La sinfonía silenciosa 4. HILOS INVISIBLES.
26%

4. HILOS INVISIBLES.

El cuartel de la Guardia Civil de Oviedo estaba en las afueras de la ciudad, en una zona industrial rodeada de naves y almacenes. Era un edificio de hormigón gris, funcional, sin ningún tipo de ornamento.

A Silvia no le gustaban los edificios oficiales, le recordaban a los días posteriores a la desaparición de su madre, cuando tuvo que ir a comisarías, a juzgados, a oficinas llenas de gente con trajes grises que le hacían preguntas que no sabía responder.

Rodrigo aparcó en la zona reservada y apagó el motor.

—¿Estás bien? —preguntó, mirándola de reojo.

Silvia asintió, aunque no engañaba a nadie, no lo estaba.

—Sí. Solo que… no me gustan estos sitios.

Rodrigo no dijo nada, simplemente bajó del coche y esperó a que ella hiciera lo mismo.

Entraron por la puerta principal. El interior era exactamente como Silvia lo había imaginado, con pasillos largos, luces fluorescentes y olor a café recalentado barato.

Rodrigo la guió hasta una sala pequeña al fondo del pasillo.

Había una mesa, cuatro sillas, una grabadora antigua y una ventana con vistas al aparcamiento.

—Siéntate —dijo Rodrigo, señalando una de las sillas.

Silvia obedeció. Rodrigo cerró la puerta, se sentó frente a ella y sacó su libreta.

—Voy a grabarlo todo —dijo, señalando la grabadora—, ¿te parece bien?

Silvia asintió.

Rodrigo pulsó el botón de grabación y se recostó en la silla.

—Bien. Empecemos por el principio. Tu madre. María del Pilar Olmedo Suárez, violinista profesional. Desapareció en Gijón hace quince años, ¿correcto?

—Correcto.

—¿Dónde trabajaba?

Silvia respiró hondo.

—Era profesora de violín en el Conservatorio de Oviedo. También tocaba en la Orquesta Sinfónica del Principado y daba clases particulares en el Conservatorio.

Rodrigo tomaba notas sin levantar la vista.

—¿Cuántos años tenía cuando desapareció?

—Cuarenta y dos.

—¿Casada?

—Sí, con mi padre, Javier Fernández.

—¿Siguen casados?

Silvia no supo muy bien cómo responder.

—Mi padre marchó fuera dos años después de la desaparición, yo me quedé aquí.

Rodrigo asintió despacio.

—¿Tu padre sigue vivo?

—Sí, vive en Madrid. Trabaja en una empresa de seguros. Nos vemos una vez al año, eso como mucho y siendo exagerada.

—¿Hablas con él de tu madre?

—No, nunca, no tenemos una relación paterno-filial como dirían algunos.

Rodrigo levantó la vista de la libreta y la miró fijamente.

—¿Por qué?

Silvia tardó un momento en responder.

—Porque él decidió pasar página, pero yo no pude.

Rodrigo no dijo nada. Simplemente volvió a mirar la libreta.

—Bien, volvamos al día de la desaparición. Sábado. Gijón. Tu madre tenía un ensayo, ¿con quién?

Silvia frunció el ceño.

—No lo sé, nunca me lo llegó a decir.

—¿No te dijo con quién iba a ensayar?

—No, solo me dijo que era un ensayo cerrado, de música de cámara, privado, yo no pude acudir.

Rodrigo levantó la vista.

—¿Música de cámara?

—Sí, cuartetos, quintetos, ese tipo de formaciones. Mi madre tocaba mucho ese repertorio. Le gustaba más que la orquesta.

Rodrigo anotó algo en la libreta.

—¿Y el lugar? ¿Dónde era el ensayo?

—En la Asociación Cultural de Música de Cámara de Gijón. Un edificio antiguo, cerca del puerto.

—¿Fuiste con ella?

—Sí, pero como le dije, no llegué a entrar, me quedé esperando en una cafetería cercana.

—¿Cuánto tiempo esperaste?

Silvia se sentía visiblemente nerviosa y afectada hablando de aquel tema.

—Tres horas. Luego empecé a preocuparme, volví al edificio y llamé a la puerta, pero nadie respondió. Llamé a mi madre al móvil, no contestó, entonces llamé a mi padre. Él vino a buscarme y fuimos a la policía.

Rodrigo dejó de escribir y la miró con atención.

—¿Y qué dijo la policía?

—Que tenía que esperar veinticuatro horas para denunciar una desaparición, que seguramente mi madre había salido por otra puerta y se había despistado, que no me preocupara.

—¿Y después?

—Después pasaron las veinticuatro horas y pusimos la denuncia. Buscaron, preguntaron e investigaron, pero no encontraron nada.

Rodrigo asintió despacio.

—¿Y el edificio? ¿La Asociación Cultural? ¿Qué dijeron ellos?

Silvia frunció el ceño.

—Dijeron que no había ningún ensayo programado ese día, que el edificio estaba cerrado. Nadie había estado allí.

Rodrigo levantó la vista bruscamente.

—¿Cómo?

Silvia lo miró con los ojos húmedos.

—Eso mismo dijimos nosotros, pero ellos insistieron, dijeron que no había ningún registro, que nadie había alquilado la sala y que el edificio llevaba cerrado desde el viernes por la tarde.

Rodrigo se quedó callado un momento, procesando la información.

—¿Y tu madre? ¿Tenía alguna razón para mentir sobre el ensayo?

Silvia negó con la cabeza.

—No, nunca mentía, a mí al menos jamás me mintió, y menos aún sobre algo así.

Rodrigo se recostó en la silla, pensando.

—Entonces alguien más mintió.

Silvia asintió despacio.

—Eso es lo que siempre pensé, pero nunca pude demostrarlo, su palabra contra la mía.

Rodrigo volvió a inclinarse sobre la libreta y anotó algo con rapidez.

—¿Tu madre recibió alguna llamada extraña en los días previos a la desaparición? ¿Algún mensaje? ¿Alguna visita inesperada?

Silvia pensó un momento.

—No que yo recuerde. Pero… había algo…

Rodrigo levantó la vista.

—¿Qué?

Silvia frunció el ceño, tratando de recordar.

—Unos días antes, mi madre estaba más nerviosa de lo normal. No dormía bien, estaba como más distraída, y una noche la oí hablando por teléfono en voz baja. Estaba en su habitación, con la puerta cerrada. No pude oír lo que decía, pero sonaba… preocupada.

Rodrigo se inclinó hacia delante.

—¿Recuerdas algo más? ¿Alguna palabra? ¿Algún nombre?

Silvia cerró los ojos, tratando de recuperar aquel recuerdo.

—Solo una palabra. La oí claramente porque la repitió varias veces.

—¿Qué palabra?

Silvia abrió los ojos y miró a Rodrigo.

—"Stradivarius".

Rodrigo se quedó en silencio, un silencio que se hizo absoluto en la sala. Silvia se puso más nerviosa, temblaba.

—¿Crees que tiene que ver con el violín que me enviaron?

Rodrigo no respondió de inmediato, tardó unos segundos en reaccionar.

—Es posible —dijo por fin— que tu madre sabía algo sobre ese violín, y creo que alguien no quería que lo contara.

—¿Crees que la mataron por eso?

Rodrigo se quedó callado un momento.

—Creo que es una posibilidad.

Silvia se llevó las manos a la cara y respiró hondo, tratando de no derrumbarse.

Rodrigo esperó en silencio. No dijo nada y tampoco la consoló, esperó a que ella recuperara el control para reaccionar con cautela y firmeza.

Cuando Silvia volvió a levantar la vista, tenía los ojos rojos pero la voz firme.

—¿Qué hacemos ahora?

Rodrigo cerró la libreta.

—Ahora vamos a investigar a tu madre, vamos a revisar cada detalle de su vida en los meses previos a la desaparición, vamos a hablar con sus colegas, con sus alumnos, con cualquiera que la conociera, y sobre todo, vamos a averiguar qué sabía sobre ese Stradivarius.

Silvia asintió.

—¿Y el violín?

—El equipo forense lo analizará mañana. Mientras tanto, quiero que pienses en todo lo que puedas recordar sobre tu madre. Cualquier detalle, por pequeño que sea, y quiero me lo cuentes.

Silvia asintió de nuevo. Rodrigo se levantó y apagó la grabadora.

—Vamos. Te llevo de vuelta al taller.

Dos meses antes de la desaparición…

Silvia tenía doce años y estaba en su habitación, haciendo los deberes, cuando oyó a su madre tocar el violín en el salón.

No era raro, su madre tocaba casi todos los días, pero aquella tarde había algo diferente en la música. Sonaba más triste, más lenta, más melancólica.

Silvia dejó los deberes y salió al pasillo y se quedó de pie junto a la puerta del salón, escuchando.

Su madre estaba de espaldas, frente a la ventana, con el violín apoyado en el hombro. Tocaba con los ojos cerrados, completamente absorta en la música.

Silvia reconoció la pieza. Era una de las favoritas de su madre, la Chacona de Bach. Una obra larga, compleja y llena de emociones.

Pero aquella tarde sonaba distinta. Silvia se quedó allí, escuchando, sin atreverse a interrumpir.

Cuando su madre terminó, se quedó quieta durante unos segundos, con el violín todavía apoyado en el hombro. Después lo bajó despacio y se volvió. Vio a su pequeña en la puerta.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó, con una sonrisa cansada.

—No mucho —mintió Silvia.

Su madre dejó el violín sobre el sofá y se acercó a ella.

—¿Te ha gustado?

Silvia asintió.

—Pero sonaba triste.

Su madre la miró con ternura.

—A veces la música es triste. Pero eso no significa que sea mala.

Silvia frunció el ceño.

—¿Estás triste, mamá?

Su madre tardó un momento en responder.

—A veces —dijo por fin—, pero no por ti, nunca sería por ti.

Seguidamente la abrazó, y la niña se quedó allí, en sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo, el olor de su perfume y el latido de su corazón, ignorando que aquella sería una de las últimas veces que la abrazaría.

Presente.

Rodrigo dejó a Silvia en la puerta del taller y se quedó un momento en el coche, mirándola entrar, después sacó el móvil y marcó un número.

Contestaron al segundo tono.

—Soy Rodrigo —dijo—. Necesito que me busques todo lo que puedas sobre una mujer. María del Pilar Olmedo Suárez. Violinista. Desapareció en Gijón hace quince años. Quiero saber con quién trabajaba, con quién hablaba, qué hacía en los meses previos a la desaparición. Todo.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Tiene que ver con el caso de Cudillero? —preguntó una voz masculina.

—Sí.

—¿Y con el de Luarca?

—También.

Otra pausa.

—Esto se está complicando, Rodrigo.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Cuarenta y ocho horas.

—Haré lo que pueda.

Rodrigo colgó y se quedó mirando el taller de Silvia. Después, arrancó el coche y se marchó. Tenía mucho trabajo por delante. Pasó el resto de la tarde en su despacho del cuartel, rodeado de papeles, fotografías y archivos digitales.