La sinfonía silenciosa 5. VIOLÍN ROJO.
31%

5. VIOLÍN ROJO.

Rodrigo condujo por las calles vacías de Oviedo como si huyera de algo. Eran las doce y cuarto de la noche. Las farolas proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto mojado. El limpiaparabrisas barría la llovizna fina que caía desde hacía horas.

Aparcó frente al edificio de Silvia, en la calle Fierro, y apagó el motor.

Se quedó un momento sentado, con las manos sobre el volante, respirando hondo, y después salió del coche y subió las escaleras de dos en dos.

Tocó el timbre. Nada. Volvió a tocar, esta vez más insistente, dejando el dedo apoyado durante varios segundos.

Oyó pasos al otro lado de la puerta, seguidor por la voz de Silvia, adormilada y confusa.

—¿Quién es?

—Soy yo. Rodrigo, abre.

Hubo un silencio y tras ello, el sonido de la cerradura al girar. La puerta se abrió. Silvia estaba en pijama, con el pelo revuelto y los ojos entornados. Lo miró con una mezcla de sorpresa y alarma.

—¿Qué ha pasado? ¿Está todo bien?

Rodrigo entró sin esperar invitación, con el móvil en la mano y el informe bajo el brazo.

—Tenemos que hablar. Ahora.

Silvia cerró la puerta detrás de él, frunciendo el ceño.

—Rodrigo, es tarde, mañana madrugo, ¿qué…?

Él se volvió hacia ella, con la mandíbula tensa.

—He descifrado el mensaje, el que estaba en el bolsillo del cadáver de Cudillero.

Silvia lo miró fijamente, con el sueño desapareciendo de golpe de sus ojos.

—¿Qué mensaje?

Rodrigo dejó el informe sobre la mesa del salón y sacó el móvil. Buscó la fotografía del fragmento de partitura y se la mostró.

—Esto estaba en el bolsillo del cadáver que encontraste ayer. En Cudillero.

Silvia se acercó, entornando los ojos para ver mejor la pantalla.

—Es una partitura.

—No es solo una partitura. Es un mensaje cifrado.

Rodrigo amplió la imagen con los dedos.

—Las notas están escritas en clave de sol. Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si. C, D, E, F, G, A, B. Si sigues el orden de la sinfonía y las conviertes en letras, obtienes esto.

Sacó un papel del bolsillo y se lo tendió.

Silvia lo leyó en voz alta, despacio, como si las palabras le quemaran la lengua.

—Violín rojo. Así que también sabes de música.

—Cuatro años en el conservatorio. ¿Te dice algo?

Silvia no respondió. Tenía la mirada fija en las palabras, como si estuviera viendo algo que él no podía ver.

—Silvia.

Ella parpadeó y levantó la vista.

—Mi madre era pelirroja.

Rodrigo asintió despacio.

—Lo sé.

—Y era violinista.

—También lo sé.

Silvia dejó el papel sobre la mesa.

—Alguien dejó un mensaje sobre mi madre en el bolsillo de un cadáver y me envió las coordenadas para que lo encontrara.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé, pero voy a averiguarlo.

Silvia se dejó caer en el sofá, con la mirada perdida. Rodrigo se sentó frente a ella, en el borde de la butaca.

—Hay más —dijo—. Tu madre llamó a un luthier de Gijón dos días antes de desaparecer. Le preguntó si conocía a alguien que tuviera un Stradivarius en Asturias.

Silvia levantó la cabeza bruscamente.

—¿Un Stradivarius?

—Sí, el luthier declaró que tu madre le había hecho esa pregunta por teléfono. Él le dijo que no conocía a nadie en la región que tuviera uno. Ella le dio las gracias y colgó.

Silvia se quedó mirándolo, con los ojos muy abiertos.

—Y quince años después, alguien me envía un Stradivarius con coordenadas que me llevan a un cadáver. Un cadáver que lleva un mensaje cifrado sobre mi madre.

—Exacto, y que está relacionado con otro asesinato en Luarca tres años atrás.

—No es casualidad.

—No, es un mensaje. Alguien quiere que sepas algo.

Silvia se levantó del sofá y empezó a caminar de un lado a otro de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Quién era el cadáver de Cudillero?

—No lo sabemos todavía. Varón, entre cuarenta y cincuenta años, sin documentación. Llevaba varios días muerto cuando lo encontraste.

—¿Causa de la muerte?

—Disparo en la nuca. Ejecución.

Silvia se detuvo en seco.

—¿Ejecución? Parecía que no tenía signos de violencia.

—Sí, un asesino profesional, limpio, los compañeros encontraron rastros de sangre con las luces ultravioletas, escasas pero suficientes. El asesino limpió la escena e hizo que pareciese algo diferente.

Silvia se llevó las manos a la cabeza.

—Esto no tiene sentido. ¿Por qué alguien iba a ejecutar a un hombre, limpiar la sangre y dejarle un mensaje sobre mi madre en el bolsillo y luego enviarme las coordenadas para que lo encontrara?

—Porque ese hombre estaba buscando a tu madre y alguien no quería que la encontrara, pero por alguna razón sí quiere que tú lo sepas.

Silvia lo miró fijamente.

—¿Crees que mi madre sigue viva?

Rodrigo tardó un momento en responder.

—No lo sé, pero creo que alguien sabe qué le pasó, y creo que ese alguien te envió el violín.

Silvia se sentó de nuevo, con las manos sobre las rodillas.

—¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de quince años?

—No lo sé, pero voy a averiguarlo.

Hubo un silencio largo. Después Silvia habló, con voz baja y tensa.

—Hay algo más.

Rodrigo la miró.

—¿Qué?

Silvia se levantó y fue hasta el dormitorio. Volvió un momento después con una caja de madera en las manos. La dejó sobre la mesa y la abrió. Dentro estaba el Stradivarius. Rodrigo lo miró sin decir nada.

Silvia sacó el violín de la caja y lo sostuvo en las manos, con cuidado, como si fuera algo sagrado.

—Cuando lo recibí, pensé que era una broma, o un error. Pero luego vi las coordenadas y fui, y entonces encontré el cadáver.

—Eso lo sé, sí.

—Pero hay algo que no te he contado.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Qué?

Silvia le dio la vuelta al violín y señaló el interior, visible a través de las efes.

—Hay una inscripción, aquí.

Rodrigo se acercó y entornó los ojos para leer.

La inscripción estaba escrita a mano, con tinta negra, en letra pequeña y cuidadosa.

"Para la que toca en silencio."

—¿Qué significa eso?

Silvia negó con la cabeza.

—No lo sé, pero mi madre nunca tocaba en silencio. Era violinista profesional, tocaba en conciertos, en ensayos, en casa, y siempre con sonido.

—Entonces, ¿a quién se refiere?

Silvia lo miró a los ojos.

—A mí.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿A ti?

—Soy luthier, trabajo con violines, pero no los toco. Los reparo, los construyo y los afino. Toco en silencio.

Rodrigo se quedó mirándola, sin decir nada.

Silvia dejó el violín sobre la mesa.

—Alguien sabe quién soy, alguien sabe lo que hago y alguien me envió este violín con un mensaje.

—¿Qué mensaje?

—Que mi madre sigue viva, y que alguien la tiene.

Rodrigo se recostó en la butaca, con los dedos entrelazados bajo la barbilla.

—Y si tu madre sigue viva, ¿por qué no ha dado señales en quince años?

Silvia negó con la cabeza.

—No lo sé. Quizá no puede, puede que la tengan retenida, otra razón sería que quizá no quiere.

—¿Por qué no iba a querer?

Silvia se quedó mirando el violín, con los ojos brillantes.

—Porque tenía miedo, porque estaba huyendo de algo, o de alguien.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿De quién?

—No lo sé, pero los últimos meses antes de desaparecer estaba rara, nerviosa, miraba por encima del hombro todo el tiempo. No dormía bien, recibía llamadas a deshoras y colgaba en cuanto yo entraba en la habitación.

—¿Se lo dijiste a la policía?

—Sí, pero no le dieron importancia, dijeron que podría ser estrés, que los músicos profesionales viven bajo mucha presión.

Rodrigo sacó una libreta del bolsillo y empezó a tomar notas.

—¿Recuerdas algo más? ¿Algún detalle o algún nombre?

Silvia cerró los ojos, intentando recordar.

—Había un hombre. Lo vi una vez, esperándola fuera del conservatorio. Alto, pelo oscuro, traje caro. Hablaron durante unos minutos. Ella parecía incómoda. Cuando le pregunté quién era, me dijo que era un coleccionista que quería comprarle su violín.

—¿Y lo vendió?

—No. Dijo que no estaba en venta, pero el hombre insistió, la llamó varias veces. Ella siempre decía que no.

Rodrigo levantó la vista de la libreta.

—¿Recuerdas su nombre?

Silvia negó con la cabeza.

—No, nunca lo dijo, pero sí recuerdo que llevaba un anillo en el meñique de la mano derecha. Un anillo de oro con una piedra roja. Era grande y muy llamativo.

Rodrigo anotó el detalle.

—¿Algo más?

Silvia abrió los ojos.

—Sí. Una semana antes de desaparecer, mi madre recibió un paquete sin remitente. Dentro había una fotografía.

—¿De qué?

—De ella, tocando el violín en el escenario del Teatro Campoamor, pero la fotografía estaba recortada. Alguien había recortado su cara y la había pegado sobre el cuerpo de otra mujer, una mujer muerta.

Rodrigo se quedó inmóvil.

—¿Muerta?

—Sí, tendida en el suelo, con los ojos abiertos y un charco de sangre bajo la cabeza. Era un montaje, pero estaba muy bien hecho, parecía real.

—¿Qué hizo tu madre?

—La quemó. La tiró a la chimenea y la quemó. Yo la vi hacerlo. Le pregunté qué era y me dijo que nada, que era una broma de mal gusto.

—¿Se lo dijiste a la policía?

—Sí, pero no tenía pruebas. La fotografía ya no existía y mi madre había desaparecido, yo era pequeña, creo que no me tomaron en serio con ninguna de mis declaraciones.

Rodrigo cerró la libreta y se la guardó en el bolsillo.

—Alguien la estaba amenazando y ella tenía miedo.

Silvia asintió despacio.

—Sí.

—¿Y crees que ese alguien es el mismo que te envió el violín?

Silvia lo miró a los ojos.

—No lo sé, pero creo que ese alguien sabe dónde está mi madre, y creo que quiere que yo lo sepa también.

Rodrigo se levantó de la butaca.

—Voy a investigar al coleccionista, el del anillo rojo, y voy a averiguar quién envió esa fotografía.

Silvia se levantó también.

—¿Y el cadáver de Cudillero? ¿Quién era?

—Todavía no lo sabemos. Pero hay algo más.

Silvia lo miró fijamente.

—¿Qué?

—El cadáver de Luarca, el de hace tres años, sé quién era.

—¿Quién?

Rodrigo sacó el móvil y buscó una fotografía. Se la mostró.

Era la foto de un hombre de unos cincuenta años, con el pelo canoso y gafas de montura metálica. Tenía una sonrisa amable y ojos cansados.

—Se llamaba Marcos Villar. Era investigador privado. Trabajaba en Madrid, pero tenía clientes en toda España.

Silvia miró la fotografía sin decir nada.

—Tres semanas antes de morir, alguien lo contrató para buscar a una mujer desaparecida. Una violinista.

Silvia levantó la vista bruscamente.

—¿Mi madre?

—No lo sabemos con certeza, pero encaja. Villar estuvo haciendo preguntas en Oviedo, en Gijón, en Avilés y en varias zonas más. Habló con gente del conservatorio, con músicos, con luthiers, y luego desapareció sin dejar rastro.

—¿Quién lo contrató?

—No lo sabemos. Villar trabajaba con discreción. No dejaba registros, pero alguien pagó bien, muy bien.

Silvia se dejó caer en el sofá.

—Alguien estaba buscando a mi madre y a él lo mataron por ello.

—Sí.

—¿Y ahora alguien me envía un violín con coordenadas que me llevan a otro cadáver? ¿Otro hombre ejecutado?

—Sí.

Silvia se llevó las manos a la cabeza.

—¿Qué está pasando, Rodrigo?

Rodrigo se sentó a su lado.

—No lo sé, pero creo que alguien está limpiando cabos sueltos y creo que tú eres la siguiente pieza del rompecabezas.

Silvia lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Crees que estoy en peligro?

Rodrigo tardó un momento en responder.

—Creo que quien te envió el violín quiere algo de ti, y no sabría responderte con claridad, pero creo que no va a parar hasta conseguirlo.

Rodrigo se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Una cosa más.

—¿Qué?

—No toques ese violín, no lo saques de la caja y no lo muevas de aquí hasta que sepamos quién lo envió y por qué.

Silvia frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque ese violín es una prueba, y porque quien lo envió estoy seguro de que sabe dónde vives.

Rodrigo salió al rellano y bajó las escaleras sin mirar atrás.

Silvia cerró la puerta con llave, echó el pestillo y se quedó de pie en el recibidor, con la espalda apoyada contra la madera.

El violín seguía sobre la mesa del salón, brillando bajo la luz de la lámpara.

"Para la que toca en silencio."

Silvia apagó la luz y se fue a la cama, pero no durmió, demasiadas emociones y demasiadas preguntas sin respuestas.