2. LA PRIMERA COORDENADA. #2
Antes de salir, volvió a mirar el Stradivarius.
Lo dejó en su estuche, cerrado, protegido.
No quería llevarlo consigo. Si aquello resultaba ser algo peligroso, prefería que el instrumento estuviera a salvo en el taller.
Además, algo le decía que el violín ya había cumplido su parte señalando el camino.
Ahora le tocaba a ella seguirlo. Salió a la calle y caminó hasta la estación de autobuses.
El trayecto a Cudillero duraba poco más de una hora. La restauradora compró el billete, subió al autobús y se sentó junto a la ventanilla. El vehículo arrancó con un ronroneo bajo y salió de Oviedo por la carretera que bordeaba la costa.
Silvia apoyó la frente en el cristal y dejó que el movimiento la meciera. No pensó en nada concreto durante el viaje. Más bien lo intentó, porque los recuerdos volvían solos, como siempre.
Dieciocho años atrás…
Silvia tenía nueve años cuando descubrió que veía colores al escuchar música.
Fue en casa, una tarde de domingo. Su madre estaba tocando el violín en el salón, ensayando una pieza de Vivaldi.
Ella estaba sentada en el suelo, con un cuaderno de dibujo y unos lápices de colores.
Mientras su madre tocaba, empezó a dibujar sin pensar demasiado.
Trazos azules, líneas rojas, manchas amarillas, sombras verdes…
Cuando su madre terminó, se acercó a mirar el dibujo.
—¿Qué es esto? —preguntó, con curiosidad.
Silvia levantó la vista.
—Es lo que he visto mientras tocabas.
Su madre se quedó callada un momento. Luego se sentó a su lado.
—¿Qué quieres decir con "lo que has visto" ?
Silvia se encogió de hombros.
—Cuando tocas, veo colores. Cada nota tiene un color diferente. A veces son líneas, otras veces son manchas que se mueven.
Su madre la miró con una mezcla de asombro y comprensión.
—¿Siempre te pasa?
Silvia asintió.
—Siempre.
Su madre le acarició el pelo con suavidad.
—Eso es un regalo, cariño, no todo el mundo puede ver la música así.
Silvia no entendió del todo lo que quería decir, pero sintió que su madre la creía, y con eso fue suficiente.
Años después, cuando su madre desapareció, Silvia dejó de dibujar los colores, pensaba que ya no tenía sentido plasmarlos en papel. La música seguía produciendo las mismas imágenes en su cabeza, pero ahora venían acompañadas de una tristeza que no sabía cómo nombrar.
Con el tiempo, aprendió a convivir con esa percepción.
La sinestesia se convirtió en parte de su oficio.
Le permitía detectar desajustes en los instrumentos, afinar con más precisión o sentir cuándo una reparación estaba bien hecha, pero también la aislaba, porque nadie más veía lo que ella podía ver, y explicarlo siempre sonaba a exageración o a fantasía, así que dejó de intentarlo.
Presente.
El autobús llegó a Cudillero a las tres y media de la tarde.
Silvia bajó en la parada principal, junto al puerto, y se quedó un momento mirando el pueblo. Cudillero era uno de esos lugares que parecían suspendidos en el tiempo, con casas de colores apiñadas en una ladera empinada, calles estrechas que subían y bajaban, o el rumor constante de las gaviotas.
Había estado allí una vez, de niña, con sus padres. Recordaba vagamente el puerto, los barcos y una comida en un restaurante con vistas al mar, pero nada más.
Sacó el móvil y abrió el mapa. Las coordenadas apuntaban a una calle en la parte alta del pueblo, lejos del puerto. Empezó a caminar, subiendo por las calles empinadas, esquivando turistas y vecinos que bajaban con bolsas de la compra, y oliendo el salitre que tanto extrañaba.
Tardó quince minutos en llegar. La casa estaba al final de una calle sin salida, apartada del bullicio del centro.
Era una construcción antigua, de piedra oscura, con una puerta de madera maciza y una ventana pequeña en la planta superior.
No había timbre, ni placa, solo el número de la calle, medio borrado, en una esquina de la fachada.
Silvia se detuvo frente a la puerta. Todo era silencio. Ni voces, ni pasos, ni música. Solo el viento soplando entre las casas y el lejano rumor del mar.
Silvia miró a su alrededor. La calle estaba vacía, no había nadie.
Respiró hondo y llamó a la puerta, pero nadie respondió.
Volvió a llamar, esta vez con más fuerza.
Silencio. Probó a girar el pomo, pero la puerta estaba cerrada.
Dio un paso atrás y miró la ventana de arriba.
Las cortinas estaban corridas. No se veía luz dentro.
La casa parecía, a priori, abandonada, pero algo en su interior le decía que no lo estaba.
Rodeó la casa por un lateral estrecho, casi un callejón, y llegó a un pequeño patio trasero. Allí había una puerta secundaria, más pequeña, también de madera. Silvia probó a empujarla. Esta cedió.
Se quedó quieta por un instante, con la mano en el pomo, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. No era habitual en ella entrar en lugares ajenos sin permiso, aunque tampoco era habitual seguir coordenadas ocultas en un violín de trescientos años.
Empujó la puerta despacio. El interior estaba oscuro. Sacó la linterna del bolso y la encendió.
La casa olía a cerrado y a humedad, el suelo estaba cubierto de polvo, y las paredes, desnudas. No había muebles, ni tampoco cuadros, tan solo una escalera de madera que subía a la planta superior.
Silvia avanzó con cuidado, iluminando cada rincón.
En el salón principal, vacío, encontró una mesa vieja, volcada, y una silla rota en una esquina. No había nada más. Subió las escaleras.
El primer piso tenía dos habitaciones pequeñas, ambas vacías.
En una de ellas había una ventana abierta, con las cortinas moviéndose levemente por el viento.
Silvia se acercó y miró hacia fuera. Desde allí se veía el mar, gris y agitado, extendiéndose hasta el horizonte. Se dio la vuelta, y entonces lo vio.
En el suelo, junto a la pared del fondo, había un cuerpo. Silvia se quedó en shock, sin saber muy bien cómo reaccionar mientras el haz de la linterna temblaba en su mano.
El cuerpo era el de un hombre, de unos cincuenta años, vestido con ropa oscura. Estaba tumbado boca arriba, con los ojos abiertos, mirando al techo. No se movía.
La restauradora se acercó despacio, con el estómago encogido. No había sangre visible, ni, a priori, señales de violencia, pero el hombre estaba muerto, eso era evidente. Entonces, vio algo más.
En la palma de la mano derecha del cadáver, grabada con una precisión escalofriante, había una marca. Era una clave de sol invertida. Retrocedió un paso, luego otro, sin apartar la vista del cuerpo. El aire de la habitación parecía haberse vuelto más frío.
En ese instante, desde algún lugar de la casa, oyó un ruido, algo parecido a un crujido, como si alguien acabara de pisar una tabla suelta.
Silvia apagó la linterna de golpe y se quedó quieta en la oscuridad, conteniendo la respiración.
El crujido se repitió, avanzando. Silvia no se movió. El crujido volvió a sonar, esta vez más cerca. Alguien estaba subiendo las escaleras con pasos lentos, medidos, como si no tuviera prisa, o como si supiera que ella estaba allí.
El corazón le latía tan fuerte que temió que pudiera oírse desde fuera.
Miró a su alrededor buscando una salida, pero solo había una puerta, que era la que daba al pasillo por el mismo sitio por el que venían los pasos.
La ventana estaba demasiado alta para saltar sin romperse algo. Estaba atrapada.
Los pasos se detuvieron al final de la escalera.
Silvia contuvo la respiración. Entonces oyó una voz masculina, grave, tranquila.
—Sé que estás ahí.
Más que una amenaza, parecía una constatación.
Silvia apretó la linterna entre los dedos, sin encenderla todavía. Su mente trabajaba a toda velocidad…
¿Correr? ¿Gritar? ¿Enfrentarse?
Ninguna opción parecía buena. La voz volvió a hablar.
—No voy a hacerte daño. Pero necesito que salgas.
Hubo una pausa.
—Ahora.
Silvia respiró hondo, encendió la linterna y salió de la habitación con el haz de luz apuntando hacia delante.
En el pasillo, al pie de las escaleras, había un hombre.
Era alto, de unos cuarenta y pocos años, con el pelo oscuro algo despeinado y una barba de varios días.
Vestía una chaqueta de cuero gastada, vaqueros y botas.
Tenía las manos a la vista, vacías, en un gesto que parecía decir "no llevo armas" .
Pero su postura era tensa, como la de alguien acostumbrado a moverse en situaciones incómodas.
Sus ojos, grises y fríos, la observaron con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Silvia no respondió de inmediato. Mantuvo la linterna apuntando hacia él, aunque sabía que no servía de mucho como defensa.
—Podría preguntarte lo mismo —dijo por fin, con una voz más firme de lo que esperaba.
El hombre la estudió un momento, como si estuviera evaluando si era una amenaza o simplemente alguien que había llegado al lugar equivocado en el momento equivocado.
—Capitán Rodrigo Álvarez, Guardia Civil —dijo—. Y tú estás en la escena de un crimen.
Silvia sintió que el estómago se le encogía.
—Yo… yo no sabía que…
—¿Qué haces aquí? —la interrumpió él, con un tono más duro.
Silvia bajó la linterna, pero no del todo.
—Estaba buscando algo.
—¿Qué?
—No lo sé exactamente.
Rodrigo entrecerró los ojos.
—Eso no es una respuesta.
Silvia tragó saliva. Sabía que aquello sonaba absurdo, que no tenía ninguna explicación razonable para estar allí, pero también sabía que no podía mentir, no al menos del todo.
—Encontré unas coordenadas —dijo—. En un violín. Me llevaron aquí.
Rodrigo la miró como si acabara de decir algo en otro idioma.
—¿Coordenadas? ¿En un violín?
Silvia asintió.
—Soy restauradora de instrumentos antiguos. Ayer me llegó un Stradivarius con unas marcas microscópicas grabadas en la madera. Eran coordenadas, estas marcaron esta casa, así que vine a ver qué había.