2. LA PRIMERA COORDENADA.
Silvia no durmió bien aquella noche. Sufrió esa forma de insomnio que viene cuando la mente no consigue apagar del todo una pregunta.
Se despertó dos veces, ambas sin motivo aparente, con la sensación de haber estado escuchando algo en sueños que no lograba recordar.
La segunda vez miró el reloj. Eran las cuatro y media de la madrugada.
Afuera, Oviedo seguía en silencio, tan solo se escuchaba el rumor lejano de un coche pasando por la calle mojada y el goteo irregular del canalón en el patio interior.
Se quedó inmóvil bajo la manta, mirando el techo.
Su piso era pequeño, pero ordenado hasta el detalle.
Un dormitorio con una cama individual, una mesilla con lámpara y con un libro abierto boca abajo, un armario empotrado y una ventana que daba a un patio estrecho donde nunca entraba demasiada luz.
La cocina era mínima, apenas una encimera, dos fuegos, una cafetera italiana y una estantería con tazas desparejadas.
El salón apenas tenía más muebles que un sofá gris, una mesa baja con revistas de luthería y música antigua, y una estantería llena de libros técnicos, partituras viejas y alguna novela que nunca terminaba de leer.
No había cuadros en las paredes, ni fotografías.
Silvia prefería que las cosas importantes estuvieran en el taller, donde tenían sentido. En casa solo necesitaba dormir, comer algo rápido y, de vez en cuando, sentarse en el sofá con una taza de té mientras escuchaba el silencio.
Esa noche, sin embargo, el silencio no bastó.
A las cinco y media se levantó, se puso una sudadera sobre el pijama y fue a la cocina.
Encendió la cafetera, esperó a que el agua hirviera y llenó una taza pequeña.
El olor del café la despertó del todo. Se sentó junto a la ventana del salón, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, y miró hacia el patio interior.
Todavía era de noche, pero ya se intuía el cambio de luz en el borde del cielo.
Pensó en el violín, en la llamada, en las marcas microscópicas grabadas en la madera, y pensó, también, en su madre.
Quince años atrás…
Silvia tenía doce años cuando su madre desapareció.
Fue un sábado de octubre, en Gijón. Habían ido las dos solas, sin su padre, que se había quedado en Oviedo por trabajo.
Un plan perfecto para ambas, su madre tenía un ensayo con un cuarteto en una sala privada cerca del puerto, y Silvia la acompañaría para pasar el día juntas.
Después irían a comer algo, pasearían por el paseo marítimo y volverían en tren por la tarde.
Silvia recordaba la mañana con mucha claridad.
Su madre llevaba el violín en un estuche negro, el pelo recogido en una trenza baja y un abrigo largo de color gris.
Caminaba deprisa, como siempre, con esa energía contenida que tenía cuando estaba a punto de tocar.
Silvia iba a su lado, callada, observándola de reojo.
Le gustaba verla así, concentrada, viva y con esa forma de moverse que parecía anticipar la música antes de que sonara.
Llegaron a la sala. Su madre entró, Silvia se quedó esperando en una cafetería cercana, con un libro y un zumo de naranja.
Le dijeron que el ensayo duraría dos horas.
Pasaron tres, luego cuatro, y cuando Silvia volvió a la sala, ya no había nadie.
La puerta estaba cerrada. Llamó, pero nadie respondió.
Preguntó en el edificio y le dijeron que el ensayo había terminado hacía rato, que los músicos se habían marchado.
Pero su madre no.
Silvia esperó en la calle, llamó al móvil de su madre. No contestó. Volvió a llamar. Nada. Empezó a caminar por la zona, buscándola, con el estómago cada vez más apretado. Pasó una hora, y otra, y al final llamó a su padre, llorando, sin entender qué había pasado.
La policía llegó aquella misma tarde. Buscaron durante días, pero nunca la encontraron. No hubo cuerpo, ni testigos, y tampoco hubo ninguna explicación, solo una ausencia que se fue quedando dentro de Silvia como una herida que nunca terminó de cerrarse.
Presente.
Silvia apartó el recuerdo con un gesto brusco de la cabeza, como si pudiera sacudírselo. Dejó la taza vacía sobre la mesa y se levantó. No quería seguir pensando en aquello. Tenía demasiadas cosas que resolver en el presente como para dejarse arrastrar por el pasado.
Se duchó, se vistió con la misma ropa de trabajo de siempre —pantalón oscuro, camisa de algodón, bata de taller— y salió del piso antes de las siete de la mañana.
Las calles de Oviedo estaban todavía medio vacías, húmedas por la lluvia de la noche.
Caminó deprisa, con las manos en los bolsillos, esquivando charcos y saludando con un gesto breve al dueño de la panadería de la esquina.
Llegó al taller antes de las siete y media.
Abrió la puerta, encendió la luz y dejó que el espacio la recibiera con su silencio habitual.
Todo estaba como lo había dejado, con las herramientas ordenadas, el estuche del Stradivarius cerrado sobre la mesa, la libreta abierta con sus notas de la tarde anterior.
Se quitó el abrigo, se lavó las manos, se puso los guantes, y entonces abrió el estuche.
El violín seguía allí con esa presencia inquietante que había notado desde el primer momento. Lo observó unos segundos sin tocarlo, y seguidamente encendió la lámpara de luz rasante, ajustó el microscopio y volvió a enfocar la zona de la veta inferior.
Las marcas seguían ahí, pero ahora, con la luz de la mañana y la mente más despejada, pudo verlas con más claridad.
No eran solo puntos, sino números. Coordenadas.
Tomó la libreta y empezó a anotar con precisión milimétrica cada cifra que lograba descifrar.
El proceso le llevó casi una hora. Tuvo que ampliar varias veces la imagen, ajustar el enfoque, comparar trazos o descartar errores, y al final, cuando terminó, tenía ante ella una secuencia completa.
43°33'N, 6°08'W
Silvia se quedó mirando los números.
No necesitó buscarlos en internet para saber qué significaban. Conocía bien la geografía de Asturias. Aquellas coordenadas apuntaban a un lugar muy concreto: Cudillero.
Seis meses atrás…
Silvia no solía salir mucho de Oviedo.
Su vida se movía entre el taller, el piso y, de vez en cuando, alguna visita a su tía Laura en Gijón.
No tenía pareja, tampoco un círculo amplio de amigos.
Había tenido relaciones breves, pero ninguna había durado lo suficiente como para dejar una marca profunda, y no porque no quisiera, simplemente porque su forma de estar en el mundo no encajaba bien con la de la mayoría de la gente.
Era demasiado callada, demasiado concentrada y demasiado sensible a cosas que otros no notaban.
Los fines de semana, cuando el taller estaba cerrado, solía caminar sola por el casco antiguo.
Le gustaba perderse por las calles estrechas, entrar en librerías de las de toda la vida, sentarse en algún banco en el Parque San Francisco y observar a la gente pasar.
A veces llevaba un cuaderno y anotaba impresiones, colores que veía al escuchar música en la calle, fragmentos de conversaciones ajenas, y otras veces simplemente miraba.
Había aprendido a estar sola sin sentirse vacía, o al menos eso se decía.
Una tarde de primavera, mientras caminaba por el Fontán, se cruzó con un músico callejero que tocaba el violín.
Era joven, con el pelo largo. Tocaba una pieza de Bach, con mucho sentimiento, pero poca técnica.
Silvia se detuvo a escuchar. Los colores aparecieron de inmediato.
Un azul profundo, un verde claro, un destello dorado…
Se quedó allí, quieta, disfrutando, hasta que el músico terminó. Después le dejó unas monedas en el estuche abierto y siguió caminando, con la música todavía vibrando en su cabeza.
Esa noche, en casa, se sentó en el sofá con una taza de Nesquik y pensó en su madre de una manera nostálgica más que con pena, era tranquilidad, pensó en cómo habría sido su vida si ella no hubiera desaparecido, si hubieran seguido yendo juntas a conciertos, si hubieran compartido el oficio y si hubiera aprendido a tocar en lugar de solo restaurar.
Pensamientos que no llevaban a ninguna parte, así que los dejó ir.
Presente.
Silvia volvió a mirar las coordenadas anotadas en la libreta.
43°33'N, 6°08'W
No sabía qué había allí. No sabía por qué alguien había escondido esas coordenadas en un Stradivarius de 1715, pero algo le decía que no podía ignorarlas.
Se levantó, fue al ordenador y buscó la ubicación exacta en el mapa. La imagen satelital mostró una zona costera, con casas apiñadas en una ladera, calles estrechas y el puerto al fondo. Las coordenadas apuntaban a una calle concreta, cerca del casco antiguo.
Silvia amplió la imagen. Allí, en medio de la trama urbana, había una casa antigua, de piedra, con una fachada estrecha y una puerta oscura. Nada más. Se quedó mirando la pantalla durante un buen rato. Después cerró el ordenador, volvió al violín y lo observó una última vez.
El instrumento seguía siendo una cosa, algo inerte, pero ahora parecía distinto, como si hubiera cumplido su primera función, la de señalar un camino.
La restauradora tomó una decisión. Esa misma tarde iría a Cudillero, sola, sin avisar a nadie, porque algo en su interior, algo que no sabía nombrar todavía, le decía que aquel violín no había llegado a sus manos por casualidad.
Y que lo que fuera que estuviera esperando en aquella casa de piedra, llevaba demasiado tiempo en silencio.
Silvia cerró el taller a las dos de la tarde. No era habitual que lo hiciera tan temprano, pero tampoco era habitual lo que estaba a punto de hacer.
Dejó una nota en la puerta:
"Cerrado por asunto personal. Vuelvo mañana".
Guardó la libreta con las coordenadas en el bolso, junto con el móvil, las llaves y una pequeña linterna que siempre llevaba para revisar instrumentos en lugares con poca luz. No sabía si la necesitaría, pero prefería no arriesgarse.