8. LA VERDAD ENTERRADA.
Rodrigo dejó a Mateo Inclán en el cuartel para que prestara declaración oficial y volvió al coche, donde Silvia lo esperaba en silencio.
—¿Estás bien?
Silvia asintió sin mirarlo.
Rodrigo arrancó el motor.
—Voy a llevarte a casa.
—No. Quiero ir contigo.
Rodrigo la miró.
—Silvia, necesitas descansar.
—No voy a descansar hasta saber qué le pasó a mi madre.
Rodrigo suspiró.
—Está bien, pero primero tengo que hacer una cosa.
—¿Qué?
—Volver a hablar con Adrián Montero.
La tienda de antigüedades estaba cerrada cuando llegaron. El capitán bajó del coche y se acercó a la puerta. Llamó con los nudillos. Nadie respondió.
Rodrigo miró a través del cristal. El interior estaba oscuro, y las estanterías, sin movimiento alguno.
Sacó el móvil y marcó el número de Adrián Montero.
Sonó cinco veces antes de que saltara el buzón de voz. Colgó y volvió al coche.
—No está.
Silvia frunció el ceño.
—¿Y ahora qué?
Rodrigo arrancó el motor.
—Vamos a su casa.
Adrián Montero vivía en una urbanización a las afueras, en el concejo de Siero. Una zona tranquila, con chalets adosados y jardines bien cuidados.
Aparcó frente al número 14 y bajó del coche. Silvia lo siguió.
La casa era de dos plantas, con fachada a ladrillo visto y ventanas de madera oscura. El jardín delantero estaba impecable, con el césped recién cortado, los setos podados y flores en macetas.
Rodrigo llamó al timbre. Esperaron. Nadie abrió.
Volvió a llamar. Nada. Rodeó la casa y miró por las ventanas. Todo estaba en orden. Muebles en su sitio y no había ninguna señal de desorden.
Volvió a la puerta principal y probó el pomo. Cerrado. Sacó el móvil y llamó al cuartel.
—Soy Álvarez. Necesito una orden de registro para la vivienda de Adrián Montero Ruiz. Calle Maestro Solís, número 14, Colloto.
—¿Motivo?
—Sospechoso en un caso de homicidio y robo de un Stradivarius. No responde al teléfono ni está en su domicilio y necesito entrar.
—Dame una hora.
Rodrigo colgó y se quedó mirando la casa.
Silvia se acercó a él.
—¿Crees que ha huido?
Rodrigo no respondió, pero tuvo un mal presentimiento.
Una hora después, Rodrigo recibió la orden de registro.
Volvió a la casa con dos agentes de la Guardia Civil.
Uno de ellos forzó la cerradura y abrió la puerta.
Rodrigo entró primero, con la pistola en la mano.
—¡Guardia Civil! ¡Identifíquese!
Había demasiado silencio.
Rodrigo avanzó por el pasillo. A la izquierda había un salón amplio con sofás de cuero y una chimenea, y a la derecha, una cocina moderna, impoluta.
Subió las escaleras.
En la primera planta había tres habitaciones, dos de ellas vacías. La tercera, un dormitorio con una cama de matrimonio perfectamente hecha.
Rodrigo abrió el armario. Ropa ordenada. Trajes, camisas, zapatos… Nada fuera de lo normal.
Bajó de nuevo y se dirigió al sótano. La puerta estaba cerrada con llave. El capitán la forzó con una palanca.
La puerta se abrió con un crujido.
Encendió la luz y bajó las escaleras.
El sótano era amplio y estaba dividido en dos zonas. La primera era un almacén con cajas apiladas, muebles antiguos y cuadros envueltos en plástico.
La segunda era un taller. En el centro del taller había una mesa de trabajo. Sobre ella, herramientas de luthería, tales como gubias, cuchillos, limas y pinceles, y en una estantería, tres violines.
Rodrigo se acercó y los examinó.
Dos de ellos eran antiguos, pero no excepcionales, pero el tercero era diferente.
Rodrigo lo cogió con cuidado y lo giró bajo la luz.
La madera brillaba con un tono dorado oscuro y resaltaba un barniz perfecto. Rodrigo miró en el interior, y ahí encontró lo que buscaba.
Una etiqueta amarillenta, con letras en latín.
Antonius Stradivarius Cremonensis Faciebat Anno 1721
Llamó a Silvia.
—Baja, tienes que ver esto.
Silvia bajó las escaleras y se acercó a la mesa. Rodrigo le mostró el violín. La restauradora lo cogió, lo examinó en silencio y levantó la vista hacia Rodrigo.
—Es una copia.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Estás segura?
—Sí. Es buena, muy buena, pero no es un Stradivarius.
Rodrigo dejó el violín sobre la mesa.
—Entonces, ¿Adrián Montero hacía copias?
Silvia asintió.
—Eso parece.
Rodrigo miró a su alrededor. En una esquina del taller había una caja fuerte empotrada en la pared. Se acercó y probó la manija. Cerrada. Llamó a uno de los agentes.
—Necesito que abramos esto.
El agente trajo una palanca y forzó la cerradura.
La puerta de la caja fuerte se abrió con un chasquido metálico. El capitán miró en el interior y se quedó sin aliento. Dentro había un violín.
Lo sacó con cuidado y lo giró bajo la luz. Era idéntico al que Silvia había recibido. Miró en el interior.
Ahí estaban las iniciales.
I.F.
Ignacio Ferrer.
Rodrigo miró a Silvia.
—Hay dos.
Silvia quedó exhausta.
—¿Qué?
Rodrigo dejó el violín sobre la mesa, junto al otro.
—Dos Stradivarius. Uno en tu casa, el otro aquí, y ambos con las mismas iniciales, las de Ignacio Ferrer.
Silvia los examinó en silencio y negó con la cabeza.
—No. Uno es real, el otro es una copia.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Cuál?
Silvia cogió los dos violines y los comparó bajo la luz.
Los giró, los pesó y los examinó con atención. Después dejó uno sobre la mesa y levantó el otro.
—Este es el real.
Rodrigo miró el violín que Silvia sostenía, el que tenía las iniciales.
—¿Estás segura?
—Sí, el barniz es diferente, la madera también. Este es el Stradivarius auténtico.
Rodrigo miró el otro violín, el que había quedado sobre la mesa.
—Entonces, ¿el que tienes en casa es una copia?
Silvia negó con la cabeza.
—No, el que tengo en casa es real, pero este también lo es.
Rodrigo se quedó pálido.
—¿Qué estás diciendo?
Silvia lo miró con los ojos muy abiertos.
—Que hay dos Stradivarius auténticos y Adrián Montero tenía uno de ellos.
Rodrigo se quedó mirando los dos violines sobre la mesa.
—¿Cómo es posible que haya dos Stradivarius auténticos?
Silvia negó con la cabeza.
—No lo sé, pero si ambos son reales, entonces alguien ha estado jugando con nosotros desde el principio. Y a Ferrer no le robaron un violín, sino dos.
Rodrigo cogió el violín que Silvia había identificado como auténtico y lo examinó bajo la luz.
—Ignacio Ferrer. El violín robado en Madrid en 2009. ¿Por qué Adrián Montero lo tenía escondido en una caja fuerte?
Silvia se quedó pensando.
—Porque lo robó, porque se lo vendieron, o porque...
Se detuvo.
Rodrigo la miró.
—¿O porque qué?
Silvia levantó la vista hacia él.
—O porque mi madre se lo dio.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—No lo sé, pero Mateo dijo que alguien robó el Stradivarius de su taller en mayo de 2010 y mi madre desapareció en junio de ese mismo año. ¿Y si Adrián Montero fue quien lo robó? ¿Y si mi madre descubrió que él tenía uno de los violines robados y lo confrontó? ¿Y si mi madre robó los dos?
Rodrigo dejó el violín sobre la mesa.
—Entonces, ¿dónde está Adrián Montero ahora?
Silvia no supo qué responder.
Rodrigo sacó el móvil y llamó al cuartel.
—Necesito una orden de búsqueda y captura para Adrián Montero Ruiz. Sospechoso de robo, posesión de bienes robados y posible implicación en la desaparición de María del Pilar Olmedo Suárez en 2010.
Colgó y miró a Silvia.
—Vamos a encontrarlo.
Rodrigo y Silvia salieron de la casa de Adrián Montero con los dos violines envueltos en mantas.
Los agentes de la Guardia Civil precintaron la vivienda y comenzaron a recoger pruebas del taller.
Rodrigo subió al coche y arrancó el motor.
—Voy a llevarte a casa.
Silvia negó con la cabeza.
—No. Quiero ir contigo.
—Silvia, necesitas descansar, han sido dos días muy largos.
—No voy a descansar hasta saber qué le pasó a mi madre.
Rodrigo suspiró.
—Está bien, no voy a discutir contigo, doy por perdida esa lucha, pero primero tengo que hacer una cosa.
—¿Qué?
—Hablar con alguien que puede ayudarnos.
Silvia frunció el ceño.
—¿Quién?
Rodrigo condujo en silencio durante unos minutos.
Luego giró por una calle estrecha del casco antiguo de Oviedo y aparcó frente a un edificio de piedra con una placa dorada en la puerta.
Dra. Marina González Musicología e Historia de Instrumentos Antiguos Universidad de Oviedo
Silvia miró la placa.
—¿Quién es?
Rodrigo bajó del coche.
—Una experta. Si alguien puede decirnos qué está pasando con estos violines, es ella.
Subieron las escaleras hasta el tercer piso.
Rodrigo llamó a la puerta.
Una voz femenina respondió desde el interior.
—Adelante.
Rodrigo abrió la puerta y entró.
El despacho era amplio y luminoso. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros, partituras antiguas y fotografías de instrumentos históricos.
Detrás de un escritorio de madera oscura, una mujer de unos cincuenta años levantó la vista.
Tenía el pelo corto y canoso, gafas de montura fina y una mirada inteligente y penetrante.
—Capitán Álvarez, qué sorpresa, hacía tiempo que no nos veíamos.
Rodrigo asintió.
—Doctora González, necesito su ayuda.
La mujer dejó el bolígrafo sobre el escritorio y se recostó en la silla.
—Siempre tan directo. ¿Qué puedo hacer por usted?
Rodrigo señaló a Silvia.
—Ella es Silvia Fernández Olmedo. Restauradora de instrumentos antiguos y creo que está metida en algo muy peligroso.
La Dra. González miró a Silvia con atención.
—¿Fernández Olmedo? ¿Es usted hija de Pilar Olmedo
Silvia se quedó inmóvil.
—Sí. ¿La conocía?
La Dra. González asintió despacio.
—Sí, claro que la conocí, hace muchos años, era una eminencia, una violinista extraordinaria.
Silvia sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Sabe qué le pasó?
La Dra. González se quedó en silencio durante un momento.
Luego se levantó de la silla y cerró la puerta del despacho.
—Siéntense. Esto va a llevar un rato.
Marina González se sentó de nuevo tras el escritorio y cruzó las manos sobre la mesa.
—Su madre era una mujer extraordinaria. La conocí en 2008, durante un congreso de musicología en Salamanca. Ella presentó una ponencia sobre la acústica de los instrumentos barrocos. Brillante, absolutamente brillante.
Silvia se inclinó hacia delante.
—¿De qué hablaron?
La Dra. González sonrió con nostalgia.