3. LA VOZ DEL VIOLÍN.
Aquella noche fue larga e interminable. Silvia se quedó en el sofá, con la taza de Nesquik ya fría entre las manos, mirando el techo.
Cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen: el cadáver de aquel hombre en Cudillero, tumbado boca arriba, con los ojos abiertos y la clave de sol invertida grabada en la palma de la mano.
¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué había muerto allí? ¿Y qué tenía que ver con el violín?
Las preguntas se repetían en su cabeza como un eco sin respuesta.
A las tres de la madrugada se levantó, fue a la cocina y se preparó otra taza de Nesquik y seguidamente volvió al salón y encendió el ordenador portátil. Buscó en internet: "clave de sol invertida" , "símbolo musical ritual" , "asesinatos con marcas musicales" .
No encontró nada relevante, tan solo artículos sobre tatuajes, sobre simbología esotérica o sobre teorías conspirativas sin fundamento, pero nada que pudiese encajar con lo que había visto.
Cerró el ordenador y se quedó mirando la pantalla apagada.
Entonces recordó algo que Rodrigo había dicho antes de marcharse: "Hace tres años apareció otro cadáver en Luarca. Misma marca. Misma precisión."
Silvia volvió a abrir el ordenador y buscó: "cadáver Luarca 2023".
Aparecieron varios resultados. Noticias locales y artículos breves. Silvia los leyó con atención.
El cadáver había aparecido en octubre de 2023, en una casa abandonada cerca del puerto de Luarca. Era un hombre de unos sesenta años, sin identificar. No había señales de violencia aparente. La causa de la muerte no se había hecho pública. El caso seguía abierto.
Y en todas las noticias se mencionaba lo mismo: "El cadáver presentaba una marca extraña en la mano derecha, cuyo significado se desconoce."
Dos cadáveres. Dos casas abandonadas. Dos marcas. Y un Stradivarius con coordenadas ocultas que la habían llevado directamente al segundo. Aquello no era casualidad, era un patrón y alguien quería que ella lo viera.
Quince años atrás (el día de la desaparición)…
Silvia recordaba cada detalle de aquel sábado.
El tren a Gijón, el paseo por el puerto, el olor a mar, la mano de su madre sujetando la suya mientras caminaban el estuche del violín colgado del hombro de su madre, balanceándose levemente con cada paso…
—¿Cuánto durará el ensayo? —había preguntado Silvia.
—Dos horas —respondió su madre—. Tres como mucho. Luego iremos a comer algo rico, ¿vale?
Silvia asintió.
—¿Puedo quedarme a escuchar?
Su madre sonrió.
—Hoy no, cariño. Es un ensayo cerrado, pero la próxima vez te llevo a un concierto de verdad, con público y todo.
Silvia no insistió. Sabía que su madre se ponía nerviosa cuando ensayaba con gente mirando. Prefería concentrarse, perderse en la música y dejar que el violín hablara sin interrupciones.
Llegaron a la sala. Era un edificio antiguo, de piedra, con una puerta de madera maciza y una placa que decía: "Asociación Cultural de Música de Cámara de Gijón" .
Su madre se agachó para quedar a la altura de Silvia.
—Espérame en la cafetería de la esquina, ¿vale? Pide lo que quieras, yo pago luego.
Silvia asintió. Su madre le dio un beso en la frente.
—Pórtate bien.
Luego entró en el edificio y cerró la puerta detrás de ella. Esa fue la última vez que Silvia la vio.
Presente.
A las siete de la mañana, Silvia se duchó, se vistió y bajó al taller.
No había dormido nada, pero daba igual, necesitaba hacer algo, moverse, necesitaba sentir que tenía algún control sobre lo que estaba pasando.
Abrió el estuche del Stradivarius y volvió a examinar el violín con atención. Esta vez no buscaba coordenadas, buscaba cualquier otra cosa, marcas, símbolos, irregularidades, cualquier detalle que se le hubiera pasado por alto…
Revisó la tapa armónica. Nada.
Revisó el fondo. Nada.
Revisó los aros, el mástil y el clavijero, pero nada.
Entonces se fijó en el interior. Encendió una linterna pequeña y la introdujo por una de las efes. Iluminó el interior del violín, observando las paredes internas, las etiquetas y las marcas del luthier, y entonces lo vio.
En la pared interior del fondo, casi invisible, había una inscripción grabada con una herramienta muy fina. Una frase.
Silvia acercó más la linterna y entrecerró los ojos para leer.
"El que escucha, recuerda. El que recuerda, paga."
Apartó la linterna y se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. ¿Qué significaba aquello? ¿Era una amenaza? ¿Una advertencia? ¿Tal vez un mensaje?
Tomó el móvil y llamó a Rodrigo.
Contestó al tercer tono.
—¿Silvia?
—He encontrado algo más —dijo ella, con la voz temblorosa—. En el interior del violín. Una inscripción.
Hubo una pausa.
—¿Qué dice?
Silvia leyó la frase en voz alta.
Rodrigo no respondió de inmediato. Silvia podía oír su respiración al otro lado de la línea.
—No toques nada más —dijo por fin—. Voy para allá.
Colgó.
Silvia dejó el móvil sobre la mesa y volvió a mirar el violín.
"El que escucha, recuerda. El que recuerda, paga."
¿Quién había escrito aquello? ¿Y qué era lo que había que recordar?
Tres años después de la desaparición…
Silvia tenía quince años cuando dejó de llorar por su madre. Un día se despertó y se dio cuenta de que ya no le quedaban lágrimas. Había llorado tanto durante los primeros años que su cuerpo parecía haberse quedado seco.
Su padre tampoco lloraba. Al menos no delante de ella. Se había vuelto más ausente en general, callado, ido y distante. Trabajaba todo el día. Llegaba tarde a casa, cenaban en silencio y luego cada uno se iba a su habitación.
La casa se había convertido en un lugar donde dos personas vivían sin compartir nada.
Un día, Silvia le miró a su padre y le preguntó por ella.
—¿Crees que mamá está viva?
Su padre levantó la vista del plato. Tenía ojeras profundas y el pelo más gris de lo que Silvia recordaba.
—No lo sé —respondió.
—¿Crees que volverá?
Su padre tardó un momento en responder.
—No.
Silvia asintió despacio.
—Yo tampoco.
Esa fue la última vez que hablaron de ella.
Presente.
Rodrigo llegó al taller media hora después.
Entró sin llamar, con el mismo gesto serio de la tarde anterior. Llevaba la misma chaqueta de cuero, pero ahora tenía aspecto de no haber dormido. Silvia supuso que ella tampoco tenía mejor pinta.
—Enséñamelo —dijo, sin preámbulos.
Silvia le entregó la linterna y le señaló el interior del violín. Rodrigo se inclinó, iluminó la inscripción y leyó en silencio. Cuando se apartó, tenía el ceño fruncido.
—¿Esto estaba aquí desde el principio?
—Sí, no lo vi ayer porque no revisé el interior con tanto detalle, pero está grabado en la madera. Es antiguo, probablemente de la misma época que el violín.
Rodrigo sacó el móvil y tomó varias fotografías de la inscripción desde distintos ángulos. Luego se quedó mirando el violín con los brazos cruzados.
— "El que escucha, recuerda. El que recuerda, paga" —repitió en voz baja—. ¿Qué crees que significa?
Silvia negó con la cabeza.
—No lo sé, pero suena a advertencia, o a sentencia.
Rodrigo asintió despacio.
—O a ambas cosas.
Se quedó callado un momento, pensando, y seguidamente se volvió hacia Silvia.
—¿Tu madre tocaba este tipo de instrumentos? ¿Stradivarius, Guarneris o algún tipo de violín antiguo?
Silvia frunció el ceño.
—No, tocaba un violín moderno. Bueno, pero moderno. No tenía acceso a instrumentos de este nivel.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
Rodrigo la miró fijamente.
—¿Y nunca te habló de algún violín especial? ¿Algún instrumento que hubiera visto, que le hubieran prestado o que le hubieran ofrecido?
Silvia pensó un momento.
—No, nunca.
Rodrigo asintió, pero no parecía convencido.
—Voy a necesitar que me des toda la información que tengas sobre tu madre. Dónde trabajaba, con quién tocaba, qué conciertos dio en los meses previos a su desaparición… Todo.
—¿Por qué?
Rodrigo la miró con seriedad.
—Porque tengo la impresión de que tu madre sabía algo, que no hay casualidades, que te lo han enviado por algo que tiene que ver con ella.
—¿Qué quieres decir?
Rodrigo se acercó a ella y bajó la voz, como si alguien pudiera estar escuchando.
—El cadáver de Cudillero, el de Luarca, las marcas, las coordenadas… Todo apunta a una organización, a un grupo que opera en la sombra y que usa la música como código.
Silvia sintió un escalofrío.
—¿Una organización?
—Sí. No sé quiénes son ni sé qué quieren, pero sé que llevan años actuando y anoche estudié el caso de tu madre, desapareció en circunstancias muy similares a las de estos cadáveres. No había testigos, tampoco una explicación lógica.
—¿Crees que la mataron? ¿Que está muerta?
Rodrigo no respondió de inmediato. Simplemente la miró con tristeza y compasión.
—Creo —dijo por fin— que alguien quiere que descubras qué le pasó, y que te está dejando pistas para que lo hagas.
—¿Quién?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Todavía no lo sé. Pero vamos a averiguarlo.
Un año después de la desaparición…
Silvia tenía trece años cuando empezó a tener pesadillas.
Siempre era la misma: estaba en la cafetería de Gijón, esperando a su madre, pasaban las horas y la cafetería se vaciaba, las luces se apagaban, y ella seguía allí, sola, mirando la puerta, esperando.
Entonces escuchaba un violín, una melodía lejana, triste, que venía de algún lugar que no lograba identificar.
Se levantaba y salía a la calle. La melodía seguía sonando.
Silvia caminaba hacia ella, cada vez más rápido, cada vez más desesperada, pero nunca llegaba.
La melodía se alejaba, se desvanecía, y ella se quedaba sola en medio de una calle vacía, gritando el nombre de su madre.
Entonces se despertaba, sudando, temblando y gritando, y con el corazón acelerado.
Después tardaba horas en volver a dormirse.
Presente.
Rodrigo se quedó en el taller durante toda la mañana.
Tomó fotografías del violín desde todos los ángulos. Anotó cada detalle en su libreta, llamó a varios colegas de la Guardia Civil y les pidió que investigaran la procedencia del instrumento, el historial de propietarios, cualquier registro que pudiera existir.
Mientras tanto, Silvia se sentó en una esquina del taller, con una taza de café entre las manos, observándolo trabajar.
Había algo en la forma en que Rodrigo se movía que le resultaba tranquilizador. Era metódico, preciso, concentrado. No hablaba demasiado, ni hacía preguntas innecesarias, simplemente hacía su trabajo.
A mediodía, Rodrigo cerró la libreta y se volvió hacia ella.
—El equipo forense llegará mañana por la mañana.
Van a llevarse el violín para analizarlo en profundidad.
Mientras tanto, quiero que me acompañes al cuartel, aquí, al de Oviedo, no hace falta que volvamos a Cudillero, pero necesito que me cuentes todo lo que recuerdes sobre tu madre, cada detalle, por pequeño que sea.
Silvia asintió.
—¿Crees que vamos a encontrar algo?
Rodrigo la miró fijamente.
—Creo que alguien quiere que lo encontremos, lo cual me preocupa más que no encontrar nada.
Silvia frunció el ceño.
—¿Por qué?
Rodrigo se acercó a ella y bajó la voz.
—Porque si alguien está dejando pistas es porque quiere que sigamos o sigas un camino, uno al que no sabemos dónde lleva, ni lo que nos espera al final.
—¿Y si es una trampa?
Rodrigo asintió despacio.
—Entonces tendremos que ser más listos que ellos.