La sinfonía silenciosa 9. EL ECO DE BELEÑO.
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9. EL ECO DE BELEÑO.

El Padre Lucas no se movió.

Permanecía de pie frente al altar, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándolos con cierta calma.

Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con el pelo blanco y corto, y una barba cuidada. Sus ojos eran oscuros, profundos, y brillaban con gran intensidad.

Rodrigo sacó la pistola.

—No se mueva.

El Padre Lucas sonrió levemente.

—No voy a moverme, capitán. No tengo ninguna intención de huir, al contrario, os estaba esperando.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cómo sabía que íbamos a venir?

El Padre Lucas inclinó la cabeza.

—Porque sé quién es ella.

Miró a Silvia con una expresión que mezclaba curiosidad y algo parecido a la compasión.

—Eres la hija de Pilar Olmedo.

Silvia sintió que el corazón se le detenía.

—¿Conoció a mi madre?

El Padre Lucas asintió despacio.

—Sí, la conocí. Vino aquí hace dieciséis años. En mayo de 2010. Buscaba respuestas, al igual que tú.

Silvia dio un paso hacia delante.

—¿Qué le pasó? ¿Dónde está?

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—Lo desconozco.

Rodrigo sacó la pistola y la apuntó.

—Miente.

El Padre Lucas no se inmutó.

—No miento, capitán. Pilar vino aquí, le mostré la cámara y le conté la historia de los violines de Corvino. Se fue, eso es todo lo que sé.

—¿Por qué vino aquí? ¿Qué buscaba?

El Padre Lucas la miró con gravedad.

—Buscaba la verdad, igual que tú. Quería saber qué había dentro de las cámaras y así entender el poder de los violines.

Rodrigo avanzó un paso.

—¿Y usted se lo dijo?

El Padre Lucas asintió.

—Sí, por supuesto, le dije todo lo que sabía. Le mostré el violín que guardamos aquí, le expliqué la leyenda de Alessandro Corvino y le advertí del peligro.

Silvia lo miró con intensidad.

—¿Qué peligro?

El Padre Lucas la miró con seriedad.

—El peligro de tocar los violines, de abrir las puertas que deberían permanecer cerradas.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué puertas?

El Padre Lucas se giró hacia el altar y señaló el crucifijo que colgaba sobre él.

—Las puertas entre este mundo y el otro, entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Qué quiere decir?

El Padre Lucas se volvió hacia ella.

—Los violines de Corvino no son instrumentos musicales. Son llaves. Llaves que abren puertas a lugares donde no deberíamos entrar.

Rodrigo bajó la pistola levemente.

—¿Está diciendo que los violines son... sobrenaturales?

El Padre Lucas sonrió con amargura.

—No. Estoy diciendo que son peligrosos, fueron creados con un propósito oscuro, y quien los toca, quien los usa, corre el riesgo de perderse para siempre.

—Mi madre tocó uno de esos violines, ¿verdad?

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—No lo sé, pero si lo hizo, es posible que esa sea la razón por la que desapareció.

Rodrigo se acercó al Padre Lucas.

—¿Dónde está Pilar Olmedo?

El Padre Lucas lo miró con calma.

—Ya le he dicho que no lo sé, capitán, pero si quieren encontrarla, tienen que ir a Gijón. A la Asociación Cultural de Música de Cámara. Ahí es donde desapareció si no me informaron mal, y ahí es donde encontrarán las respuestas que buscan.

Rodrigo lo miró con desconfianza.

—¿Por qué nos ayuda?

El Padre Lucas sonrió levemente.

—Porque no quiero que le pase lo mismo a ella.

Miró a Silvia.

—Tu madre era una mujer valiente, pero fue imprudente. No escuchó mis advertencias y pagó el precio.

Silvia lo miró con rabia.

—¿Qué precio?

El Padre Lucas la miró con gravedad.

—El precio de buscar la verdad en lugares donde la verdad no debería ser buscada.

Rodrigo guardó la pistola.

—Vámonos.

Silvia no se movió.

—Quiero saber más.

El Padre Lucas la miró con tristeza.

—No hay más que saber. Solo hay una advertencia: no toques el violín. No hasta que estés preparada. Porque si lo haces, puede que no vuelvas.

Rodrigo tomó a Silvia del brazo.

—Vámonos, Silvia.

Ella asintió despacio y se dejó llevar hacia la salida.

Antes de salir, se giró y miró al Padre Lucas.

—¿Usted cree que mi madre sigue viva?

El Padre Lucas la miró con una expresión indescifrable.

—No lo sé, pero si lo está, no creo que esté en este mundo.

Rodrigo y Silvia salieron de la iglesia y bajaron por el camino de tierra hacia el coche.

El viento soplaba con fuerza, arrastrando hojas secas y ramas.

Silvia caminaba en silencio, con la mirada perdida.

Rodrigo la observó de reojo.

—¿Estás bien?

Silvia asintió sin mirarlo. Llegaron al coche y subieron. Rodrigo arrancó el motor y condujo en silencio durante unos minutos mientras la restauradora miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos.

—¿Crees que mi madre sigue viva?

Rodrigo la miró de reojo.

—No lo sé.

Silvia cerró los ojos.

—El Padre Lucas dijo que si está viva, no está en este mundo. ¿Qué significa eso?

Rodrigo suspiró.

—No lo sé, Silvia, pero creo que el Padre Lucas sabe más de lo que dice.

Silvia abrió los ojos y lo miró.

—¿Crees que miente?

Rodrigo negó con la cabeza.

—No exactamente, creo que dice la verdad, pero no toda la verdad.

Silvia se quedó en silencio durante un momento.

—Tenemos que ir a Gijón. A la Asociación.

Rodrigo asintió.

—Sí, pero no ahora. Es tarde y necesitas descansar.

Silvia lo miró con rabia.

—No necesito descansar, necesito encontrar a mi madre.

Rodrigo la miró con firmeza.

—Silvia, escúchame. Sé que quieres encontrar a tu madre, pero si vamos a la Asociación ahora, cansados, sin preparación, sin saber qué nos vamos a encontrar, podemos cometer errores, y aquí los errores pueden costarnos la vida.

Silvia bajó la mirada.

—Tienes razón.

Rodrigo le puso una mano en el hombro.

—Vamos a descansar esta noche. Mañana iremos a Gijón y encontraremos las respuestas que buscas.

Silvia asintió despacio.

El cielo estaba completamente oscuro y las estrellas brillaban con intensidad. La restauradora miraba por la ventana, pensando en todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pero le daba mil vueltas la cabeza pensando en lo que había escuchado cuando tocó el violín.

—No toques el violín. No hasta que estés lista.

¿Lista para qué? ¿Qué tenía que hacer para estar lista?

Rodrigo aparcó el coche frente al edificio donde estaba el apartamento de Silvia.

—Descansa. Mañana nos vemos a primera hora.

Silvia asintió y bajó del coche.

Entró al portal y subió a su apartamento, se tumbó en la cama, completamente vestida, y cerró los ojos, pero no pudo dormir. Las imágenes se agolpaban en su mente.

Silvia abrió los ojos y miró el techo.

¿Qué había visto su madre dentro de esa cámara?

¿Y por qué había desaparecido? Se levantó de la cama y se acercó a la ventana.

Miró hacia la calle. Las farolas proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto.

Todo estaba en silencio. Se apartó de la ventana y se sentó en la cama.

Sacó el teléfono y buscó información sobre la Asociación Cultural de Música de Cámara de Gijón.

Encontró la dirección y algunas fotografías del edificio. Nada más.

No había noticias sobre desapariciones, tampoco había nada sobre su madre con esa información. Apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesilla. Se tumbó de nuevo en la cama y cerró los ojos. Esta vez, el sueño la venció.

Soñó con su madre. Estaban en la Asociación Cultural de Música de Cámara de Gijón. Su madre la llevaba de la mano por un pasillo largo y oscuro.

—Espera aquí, cariño. Tengo que encontrarme con alguien.

Silvia asintió. Su madre se alejó por el pasillo y desapareció en la oscuridad.

Silvia esperó durante horas, pero su madre no volvió. Comenzó a caminar por el pasillo, buscándola.

—¿Mamá? ¿Dónde estás?

No hubo respuesta, pero ella siguió caminando. El pasillo se hacía cada vez más estrecho, las paredes se cerraban a su alrededor. Sintió que no podía respirar. Y entonces, escuchó una voz. La voz de su madre.

—Silvia. No toques el violín. No hasta que estés lista.

Silvia se giró. Detrás de ella había una puerta.

Una puerta de hierro, cerrada con un candado antiguo.

Se acercó y empujó la puerta, que se abrió con un chirrido.

Dentro había una cámara circular, tallada en la roca, y en el centro de la cámara, un violín.

Se acercó despacio. El violín brillaba bajo una luz que no tenía origen.

Extendió la mano hacia el violín y entonces, escuchó la voz de nuevo.

—No lo toques.

Silvia se detuvo.

—¿Mamá?

La voz no respondió. Silvia miró a su alrededor. La cámara estaba vacía, pero sentía que alguien la observaba. Dio un paso atrás, y entonces el violín comenzó a sonar. Una melodía antigua y oscura, bastante hipnótica. Los colores la envolvían. Azul profundo, púrpura vibrante y rojo sangre.

Y entonces, vio a su madre. Estaba de pie en el centro de la cámara, con el violín en las manos. Tocaba la melodía. Sus ojos estaban cerrados. Su rostro estaba pálido, como si estuviera muerta.

Silvia gritó.

—¡Mamá!

Su madre abrió los ojos y la miró, pero no era su madre, era algo oscuro que la aterró. Silvia gritó de nuevo, y entonces se despertó.

Se incorporó en la cama, jadeando. El corazón le latía con fuerza. Miró a su alrededor. Estaba en su habitación, sola. Respiró hondo, intentando calmarse. Era solo un sueño, tal solo un maldito sueño que logró que se sintiese tan real...

Se levantó de la cama y fue al baño. Se echó agua fría en la cara y se miró en el espejo.

Tenía ojeras profundas y el rostro pálido.

Se secó la cara con una toalla y volvió a la habitación.

Miró el reloj. Las seis de la mañana. Demasiado temprano para llamar a Rodrigo, pero sentía que no podía quedarse quieta.

Se vistió rápidamente, salió del portal y caminó por las calles vacías y húmedas de Oviedo.

Caminó sin rumbo, intentando ordenar sus pensamientos.

Su madre, el Padre Lucas, los violines o las cámaras misteriosas, lo mirase del lado que lo quisiera mirar, todo estaba conectado, pero no sabía cómo.

Caminó en círculos durante casi una hora, hasta que se detuvo junto a la plaza de la Catedral. Allí se sentó en un banco y miró hacia la fachada gótica. Pensó en su madre, en la última vez que la vio, en la Asociación de Gijón…