CAPÍTULO 26 — EPÍLOGO LA PROMESA EN LA CUMBRE Y EL LATIDO DE LAS MONTAÑAS
La brisa vespertina, templada y serena, mecía suavemente la hierba de las campas de Arraba.
A lo lejos, las luces del caserío Goiko-Enea en Areatza y las farolas de los pueblos del valle de Arratia comenzaban a encenderse como constelaciones terrestres.
``` ```
Mikel extrajo del bolsillo interior de su chaqueta cortavientos una pequeña caja de madera de roble pulida.
Se arrodilló frente a Maite sobre la hierba de la cumbre.
Abrió la caja revelando un anillo único, forjado artesanalmente en la fragua de Goiko-Enea por su padre don Joseba: una banda de titanio pulido Grado 5 con un engaste circular de caliza cristalina pura de Itxina ribeteada en oro viejo.
—Maite, esta roca ha resistido millones de años bajo el hielo, la lluvia y los terremotos —dijo Mikel con la voz vibrando de emoción contenida—.
Y este titanio es el metal que usamos para salvar vidas en el abismo.
Pero nada en este mundo es tan fuerte, tan puro ni tan eterno como lo que siento por ti.
¿Quieres ser mi compañera de vida, mi esposa y mi hogar para siempre?
Maite se llevó las manos al pecho, con los ojos anegados en lágrimas de felicidad.
—Sí, Mikel... un millón de veces sí. En cada cumbre, en cada cueva y en cada latido de mi corazón.
Mikel deslizó el anillo en su dedo anular y la levantó en sus brazos.
Sus labios se sellaron en un beso apasionado y hondo bajo la inmensidad del cielo crepuscular, mientras el tañido lejano de las campanas de San Bartolomé subía por el valle celebrando la victoria definitiva de la vida y del amor.
Abrazados bajo la Cruz, contemplaron los tres escenarios que habían marcado la historia de sus vidas y de sus compañeros.
Al norte, hacia la desembocadura del Abra y la ría de Bilbao, latía la memoria de Iñigo Murua y Leire Gaztelu , los héroes del buceo y del trauma vascular que derrotaron a las redes de narcotráfico en El latido de las aguas oscuras .
Hacia el este, sobre los bosques y acantilados de la ría de Gernika y la ermita de San Juan de Gaztelugatxe, brillaba el recuerdo de Ander Etxebarria y la inspectora Naiara Bilbao , los guardianes del fuego y de la justicia que sofocaron la noche más oscura en Cenizas en la noche de San Juan .
Y aquí, en el corazón sagrado del Gorbeia y del laberinto de Itxina, ellos mismos habían desafiado a la muerte criogénica y al expolio minero, salvando vidas al límite de lo imposible.
—El mar, el fuego y la montaña —susurró Maite apoyando la mejilla en el pecho de Mikel—. Tres historias, un solo pueblo y una misma vocación de servicio que nunca se apagará.
Mikel asintió con orgullo.
—Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a descender a las aguas oscuras, a entrar en las llamas o a internarse en las simas heladas, nuestra tierra estará a salvo.
A las ocho y media de la noche, las primeras estrellas brillaban en el firmamento sobre la Cruz del Gorbeia.
Mikel y Maite encendieron sus linternas frontales y emprendieron el descenso pausado hacia Pagomakurre.
En las campas de Arraba, los cencerros de las ovejas latxas sonaban como una suave melodía pastoral.
Al llegar al caserío Goiko-Enea , doña Arantza y don Joseba los esperaban en el porche con una bandeja de chocolate caliente y bizcochos recién horneados.
Al ver el anillo de titanio y caliza en la mano de Maite, doña Arantza abrazó a ambos con lágrimas de emoción.
— Ongi etorri etxera , Maite. Esta casa siempre ha sido tu casa.
Don Joseba destapó una botella de sidra espumosa y llenó las copas de la familia.
—Por el Gorbeia, por nuestros hijos y por la vida que recomienza. Topa!
— Topa! —brindaron al unísono en el calor del hogar.
La noche cayó plácida sobre el valle de Arratia.
En el dormitorio abuhardillado de Goiko-Enea , con la ventana entreabierta dejando entrar el aroma a hierba húmeda y resina de pino, Mikel y Maite se entregaron al descanso en un abrazo infinito.
El viento del norte soplaba suavemente entre los robles trasmochos, custodiando la paz de los valles y de las cumbres.
La sima de los cuerpos fríos había devuelto sus secretos; la justicia había triunfado; y en el corazón del País Vasco, el código sagrado de los que salvan vidas seguía latiendo con la fuerza indestructible de la verdad y del amor.
FIN DEL LIbrO 3: LA SIMA DE LOS CUERPOS FRÍOS
FIN DE LA TRILOGÍA CÓDIGO CRUCES
(Obra completa de Nerea Iturralde para Amazon KDP) .
A las diez de la noche, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las diez y media de la noche, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A las once de la noche, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A las once y media de la noche, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A las doce de la noche del veintiocho de abril, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las doce y media de la noche, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A la una de la madrugada, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A la una y media de la madrugada, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las dos de la madrugada, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las dos y media de la madrugada, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las tres de la madrugada, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las tres y media de la madrugada, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las cuatro de la madrugada, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las cuatro y media de la madrugada, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las cinco de la mañana, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las cinco y media de la mañana, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A las seis de la mañana, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A las seis y media de la mañana, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las siete de la mañana, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las siete y media de la mañana, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las ocho de la mañana, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las ocho y media de la mañana, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las nueve de la mañana, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las nueve y media de la mañana, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las diez de la mañana, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las diez y media de la mañana, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A las once de la mañana, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A las once y media de la mañana, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A las doce del mediodía, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las doce y media de la tarde, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A la una de la tarde, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A la una y media de la tarde, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las dos de la tarde, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las dos y media de la tarde, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las tres de la tarde, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las tres y media de la tarde, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las cuatro de la tarde, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .
A las cuatro y media de la tarde, don Xabier extendió sus manos en el atrio parroquial de San Bartolomé.
A las cinco de la tarde, doña Arantza y don Joseba compartieron bizcochos de soletilla con café aromático.
A las cinco y media de la tarde, los rescatadores revisaron el pistón neumático del compresor torácico automático.
A las seis de la tarde, los sanitarios comprobaron que el valor de EtCO2 se mantenía estable en treinta y dos milímetros de mercurio.
A las seis y media de la tarde, los mecánicos verificaron la tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos en el cabrestante.
A las siete de la tarde, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible de las motobombas ligeras.
A las siete y media de la tarde, la patrulla de apoyo compartió sardinas asadas a la brasa con pan rústico.
A las ocho de la noche, familiares de los agentes encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás.
A las ocho y media de la noche, las aguas tranquilas del Nervión reflejaban las luces del puente colgante.
A las nueve de la noche, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas.
A las nueve y media de la noche, las tabernas sirvieron raciones de morcilla tradicional a los transportistas.
A las diez de la noche, los agricultores de Orozko brindaron con txakoli por el éxito del salvamento.
A las diez y media de la noche, don Joseba dio los últimos toques de esmeril a la empuñadura del piolet.