahora, mientras conducía, sentía que cada kilómetro los acercaba a algo peligroso que no sabía si podía controlar y que le había roto por completo todos los esquemas.

Silvia rompió el silencio.

—¿Crees que el Padre Lucas nos dirá la verdad esta vez?

Rodrigo la miró de reojo.

—Espero que sí, porque si no, lo arrestaré por obstrucción a la justicia.

Silvia sonrió levemente, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—¿Y si no está allí? ¿Y si huyó?

Rodrigo apretó el volante.

—Entonces lo buscaremos hasta encontrarlo.

Silvia asintió despacio.

El teléfono de Rodrigo sonó. Era el cuartel.

—Álvarez.

La voz al otro lado era la del brigada Dani Samaniego, su compañero de confianza.

—Rodrigo, tenemos novedades sobre los cadáveres de Cudillero y Luarca.

Rodrigo se tensó.

—Dime.

—Hemos identificado al cadáver de Cudillero. Se llama Javier Ramos Yuste. Cuarenta y seis años. Investigador privado. Trabajaba desde Madrid, pero tenía clientes por toda España.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Investigador privado?

—Sí. Igual que Marcos Villar, el de Luarca.

Rodrigo sintió que algo encajaba.

—¿Y qué estaba investigando?

Dani hizo una pausa.

—No lo sabemos con certeza, pero encontramos su portátil en su coche, aparcado a dos kilómetros de la casa de Cudillero. Estaba escondido bajo el asiento. Lo hemos analizado.

—¿Y?

—Tenía archivos sobre una mujer desaparecida, María del Pilar Olmedo Suárez.

Rodrigo miró a Silvia.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Ramos llevaba tres semanas investigando su desaparición, con datos de 2011. Había hablado con gente del conservatorio, con músicos, con luthiers… Igual que Villar.

Rodrigo apretó los dientes.

—¿Quién lo contrató?

—No lo sabemos. Ramos trabajaba con discreción. Por lo que hemos averiguado no dejaba registros de sus clientes, pero alguien pagó bien, muy bien.

Rodrigo se quedó en silencio durante un momento.

—¿Causa de la muerte?

—Disparo en la nuca, ejecución profesional. Igual que Villar. Esta vez con un mensaje oculto, dado que intentó sin éxito limpiar el cuerpo, como si fuese un ritual, un culto que desconocemos.

—¿Mismo asesino?

—Eso creemos, al menos la técnica y la precisión son idénticas, también la limpieza.

Rodrigo miró a Silvia.

—¿Algo más?

—También encontramos algo en el portátil de Ramos. Una nota escrita dos días antes de su muerte.

—¿Qué decía?

Dani hizo una pausa.

— "Creo que sé dónde está Pilar Olmedo. Voy a Cudillero a comprobarlo. Si no vuelvo, contactad con su hija."

Rodrigo se quedó en silencio unos segundos, después contestó.

—¿Dejó alguna dirección? ¿Alguna pista?

—Negativo, solo eso.

Rodrigo cerró los ojos.

—Gracias, Dani. Sigue investigando, quiero saber quién contrató a Ramos y a Villar, y necesito saber quién los mató.

—Entendido.

Rodrigo colgó. Silvia lo miraba con intensidad.

—¿Qué ha pasado?

Rodrigo le contó todo. La restauradora reaccionó con incredulidad.

—Alguien está matando a todos los que buscan a mi madre.

Rodrigo asintió despacio.

—Sí, la pregunta sería quién, pero necesitamos saber el porqué. Alguien no quiere que la encuentren, o tal vez alguien quiere encontrarla primero.

Silvia se llevó las manos a la cabeza.

—Menéndez.

Rodrigo asintió.

—Es la única explicación lógica. Menéndez tiene recursos, contactos y un motivo, y si alguien encuentra a tu madre antes que él, pierde su única oportunidad de abrir la cámara de Gijón.

Silvia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Entonces mi madre sigue viva.

Rodrigo la miró con compasión.

—No lo sabemos, Silvia, creo que no deberías ilusionarte, teme siempre lo peor, aunque me da que Menéndez cree que sí está viva, y eso es importante.

Silvia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Tenemos que encontrarlo y detenerlo.

Rodrigo asintió.

—Sí, pero primero el Padre Lucas, creo que nos dará respuestas.

Siguieron conduciendo en silencio. El paisaje cambiaba a medida que se adentraban en las montañas. Los árboles se volvían más densos, las carreteras más estrechas, y el aire más frío. A lo lejos se visualizaban los Picos de Europa, imponentes, cubiertos de niebla.

Rodrigo giró por una carretera secundaria. El GPS indicaba que estaban a cinco kilómetros del monasterio.

Silvia miraba por la ventana, con la mente llena de pensamientos. Un conjunto en el que, no sabía cómo, también estaba él, Rodrigo. Cómo la había ayudado sin pedir nada a cambio, cómo la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta, o cómo su presencia la hacía sentir menos sola.

Rodrigo la miró de reojo.

—¿Estás bien?

Silvia asintió sin mirarlo.

Rodrigo empezaba a conocer a aquella mujer, y sabía que no era verdad, pero también sabía que ella necesitaba tiempo para procesar todo lo que estaba pasando y para prepararse para lo que venía.

Llegaron a Villanueva poco después de una hora. El pueblo era pequeño, tranquilo, rodeado de montañas verdes y ríos cristalinos.

Rodrigo siguió las indicaciones del GPS hasta el final del pueblo.

Allí, al borde de un valle, se alzaba el Monasterio de San Pedro de Villanueva. Era un edificio antiguo, de piedra gris, con una torre románica y un claustro rodeado de arcos. Estaba rodeado de árboles, pero también de silencio. Demasiado silencio.

Rodrigo aparcó el coche frente a la entrada principal. Apagó el motor y se quedó mirando el monasterio.

—¿Preparada?

Silvia asintió.

Bajaron del coche. El viento soplaba con fuerza, arrastrando hojas secas y aquel olor otoñal a tierra húmeda. Caminaron hacia la puerta principal. Era una puerta de madera maciza, con herrajes de hierro forjado.

Rodrigo llamó con los nudillos. Esperaron. Nadie respondió.

Rodrigo volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Nada. Probó el pomo. Cerrado. Frunció el ceño.

—Vamos a rodear el edificio.

Caminaron por el lateral del monasterio, entre los muros de piedra y los árboles, y llegaron a una puerta lateral, más pequeña, de madera oscura. Rodrigo probó el pomo, y esta vez la puerta cedió. Se abrió con un crujido.

El capitán miró a Silvia.

—Quédate detrás de mí.

Silvia asintió. Entraron. Había mucha oscuridad. Caminaron por un pasillo estrecho, con las paredes de piedra desnuda y el suelo de losas desgastadas. Al final del pasillo, había una puerta entreabierta.

Rodrigo se acercó despacio, agarrando la pistola con la mano sin sacarla del cinturón de servicio. Empujó la puerta que se abrió con un chirrido. Dentro había un claustro.

Era un espacio rectangular, rodeado de arcos románicos, con un jardín en el centro y una fuente de piedra seca. Estaba vacío.

Rodrigo avanzó despacio, mirando a su alrededor.

Silvia lo seguía de cerca, con el corazón acelerado.

Se escucharon pasos que venían del otro lado del claustro.

Rodrigo se detuvo, Silvia también.

Una figura encapuchada apareció al fondo del pasillo.

Caminaba despacio, con las manos ocultas bajo el hábito.

Rodrigo sacó la pistola.

—¡Alto! ¡Guardia Civil!

La figura se detuvo.

Levantó las manos despacio y se quitó la capucha.

Era el Padre Lucas. Tenía el rostro pálido, demacrado, con ojeras profundas y la barba algo más descuidada. Los miró con una mezcla de alivio y miedo.

—Capitán Álvarez, señorita Fernández, sabía que vendrían.

Rodrigo no bajó la pistola.

—¿Por qué huyó?

El Padre Lucas suspiró.

—Porque Menéndez sabe que hablé con ustedes, y L'Ordine del Silenzio no perdona a los traidores. Llevo años siendo una diana, ni siquiera sé cómo sigo vivo.

Rodrigo dio un paso hacia delante.

—Tenemos que hablar.

El Padre Lucas asintió despacio.

—Pero no aquí, síganme.

Se dio la vuelta y caminó hacia el interior del monasterio.

Rodrigo y Silvia lo siguieron.

Caminaron por pasillos oscuros, subieron escaleras de piedra y atravesaron salas vacías. Finalmente, llegaron a una celda pequeña, con una cama estrecha, una mesa de madera y una ventana que daba al valle.

El Padre Lucas cerró la puerta detrás de ellos, se sentó en la cama y los miró con un gesto serio y nervioso.

—Tienen que escucharme con atención. Lo que les voy a contar puede salvarles la vida o incluso puede costarles la muerte, dependerá de ustedes lo que hagan con esa información.

Rodrigo guardó la pistola y se cruzó de brazos.

—Le escuchamos.

El Padre Lucas respiró hondo.

—Víctor Menéndez es el enemigo. Siempre lo ha sido. Desde que su hija enfermó, se obsesionó con liberar al Pesadiellu y cree que es la única forma de salvarla.

Silvia se inclinó hacia delante.

—¿Cuántos instrumentos tiene?

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—Cinco, tal vez seis.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Seis?

El Padre Lucas asintió.

—Sí. Menéndez tiene recursos ilimitados. Ha estado comprando instrumentos durante años a través de intermediarios, subastas privadas, robos… No se detiene ante nada.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Y Adrián Montero? ¿Trabajaba para él?

El Padre Lucas asintió despacio.

—Sí. Adrián era su intermediario. Compraba instrumentos para Menéndez, pero Adrián cometió un error.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Qué error?

El Padre Lucas lo miró con gravedad.

—Intentó quedarse con uno de los Stradivarius de Ignacio Ferrer. Menéndez lo descubrió. Y Adrián… desapareció.

Silvia sintió que el estómago se le encogía.

—¿Está muerto?

El Padre Lucas no respondió. Rodrigo apretó los dientes.

—¿Menéndez lo mató?

El Padre Lucas lo miró con tristeza.

—No lo sé, pero si Adrián sigue vivo, está escondido, muy escondido.

Silvia se levantó.

—¿Y los investigadores? ¿Javier Ramos y Marcos Villar? ¿Menéndez los mató?