4. HILOS INVISIBLES. #2
Había pedido toda la documentación disponible sobre la desaparición de María del Pilar Olmedo Suárez, aunque no había mucho.
El caso se había archivado como "desaparición sin indicios de delito" después de seis meses de investigación infructuosa.
La policía había interrogado a familiares, amigos y colegas, había revisado cuentas bancarias, registros telefónicos y movimientos de tarjetas de crédito, pero todo ello fue en vano.
Pilar había desaparecido sin dejar rastro.
Pero Rodrigo sabía que siempre había rastros, solo había que saber dónde buscar.
Empezó por lo básico, la agenda de Pilar en las semanas previas a la desaparición.
Según los informes, había dado clases en el Conservatorio de Oviedo hasta el viernes anterior a su desaparición, asistió a un ensayo de la Orquesta Sinfónica del Principado el miércoles y dio tres clases particulares en su casa durante esa semana.
Rodrigo anotó los nombres de los alumnos. Dos de ellos habían sido interrogados en su momento. El tercero no aparecía en el informe.
Frunció el ceño. Marcó el número de su contacto en la policía.
—Soy Rodrigo. Necesito que me busques información sobre un alumno de María del Pilar Olmedo Suárez. No aparece en el informe de desaparición, pero debería estar.
—¿Nombre?
Rodrigo revisó las notas.
—No lo tengo, solo sé que dio una clase particular el jueves anterior a la desaparición a las seis de la tarde.
—¿Y cómo sabes que hubo una clase si no está en el informe?
Rodrigo sonrió levemente.
—Porque encontré una anotación en la agenda personal de la desaparecida, una agenda que la policía no revisó y no sabemos la razón.
Hubo una pausa.
—¿Cómo conseguiste esa agenda?
—La hija me la dio. La encontró hace años, pero nunca supo qué hacer con ella.
—¿Y qué más hay en esa agenda?
Rodrigo pasó las páginas con cuidado. Era una agenda pequeña, de tapa de cuero, con las páginas amarillentas por el tiempo. Pilar tenía una letra pequeña, precisa, casi perfecta.
—Citas, ensayos, clases… Nada fuera de lo normal. Excepto esto.
Rodrigo se detuvo en una página.
—El jueves anterior a la desaparición. Seis de la tarde. Hay una anotación: "Clase particular. S.V."
—¿S.V.?
—Iniciales. No hay nombre completo.
—¿Y el sábado? ¿El día de la desaparición?
Rodrigo pasó a la siguiente página.
—Aquí está. Sábado. Diez de la mañana. "Ensayo. Gijón. ACMC."
—Asociación Cultural de Música de Cámara.
—Exacto. Pero hay algo más.
Rodrigo entrecerró los ojos, mirando la página con atención.
—Debajo de la anotación del ensayo, hay otra línea muy pequeña, casi invisible, es como si la hubiera escrito con prisa.
—¿Qué dice?
Rodrigo leyó en voz alta:
— "No olvidar: preguntar por el violín."
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿El violín?
—Sí.
—¿Qué violín?
Rodrigo cerró la agenda despacio.
—Eso es lo que voy a averiguar.
Una semana antes de la desaparición…
Pilar estaba ensayando en su casa, cuando sonó el teléfono.
Era un número desconocido.
Dudó un momento antes de contestar.
—¿Diga?
—¿María del Pilar Olmedo? —preguntó una voz masculina, grave, con un acento que no supo identificar.
—Sí, ¿quién es?
—Mi nombre no importa. Lo que importa es lo que tengo que ofrecerle.
Pili frunció el ceño.
—No estoy interesada en ofertas comerciales, gracias.
Iba a colgar cuando el hombre habló de nuevo.
—No es una oferta comercial. Es una oportunidad. Una oportunidad única, para tocar un Stradivarius.
Pilar se quedó callada por unos segundos.
—¿Cómo dice?
—Un Stradivarius auténtico. De 1721, en perfecto estado. Quiero que lo toque, que lo evalúe y que me diga si es real.
—¿Por qué yo?
—Porque es usted una de las mejores violinistas de Asturias, y porque necesito a alguien de confianza, alguien discreto.
Pilar se quedó callada un momento, pensando.
—¿Dónde está el violín?
—En Gijón. Puedo organizar un encuentro. El sábado que viene, por la mañana.
Pilar dudó.
—¿Y quién es usted?
—Alguien que necesita respuestas, igual que usted.
Pilar frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir con eso?
El hombre ya había colgado. Pilar se quedó mirando el teléfono, con una sensación extraña. Seguidamente anotó la cita en su agenda, pero no se lo contó a nadie.
Presente.
Rodrigo pasó lo que quedaba de tarde investigando.
Llamó a antiguos colegas de Pilar en el Conservatorio. Habló con miembros de la Orquesta Sinfónica del Principado y revisó registros de llamadas telefónicas. Buscó cualquier conexión entre Pilar y el mundo de los violines antiguos.
A las once de la noche, mientras revisaba los archivos digitales de la policía, dio con un informe que había pasado desapercibido en su momento.
Era un testimonio de un luthier de Gijón, un hombre llamado Esteban Ríos. Había sido interrogado brevemente después de la desaparición de Pilar, pero su declaración no había llevado a ninguna parte.
Rodrigo leyó el testimonio con atención.
Esteban había declarado que Pilar lo había llamado dos días antes de su desaparición.
Le había preguntado si conocía a alguien que tuviera un Stradivarius en Asturias.
Esteban le había dicho que no, que los Stradivarius eran instrumentos extremadamente raros y que no conocía a nadie en la región que poseyera uno.
Pilar le había dado las gracias y había colgado.
Eso fue todo. Rodrigo se recostó en la silla, pensando.
Pilar había preguntado por un Stradivarius dos días antes de desaparecer, y quince años después, su hija recibía un Stradivarius con coordenadas que la llevaban a un cadáver. No era casualidad. Era un mensaje.
Rodrigo sacó el móvil y marcó el número de Esteban Ríos.
Saltó el buzón de voz. Demasiado tarde para llamadas, pero dejó un mensaje.
—Señor Ríos, soy el capitán Rodrigo Álvarez, de la Guardia Civil. Necesito hablar con usted sobre María del Pilar Olmedo Suárez. Es urgente, llámeme en cuanto reciba este mensaje.
Colgó y volvió a revisar los archivos, y entonces vio algo que le heló la sangre.
En el informe del cadáver de Luarca, el que había aparecido tres años atrás, había una nota al margen. Una nota que había pasado desapercibida porque estaba escrita a mano, en letra pequeña, en la última página del informe.
"El próximo cadáver llevará en el bolsillo un fragmento de partitura escrito a mano. Las notas parecían aleatorias, sin sentido musical aparente."
Rodrigo frunció el ceño. Sacó el móvil y pidió a sus compañeros de Cudillero información sobre ese fragmento del que no había sido informado.
Un compañero le envió la imagen, alegando no haberle dado demasiada importancia.
La recibió y la estudió durante un momento y las vio.
Las notas no eran aleatorias. Eran un cifrado en forma de sinfonía.
Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si… C, D, E, F, G, A, B.
Anotó las letras en un papel, siguiendo el orden de las notas en la partitura.
V-I-O-L-I-N R-O-J-O.
Violín rojo.
El día de la desaparición (desde la perspectiva de Pilar)
Pilar llegó a Gijón a las nueve y media de la mañana.
Había dejado a Silvia en la cafetería de la esquina, con dinero para que pidiera lo que quisiera.
Le había dicho que volvería en dos horas, tres como mucho.
Después caminó hasta el edificio de la Asociación Cultural de Música de Cámara.
La puerta estaba cerrada. Llamó al timbre, pero nadie respondió.
Esperó un momento y volvió a llamar. Nada.
Estaba a punto de marcharse cuando oyó pasos detrás de ella. Se volvió.
Un hombre alto, de unos cincuenta años, con el pelo gris y gafas de montura metálica, se acercaba por la calle. Llevaba un maletín de cuero en la mano.
—¿María del Pilar? —preguntó, con una sonrisa educada.
Pilar asintió.
—Sí. ¿Usted es…?
—La persona que la llamó. Gracias por venir.
El hombre sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta del edificio.
—Pase, por favor.
Pilar dudó un momento, pero acabó.
La puerta se cerró detrás de ella y nunca volvió a salir.
Presente
Rodrigo se levantó de la silla, con el informe en la mano y salió del despacho.
Tenía que hablar con Silvia. Ahora. Porque acababa de descubrir algo que cambiaba todo. El cadáver de Luarca no era una víctima cualquiera, era alguien que había estado buscando a Pilar, y alguien lo había matado por ello.