La sinfonía silenciosa 8. LA VERDAD ENTERRADA. #2
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8. LA VERDAD ENTERRADA. #2

—De muchas cosas. De música, de historia, de instrumentos antiguos, pero sobre todo, de un tema que la obsesionaba.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué tema?

La Dra. González los miró a ambos.

—Los doce instrumentos de Alessandro Corvino.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Quién es Alessandro Corvino?

La Dra. González se levantó y se acercó a una de las estanterías. Sacó un libro antiguo, con la cubierta de cuero desgastado, y lo dejó sobre el escritorio.

—Alessandro Corvino fue un luthier veneciano del siglo XVIII. Nació en 1680 y desapareció en 1716. Durante esos treinta y seis años, creó doce instrumentos únicos. Violines, violas, violonchelos… Cada uno de ellos era una obra maestra, pero no solo por su sonido.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Qué tenían de especial?

La doctora González abrió el libro y pasó las páginas hasta llegar a una ilustración antigua. Un violín, dibujado con tinta negra, con símbolos extraños grabados en el cuerpo.

—Corvino pertenecía a una sociedad secreta llamada L'Ordine del Silenzio . La Orden del Silencio. Una hermandad que se remontaba a la Roma antigua. Según la leyenda, los miembros de la Orden descubrieron algo en Asturias. Algo antiguo y peligroso.

Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué descubrieron?

Marina González cerró el libro.

—Doce cámaras distribuidas por toda Asturias. Covadonga, los Picos de Europa, cuevas prehistóricas, no sabría decirle. Cada una de ellas sellada, y cada una de ellas protegida por un instrumento.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Protegida? ¿Qué significa eso?

La Dra. González lo miró con seriedad.

—Significa que solo pueden abrirse si los doce instrumentos se tocan juntos, en el orden correcto y con la melodía correcta.

Silvia se quedó inmóvil.

—¿Y qué hay dentro de las cámaras?

La Dra. González negó con la cabeza.

—Nadie lo sabe, pero su madre creía que una de esas cámaras estaba bajo el Teatro Jovellanos de Gijón.

Silvia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué?

La doctora asintió.

—Sí, Pilar estaba convencida de que había encontrado la entrada y estaba decidida a abrirla.

Rodrigo se levantó de la silla.

—¿Y qué pasó?

Marina González lo miró con tristeza.

—Desapareció. En junio de 2010. Nunca más supe de ella.

Silvia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—¿Cree que está ahí? ¿En esa cámara?

La Dra. González se quedó en silencio durante un momento.

Luego asintió despacio.

—Temo que sí, que pueda estar allí, pero es un misterio, uno de los grandes enigmas que Asturias puede esconder en su mapa.

Rodrigo miró a Silvia.

—Entonces tenemos que ir al Teatro Jovellanos.

La Dra. González levantó la mano.

—Esperen. Hay algo más que deben saber.

Rodrigo se detuvo.

—¿Qué?

La Dra. González los miró con gravedad.

—No son los únicos que buscan los doce instrumentos, hay otros, desde tiempos remotos, y no van a detenerse ante nada para conseguirlos.

Silvia frunció el ceño.

—¿Quiénes?

La Dra. González se acercó a la ventana y miró hacia la calle.

—Los Custodios del Silencio. Descendientes de la Orden original. Están decididos a destruir los doce instrumentos para mantener las cámaras selladas para siempre.

Rodrigo se acercó a ella.

—¿Y quién los lidera?

La Dra. González se giró hacia ellos.

—Un hombre llamado Padre Lucas. Un párroco de montaña. Es un fanático, un hombre muy peligroso que estaría dispuesto a matar para evitar que las cámaras se abran.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Y si ya tiene alguno de los instrumentos?

La Dra. González asintió.

—Es muy probable, pero hay alguien más. Alguien que ha estado recopilando los instrumentos durante años. Alguien que posee nueve de los doce.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quién?

La Dra. González volvió al escritorio y escribió un nombre en un papel.

Lo deslizó hacia Rodrigo.

Rodrigo lo leyó en voz alta.

—Víctor Menéndez.

Rodrigo miró el nombre escrito en el papel.

—¿Y quién es Víctor Menéndez?

La Dra. González volvió a sentarse.

—Un coleccionista, multimillonario. Vive en una finca aislada en las afueras de Gijón. Nadie sabe exactamente de dónde viene su fortuna, pero lleva décadas comprando instrumentos antiguos. Stradivarius, Guarneri, Amati… Pero su verdadera obsesión son los doce instrumentos de Corvino.

Silvia frunció el ceño.

—¿Por qué?

La Dra. González la miró con seriedad.

—Porque cree que la sinfonía completa puede despertar algo, algo ancestral que lleva siglos dormido.

Rodrigo negó con la cabeza.

—Eso suena a locura.

La Dra. González sonrió con amargura.

—Puede ser, pero Víctor Menéndez no es un loco cualquiera. Es metódico y muy paciente, y con recursos ilimitados. Si él quiere algo, lo consigue.

Silvia se inclinó hacia delante.

—¿Y qué quiere?

La Dra. González se quedó en silencio durante un momento.

Luego suspiró.

—Salvar a su hija.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué le pasó a su hija?

La Dra. González se levantó y se acercó a la ventana.

—Hace quince años, Víctor Menéndez tenía una hija. Se llamaba Clara. Tenía doce años. Era violinista, un prodigio. Un día, mientras tocaba uno de los instrumentos de Corvino, sufrió un colapso. Entró en coma y nunca más volvió a despertar.

Silvia sintió un escalofrío, hace quince años, cuando su madre desapareció, y las dos tenían la misma edad.

—¿Y él cree que la sinfonía puede despertarla?

La Dra. González asintió.

—Sí, y está convencido de que si reúne los doce instrumentos y toca la melodía completa, su hija volverá.

Rodrigo se cruzó de brazos.

—¿Y usted qué cree?

La Dra. González se giró hacia ellos.

—Creo que Víctor Menéndez es un hombre desesperado, y los hombres desesperados tienden a volverse peligrosos.

Silvia miró a Rodrigo y luego a la doctora.

—Doctora González, ¿conocía usted a Ignacio Ferrer?

La Dra. González se quedó en silencio varios segundos.

—Sí, claro, lo conocí. Era coleccionista. Tenía dos Stradivarius auténticos. Dos joyas. Uno de 1715 y otro de 1721. Ambos con sus iniciales grabadas en el interior.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Y qué pasó con él?

La Dra. González volvió a sentarse despacio.

—Murió en 2015. Oficialmente, fue un infarto, aunque siempre hubo rumores.

Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué tipo de rumores?

La Dra. González la miró con seriedad.

—Que no fue un infarto, que fue asesinado, bla bla bla, que sus dos violines desaparecieron la misma noche pero solo se denunció uno…

Rodrigo sacó su libreta.

—¿Quién pudo haberlo matado?

La Dra. González negó con la cabeza.

—No lo sé, pero había mucha gente interesada en esos violines. Víctor Menéndez, por supuesto, al igual que Los Custodios del Silencio y otros coleccionistas menos escrupulosos.

Silvia miró a Rodrigo.

—Yo tengo uno de esos violines, la Guardia Civil tiene el otro. Estaba en casa de Adrián Montero.

La Dra. González se quedó pálida.

—¿Adrián Montero tenía uno de los Stradivarius de Ferrer?

Rodrigo asintió.

—Sí, escondido en una caja fuerte en su sótano.

La Dra. González se levantó bruscamente.

—Entonces Adrián Montero pudo haber matado a Ignacio Ferrer. O al menos, estuvo implicado en su muerte.

Silvia sintió un escalofrío.

—¿Y mi madre? ¿Ella sabía algo de esto?

La Dra. González la miró con tristeza.

—Pilar estaba investigando la muerte de Ferrer. Creía que los dos violines eran dos de los doce instrumentos de Corvino y estaba decidida a encontrarlos.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Y los encontró?

Marina González asintió despacio.

—Creo que sí, y creo que eso fue lo que la llevó a desaparecer.

—¿Cree que Adrián Montero la mató?

La Dra. González negó con la cabeza.

—No lo sé, pero si Adrián tenía uno de los violines, entonces sabía más de lo que aparentaba, y si tu madre lo confrontó...

Dejó la frase en el aire. Rodrigo se levantó.

—Tenemos que encontrar a Adrián Montero. Y tenemos que hablar con Víctor Menéndez.

Silvia asintió.

—Sí, pero antes, necesito saber algo más.

La Dra. González la miró.

—¿Qué?

Silvia sacó su móvil y mostró una fotografía del interior del violín que tenía en casa. Las coordenadas microscópicas grabadas en la madera.

—¿Qué significan estas coordenadas?

La Dra. González se acercó y miró la pantalla con atención.

Luego levantó la vista hacia Silvia.

—Son las coordenadas de las cámaras y de los asesinatos. Cada instrumento tiene diez, y si las sigues, te llevan a los lugares donde todo comenzó.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Y cuál es la primera coordenada?

La Dra. González volvió al escritorio y sacó un mapa antiguo de Asturias. Lo desplegó sobre la mesa y señaló un punto en la costa.

—Cudillero.

—El cadáver que encontré.

La Dra. González asintió con gravedad.

—Exacto, y si las coordenadas están apareciendo ahora, significa que alguien está activando las cámaras, lo cual significa que el tiempo se está agotando.

Rodrigo se levantó.

—Entonces tenemos que movernos rápido.

La Dra. González asintió.

—Sí. Pero antes, necesitan saber algo más.

Silvia la miró.

—¿Qué?

La Dra. González se acercó al escritorio y sacó una fotografía antigua. La dejó sobre la mesa.

Era una imagen en blanco y negro. Un grupo de personas de pie frente a una iglesia de montaña, y en el centro, un hombre con sotana. A su lado, una mujer joven con un violín en las manos.

Silvia se acercó y miró la fotografía con atención.

La mujer era su madre.

—¿Cuándo se tomó esto?

La Dra. González señaló la fecha escrita en el reverso.

—Mayo de 2010. Un mes antes de que desapareciera.

Silvia miró al hombre de la sotana.

—¿Quién es?

La Dra. González la miró con gesto serio.

—El Padre Lucas.

Silvia no podía apartar la mirada de la fotografía.

Su madre, de pie junto al Padre Lucas, sonriente, con el violín en las manos.

—¿Qué hacía mi madre con él?

La Dra. González se sentó de nuevo.

—El Padre Lucas es el líder de los Custodios del Silencio, pero en 2010, tu madre no lo sabía. Él se presentó como un párroco interesado en la historia de los instrumentos antiguos. Le pidió ayuda para identificar un violín que había aparecido en su parroquia, San Pelayo de Beleño.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Y ella fue?

La Dra. González asintió.