1. EL TALLER DEL SILENCIO. #4
Pasó la yema del dedo, con el guante puesto, sobre el borde del estuche del Stradivarius.
No tocó la madera, tan solo el soporte, el fieltro, la contención exterior, y aun así, sintió un escalofrío corto en la nuca, una especie de eco emocional, como si la pieza estuviera cargada con una historia que aún no se dejaba mirar de frente.
Silvia cerró los ojos y, por un instante, le vino la imagen de su madre, una presencia fugaz con la silueta de una mujer con el violín bajo la barbilla, la curva del brazo, la concentración en el gesto y el modo en que la música parecía rodearla antes incluso de nacer.
Su madre siempre había parecido escuchar algo detrás de las cosas, y Silvia, de niña, no entendía que aquello pudiera llamarse intuición.
Pensaba que su madre simplemente sabía más que el resto.
Ahora, al mirar aquel Stradivarius, tuvo la absurda impresión de que aquella antigua forma de escuchar estaba regresando desde algún sitio remoto.
Abrió los ojos de golpe, como si no quisiera seguir ese pensamiento demasiado lejos.
No era momento de fantasmas. Apagó la lámpara principal y dejó solo la luz de la mesa, más concentrada y precisa.
Después fotografió la zona ampliada del violín, hizo tres capturas con distintos ángulos y guardó las imágenes en una carpeta cifrada de su ordenador.
La prudencia era una disciplina más, y en los encargos delicados la ejercía casi con devoción.
Si aquello acababa siendo importante —y ya intuía que lo era— no quería depender de la memoria ni de una impresión apresurada, necesitaba pruebas.
Releyó la tarjeta encontrada dentro del estuche.
Examine con especial cuidado la veta inferior.
La frase seguía siendo seca, casi fría. No había ahí ni amenaza explícita, ni tampoco una ayuda visible.
Solo una dirección exacta, y eso era lo que más inquietaba a Silvia, no el mensaje en sí, sino la seguridad con la que alguien había podido prever su reacción.
La precisión del aviso sugería un conocimiento íntimo del instrumento, o de ella, o tal vez de ambos.
Dejó la tarjeta junto a la libreta. Se levantó para estirar la espalda y caminó dos veces alrededor del taller, sin apartar del todo la atención de la mesa central.
Al pasar junto a la ventana, el reflejo del cristal le devolvió su propia imagen, un rostro cansado con el pelo recogido de cualquier manera, la bata de trabajo y la concentración aún cerrada en la frente.
Se vio seria, más sola de lo que le habría gustado admitir, pero también firme.
Había en ella una disposición muy concreta ante lo desconocido.
Primero mirar, luego entender, y solo después decidir.
Regresó al Stradivarius.
Permaneció un buen rato observándolo sin tocarlo, como si la distancia fuera una forma de respeto.
Afuera la lluvia seguía cayendo. El reloj de pared marcó las siete.
Poco tiempo después, cuando la tarde ya se hubiera convertido en noche, tendría que cerrar el taller y volver a casa, pero por ahora no quería irse.
Una parte de ella intuía que abandonar el instrumento durante horas, después de haber abierto esa grieta, sería como dejar una puerta entornada sin saber qué hay detrás.
Tomó entonces una decisión mínima, de esas que parecen pequeñas solo hasta que cambian el rumbo de un día entero. Sacó otra hoja del bloc y escribió con letra más grande.
Mañana, revisar de nuevo. No tocar nada aún. No avisar a nadie.
Leyó las tres líneas en silencio. La última frase era casi una promesa, pero también podría intuirse como una renuncia.
Silvia sabía que no comentar aquello con nadie no sería fácil.
Había personas a las que podía confiar una pieza complicada o una duda técnica, pero no el tipo de presentimiento que acababa de tener, y, sobre todo, no después de la llamada.
Algo en el tono de aquella voz la había convencido de que el hallazgo no debía salir todavía de las paredes del taller.
Recogió las herramientas una por una, con tranquilidad, sin prisas.
Cerró los frascos de cola, guardó los pinceles, apagó el microscopio y dejó el violín tal y como estaba, en su soporte, protegido por el estuche abierto.
Cuando terminó, el taller parecía más silencioso que al principio, como si el propio espacio hubiera quedado escuchando.
Antes de marcharse, Silvia se volvió una vez más hacia la mesa.
El Stradivarius estaba inmóvil, o al menos eso parecía.
Durante una fracción de segundo, muy breve, la restauradora tuvo la sensación de que el barniz del instrumento devolvía un leve destello dorado, como si algo en su interior hubiera respondido al examen y se negara todavía a entregar el resto de su secreto.
Apagó la última luz y cerró el taller con aparente calma.
Mientras bajaba la calle mojada, con Oviedo disolviéndose en la lluvia y el eco de la Catedral detrás de ella, comprendió que el Stradivarius no era una pieza excepcional llegada a sus manos por casualidad.
Era una llave, y alguien acababa de girarla.