9. EL ECO DE BELEÑO. #2
—Espera aquí, cariño. Tengo que encontrarme con alguien.
¿Con quién? ¿Y por qué nunca volvió?
Sacó el teléfono y marcó el número de Rodrigo. Este contestó al tercer tono.
—¿Silvia? ¿Estás bien?
Su voz sonaba preocupada. La restauradora respiró hondo.
—Sí, perdona por llamar tan temprano, es que... No podía dormir.
Rodrigo guardó silencio durante un momento.
—¿Dónde estás?
—En la plaza de la Catedral.
—Espera ahí, voy para allá.
Silvia colgó y se quedó sentada en el banco, mirando hacia la Catedral.
Veinte minutos después, Rodrigo apareció caminando por la plaza.
Llevaba una chaqueta oscura y el pelo revuelto, como si acabara de levantarse.
Se sentó a su lado en el banco.
—¿Estás bien?
Silvia asintió.
—Sí, solo... Tuve una pesadilla… Una más de entre mi colección de sueños locos.
Rodrigo la miró con atención.
—¿Qué soñaste?
Silvia le contó el sueño.
La Asociación, un pasillo, una cámara, el violín, su madre…
Rodrigo escuchó en silencio. Cuando Silvia terminó, este suspiró.
—Es normal, estás bajo mucha presión, tu mente está procesando todo lo que has descubierto.
Silvia lo miró.
—¿Tú crees que mi madre está muerta?
Rodrigo la miró con seriedad.
—No lo sé, Silvia. Pero creo que si vamos a encontrar respuestas, tenemos que ir a Gijón.
Silvia asintió.
—Sí, creo que tienes razón.
Rodrigo se levantó del banco.
—Vamos a desayunar algo y luego nos vamos.
Silvia se levantó y lo siguió. Caminaron en silencio por las calles de Oviedo hasta encontrar una cafetería abierta. Entraron y se sentaron en una mesa junto a la ventana. Rodrigo pidió dos cafés y unas tostadas.
Silvia miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos.
—Silvia.
Ella lo miró.
—¿Sí?
Rodrigo dudó un momento.
—Cuando encontremos a tu madre... O cuando descubramos qué le pasó... Puede que no te guste lo que encontremos, debes estar preparada para cualquiera cosa.
Silvia lo miró con intensidad.
—Intento digerir todo lo que pueda pasar, sí.
Rodrigo asintió.
—Solo quiero que estés preparada.
Silvia bajó la mirada.
—Llevo dieciséis años preparándome para esto, Rodrigo. Sea lo que sea, creo que puedo manejarlo.
Rodrigo le puso una mano sobre la suya.
—No tienes que hacerlo sola.
Silvia lo miró a los ojos. Sintió que algo se movía en su pecho. Algo cálido que no había sentido en mucho tiempo.
Rodrigo retiró la mano cuando llegó el camarero con los cafés. Desayunaron en silencio.
Una vez terminaron, Rodrigo pagó y salieron de la cafetería.
—Vamos a buscar el coche. Nos vamos a Gijón.
Silvia asintió.
Juntos, caminaron hacia el coche. El viaje a Gijón duró poco más de media hora. Rodrigo conducía en silencio, con la mirada fija en la carretera mientras Silvia miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba de las montañas verdes de Asturias a la costa.
Cuando llegaron a Gijón, Rodrigo siguió las indicaciones del GPS hasta la Asociación Cultural de Música de Cámara.
El edificio estaba en el centro de la ciudad, en una calle estrecha y tranquila. Era un edificio antiguo, de tres plantas, con la fachada de piedra y ventanas altas.
Rodrigo aparcó el coche frente a la entrada.
Silvia miró el edificio con el corazón acelerado. Era el mismo edificio que recordaba, el mismo lugar donde había visto a su madre por última vez.
Rodrigo apagó el motor y la miró.
—¿Estás lista?
Silvia asintió.
Bajaron del coche y se acercaron a la entrada. La puerta principal estaba cerrada. Rodrigo llamó al timbre. Esperaron, pero nadie respondió.
El capitán volvió a llamar. Esta vez, se escucharon pasos en el interior. La puerta se abrió.
Un hombre mayor, de unos setenta años, con el pelo blanco y gafas de montura dorada, los miró con curiosidad.
—¿Sí?
Rodrigo sacó su placa.
—Capitán Rodrigo Mendoza, Guardia Civil. Estamos investigando una desaparición. ¿Podemos pasar?
El hombre frunció el ceño.
—¿Una desaparición? ¿De quién?
Silvia dio un paso adelante.
—De mi madre. Pilar Olmedo. Desapareció aquí hace dieciséis años.
El hombre la miró con sorpresa.
—¿Pilar Olmedo?
Silvia asintió.
—Sí, ¿la recuerda?
El hombre se quedó en silencio durante un momento, y terminó asintiendo despacio.
—La recuerdo, sí, demasiado…
Rodrigo y Silvia intercambiaron una mirada. El hombre abrió la puerta completamente.
—Pasen. Hablaremos dentro.
Entraron al edificio. El interior era oscuro, demasiado silencioso. Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas y carteles de conciertos. El hombre los guió por un pasillo largo hasta una sala pequeña con sillas y un piano de cola en el centro.
—Siéntense, por favor.
Rodrigo y Silvia se sentaron. El hombre se sentó frente a ellos.
—Me llamo Emilio Vallina, soy el director de la Asociación desde hace treinta años.
Rodrigo sacó una libreta.
—Señor Vallina, ¿recuerda a Pilar Olmedo?
Emilio asintió.
—Sí, vino aquí en junio de 2010. Buscaba información sobre un violín. Un violín antiguo.
Silvia se inclinó hacia delante.
—¿Qué violín?
Emilio la miró con gravedad.
—Un violín de Alessandro Corvino.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Corvino? ¿El luthier del siglo XVIII?
Emilio asintió.