La sinfonía silenciosa 2. LA PRIMERA COORDENADA. #3
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2. LA PRIMERA COORDENADA. #3

Rodrigo no dijo nada durante unos segundos. Después soltó una exhalación larga, como si estuviera decidiendo si creerla o no.

—¿Y encontraste el cadáver?

—Sí.

—¿Lo tocaste?

—No.

—¿Tocaste algo en la casa?

—Solo la puerta, y las escaleras.

Rodrigo asintió despacio, como si estuviera tomando nota mental de cada palabra.

—Voy a necesitar que bajes conmigo y que me lo cuentes todo desde el principio.

Silvia no discutió, bajó las escaleras detrás de él, con las piernas todavía temblorosas.

Cuando llegaron al salón, Rodrigo sacó el móvil y llamó a alguien.

Habló en voz baja, dando instrucciones precisas, había un cadáver, necesitaba un equipo forense, y había una testigo que debía ser interrogada.

Cuando colgó, se volvió hacia Silvia.

—Siéntate —dijo, señalando la silla rota en la esquina.

Silvia obedeció, aunque la silla apenas aguantaba su peso. Rodrigo se quedó de pie, con los brazos cruzados, observándola.

—Nombre completo.

—Silvia Fernández Olmedo.

—¿Vives en Cudillero?

—No, en Oviedo.

—¿Cómo llegaste aquí?

—En autobús.

—¿Alguien sabe que estás aquí?

Silvia dudó un instante.

—No.

Rodrigo la miró con más atención.

—¿Por qué no?

—Porque no sabía qué iba a encontrar y porque… porque alguien me llamó ayer y me dijo que no comentara nada con nadie.

Rodrigo se tensó.

—¿Quién te llamó?

—No lo sé, era un número desconocido, un hombre, me dijo que tuviera cuidado con el violín, que no hablara de él.

Rodrigo se pasó una mano por la cara, como si estuviera empezando a entender que aquello era más complicado de lo que parecía.

—¿Tienes el violín contigo?

—No, lo dejé en el taller.

—¿Y las coordenadas?

Silvia sacó la libreta del bolso y se la entregó. Rodrigo la abrió y leyó las anotaciones con atención. Después levantó la vista hacia ella.

—¿Esto es todo lo que encontraste?

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Rodrigo cerró la libreta y se la devolvió.

—Voy a necesitar que vengas conmigo al cuartel y que me enseñes ese violín.

Silvia asintió.

—¿Quién es el muerto? —preguntó, con un hilo de voz.

Rodrigo la miró un momento antes de responder.

—Todavía no lo sabemos, pero tiene una marca en la mano, una clave de sol invertida.

—¿Qué significa eso?

Rodrigo no respondió, simplemente la observó con detenimiento.

—Eso —dijo por fin— es lo que vamos a averiguar.

Tres años atrás…

Silvia había aprendido a vivir con la ausencia de su madre. No era algo que se superara, ni era algo que se olvidara. Simplemente era algo con lo que se convivía, como una cicatriz que está ahí, a veces duele, pero es parte de quien la tiene.

Había días buenos y días malos. Los días buenos eran aquellos en los que podía trabajar sin pensar demasiado, en los que la música de los instrumentos la llenaba lo suficiente como para no sentir el vacío.

Los días malos eran aquellos en los que cualquier cosa —una melodía en la calle, un olor, una frase— la devolvía a aquel sábado de octubre en Gijón.

Con el tiempo, Silvia había aprendido a no buscar respuestas.

La policía había cerrado el caso como desaparición sin resolver. No había pistas, ni testigos, tampoco había cuerpo. Su madre simplemente se había esfumado, como si nunca hubiera existido.

Silvia sabía que había dos maneras de vivir con eso, dejarse consumir por la búsqueda, o aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta.

Ella creía haber elegido la segunda, pero no estaba del todo segura, porque en el fondo, en algún lugar muy profundo de su mente, seguía esperando una señal, una pista o una simple explicación.

Algo que le dijera que su madre no se había ido por voluntad propia, que no la había abandonado, que había pasado algo más, y sentía que tarde o temprano llegarían esas respuestas a su vida.

Presente.

Media hora después llegó el equipo forense.

Silvia esperó fuera, sentada en el bordillo de la calle, mientras los técnicos entraban y salían de la casa con maletines, cámaras y bolsas de pruebas.

Rodrigo hablaba con ellos en voz baja, dando instrucciones y tomando notas.

De vez en cuando la miraba de reojo, como si todavía no supiera qué hacer con ella.

Cuando terminaron de inspeccionar la escena, Rodrigo se acercó.

—Vamos —dijo—. Te llevo a Oviedo. Pero antes pasamos por tu taller. Quiero ver ese violín.

Silvia se levantó sin decir nada. Subió al coche del capitán y se sentó en el asiento trasero.

Rodrigo arrancó el motor y salió de Cudillero en silencio.

Durante el trayecto, ninguno de los dos habló.

Silvia miraba por la ventanilla, viendo cómo el paisaje asturiano se deslizaba a su lado.

El mar, las montañas, los pueblos pequeños, las carreteras estrechas…

Pensó en el cadáver, en la clave de sol invertida, en su madre, y pensó, también, en que su vida acababa de cambiar para siempre.

Porque ahora ya no era solo una restauradora que había encontrado algo extraño en un violín, ahora era la principal sospechosa de un asesinato, o, peor aún, la única persona que podía descifrar lo que estaba pasando, y no sabía cuál de las dos cosas daba más miedo.