CAPÍTULO 04 — EL DESCENSO VERTICAL DEL POZO DE ENTRADA (-90 METROS) #3
A las cinco y cuarto de la tarde, el silencio sagrado de los tejos centenarios de Armañón contrastaba con el fragor del temporal que sacudía las cimas de caliza de Itxina.
A las cinco y media de la tarde, el sacerdote de Areatza extendió su bendición sobre los colmenares resguardados bajo los alerones de madera noble de los caseríos de piedra.
A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, los agentes de Policía Judicial sellaron los cuatro contenedores de titanio con precintos lacrados de la Ertzaintza.
A las seis de la tarde, doña Arantza y don Joseba sirvieron una nueva bandeja de bizcochos de soletilla con chocolate espeso para reconfortar a la patrulla de relevo.
A las seis y quince de la tarde, la doctora Otxoa comprobó con la sonda ecográfica sectorial un colapso inspiratorio de la vena cava inferior del cuarenta por ciento, indicativo de una adecuada respuesta a la reposición volémica con sueros templados.
A las seis y media de la tarde, los sanitarios registraron una presión arterial media de sesenta y dos milímetros de mercurio en el monitor hemodinámico invasivo, garantizando un flujo microcirculatorio constante en los lechos capilares distales.
A las seis y cuarenta y cinco de la tarde, se fijó el tubo pleural con sutura de seda trenzada del número cero y apósito oclusivo hidrocoloide para prevenir fugas aéreas durante el ascenso por el pozo vertical.
A las siete de la tarde, los mecánicos de vuelo verificaron la pureza del queroseno de aviación en el tanque nodriza, confirmando la ausencia de condensación de agua en los filtros de decantación.
A las siete y quince de la tarde, se encendieron cuatro pantallas radiantes de cuarzo en el zaguán del refugio, manteniendo una atmósfera tibia de veintiocho grados para recibir a las camillas de rescate.
A las siete y media de la tarde, Maite confirmó la presencia de tonos cardíacos rítmicos y bien timbrados a sesenta y ocho latidos por minuto en el herido inmovilizado.
A las siete y cuarenta y cinco de la tarde, se perfundieron dos gramos de sulfato de magnesio en infusión lenta de veinte minutos para estabilizar el potencial de reposo neuronal y prevenir espasmos vasculares cerebrales.
A las ocho de la noche, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas despejaron con cepillos de nylon las piedras sueltas del área de maniobras, asegurando una superficie lisa y limpia para el paso de los trineos.
A las ocho y quince de la noche, se conectó la esterilla térmica de microfibra de carbono al acumulador de litio blindado, suministrando un calor constante de treinta y seis grados bajo la espalda del paciente.
A las ocho y media de la noche, el monitor BIS registró una lectura estable de cincuenta, garantizando una óptima hipnosis y confort del herido sin depresión cardiovascular.
A las ocho y cuarenta y cinco de la noche, el centro de coordinación autonómica de SOS Deiak 112 confirmó la reserva de dos quirófanos de trauma en el Hospital Universitario de Cruces para la recepción de los heridos.
A las nueve de la noche, el operador de vuelo revisó los doscientos cincuenta pies de cable de acero galvanizado de la grúa Goodrich , verificando que no existieran deformaciones ni hilos rotos en el alma trenzada.
A las nueve y quince de la noche, los electricistas de la brigada de emergencias comprobaron la toma de tierra y el aislamiento dieléctrico del cuadro de distribución principal de Pagomakurre.
A las nueve y media de la noche, se fijaron termopares adhesivos en los pulpejos de los dedos de ambas manos, monitorizando una temperatura periférica en ascenso de veinticuatro grados centígrados.
A las nueve y cuarenta y cinco de la noche, doña Arantza y don Joseba compartieron con los enlaces de radio una fuente de bizcochos de soletilla recién horneados y café caliente en la mesa baja del caserío.
A las diez de la noche, los vecinos del valle de Orozko encendieron lámparas de aceite ante la imagen del santo patrón, agradeciendo la protección concedida a los rescatadores en el pozo de Supelegor.
A las diez y quince de la noche, los artificieros de la Ertzaintza guardaron en cofres estancos de seguridad las mechas lentas y los detonadores eléctricos tras constatar la solidez de las galerías.
A las diez y media de la noche, se activaron seis proyectores LED de doce mil lúmenes alimentados por baterías solares sobre la helisuperficie de Pagomakurre, balizando el área de aterrizaje nocturno.
A las diez y cuarenta y cinco de la noche, los mecánicos revisaron los amortiguadores de elastómero de la estructura de titanio de la camilla Petzl Nest , garantizando un transporte libre de sacudidas mecánicas.
A las once de la noche del catorce de febrero, la luna llena brillaba con un resplandor plateado sobre las crestas heladas de Itxina y la Cruz del Gorbeia.
Mikel Goikoetxea y Maite Otxoa, en la base del pozo vertical de noventa metros, ajustaron los sistemas de anclaje y se prepararon para el avance hacia las salas más profundas.
En el Capítulo 05 ( El Hallazgo de los Espeleólogos en Muerte Aparente HT IV ) , la lucha extrema contra el reloj y la congelación alcanzará su momento cumbre.