1. EL TALLER DEL SILENCIO. #3
Silvia respiró hondo. Sintió el impulso de llamar a alguien, tal vez aun experto o a algún colega de confianza, pero enseguida descartó la idea.
Si aquello era lo que parecía, no debía circular todavía.
Había una intimidad inquietante en el hallazgo, algo casi personal, como si el instrumento se hubiera dejado abrir solo para ella.
Le vino entonces, sin querer, el recuerdo de su madre tocando el violín.
La vio de pie junto a la ventana del salón, aquella tarde de lluvia, con el instrumento apoyado bajo la barbilla y el rostro concentrado.
Su madre tenía la costumbre de cerrar los ojos en los pasajes más delicados, como si necesitara apartarse de todo lo visible para escuchar mejor.
Silvia, siendo niña, se sentaba en el suelo y la observaba sin decir palabra, sintiendo que la música llenaba la casa entera y que el mundo exterior desaparecía por completo.
Pero después vino la desaparición. Gijón, la ausencia, muchas preguntas que nadie respondió del todo, y esa sensación persistente de que algo en la música se había llevado también una parte de su vida.
Silvia apartó el recuerdo con esfuerzo y regresó al violín. No era el momento de abrir otras heridas, aunque el pensamiento de su madre la acompañó mientras seguía trabajando, como si fuese una sombra silenciosa a su lado expectante por lo que hacía la mujer.
Decidió comprobar una vez más el interior del estuche.
No quería dejar ningún detalle sin revisar.
El forro negro, impecable, no mostraba nada extraño a simple vista, sin embargo, al levantar ligeramente la base, encontró un papel doblado que, claramente, no estaba allí por accidente.
Lo abrió despacio. Era una tarjeta breve, sin adornos, con una sola línea mecanografiada.
Examine con especial cuidado la veta inferior.
Silvia leyó la frase dos veces. No había firma ni mayor explicación, tan solo esa instrucción, seca y precisa.
El taller quedó aún más silencioso que antes.
La restauradora sostuvo la tarjeta entre sus dedos y notó que la piel se le erizaba, aunque no era miedo exactamente, tal vez una anticipación tensa, como si alguien, en algún lugar, supiera de antemano dónde debía mirar y qué debía encontrar.
Volvió al violín, a la veta inferior. Acercó de nuevo la luz rasante y giró ligeramente el instrumento hasta que el reflejo recorrió la curva del fondo.
En ese ángulo, lo que parecía una superficie uniforme dejó ver una alteración mínima, como si fuese un cambio en la textura.
Otra vez esas trazas microscópicas, otra vez la sensación de estar ante una escritura escondida.
Su respiración se hizo más lenta. En aquel momento el teléfono del taller vibró sobre la mesa.
Silvia no se movió de inmediato, solo miró la pantalla. Número desconocido.
Dejó que sonara, una vez, otra, al tercer toque, contestó.
—¿Sí?
Durante un instante hubo un silencio sepulcral. Después, una voz masculina, grave, muy contenida, habló al otro lado.
—Señorita Fernández… supongo que ya habrá abierto el estuche.
Silvia no respondió enseguida. Miró el violín, después la tarjeta, y por último, la libreta abierta sobre la mesa.
—¿Quién es usted? —preguntó por fin.
Hubo una pausa.
—Alguien que le recomienda discreción —dijo la voz—. Si ha visto lo que creo que ha visto, no lo comente con nadie todavía.
Silvia tensó la mandíbula.
—¿Qué es todo esto?
La respiración del interlocutor sonaba fuerte.
—Eso, señorita Fernández, tendrá que descubrirlo usted.
El desconocido colgó y Silvia se quedó mirando el móvil unos segundos, inmóvil, con la sensación de que el taller había cambiado de temperatura.
No había nada visible fuera de lugar, la puerta seguía cerrada, la calle seguía ahí fuera y la lámpara seguía encendida, pero la normalidad ya no era la misma.
Bajó la vista hacia el Stradivarius.
Por un momento, muy breve, le pareció que la superficie del instrumento devolvía un destello extraño, como si la madera hubiera absorbido la llamada y la estuviera guardando en silencio.
Silvia apoyó una mano sobre la mesa para estabilizarse, y entonces decidió que no podía dejar aquello para más adelante.
Tomó el microscopio, volvió a enfocar la veta inferior y se inclinó sobre el violín con suavidad.
Silvia retiró la vista del microscopio durante unos segundos para descansar los ojos, pero no apartó la mano del borde de la mesa.
Tenía esa costumbre cuando algo la inquietaba, la de mantener el contacto con la realidad a través de una superficie firme.
La madera del tablero estaba tibia por el uso, áspera en algunos puntos, perfectamente conocida, y el taller seguía en su orden habitual, pero ya no parecía el mismo lugar.
Volvió a mirar el violín. Las líneas microscópicas seguían allí.
No eran grietas, ni una reparación torpe, ni siquiera alguna alteración casual de la veta.
Había una lógica en ellas, una intención demasiado precisa para ser accidental.
Silvia amplió otra vez la imagen. Las trazas se entrelazaban con una regularidad que le recordó, por un instante, a ciertos ejercicios de escritura antigua que había visto en libros de música: anotaciones técnicas, marcas de fabricación o símbolos casi borrados por el tiempo.
Pero aquello era distinto, demasiado escondido y demasiado meticuloso, como si alguien hubiera querido que solo una mirada muy concreta llegara hasta ese punto.
Se inclinó un poco más. La sinestesia reaccionó de inmediato.
Un hilo rojo apareció en su percepción, breve y afilado, como la huella de una cuerda tensada al límite que dio paso a un verde oscuro, más profundo que el anterior, y una vibración dorada que recorrió el borde de su campo visual.
Silvia parpadeó. A veces las imágenes se imponían como una forma de aviso antes de que la mente pudiera darles sentido.
Aquella secuencia de colores no era bella ni armónica.
Tenía algo de llamada y algo de amenaza.
Tomó el bloc de notas y escribió con rapidez.
No es una marca. Es un código.
Se quedó mirando esas dos líneas, como si al ponerlas por escrito terminara de volverlas reales. Después añadió otra frase debajo, con la misma letra precisa.
¿Quién sabe que está aquí?
La pregunta quedó suspendida un instante sobre el papel, frágil y al mismo tiempo absurda, porque ya había recibido una respuesta en forma de llamada.
Aun así, Silvia sintió la necesidad de dejar constancia, de ordenar el hallazgo aunque solo fuera para sí misma.
En el taller todo tenía que poder registrarse, medirse, repararse.
Lo desconocido le resultaba menos inquietante cuando pasaba por la disciplina de una libreta.
El móvil seguía sobre la mesa. La pantalla había vuelto a apagarse.
Silvia la miró de reojo y sintió una punzada de desconfianza.
El tono de la voz masculina aún le resonaba en la memoria con aquel aviso sobre la discreción, aquella forma de hablar como si el instrumento fuera ya parte de una conversación previa que ella no recordaba haber tenido.
Volvió a enfocar la veta inferior. Las marcas se repetían allí con una constancia casi hipnótica.
Silvia dejó que el silencio del taller se asentara a su alrededor.
Afuera, la lluvia había empezado a caer con más fuerza, golpeando el vidrio de la ventana alta de manera insistente.
Lejos, muy lejos, sonaron dos campanadas de la Catedral.
El sonido entró en la habitación y la atravesó en su mente en forma de una línea azul acerada que cruzó el aire y se deshizo lentamente, como humo frío.
Entonces notó algo más que no era visible en el microscopio, pero en la base del violín, en la unión entre el fondo y el fileteado, había una vibración sutil, casi corporal, que solo ella parecía percibir.
Como si el instrumento respondiera a la luz, o a la cercanía de su mirada.
Silvia retiró la mano un instante y la volvió a apoyar sobre la mesa.
El fenómeno no desapareció. Permanecía ahí, leve pero inequívoco, una resonancia muda.
El cuerpo le pidió distancia, pero la curiosidad pudo consigo misma. Se obligó a respirar despacio, lenta y pausadamente.
A esas alturas del día, la luz exterior comenzaba a inclinarse sobre el cristal de la ventana, volviéndose más fría, más gris.
El taller adquirió una tonalidad de final de tarde, aunque aún faltaban horas para el anochecer.
Los instrumentos colgados en la pared parecían dormir y la caja de violín que había terminado por la mañana descansaba cerrada en una esquina.
Todo conservaba la apariencia de la normalidad, pero Silvia ya no podía volver a verla como antes.
Algo se había corrido apenas unos milímetros en su mundo, y ese pequeño desplazamiento bastaba para alterar todo el paisaje.