La sinfonía silenciosa 11. LA VERDAD DEL PADRE LUCAS. #3
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11. LA VERDAD DEL PADRE LUCAS. #3

—Sí, pero también tienen que entender algo más.

Los instrumentos de Corvino no son solo llaves.

Son armas. Cada uno tiene una frecuencia específica, una melodía única.

Cuando se tocan juntos, los doce instrumentos crean una sinfonía oscura que abre las cámaras.

Pero también crean un puente entre el mundo de los vivos y el limbo donde están atrapadas las almas.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cómo que un puente?

Aurelio asintió.

—Ese puente funciona en ambas direcciones. Si alguien toca los instrumentos desde este lado, puede abrir la puerta, pero si alguien toca desde el otro lado, desde el limbo, puede cerrarla.

Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Mi madre podría cerrar la puerta desde dentro?

Aurelio la miró con tristeza.

—En teoría, sí, aunque para eso, necesitaría un violín. Y no hay violines en el limbo.

Silvia bajó la mirada.

Rodrigo se acercó a Aurelio.

—¿Qué hacemos ahora?

—Primero, tienen que proteger los instrumentos que están en los museos. Si Menéndez los roba, estaremos perdidos. Segundo, tienen que encontrar al Padre Lucas. Él sabe más de lo que me ha contado. Y tercero, tienen que prepararse, porque Menéndez no se detendrá, y cuando venga, vendrá con todo.

Rodrigo asintió.

—¿Dónde está el Padre Lucas?

Aurelio dudó un momento.

—En un monasterio, en las montañas. Cerca de Covadonga, pero no puedo decirles exactamente dónde. Es demasiado peligroso.

Rodrigo lo miró con firmeza.

—Señor Noriega, necesito hablar con él.

Aurelio suspiró.

—Está bien, les daré las coordenadas. Pero tengan cuidado. L'Ordine del Silenzio tiene ojos en todas partes.

Sacó un papel y escribió unas coordenadas. Seguidamente se lo entregó a Rodrigo.

—Vayan mañana. De noche es demasiado peligroso.

Rodrigo asintió.

—Gracias.

Aurelio los acompañó hasta la puerta.

Antes de salir, Silvia se giró hacia él.

—¿Qué ocurrió realmente en Beleño? No nos lo contó todo…

Beleño, 15 de noviembre de 1996. 23:47 horas.

El Padre Lucas caminaba por el bosque con el violín en las manos.

Tenía treinta y dos años. Era joven, fuerte y estaba lleno de fe, pero no era una fe hacia Dios, sino hacia L'Ordine del Silenzio, fe en el Pesadiellu.

Delante de él, once figuras encapuchadas caminaban en silencio.

Cada una llevaba un instrumento. Violines, violas y violonchelos.

Todos construidos por Alessandro Corvino en el siglo XVIII.

Todos afinados con frecuencias imposibles.

El líder de la procesión era un hombre mayor, de barba blanca y ojos fríos.

Se llamaba Augusto Villar. Era el Gran Maestro de L'Ordine del Silenzio, y había prometido que esa noche, el Pesadiellu les otorgaría el conocimiento prohibido.

El poder de curar enfermedades, el poder de ver el futuro, el poder de controlar la vida y la muerte…

El Padre Lucas lo creía. Había dedicado años, desde que estaba en el seminario, a estudiar los textos antiguos, a buscar las cámaras, a prepararse para este momento.

Llegaron a la entrada de la cueva. Era una grieta en la roca, oculta entre los árboles. Augusto Villar se detuvo y levantó una mano.

—Hermanos. Esta noche, el Pesadiellu despertará, y nosotros seremos sus elegidos.

Los once asintieron en silencio.

El Padre Lucas sintió impaciencia, orgullo y una cierta emoción que no podía contener.

Entraron en la cueva. El pasadizo era estrecho y oscuro.

Caminaron durante diez minutos. El aire se volvía más denso con cada paso.

Las paredes parecían respirar. Finalmente, llegaron a la cámara.

Era circular, tallada en la roca, con símbolos extraños grabados en las paredes.

Símbolos que el Padre Lucas había estudiado durante años. Símbolos que prometían poder.

En el centro, había doce pedestales de piedra, uno para cada instrumento.

Augusto Villar se giró hacia ellos. Su voz resonó en la cámara.

—Coloquen los instrumentos en los pedestales y cuando yo dé la señal, toquen la melodía que les enseñé. No se detengan, no importa lo que vean, no importa lo que escuchen. Toquen hasta el final.

El Padre Lucas sintió que el corazón se le aceleraba.

Colocó su violín en el pedestal número doce. Los otros once hicieron lo mismo.

Augusto Villar levantó las manos hacia el techo de la cámara.

—Pesadiellu, señor de los sueños, guardián del umbral, escucha nuestro llamado. Acepta nuestro sacrificio y concédenos tu sabiduría.

Bajó las manos.

—Ahora.

Los once tomaron sus instrumentos y empezaron a tocar. La melodía era oscura y disonante. Las frecuencias vibraban en el aire, en las paredes y hasta en los huesos.

El Padre Lucas sintió que algo cambiaba. El aire se volvió denso, casi sólido. Las paredes empezaron a brillar con una luz tenue y verdosa. Los símbolos grabados en la roca se iluminaron, uno tras otro, como si despertaran. Entonces, escuchó los gritos.

Los once que tocaban empezaron a gritar, pero no dejaron de tocar. Sus dedos se movían solos, como si algo los controlara. Sus ojos se volvieron blancos, sus bocas se abrieron en gritos silenciosos. El Padre Lucas dio un paso atrás.

—¿Qué...?

Augusto Villar lo miró con una sonrisa.

—Es el precio, hermano. El Pesadiellu exige sacrificio.

El Padre Lucas vio cómo los cuerpos de los once se retorcían.

Cómo sus almas eran arrancadas de sus cuerpos y absorbidas por la cámara.

Y entonces, vio al Pesadiellu. Era una sombra, una forma oscura y retorcida que se movía entre los pedestales.

Tenía garras largas, ojos vacíos y una boca llena de dientes.

Se acercó a uno de los once, le tocó el pecho y el hombre cayó al suelo, con los ojos abiertos y la boca congelada en un grito.

No estaba muerto, pero tampoco estaba vivo.

El Padre Lucas sintió que el terror le paralizaba.

—No... Esto no es lo que prometiste...

Augusto Villar se giró hacia él.

—Esto es exactamente lo que prometí. Poder, conocimiento e inmortalidad, pero todo tiene un precio.

El Pesadiellu se giró hacia el Padre Lucas. Sus ojos vacíos lo miraron y una voz resonó en su mente. Una voz que no era humana.

Toca.

El Padre Lucas miró el violín en el pedestal. Miró a los once atrapados… Y miró al Pesadiellu. Y entonces supo que todo era mentira. No había conocimiento, tampoco poder. Solo muerte. Solo oscuridad.

Dio un paso atrás.

—No.

Augusto Villar lo miró con rabia.

—¡Toca!

El Padre Lucas negó con la cabeza.

—No.

Augusto Villar dio un paso hacia él.

—Si no tocas, todo habrá sido en vano. Los once habrán muerto por nada.

El Padre Lucas lo miró rabia.

—Ya están muertos.

Después salió corriendo. Corrió por el pasadizo, con el corazón desbocado, con los gritos de Augusto Villar resonando detrás de él.

—¡Traidor! ¡Cobarde! ¡Volverás! ¡El Pesadiellu te reclamará!

El Padre Lucas salió de la cueva.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro.

Corrió por el bosque, sin mirar atrás. Corrió hasta que las piernas le fallaron.

Y entonces, cayó de rodillas y lloró. Lloró por los once que había dejado atrás, lloró por su propia cobardía, lloró por haber creído en la mentira, pero juró que nunca más volvería a servir a L'Ordine del Silenzio, que dedicaría el resto de su vida a proteger las cámaras.

A mantener al Pesadiellu encerrado. A redimirse.

Presente. Casa del acantilado.

Aurelio terminó de hablar.

Rodrigo y Silvia lo miraban en silencio.

—Eso fue lo que pasó en Beleño. El Padre Lucas huyó de la cámara, y cuando augusto Villar murió, pidió a la congregación el puesto de párroco local de la Iglesia de San Pelayo. Desde entonces, ha sido uno de nosotros, un Custodio del Silencio.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Y los once que quedaron atrapados?

Aurelio la miró con tristeza.

—Siguen allí, en la cámara de Beleño, atrapados entre la vida y la muerte, esperando…

Rodrigo apretó los dientes.

—¿Esperando qué?

Aurelio lo miró con gravedad.

—Esperando que alguien complete el ritual. Esperando que el duodécimo toque el violín. Esperando que el Pesadiellu se libere.

—¿Y si nadie toca el duodécimo violín?

Aurelio la miró con una expresión indescifrable.

—Entonces seguirán atrapados. Para siempre.

El silencio llenó la habitación. Solo se escuchaba el crepitar del fuego en la chimenea y muy de fondo, el rugido del mar contra las rocas.