9. EL ECO DE BELEÑO. #3
—Sí. Pilar estaba investigando los violines de Corvino. Quería saber si teníamos alguno aquí.
—¿Y tenían?
Emilio la miró con seriedad.
—Sí, teníamos uno, pero ya no está aquí.
Rodrigo se inclinó hacia delante.
—¿Qué pasó con él?
Emilio suspiró.
—Pilar lo pidió prestado. Dijo que quería estudiarlo, que era importante para su investigación. Le dije que no podía llevárselo, pero ella insistió. Finalmente, accedí. Le presté el violín durante una semana.
—¿Y qué pasó?
—Nunca lo devolvió, nunca más volvió.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Denunció la desaparición?
Emilio negó con la cabeza.
—No. Pilar me había dejado un depósito, muy generoso, por cierto. Pensé que volvería, pero nunca lo hizo.
—¿Sabe dónde fue después de salir de aquí?
Emilio negó con la cabeza.
—No, pero antes de irse, me dijo algo extraño.
Rodrigo lo miró con atención.
—¿Qué le dijo?
Emilio la miró con gravedad.
—Me dijo que iba a tocar el violín, que tenía que hacerlo, que era la única forma de entender.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Entender qué?
Emilio la miró con tristeza.
—No lo sé, pero parecía asustada, como si supiera que estaba corriendo un riesgo.
Rodrigo se levantó.
—¿Tiene alguna fotografía del violín?
Emilio asintió.
—Sí, esperen aquí.
Salió de la sala y volvió unos minutos después con una carpeta.
La abrió, sacó una fotografía y se la entregó a Rodrigo. Este la miró y se la pasó a Silvia, que la miró con atención. Era un violín antiguo, de madera oscura, con incrustaciones de nácar en el clavijero.
Era hermoso.
—¿Puedo quedarme con esta fotografía?
Emilio asintió.
—Sí, sin problema, quédensela.
Rodrigo guardó la fotografía en su libreta.
—Señor Vallina, ¿sabe si alguien más vino preguntando por Pilar después de su desaparición?
Emilio frunció el ceño.
—Sí, un hombre. Vino unos días después de que Pilar desapareciera. Preguntó por ella y por el violín.
Rodrigo se inclinó hacia delante.
—¿Recuerda su nombre?
Emilio negó con la cabeza.
—No, pero era un hombre mayor. De unos sesenta años, con el pelo blanco y una barba bastante cuidada.
Silvia se sorprendió.
—¿El Padre Lucas?
Emilio la miró con sorpresa.
—No lo sé, no me dijo su nombre, pero sí podría ser él, llevaba un alzacuellos, debía ser sacerdote.
Rodrigo y Silvia intercambiaron una mirada.
El capitán se levantó.
—Gracias por su tiempo, señor Vallina.
Emilio asintió.
—Espero que encuentren a Pilar.
Silvia lo miró con tristeza.
—Yo también.
Salieron de la Asociación y volvieron al coche.
Rodrigo arrancó el motor y condujo en silencio durante unos minutos.
Silvia miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos.
—El Padre Lucas mintió.
Rodrigo la miró de reojo.
—Ya me lo imaginaba…
Silvia se giró hacia él.
—Tenemos que volver a Beleño. Tenemos que hablar con él de nuevo.
Rodrigo asintió.
—Sí, pero todavía no, primero tenemos que averiguar qué hizo tu madre con ese violín.
Silvia lo miró con intensidad.
—¿Cómo?
Rodrigo la miró con seriedad.
—Tenemos que encontrar el violín.
Rodrigo condujo de vuelta a Oviedo.
El cielo estaba gris y amenazaba lluvia.
Silvia miraba por la ventana, con la mente llena de preguntas.
—¿Cómo vamos a encontrar el violín?
Rodrigo suspiró.
—No lo sé, pero si tu madre lo tenía cuando desapareció, tiene que estar en algún sitio.
Silvia lo miró.
—¿Y si lo destruyó? ¿Y si lo escondió?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No creo que lo destruyera. Si quería entender algo, necesitaba el violín, y si lo escondió, tiene que haber dejado alguna pista.
Silvia se quedó en silencio durante un momento.
—El Padre Lucas sabe algo, estoy segura. Hay demasiadas coincidencias.
Rodrigo asintió.
—Vamos a averiguar qué es, te lo prometo.
Llegaron a Oviedo cuando empezaba a llover.
Rodrigo aparcó frente al edificio de Silvia.
Apagó el motor y se giró hacia ella.
—Descansa esta tarde. Mañana volveremos a Beleño. Y esta vez, el Padre Lucas nos va a decir la verdad.
Silvia asintió.
—Gracias, Rodrigo.
Rodrigo la miró con una expresión que Silvia no supo descifrar.
—No tienes que darme las gracias.
Silvia abrió la puerta del coche, pero antes de bajar, se giró hacia él.
—Rodrigo...
Él la miró.
—¿Sí?
Silvia dudó un momento.
—Nada. Hasta mañana.
Bajó del coche y abrió la puerta del portal. Rodrigo se quedó sentado, mirando la lluvia caer sobre el parabrisas. Respiró hondo y arrancó el motor.
Silvia subió a su apartamento y se tumbó en la cama.
Cerró los ojos, pero no pudo dormir. Las imágenes se agolpaban en su mente.
Se levantó de la cama y sacó la fotografía del violín que le había dado Emilio Vallina.
La miró con atención, era precioso, pero a su vez tenía algo de aterrador.
Dejó la fotografía sobre la mesilla y se acercó a la ventana.
Miró hacia la calle. La lluvia caía con fuerza.
Era temprano, pero las farolas ya proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto.
Silvia sintió una sensación extraña. Como si alguien la observara. Se apartó de la ventana y cerró las cortinas. Se tumbó de nuevo en la cama y cerró los ojos. Esta vez, el sueño la venció, y soñó de nuevo con su madre.