La sinfonía silenciosa 11. LA VERDAD DEL PADRE LUCAS.
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11. LA VERDAD DEL PADRE LUCAS.

A la mañana siguiente, Rodrigo recogió a Silvia a las ocho en punto. El cielo seguía gris y la lluvia había dejado las calles mojadas y brillantes.

Silvia subió al coche con una expresión decidida.

—Buenos días.

Rodrigo la miró.

—Buenos días, ¿dormiste bien?

Silvia negó con la cabeza.

—No mucho, pero estoy más descansada que ayer.

Rodrigo arrancó el motor y condujo hacia la salida de Oviedo. El trayecto a Beleño transcurrió en silencio.

Silvia miraba por la ventana, con la mente llena de preguntas.

Rodrigo conducía con la mandíbula apretada. Sabía que el Padre Lucas les había mentido, y esta vez no iba a dejar que se escapara sin respuestas.

Llegaron a Beleño poco después de las nueve. El pueblo estaba tranquilo, como siempre. Demasiado tranquilo.

Rodrigo aparcó frente a la iglesia. Bajaron del coche y caminaron hacia la entrada. La puerta estaba cerrada.

Rodrigo la empujó con fuerza. No cedió. Frunció el ceño.

—Está cerrada con llave.

Silvia miró a su alrededor.

—Vamos a la sacristía, hay una entrada lateral.

Caminaron por el lateral de la iglesia hasta una puerta pequeña de madera.

Rodrigo probó el pomo y esta vez la puerta se abrió.

Entraron. El interior estaba oscuro y frío, con un olor mezclado entre incienso y humedad.

Caminaron por el pasillo lateral hasta el altar.

La iglesia estaba vacía. Rodrigo miró a su alrededor con desconfianza.

—Padre Lucas, sabemos que está aquí.

Su voz resonó en el silencio, pero no hubo respuesta.

Silvia se acercó al altar. Sobre él, había una vela encendida, y junto a la vela, una nota.

La tomó y la leyó en voz alta.

"Si están leyendo esto, es porque han vuelto.

No puedo quedarme aquí. Menéndez sabe que hablé con ustedes.

Me han dado veinticuatro horas para irme.

Si quieren la verdad, vayan a la casa del acantilado.

Allí les espera alguien que puede contarles lo que necesitan saber.

Pero tengan cuidado. L'Ordine del Silenzio está vigilando. —“Lucas"

Rodrigo apretó los dientes.

—Maldita sea.

Silvia dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.

Salieron de la iglesia y volvieron al coche.

Rodrigo arrancó el motor y condujo por la carretera del norte. A lo lejos, el mar rugía contra las rocas. Tres kilómetros después, vieron el camino de tierra, y entonces Rodrigo giró a la derecha. El camino era estrecho y lleno de baches. El coche avanzaba despacio, sacudiéndose con cada piedra.

Silvia miraba por la ventana. El mar estaba cada vez más cerca y el viento soplaba con mayor fuerza.

Las nubes se oscurecían. Finalmente, el camino terminó.

Frente a ellos, al borde del acantilado, había una casa.

Era una casa antigua, de piedra gris, con el tejado de pizarra y las ventanas cerradas con postigos de madera.

Parecía abandonada, pero había humo saliendo de la chimenea.

Rodrigo apagó el motor.

—Alguien está dentro.

—¿Crees que es el Padre Lucas?

Rodrigo negó con la cabeza.

—No lo sé, no lo creo, pero vamos a averiguar quién nos tiene que contar algo nuevo.

Bajaron del coche. El viento les golpeó con fuerza. Caminaron hacia la casa.

La puerta principal estaba cerrada.

Rodrigo llamó con los nudillos. Esperaron. Solo había silencio.

Rodrigo volvió a llamar, esta vez con más fuerza.

—¡Abran! Guardia Civil.

Entonces, se escucharon pasos en el interior y la puerta se abrió con un crujido. Frente a ellos apareció un hombre. Era mayor, de unos setenta años, con el pelo largo y blanco, la barba descuidada y los ojos hundidos. Vestía ropa oscura y gastada. Los miró con una expresión indescifrable.

—¿Capitán Álvarez?

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cómo sabe mi nombre?

El hombre sonrió levemente.

—El Padre Lucas me avisó de que vendrían.

Rodrigo sacó su placa.

—¿Quién es usted?

El hombre se apartó de la puerta.

—Pasen, aquí fuera hace frío.

Rodrigo y Silvia intercambiaron una mirada.

Entraron. El interior de la casa era oscuro y estaba lleno de libros.

Había estanterías por todas las paredes, desde el suelo hasta el techo, repletas de volúmenes antiguos.

En el centro de la sala había una mesa de madera con papeles esparcidos y una lámpara de aceite encendida. El fuego crepitaba en la chimenea.

El hombre cerró la puerta y se giró hacia ellos.

—Mi nombre es Aurelio Noriega, soy historiador, y miembro de los Custodios del Silencio.

—¿Los Custodios del Silencio?

Aurelio asintió despacio.

—Sí, somos, digamos, los guardianes de las cámaras. Los que intentamos mantener al Pesadiellu encerrado.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿El Pesadiellu?

Aurelio los miró con gravedad.

—Siéntense, les serviré café, creo que esto tiene pinta de que va a llevar tiempo.

Rodrigo y Silvia se sentaron en dos sillas frente a la chimenea.

Aurelio sirvió los cafés a sus invitados y se quedó de pie, con las manos cruzadas a la espalda, mirando el fuego.

—Antes de empezar, deben entender algo. Lo que les voy a contar no es una leyenda, tampoco es un cuento, es la verdad, y esa verdad es peligrosa, mortal.

Rodrigo lo miró con escepticismo.

—Señor Noriega, con todo respeto, necesito hechos. No historias.

Aurelio se giró hacia él.

—Los hechos, capitán, son que hay personas que están muriendo o desapareciendo en Asturias, y que todo está conectado con algo que lleva siglos encerrado.

Silvia se inclinó hacia delante.

—¿El Pesadiellu?

Aurelio asintió despacio.

—Sí, el Pesadiellu. Antiguamente nuestros ancestros tenían prohibido decir su nombre, pero los tiempos van cambiando…

Se acercó a la mesa y tomó un libro antiguo. Lo abrió y les mostró una ilustración. Era una criatura oscura, con forma humana pero retorcida, con garras largas y ojos vacíos. Estaba sentada sobre el pecho de una persona que dormía.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Qué es?

Aurelio cerró el libro.

—En la mitología asturiana, el Pesadiellu es un ser que se sienta sobre el pecho de las personas mientras duermen, provocándoles pesadillas y parálisis. Pero eso es solo la versión simplificada, la verdad es mucho más oscura.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué verdad?

Aurelio lo miró con gravedad.

—El Pesadiellu no es un espíritu menor. Es una entidad primordial anterior al cristianismo.

Anterior incluso a las leyendas celtas. Fue adorado y temido por las civilizaciones antiguas de Asturias.

Tiene el poder de entrar en los sueños, manipular la mente, curar enfermedades y otorgar conocimiento prohibido, pero todo tiene un precio.

Se alimenta de almas, de cordura, de vida.

Silvia sintió pánico, pero también mucha incertidumbre.

—¿Y dónde está ahora?

Aurelio la miró con seriedad.

—Cautivo, fragmentado. Hace siglos, una orden ancestral logró encerrarlo. Lo dividieron en múltiples cámaras repartidas por Asturias. Cada cámara contiene una parte del demonio. Si se abren todas, el Pesadiellu se recompone y recupera su poder total.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Cuántas cámaras hay?

Aurelio dudó un momento.

—Doce. Repartidas por toda Asturias. Beleño, Gijón, Oviedo, Avilés, Luarca, Cangas de Onís, Ribadesella, Llanes, Taramundi, Cudillero, Pola de Somiedo y Teverga.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Y cómo se abren?

Aurelio la miró con gravedad.

—Con los instrumentos de Alessandro Corvino.

Rodrigo frunció el ceño, miró a Silvia.

—Lo que nos contó Marina…

Aurelio continuó.

—Corvino descubrió las cámaras en el siglo XVIII.

Era un genio, pero también un hombre obsesionado con el conocimiento prohibido.

Construyó doce instrumentos: violines, violas, violonchelos…

Cada uno es una llave acústica. Ciertas frecuencias, tocadas dentro de las cámaras, debilitan el sello que mantiene al Pesadiellu encerrado.

Silvia sintió temor e incertidumbre a partes iguales.

—¿Doce instrumentos?

Aurelio asintió.

—Sí, y cada cámara requiere que los doce instrumentos sean tocados por doce personas diferentes. Solo entonces la cámara se abre completamente.

Rodrigo se levantó.

—¿Y qué pasa con las personas que tocan los instrumentos?

Aurelio lo miró con tristeza.

—Quedan atrapadas. Sus almas son arrancadas de sus cuerpos y quedan en un limbo, alimentando la apertura de la cámara. No están muertas, pero tampoco vivas.

Silvia sintió que el mundo se detenía.

—Mi madre... ¿tocó uno de esos violines?

Aurelio la miró con compasión.

—Sí, en la cámara de Gijón. Hace dieciséis años. Fue la primera de los doce.

Silvia quedó paralizada, aunque por otro lado era algo que intuía.

—¿Está... atrapada?

Aurelio asintió despacio.

—Sí, pero como la cámara no se ha abierto completamente, todavía hay esperanza. Si destruimos los instrumentos antes de que se complete el ritual, las almas atrapadas podrían liberarse.

Rodrigo se acercó a Aurelio.

—¿Quién está detrás de esto? ¿Quién está intentando abrir las cámaras?

Aurelio lo miró con gravedad.

—L'Ordine del Silenzio. La Orden del Silencio. Es una hermandad ancestral que cree que el Pesadiellu les otorgará poder, conocimiento e inmortalidad. Llevan décadas intentando abrir las cámaras, y ahora tienen un líder que está más cerca que nunca de lograrlo.

Silvia se levantó.

—¿Quién?

Aurelio la miró con seriedad.

—Víctor Menéndez. Es un hombre desesperado. Su hija está muriendo. Cree que si libera al Pesadiellu, este la curará, así que está dispuesto a sacrificar a quien sea para conseguirlo.

Rodrigo apretó los dientes.

—¿Y el Padre Lucas? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

Aurelio se giró hacia él.

—El Padre Lucas es uno de nosotros. Un Custodio del Silencio, aunque no siempre lo fue.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Aurelio lo miró con gesto serio.

—Hace treinta años, el Padre Lucas era miembro de L'Ordine del Silenzio. Participó en el ritual de apertura de la cámara de Beleño. Iba a ser uno de los doce que tocarían los instrumentos.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Qué pasó?

Aurelio suspiró.