La sinfonía silenciosa 8. LA VERDAD ENTERRADA. #3
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8. LA VERDAD ENTERRADA. #3

—Sí, Pilar era así. Curiosa y demasiado apasionada, no podía resistirse a un misterio, pero cuando llegó allí, descubrió algo que no debía haber visto.

Silvia se inclinó hacia delante.

—¿Qué vio?

La Dra. González la miró con seriedad.

—Una de las cámaras. Abierta.

Rodrigo se puso tenso.

—¿Abierta? ¿Cómo?

La Dra. González negó con la cabeza.

—No lo sé, pero Pilar me llamó esa noche, después de volver de Beleño. Estaba aterrorizada. Me dijo que había visto algo dentro de la cámara que no debería existir, y me dijo que iba a documentarlo porque tenía la obligación moral de demostrarlo.

—¿Y qué pasó?

Marina González bajó la mirada.

—Me dijo que iba a Gijón, se había citado con alguien en la Asociación Cultural de Música de Cámara. No me dijo a quién, pero nunca volvió a llamar, y cuando intenté contactarla al día siguiente, su teléfono estaba apagado. Desapareció de la nada, como si la tierra se la hubiera tragado.

Silvia sintió que le faltaba el aire.

La Dra. González la miró con sorpresa.

—¿Tú fuiste con ella?

Silvia asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí. Me pidió que la esperase en una cafetería, que era un acto privado en el que no podía entrar, pero nunca volvió.

La Dra. González se quedó en silencio durante un momento.

Luego se acercó a Silvia y le puso una mano en el hombro.

—Entonces desapareció dentro de la Asociación.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Cree que entró a alguna cámara que pudiese haber bajo la Asociación?

La doctora asintió despacio.

—Pilar podría estar convencida de que había una de las cámaras bajo la Asociación Cultural de Música de Cámara de Gijón. Si entró allí sola, si intentó abrirla...

Dejó la frase en el aire.

—¿Cree que puede estar ahí? ¿Atrapada en esa cámara?

Marina González la miró con tristeza.

—No lo sé, Silvia. Pero creo que si quieres encontrar a tu madre, la Asociación Cultural de Música de Cámara es el lugar donde deberías empezar a buscar.

Rodrigo se levantó.

—Entonces tenemos que ir allí.

La Dra. González negó con la cabeza.

—No, creo que primero tienen que ir a Beleño. Tienen que ver la cámara que Pilar vio. Tienen que entender lo que ella descubrió.

Silvia la miró.

—¿Por qué?

—Porque lo que hay dentro de esas cámaras no es solo historia. Es algo vivo, algo que espera.

Rodrigo y Silvia salieron del edificio y subieron al coche.

El capitán arrancó el motor y condujo en silencio durante unos minutos.

Silvia miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos.

—¿Estás bien?

Silvia asintió sin pensar demasiado. Rodrigo no insistió. Condujo hacia las afueras de Oviedo, en dirección a las montañas.

El sol comenzaba a ponerse y el cielo se teñía de naranja y púrpura.

Silvia cerró los ojos y pensó en su madre.

En la fotografía. En el violín. En la cámara abierta.

¿Qué había visto su madre dentro de esa cámara?

¿Y por qué había desaparecido?

Rodrigo giró por una carretera estrecha que subía hacia las montañas.

Los árboles se cerraban a ambos lados, formando un túnel oscuro. Allí el aire se volvía más frío.

Rodrigo encendió las luces del coche.

—Estamos cerca.

Silvia abrió los ojos y miró hacia delante.

A lo lejos, en lo alto de una colina, se veía una iglesia de piedra. Era pequeña y muy antigua, con un campanario puntiagudo que se recortaba contra el cielo oscuro.

La parroquia de San Pelayo de Beleño.

Rodrigo aparcó el coche al pie de la colina y bajó. Silvia lo siguió. Juntos subieron por un camino de tierra, entre árboles retorcidos y piedras cubiertas de musgo. El viento soplaba con fuerza, arrastrando hojas secas y ramas.

Llegaron a la puerta de la iglesia y Rodrigo empujó la puerta de madera.

Estaba abierta. Pasaron sin preguntar. El interior de la iglesia estaba en penumbra.

Las velas parpadeaban en el altar, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.

Olía a incienso y la humedad se palpaba en el ambiente.

Rodrigo avanzó despacio, con la mano en la pistola, sin desenfundarla. Silvia lo siguió, mirando a su alrededor.

Los bancos de madera estaban vacíos. No había nadie. El capitán se acercó al altar.

Detrás del altar había una puerta pequeña, medio oculta por un tapiz.

Rodrigo apartó el tapiz y probó la puerta, pero estaba cerrada. Sacó una linterna y alumbró la cerradura.

—Es antigua. Puedo forzarla.

Sacó una ganzúa y trabajó en la cerradura durante unos segundos.

La puerta se abrió con un chasquido.

Rodrigo encendió la linterna y alumbró el interior. Una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad.

Rodrigo miró a Silvia.

—Quédate aquí.

Silvia negó con la cabeza.

—No, ni en broma. Voy contigo.

Rodrigo suspiró.

—Está bien, siempre ganas tú, pero quédate detrás de mí.

Bajaron las escaleras. El aire se volvía más frío con cada paso. Las paredes de piedra estaban húmedas y cubiertas de musgo.

Llegaron al final de las escaleras. Delante de ellos había un pasillo estrecho, tallado en la roca. Rodrigo alumbró con la linterna. Al final del pasillo había una puerta de hierro. Se acercaron. La puerta estaba cerrada con un candado antiguo. Rodrigo lo examinó.

—Es viejo, puedo romperlo.

Sacó de nuevo la ganzúa y forzó el candado. Este se rompió con un chasquido metálico.

Rodrigo empujó la puerta, la cual se abrió con un chirrido, y seguidamente alumbró el interior.

Era una cámara pequeña, circular, tallada en la roca. En el centro de la cámara había un pedestal de piedra, y sobre el pedestal, un violín.

Silvia sintió miedo.

Rodrigo se acercó despacio.

El violín era antiguo. La madera estaba oscurecida por el tiempo, pero el barniz seguía brillando bajo la luz de la linterna. Alumbró el interior del violín.

Ahí estaba la etiqueta.

Alessandro Corvino. Venezia. 1704.

Silvia se acercó y miró el violín con atención.

—¿Es uno de los doce?

Rodrigo asintió.

—Me jugaría un dedo a que sí.

Silvia extendió la mano hacia el violín, pero Rodrigo la detuvo.

—Espera, recuerda las palabras de la doctora, dijo que no lo tocaras.

Silvia lo miró.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque mi madre estuvo aquí, y si hay algo que pueda decirme qué le pasó, está en este violín.

Rodrigo la miró con preocupación.

—Silvia...

Pero Silvia ya había cogido el violín. En el momento en que sus dedos tocaron la madera, sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo.

Y entonces, vio los colores. Azul profundo, púrpura vibrante, rojo sangre. Formas que se retorcían en el aire, formando patrones imposibles, y en el centro de todo, una melodía oscura, antigua e hipnótica.

Silvia cerró los ojos y dejó que la música la envolviera. Y entonces, escuchó una voz. La voz de su madre.

—Silvia. No toques el violín. No hasta que estés lista.

Silvia abrió los ojos de golpe.

El violín cayó de sus manos y golpeó el suelo con un sonido hueco.

Rodrigo la sujetó.

—¿Estás bien?

Silvia temblaba.

—La escuché. Escuché a mi madre.

Rodrigo la miró con preocupación.

—¿Cómo es posible? ¿Y qué dijo?

Silvia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Que no toque el violín, no hasta que esté lista.

Rodrigo recogió el violín del suelo y lo envolvió en su chaqueta.

—Vámonos de aquí.

Salieron de la cámara y subieron las escaleras.

Cuando llegaron al interior de la iglesia, se detuvieron. Frente al altar, de pie, había un hombre con sotana.

El Padre Lucas los miró con una sonrisa fría.

—Bienvenidos, os estaba esperando.