6. EL COLECCIONISTA.
Rodrigo llegó al cuartel a las siete de la mañana.
No había dormido. Había pasado la noche revisando archivos, buscando conexiones e intentando encajar las piezas.
El cadáver de Luarca y el de Cudillero, el Stradivarius, el mensaje cifrado y la madre de Silvia.
Todo estaba conectado, pero no sabía cómo.
Subió las escaleras hasta la segunda planta y entró en la sala de investigación. Encendió el ordenador y abrió el expediente de Marcos Villar.
Cincuenta y dos años, investigador privado, licencia en regla, sin antecedentes, casado, con dos hijos. Vivía en Madrid, pero trabajaba por toda España.
Tres semanas antes de morir, alguien lo había contratado para buscar a una mujer desaparecida, una violinista.
Rodrigo abrió la carpeta de llamadas telefónicas de Villar. Había hecho más de cincuenta llamadas en esas tres semanas. La mayoría eran números de Asturias como el Conservatorio Superior de Música de Oviedo, la Escuela de Música de Gijón, diversos luthiers, músicos y profesores.
Villar estaba buscando a alguien, pero ese alguien no quería que lo encontrara.
Rodrigo marcó con un rotulador rojo las últimas cinco llamadas antes de la desaparición de Villar.
Todas eran al mismo número, un número de móvil de prepago, sin nombre registrado.
Rodrigo copió el número en su libreta y llamó al departamento de rastreo.
—Necesito localizar un número. Urgente.
—Dame cinco minutos.
Rodrigo colgó y siguió revisando el expediente.
Villar había sido encontrado en una playa de Luarca, con un disparo en la nuca. Sin documentación, sin móvil ni cartera. Ejecución profesional. Limpia. No había testigos.
El teléfono sonó.
—¿Sí?
—Ya tengo el número. Está registrado a nombre de una empresa. Antigüedades y Arte Selecto, S.L. Domicilio fiscal en Oviedo.
Rodrigo anotó el nombre.
—¿Quién es el propietario?
—Un tal Adrián Montero Ruiz. Cincuenta y ocho años. Sin antecedentes.
Rodrigo sintió que algo encajaba.
—¿Tienes una dirección?
—Sí. Calle Jovellanos, número 12. Oviedo.
Rodrigo colgó, cogió la chaqueta y salió de la comisaría.
La calle Jovellanos estaba en pleno centro de Oviedo, a dos pasos de la plaza de la Constitución.
Rodrigo aparcó el coche en doble fila y caminó hasta el número 12.
Era un edificio antiguo, de fachada de piedra y balcones de hierro forjado. En la planta baja había un escaparate con cristales tintados, y sobre la puerta, un letrero discreto en letras doradas.
Antigüedades y Arte Selecto, S.L.
Rodrigo empujó la puerta. Una campanilla sonó al entrar. El interior era amplio y silencioso y las paredes estaban forradas de estanterías de madera oscura, repletas de objetos, jarrones, relojes, cuadros, esculturas o libros antiguos, todo ordenado con cierta obsesión.
Al fondo, detrás de un mostrador de caoba, había un hombre. Era alto, de pelo oscuro con canas en las sienes, vestido con traje gris impecable. Estaba inclinado sobre un libro, con unas gafas de lectura en la punta de la nariz.
Levantó la vista cuando Rodrigo se acercó.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Rodrigo sacó la placa y la dejó sobre el mostrador.
—Guardia Civil. Capitán Rodrigo Mendoza. ¿Es usted Adrián Montero Ruiz?
El hombre miró la placa sin inmutarse y seguidamente levantó la vista hacia Rodrigo.
—El mismo.
—Necesito hacerle unas preguntas.
Adrián cerró el libro con cuidado y se quitó las gafas.
—Por supuesto, ¿de qué se trata?
Rodrigo sacó la libreta del bolsillo.
—Hace tres años, un investigador privado llamado Marcos Villar lo llamó varias veces, ¿lo recuerda?
Adrián frunció el ceño, como si estuviera haciendo memoria.
—¿Marcos Villar? No, no me suena.
—Hizo cinco llamadas a su número de móvil en un plazo de una semana. La última, dos días antes de morir.
Adrián se quedó quieto, pasmado.
—¿Morir?
—Fue encontrado en una playa de Luarca con un disparo en la nuca.
Adrián palideció ligeramente.
—Lo siento, no lo sabía, pero sigo sin recordar a ese hombre.
Rodrigo lo observó en silencio.
—Villar estaba buscando a una mujer desaparecida. Una violinista. ¿Le dice algo eso?
El hombre negó con la cabeza.
—No, lo siento.
Rodrigo dio un paso hacia el mostrador.
—¿Usted colecciona instrumentos musicales?
Adrián vaciló un instante.
—A veces, cuando encuentro piezas interesantes.
—¿Violines?
—Ocasionalmente.
Rodrigo sacó el móvil y buscó una fotografía. Se la mostró. Era la foto de la madre de Silvia. Pelirroja, sonriente, y con un violín en las manos.
—¿La conoce?
Adrián miró la fotografía durante un largo momento.
Luego negó con la cabeza.
—No, nunca la he visto, al menos no la recuerdo.
Rodrigo guardó el móvil.
—¿Lleva un anillo en el meñique de la mano derecha?
Adrián levantó la mano derecha y la extendió sobre el mostrador.
En el meñique brillaba un anillo de oro con una piedra roja.
—Sí, ¿por qué?
Rodrigo sintió nerviosismo en aquel momento.
—Hace quince años, usted intentó comprarle un violín a esa mujer. Ella se negó, usted insistió. La llamó varias veces, pero ella siempre dijo que no.
Adrián retiró la mano despacio.
—No sé de qué me habla.
—Una semana después, esa mujer desapareció y nunca volvió a aparecer.
Adrián se quedó mirándolo, con la mandíbula tensa.
—Sargento, creo que está confundido. Yo no conozco a esa mujer y no tengo nada que ver con su desaparición.
Rodrigo se inclinó sobre el mostrador.
—Entonces, ¿por qué Marcos Villar lo llamó cinco veces antes de morir?
Adrián no respondió. Rodrigo dio un paso atrás.
—Voy a investigar cada llamada que ha hecho en los últimos quince años. Cada transacción, cada compra y cada venta, y si encuentro algo que lo conecte con esa mujer, volveré, y no será para hacerle preguntas, sino para llevarlo esposado.
Adrián se quedó inmóvil, con las manos apoyadas sobre el mostrador. Rodrigo se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás.
—Una cosa más.
Adrián levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Ha oído hablar de un Stradivarius?
Adrián palideció.
—¿Un Stradivarius?
—Sí. Uno que apareció hace unos días, con una inscripción en el interior. "Para la que toca en silencio."
Adrián no dijo nada. Rodrigo sonrió.
—Pensé que le sonaría.
Salió de la tienda y cerró la puerta tras de sí. La campanilla sonó de nuevo.
Rodrigo volvió al cuartel con la certeza de que Adrián Montero estaba mintiendo.
El anillo, esa palidez al mencionar el Stradivarius o la forma en que había retirado la mano del mostrador. Todo apuntaba a que Adrián conocía a la madre de Silvia, que sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Rodrigo subió a la sala de investigación y encendió el ordenador. Buscó el nombre de Adrián Montero en la base de datos.
Sin antecedentes penales, sin denuncias ni multas.
Limpio. Demasiado limpio.
Rodrigo abrió el registro mercantil y buscó la empresa: Antigüedades y Arte Selecto, S.L.
Fundada en 1998. Propietario único: Adrián Montero Ruiz. Actividad principal: compraventa de antigüedades, obras de arte y objetos de colección.
Facturación anual: entre 200.000 y 500.000 euros.
Nada fuera de lo normal.
Rodrigo siguió buscando. Abrió el registro de importaciones y exportaciones y encontró algo fuera de lo habitual.
En los últimos quince años, Adrián había importado más de treinta instrumentos musicales de alto valor.
Violines, violas, violonchelos. Algunos de ellos valorados en más de cien mil euros.
Rodrigo amplió la lista y buscó la palabra "Stradivarius".
No tuvo resultados, pero había algo más. En 2011, un año después de la desaparición de la madre de Silvia, Adrián había importado un violín italiano del siglo XVIII. Procedencia: colección privada en Suiza. Valor declarado: 150.000 euros.
Rodrigo anotó el número de referencia y llamó al departamento de aduanas.
—Necesito información sobre una importación. Referencia 2011-IT-4782.
—Espere un momento.
Rodrigo oyó el tecleo de un ordenador al otro lado de la línea.
—Sí, ya lo tengo. Violín italiano, siglo XVIII. Importado por Antigüedades y Arte Selecto, S.L. Procedencia declarada: Ginebra, Suiza. Vendedor: Galería Rousseau.
—¿Tienes el nombre del propietario anterior?
—No, únicamente figura la galería como intermediaria.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Y el certificado de autenticidad?
—Sí, está adjunto. Firmado por un experto en luthería. Un tal... Émile Cartier.
Rodrigo anotó el nombre.
—¿Algo más?
—No, todo en regla.
Rodrigo colgó y buscó el nombre de Émile Cartier en internet.
Luthier y experto en instrumentos antiguos. Residencia: Ginebra. Especialidad: violines italianos de los siglos XVII y XVIII.
Rodrigo marcó el número de teléfono que aparecía en la página web.
Sonó tres veces antes de que alguien respondiera.
—Atelier Cartier, bonjour.
—Buenos días. Habla el capitán Rodrigo Álvarez, de la Guardia Civil española. Necesito hablar con el señor Émile Cartier.
—Un momento, por favor.
Hubo una pausa. Después habló un hombre aparentemente mayor con voz grave y cansada, y alto acento francés.
—Émile Cartier. ¿En qué puedo ayudarle?
—Señor Cartier, estoy investigando un caso relacionado con un violín que usted autentificó en 2011. Procedencia: colección privada en Suiza. Comprador: Antigüedades y Arte Selecto, en España.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Recuerda ese violín?
—Sí, lo recuerdo.
—¿Puede decirme quién era el propietario anterior?
Otro silencio.
—Esa información es confidencial.
—Señor Cartier, estoy investigando dos homicidios, necesito esa información.
Émile Cartier suspiró.
—El propietario era una mujer. No me dio su nombre real. Usó un intermediario, pero recuerdo el violín. Era excepcional, muy bien conservado. Ella lo había cuidado como si fuera su vida.
Rodrigo sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Recuerda algo más de esa mujer?
—Sí, era pelirroja, y muy nerviosa, parecía como si tuviese miedo.
Rodrigo cerró los ojos.
—¿Miedo de qué?
—No lo sé, pero cuando vino a mi taller, miraba por encima del hombro todo el tiempo, como si alguien la estuviera siguiendo.
—¿Cuándo fue eso?
—En marzo de 2011. Hace quince años.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Y nunca volvió a verla?
—No, nunca.
—¿Y el violín? ¿Qué pasó con él?
—Lo vendí a través de la Galería Rousseau. El comprador era español. Un coleccionista.
—Adrián Montero.
—Sí, ese era el nombre.
Rodrigo sintió que todas las piezas empezaban a encajar.
—Señor Cartier, ¿ese violín era un Stradivarius?
Hubo un largo silencio.
—No, pero era muy parecido, tan parecido que podría haber engañado a cualquiera.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que ese violín era una copia, una copia extraordinaria hecha por un maestro luthier, pero no era un Stradivarius.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—¿Y quién lo hizo?
—No lo sé, pero quien lo hizo conocía cada detalle de los Stradivarius. Curvas, barnices y secretos.
—Gracias, señor Cartier.
Colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla del ordenador. La madre de Silvia había vendido su violín en Suiza. Un violín que parecía un Stradivarius pero no lo era, y que Adrián Montero había comprado.
Pero entonces, ¿de dónde había salido el Stradivarius que Silvia había recibido?
Rodrigo cogió el teléfono y llamó a Silvia.
—¿Sí?
—Soy yo. Necesito que me digas algo.
—¿Qué?
—El violín que recibiste. ¿Estás segura de que es un Stradivarius? ¿Puede ser una copia exacta?
Silvia tardó un momento en responder.
—Sí, lo he examinado con detenimiento y es auténtico.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy luthier, porque he visto Stradivarius antes, y este es real.
Rodrigo se quedó en silencio.
—¿Qué pasa, Rodrigo?
—Que tu madre vendió un violín en Suiza hace quince años. Un violín que parecía un Stradivarius pero no lo era. Y Adrián Montero lo compró.
Silvia no dijo nada.
—Pero el violín que tú recibiste sí es un Stradivarius. Lo que significa que alguien tiene el original, y te lo envió a ti.
—¿Y has dado con quién puede ser o sospechar quién ha sido el que me lo envió?
—No lo sé aún, pero lo acabaré averiguando.
Rodrigo colgó y se quedó mirando la pantalla.
Alguien tenía el Stradivarius original, alguien que conocía a la madre de Silvia, alguien que sabía dónde estaba, y alguien que quería que Silvia lo supiera.