CAPÍTULO 26 — EPÍLOGO LA PROMESA EN LA CUMBRE Y EL LATIDO DE LAS MONTAÑAS #2
A las once de la noche, doña Arantza dispuso una bandeja de queso ahumado con dulce de membrillo y nueces.
A las once y media de la noche, una cazuela de alubias estofadas ofreció un reconfortante almuerzo.
A las doce de la noche del veintinueve de abril, la cordada de relevo cruzó bajo la techumbre natural de los tejos centenarios.
A las doce y media de la noche, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares de madera.
A la una de la madrugada, una fuente de bizcochos caseros aromatizados con limón presidió la mesa baja.
A la una y media de la madrugada, los pastores renovaron los cirios en la ermita de montaña.
A las dos de la madrugada, Mikel Goikoetxea y dos especialistas progresaron hacia la cámara del sifón fósil.
A las dos y media de la madrugada, la doctora comprobó que los niveles de anticoagulación se mantenían en rango óptimo.
A las tres de la madrugada, se verificó la carga de las baterías del videolaringoscopio McGrath .
A las tres y media de la madrugada, la centralita confirmó la nitidez de la transmisión por el cable de campaña.
A las cuatro de la madrugada, los especialistas fijaron rodillos articulados en las aristas vivas de la roca.
A las cuatro y media de la madrugada, se tensó una tirolina doble con poleas tándem para evacuar el material médico.
A las cinco de la mañana, los médicos registraron una temperatura timpánica de 32.1 °C tras el recalentamiento progresivo.
A las cinco y media de la mañana, se completó la infusión de quinientos mililitros de solución glucosalina.
A las seis de la mañana, el paciente quedó perfectamente inmovilizado con collarín Stifneck y férula espinal.
A las seis y media de la mañana, se equilibraron los cuatro cabos de la araña de izado de la camilla Petzl Nest .
A las siete de la mañana, la Dra. Miren Mendiluze en Cruces recibió el informe confirmando la estabilidad del paciente.
A las siete y media de la mañana, el retén exterior reforzó los amarres de las antenas satelitales.
A las ocho de la mañana, los vecinos compartieron jarras de sidra caliente con canela en la posada del pueblo.
A las ocho y media de la mañana, el volteo solemne de las campanas de San Bartolomé anunció el rescate de todos los atrapados.
A las nueve de la mañana, los mecánicos de vuelo completaron la inspección de las turbinas Turbomeca Arrius 2B2 .
A las nueve y media de la mañana, los perfusionistas verificaron que la camisa de neopreno mantenía 37.0 °C.
A las diez de la mañana, los técnicos comprobaron la estabilidad de la señal digital TETRA en el macizo.
A las diez y media de la mañana, se engrasaron los rodillos guía del cabrestante mural.
A las once de la mañana, los artificieros guardaron en cofres blindados las cargas de pólvora sin humo.
A las once y media de la mañana, los rescatadores compartieron un termo de caldo caliente con hierbabuena.
A las doce del mediodía, los vecinos contemplaban desde las cumbres del Kolitza la silueta nevada del Gorbeia.
A las doce y media de la tarde, el oleaje del Cantábrico rompía con fuerza sobre los espigones de Bermeo.
A la una de la tarde, el párroco de Orozko asperjó agua bendita sobre los fardos de ropa térmica.
A la una y media de la tarde, los ganaderos compartieron cuñas de queso curado en cueva con pan tostado.
A las dos de la tarde, don Joseba terminó de grabar a fuego la cruz del Gorbeia en el mango del piolet.
A las dos y media de la tarde, doña Arantza sirvió una compota templada de manzana reineta con canela.
A las tres de la tarde, una fuente de alubias rojas de Gernika reconfortó a los enlaces de radio.
A las tres y media de la tarde, el silencio sagrado de los tejos centenarios reinaba sobre el bosque.
A las cuatro de la tarde, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares del valle.
A las cuatro y media de la tarde, los agentes de Policía Judicial precintaron las muestras de mineral incautadas.
A las cinco de la tarde, doña Arantza y don Joseba sirvieron bizcochos de soletilla con chocolate espeso.
A las cinco y media de la tarde, los mecánicos de la Sección de Montaña verificaron que el cabrestante de arrastre del furgón todoterreno pesado mantenía una tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos sin elongación de cable.
A las seis de la tarde, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible y los filtros de aspiración de las motobombas ligeras portátiles de achique instaladas junto a la acequia de Pagomakurre.
A las seis y media de la tarde, durante el relevo de la patrulla marítima de apoyo en el puerto viejo de Algorta, los rescatadores fuera de guardia compartieron sardinas asadas a la brasa con pan rústico de caserío.
A las siete de la tarde, familiares de los agentes de la Unidad de Montaña encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás en Getxo, pidiendo por la seguridad de todos los integrantes del operativo.
A las siete y media de la tarde, las aguas calmas del Nervión reflejaban las primeras luces del día bajo una brisa fresca procedente de la bocana del Abra.
A las ocho de la noche, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas de lana virgen de oveja latxa tejidas a mano en el zaguán noble del caserío familiar.
A las ocho y media de la noche, las tabernas de Areatza sirvieron raciones de morcilla tradicional con pan de centeno recién horneado a los conductores de los convoyes logísticos.
A las nueve de la noche, los bodegueros de Orozko brindaron con txakoli de cosecha propia por el porvenir y la pronta recuperación de todos los heridos de la montaña.
A las nueve y media de la noche, don Joseba dio los últimos toques de esmeril a la empuñadura de madera de fresno del piolet ceremonial destinado a su hijo Mikel.
A las diez de la noche, doña Arantza dispuso una bandeja de queso ahumado con dulce de membrillo y nueces para agasajar a los sanitarios que regresaban de la cueva.
A las diez y media de la noche, una gran cazuela de alubias estofadas a fuego lento de encina ofreció un reconfortante almuerzo a los mandos del PMA en Pagomakurre.
A las once de la noche, la cordada de relevo cruzó bajo la techumbre natural de los tejos centenarios de Itxina, admirando las formas congeladas de la vegetación cantábrica.
A las once y media de la noche, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares de abejas autóctonas del caserío para que resistan el rigor de la ventisca ártica.
A las doce de la noche del treinta de abril, una fuente de bizcochos caseros aromatizados con corteza de limón y canela presidió la mesa baja de Goiko-Enea .