La sinfonía silenciosa 7. LA SOMBRA.
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7. LA SOMBRA.

Silvia colgó el teléfono y se quedó mirando el violín.

No tenía dudas, era Stradivarius auténtico, y sin embargo, su madre había vendido una copia. ¿Qué significaba eso? ¿Que su madre había tenido dos violines? ¿Uno real y uno falso? ¿O que alguien había cambiado uno por otro?

Silvia se levantó del sofá y se acercó a la mesa. Cogió el violín con cuidado y lo giró bajo la luz de la lámpara.

La madera brillaba con un tono dorado oscuro. El barniz era perfecto. Cada detalle, cada curva y cada veta estaba en su sitio.

Era un Stradivarius auténtico, pero entonces, ¿de dónde había salido?

Silvia abrió el estuche y sacó la tarjeta que había venido con el violín.

"Para la que toca en silencio."

¿Quién sabía que ella no tocaba? ¿Quién sabía que su madre la llamaba así?

Alguien la conocía, alguien que probablemente había estado cerca y que sabía cosas que solo su madre podía saber.

Silvia dejó el violín sobre la mesa y cogió el móvil. Buscó en internet: "Stradivarius robados" .

Aparecieron docenas de resultados.

Violines robados en museos, en casas de subastas, en colecciones privadas… Algunos recuperados, y otros desaparecidos para siempre.

Silvia amplió la búsqueda: "Stradivarius desaparecidos en España" .

Encontró un artículo de 2009, un año antes de la desaparición de su madre.

"Desaparece un Stradivarius valorado en dos millones de euros en Madrid. La policía investiga el robo en la residencia del coleccionista Ignacio Ferrer."

Silvia leyó el artículo completo.

El violín había sido robado durante una fiesta privada en la casa del coleccionista. No había pistas sobre su paradero y nunca fue recuperado.

Buscó más información sobre Ignacio Ferrer.

Empresario. Coleccionista de arte. Residente en Madrid. Fallecido en 2015.

Silvia frunció el ceño.

¿Sería ese el Stradivarius que ella había recibido? ¿El que había sido robado en 2009?

Cogió el violín y lo examinó de nuevo. Buscó alguna marca, algún número de serie, alguna inscripción que pudiera identificarlo, y lo acabó encontrando.

En el interior, junto a la etiqueta de Stradivarius, había una pequeña marca grabada en la madera, casi invisible que no pudo apreciarlo con anterioridad.

I.F.

Ignacio Ferrer.

El violín que había recibido era el violín robado y alguien se lo había enviado.

Alguien que sabía que su madre había desaparecido, que sabía que ella era luthier y que quería que encontrara algo.

La restauradora cogió el móvil y llamó a Rodrigo.

—Dime.

—Rodrigo, el violín que recibí es robado.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Cómo?

—Fue robado en Madrid en 2009. De la colección de un tal Ignacio Ferrer. Tiene sus iniciales grabadas en el interior.

Rodrigo no dijo nada durante un momento.

—¿Estás segura?

—Sí, acabo de comprobarlo, no sé cómo no vi esas iniciales.

—No toques nada más, voy para allá.

Rodrigo colgó. Silvia dejó el móvil sobre la mesa y se quedó mirando el violín. Un Stradivarius robado con coordenadas que la llevaban a un cadáver, y un mensaje: "Para la que toca en silencio."

Alguien estaba jugando con ella, y ese alguien sabía dónde estaba su madre.

Rodrigo llegó al piso de Silvia media hora después. Silvia abrió y se dirigió al salón, quedándose de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados.

—Enséñamelo.

Silvia señaló el violín. Rodrigo se acercó y lo examinó con cuidado. Giró el instrumento bajo la luz y miró en el interior.

Ahí estaban las iniciales.

I.F.

Rodrigo sacó el móvil y buscó el artículo que Silvia había encontrado. Lo leyó en silencio.

—Ignacio Ferrer. Murió en 2015. Seis años después del robo.

—¿Cómo murió?

Rodrigo siguió leyendo.

—Infarto. En su casa de Madrid. Tenía setenta y dos años.

Silvia frunció el ceño.

—¿Y el violín nunca apareció?

—No, la policía investigó durante meses. Interrogaron a todos los invitados de la fiesta y revisaron las cámaras de seguridad, pero el violín desapareció sin dejar rastro.

Silvia se dejó caer en el sofá.

—Y ahora aparece aquí, quince años después, en mi taller.

Rodrigo dejó el móvil sobre la mesa.

—¿Quién sabía que tu madre tenía un Stradivarius?

Silvia negó con la cabeza.

—No lo sé porque ella nunca hablaba de eso, era muy discreta. Decía que los violines valiosos atraían a los problemas.

—¿Y el luthier de Gijón? ¿El que recibió la llamada dos días antes de que desapareciera?

—Dijo que mi madre preguntó por un Stradivarius, pero no dijo que tuviera uno.

Rodrigo se quedó pensando.

—Tu madre vendió una copia en Suiza. Una copia tan buena que engañó a un experto. ¿Quién pudo haberla hecho?

Silvia levantó la vista.

—Un maestro luthier, alguien con años de experiencia que conociera cada detalle de los Stradivarius.

—¿Conoces a alguien así?

Silvia vaciló.

—Hay uno aquí en Asturias. Se llama Mateo Inclán y tiene un taller en Llanes. Es el mejor luthier del norte. Hace copias de instrumentos antiguos. Violines, violas, violonchelos… Algunos de sus trabajos son tan buenos que han engañado a coleccionistas.

Rodrigo sacó la libreta y anotó el nombre.

—¿Tu madre lo conocía?

—Sí, trabajaron juntos hace años. Él le reparó su violín varias veces.

Rodrigo cerró la libreta.

—Voy a hablar con él.

Silvia se levantó del sofá.

—Voy contigo.

Rodrigo negó con la cabeza.

—No, es mejor que te quedes aquí.

—Es mi madre, Rodrigo, tengo derecho a saber.

Rodrigo la miró en silencio.

—Silvia, alguien te envió un violín robado con coordenadas que te llevaron a un cadáver, ese alguien sabe dónde vives y está jugando contigo. No quiero que te pongas en peligro.

Silvia dio un paso hacia él.

—Estoy en peligro desde el momento en que abrí ese paquete.

Rodrigo suspiró.

—Está bien, pero haces lo que yo te diga, ¿entendido?

Silvia asintió.

—Entendido.

Rodrigo cogió las llaves del coche.

—Vamos.

Llanes estaba a una hora en coche desde Oviedo. Rodrigo condujo en silencio, con la mirada fija en la carretera. Silvia iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla.

El paisaje cambiaba a medida que se acercaban a la costa. Las montañas verdes daban paso a acantilados y playas de arena blanca y el mar brillaba bajo el sol de la tarde.

Rodrigo giró por una carretera secundaria y siguió las indicaciones que Silvia le había dado.

El taller de Mateo Inclán estaba en las afueras del pueblo, en una casa de piedra rodeada de árboles.

Rodrigo aparcó el coche frente a la entrada y bajó. Ella lo siguió.

La puerta del taller estaba entreabierta. Desde dentro llegaba el sonido de una sierra eléctrica.

Rodrigo empujó la puerta y entró.

El interior era amplio y luminoso. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de herramientas, maderas, barnices y piezas de violines en distintas fases de construcción.

Al fondo, inclinado sobre un banco de trabajo, había un hombre alto, delgado, y con el pelo blanco recogido con una coleta.

Llevaba un delantal de cuero manchado de serrín y barniz.

Levantó la vista cuando Rodrigo y Silvia entraron.

—¿Qué desean?

Rodrigo sacó la placa.

—Guardia Civil. Capitán Rodrigo Álvarez. ¿Es usted Mateo Inclán?

El hombre dejó la sierra sobre el banco y se quitó las gafas de protección.

—Sí, soy yo.

Rodrigo señaló a Silvia.

—Ella es Silvia Fernández Olmedo. Creo que conoció a su madre, Pilar.

Mateo se quedó parado, tal vez en shock, y miró a Silvia durante un largo momento. Después asintió despacio.

—Sí, claro, la conocí.

Silvia dio un paso hacia él.

—¿Sabe dónde está?

Mateo negó con la cabeza.

—No, ya lo siento.

Rodrigo se acercó al banco de trabajo.

—Señor Inclán, necesitamos hacerle unas preguntas.

Mateo se quitó el delantal y lo dejó sobre el banco.

—Adelante.

Rodrigo sacó la libreta.

—Creemos que hace quince años usted hizo una copia de un Stradivarius. Una copia tan buena que engañó a un experto en Ginebra, ¿es cierto?

Mateo no respondió y Rodrigo dio un paso hacia él.

—Esa copia fue vendida por la madre de Silvia, Pilar, y comprada por un coleccionista llamado Adrián Montero, ¿lo recuerda?

Mateo miró a Silvia.

Luego asintió.

—Sí, claro que lo recuerdo.

—¿Puede decirme por qué hizo esa copia?

Mateo se quedó en silencio durante un momento. Después miró de nuevo a Silvia y habló, con voz baja y cansada.

—Porque tu madre me lo pidió. Porque tenía miedo.

Mateo se sentó en un taburete junto al banco de trabajo.

Rodrigo y Silvia permanecieron de pie, esperando.

Mateo respiró hondo antes de hablar.

—Tu madre vino a verme en marzo de 2010. Hacía años que no la veía. Entró en el taller con un violín envuelto en una manta y me dijo que necesitaba una copia. Una copia perfecta, tan buena que nadie pudiera distinguirla del original.

Silvia frunció el ceño.

—¿Por qué?

Mateo la miró.

—Porque alguien la estaba persiguiendo. Alguien que quería ese violín, y ella tenía miedo de que se lo quitaran.

Rodrigo dio un paso hacia él.

—¿Quién?

Mateo negó con la cabeza.

—No me lo dijo. Solo me dijo que era peligroso, que no podía quedarse con el violín y que tenía que esconderlo.

Silvia tragó saliva y respiró hondo.

—¿Y qué hizo?

—Le hice la copia. Me llevó tres meses. Trabajé día y noche, copié cada detalle, cada curva, cada veta de la madera, cada capa de barniz… Cuando terminé, ni yo mismo podía distinguirlos. Era perfecta. Mi mejor obra.

Rodrigo sacó el móvil y buscó la foto del Stradivarius que Silvia había recibido. Se la mostró a Mateo.

—¿Es este el original?

Mateo miró la foto durante un largo momento.

Luego asintió.

—Sí, yo diría que sí que es ese.

Silvia sintió que las piernas le temblaban.

—¿Y qué pasó después?

Mateo se quedó en silencio.

—Tu madre se llevó la copia. Me dijo que iba a venderla, que necesitaba el dinero para desaparecer, para empezar de nuevo en otro sitio.

—¿Y el original?

Mateo levantó la vista hacia Silvia.

—Me pidió que lo guardara y que no se lo dijera a nadie, que si algún día le pasaba algo, te lo entregara a ti.

—¿Usted lo tenía?

Mateo negó con la cabeza.

—No, solo lo tuve durante un tiempo. Una noche, alguien entró en el taller. Rompieron la cerradura y lo registraron todo, y desapareció, se lo llevaron.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cuándo fue eso?

—En mayo de 2010. Dos meses después de que Pilar viniera a verme.

—¿Y no denunció el robo?

Mateo la miró con tristeza.

—No, porque tu madre me había pedido que no dijera nada, debía mantener el secreto, así que lo respeté.

Rodrigo cerró el móvil.

—¿Vio a alguien? ¿Algún testigo? ¿Alguna pista?

Mateo negó con la cabeza.

—No, no llegué a ver nada, pero sí que tengo claro que quien lo hizo sabía lo que buscaba.

Silvia se dejó caer en una silla.

—Entonces, ¿quién me envió el violín?

Mateo la miró en silencio.

—No lo sé, pero quien lo hizo sabía que tu madre me lo había dejado y sabía que yo te lo entregaría a ti.

Rodrigo se quedó pensando.

—¿Adrián Montero vino alguna vez a su taller?

Mateo asintió.

—Sí, claro, varias veces. Era cliente mío. Le vendí algunos instrumentos, más bien violines y violas. Siempre pagaba bien.

—¿Y sabía que usted había hecho la copia?

Mateo vaciló.

—No que yo sepa, yo al menos nunca se lo dije.

Rodrigo se acercó a él.

—Pero pudo haberlo descubierto.

Mateo no respondió.

Rodrigo dio un paso atrás.

—Señor Inclán, voy a necesitar que venga conmigo al cuartel. Tengo que tomarle declaración oficial.

Mateo asintió.

—Está bien.

Silvia se levantó de la silla.

—¿Y mi madre? ¿Sabe algo más?

Mateo la miró con tristeza.

—Lo último que supe de ella fue en junio de 2010. Me llamó por teléfono y me dijo que había vendido la copia. Tenía el dinero, iba a marcharse para no volver.

—¿Y nunca volvió a saber de ella?

Mateo negó con la cabeza.

—No, nunca.

Silvia se quedó inquieta, con la mirada perdida. Rodrigo le puso una mano en el hombro.

—Vamos, debemos irnos.

Silvia asintió en silencio. Salieron del taller y subieron al coche. Mateo los siguió en su furgoneta.

Rodrigo condujo en silencio, con la mirada fija en la carretera.

Silvia iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.

Alguien había robado el Stradivarius del taller de Mateo sabiendo que su madre lo había dejado allí, y había esperado quince años para enviárselo a ella. La cuestión era si ese alguien sabría dónde estaba su madre.