11. LA VERDAD DEL PADRE LUCAS. #2
—Once personas tocaron los instrumentos. Quedaron atrapadas. El Pesadiellu empezó a manifestarse. El Padre Lucas vio el horror, pudo sentir y visualizar por sí mismo que todo lo que le habían prometido era mentira, que no había poder ni conocimiento, solo muerte y oscuridad.
Rodrigo se inclinó hacia delante.
—¿Y qué hizo?
Aurelio lo miró seriamente.
—Huyó. En el último momento, antes de tocar el duodécimo instrumento, huyó. Su huida impidió que la cámara se abriera completamente. Los Custodios llegamos a tiempo, sellamos la cámara de nuevo, pero no pudimos cerrarla del todo. Las once almas ya estaban atrapadas.
Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Y el Padre Lucas?
Aurelio la miró con compasión.
—Se unió a nosotros, cambió radicalmente de bando. Lleva treinta años protegiendo la cámara de Beleño, intentando redimirse por lo que hizo. Pero Menéndez nunca le ha perdonado. Para la Orden, el Padre Lucas es un traidor, y los traidores no merecen piedad.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Entonces por qué mintió? ¿Por qué no nos dijo la verdad desde el principio?
Aurelio lo miró con tristeza.
—Porque tenía miedo. Menéndez sabe que el Padre Lucas habló con ustedes. Y L'Ordine del Silenzio no perdona a los traidores.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Dónde está ahora?
Aurelio suspiró.
—Escondido, en un lugar seguro, aunque no puede quedarse allí para siempre.
Rodrigo se acercó a la ventana y miró hacia el mar.
—¿Cuántas cámaras ha abierto Menéndez?
Aurelio lo miró con gravedad.
—Ninguna completamente. La de Beleño quedó entreabierta hace treinta años, pero no se liberó al Pesadiellu. Desde entonces, Menéndez ha estado buscando los instrumentos, preparándose y esperando el momento adecuado.
Silvia sintió que el corazón se le rompía.
—¿Y mi madre? ¿Cuánto tiempo más puede estar atrapada?
Aurelio la miró con compasión.
—No lo sé, pero si Menéndez consigue los doce instrumentos y completa el ritual en Gijón, tu madre morirá. O algo peor.
Silvia cerró los ojos.
—Yo tengo dos.
Aurelio no mostró sorpresa alguna.
—Deberíamos destruirlos cuanto antes.
Rodrigo se giró hacia Aurelio.
—¿Cómo detenemos a Menéndez?
Aurelio lo miró con seriedad.
—Destruyendo los instrumentos, como bien les acabo de decir. Si destruimos los doce violines de Corvino, las cámaras no podrán abrirse. Y las almas atrapadas podrán liberarse.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Dónde pueden estar los demás instrumentos?
Aurelio suspiró.
—Dispersos. Algunos están en manos de coleccionistas privados, otros en museos, pero otros... En manos de L'Ordine del Silenzio.
Silvia abrió los ojos.
—¿Cuántos tiene Menéndez?
Aurelio la miró con gravedad.
—No lo sabemos con certeza, pero creemos que al menos cuatro o cinco.
Rodrigo apretó los dientes.
—Tenemos que encontrarlos antes que él.
Aurelio asintió.
—Sí. Pero no será fácil. Menéndez tiene recursos, contactos, y está dispuesto a matar para conseguir lo que quiere.
Silvia se acercó a Aurelio.
—¿Hay alguna forma de salvar a mi madre sin abrir la cámara?
Aurelio la miró con tristeza.
—Solo una. Si tocas el violín en la cámara de Gijón, podrías intentar cerrar la puerta desde dentro. Pero es extremadamente peligroso, podrías quedar atrapada como ella, o algo peor que desconocemos.
Silvia lo miró con determinación.
—Estoy dispuesta a correr ese riesgo.
Rodrigo se giró hacia ella.
—Silvia, no.
Ella lo miró con intensidad.
—Rodrigo, es mi madre, y la he perdido durante quince años.
Rodrigo la miró con una mezcla de rabia y desesperación.
—Y tú eres...
Se detuvo.
Silvia lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué?
Rodrigo apartó la mirada.
—Nada, olvídalo.
Aurelio los miró a ambos con una expresión indescifrable.
—Hay tiempo para decidir, pero primero tienen que entender algo más.
Rodrigo lo miró.
—¿Qué?
Aurelio se acercó a la mesa y sacó un mapa antiguo de Asturias.
Lo extendió sobre la mesa.
Había doce puntos marcados con tinta roja.
—Estas son las doce cámaras. Beleño, Gijón, Oviedo, Avilés, Luarca, Cangas de Onís, Ribadesella, Llanes, Taramundi, Cudillero, Pola de Somiedo y Teverga. Si Menéndez abre todas, el Pesadiellu se liberará completamente, y entonces, nada podrá detenerlo.
Silvia miró el mapa con horror.
—¿Qué pasará si se libera?
Aurelio la miró con gravedad.
—El fin de todo. El Pesadiellu se alimentará primero de las almas de los bebés, después de los niños, preadolescentes, adolescentes, adultos y ancianos de toda Asturias. Después, hará lo mismo con el resto del mundo.
Silvia miró el mapa con horror. Las doce cámaras marcadas en rojo parecían arder sobre el papel.
Rodrigo se acercó a la mesa.
—¿Cómo sabemos que Menéndez no ha intentado abrir ya más cámaras?
Aurelio lo miró con gravedad.
—Porque lo sabríamos. Cuando una cámara se abre, hay señales. Desapariciones masivas, pesadillas colectivas o parálisis del sueño en toda la zona. El Pesadiellu se manifiesta parcialmente, incluso antes de liberarse por completo.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Pesadillas?
Aurelio la miró con atención.
—Sí. El Pesadiellu no solo provoca pesadillas. Se comunica a través de ellas. Entra en la mente de las personas que están conectadas con las cámaras, las que han tocado los instrumentos, las que tienen un vínculo de sangre con los atrapados.
Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.
—Yo... He tenido pesadillas. Desde que toqué el violín.
Aurelio la miró preocupación.
—¿Qué has visto?
Silvia dudó un momento.
—A mi madre, en una cámara tocando el violín. Y... Una voz. Me dice que la libere.
Aurelio cerró los ojos.
—El Pesadiellu te ha marcado.
Rodrigo dio un paso hacia delante.
—¿Qué significa eso?
Aurelio abrió los ojos y miró a Silvia con tristeza.
—Significa que el Pesadiellu sabe quién eres. Sabe que eres la hija de Pilar. Y te quiere a ti. No a cualquiera, a ti.
Silvia sintió que el mundo se tambaleaba.
—¿Por qué?
Aurelio suspiró.
—Porque hay un vínculo de sangre. Tu madre fue la primera en tocar el violín en la cámara de Gijón.
Su alma está atrapada allí, y tú, como su hija, tienes una conexión directa con esa cámara.
Si tocas el violín allí, no solo abrirás la puerta, también te convertirás en el canal perfecto para que el Pesadiellu se manifieste.
Rodrigo apretó los dientes.
—Entonces no puede acercarse a esa cámara.
Aurelio lo miró con tristeza.
—No es tan simple, capitán. El Pesadiellu ya la ha marcado. Entrará en sus sueños, la manipulará, le mostrará visiones, le prometerá que si lo libera, su madre volverá, y cada vez será más difícil resistirse.
—¿Hay alguna forma de detenerlo?
Aurelio asintió despacio.
—Sí, pero no es fácil. Tienes que aprender a cerrar tu mente. A resistir las visiones y sobre todo, no puedes tocar ningún violín de Corvino. Nunca más.
Silvia bajó la mirada. Sintió una punzada de culpa.
El violín que había tomado de la colección de Ignacio Ferrer estaba escondido en su apartamento, y ahora, escuchando a Aurelio, supo que debería haberlo entregado.
Pero no podía, porque ese violín era su única conexión con su madre.
Su única esperanza de traerla de vuelta.
Silvia bajó la mirada. Rodrigo se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—No estás sola en esto.
Silvia lo miró con los ojos a punto de partirse en lágrimas.
—Gracias.
Aurelio se acercó a la mesa y sacó una lista escrita a mano.
—Estos son los doce instrumentos de Corvino. O al menos, los que hemos podido rastrear.
Le entregó la lista a Rodrigo. Este la leyó en voz alta.
—Violín número uno: Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo.
Violín número dos: Colección privada, paradero desconocido.
Violín número tres: Asociación Cultural de Música de Cámara, Gijón.
Robado en 2010. Violín número cuatro: Iglesia de San Pelayo, Beleño.
Violín número cinco: Colección privada, Víctor Menéndez, Oviedo.
Violín número seis: Paradero desconocido.
Violín número siete: Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo.
Violín número ocho: Colección privada, paradero desconocido.
Viola número uno: Paradero desconocido. Viola número dos: Colección privada, Víctor Menéndez, Oviedo.
Violonchelo número uno: Paradero desconocido.
Violonchelo número dos: Colección privada, Víctor Menéndez, Oviedo.
Rodrigo levantó la mirada.
—Menéndez tiene tres instrumentos.
Aurelio asintió con gravedad.
—Sí, probablemente más. Tiene recursos, contactos, y lleva años buscándolos.
Silvia frunció el ceño.
—¿Quién es Víctor Menéndez exactamente?
Aurelio la miró con seriedad.
—Es un empresario. Rico y poderoso, pero también es algo más. Es descendiente directo de Alessandro Corvino.
Silvia se quedó paralizada.
—¿Descendiente de Corvino?
Aurelio asintió.
—Sí. Su linaje es ítalo-español. Su bisabuelo era italiano, de la misma familia que Corvino. Víctor creció escuchando las historias de su antepasado, las leyendas de los violines. Cuando su hija enfermó, se obsesionó con la idea de que el Pesadiellu podía curarla.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Su hija?
Aurelio asintió.
—Sí. Se llama Lucía. Los médicos le dan meses de vida. Menéndez está desesperado, y cree que si libera al Pesadiellu, este le concederá un deseo, la vida de su hija.
Silvia sintió una punzada de compasión.
—Eso no justifica lo que está haciendo.
Aurelio la miró con tristeza.
—No, pero lo hace muy peligroso. Un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa.
Rodrigo dobló la lista y se la guardó en el bolsillo.
—¿Dónde está Menéndez ahora?
Aurelio negó con la cabeza.
—Lo desconozco, pero sé que está buscando los instrumentos que faltan y que no se detendrá hasta conseguirlos.
Silvia se levantó.
—Tenemos que encontrarlos antes que él.
Aurelio la miró con gravedad.