CAPÍTULO 03 — LA APERTURA DEL OJO DE ATXULAR Y EL RASTREO K9 EN LA CALIZA
El temporal de nieve se mantenía estacionario, acumulando más de un metro y ochenta centímetros de nieve fresca en las cotas superiores a mil metros.
El oficial Mikel Goikoetxea lideró la columna de avance táctico compuesta por seis rescatadores de la Sección de Montaña de la Ertzaintza, acompañados por los dos guías caninos del Servicio Cinológico y sus perros de rescate en aludes, Beltz y Txuri .
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Los dos pastores belga malinois, protegidos con capas térmicas de aramida roja reflectante y botines de goma antideslizantes para proteger sus almohadillas plantares del hielo cortante, olfateaban el aire con respiraciones cortas y rítmicas.
Mikel comprobó el funcionamiento de los transceptores DVA Mammut Barryvox S en modo de emisión dual, asegurándose de que cada miembro de la cordada mantuviera una distancia de seguridad de quince metros para no interferir con las líneas de venteo canino.
—Avanzaremos en abanico sobre la ladera este del Ojo de Atxular —ordenó Mikel con voz pausada y firme—. El viento sopla de componente norte a veintiocho nudos. Los perros trabajarán en contra del viento para captar las moléculas de efluvios orgánicos que asciendan por las grietas del karst.
La cordada remontó la empinada canal de nieve que conducía a la gran arcada natural de piedra caliza del Ojo de Atxular .
Las paredes verticales de roca gris, esculpidas por millones de años de erosión kárstica, presentaban grandes carámbanos de hielo translúcido de hasta cuatro metros de longitud.
Bajo el arco de piedra, el perro Beltz se detuvo en seco, levantó el hocico hacia una hendidura oblicua en la pared y comenzó a rascar con furia la nieve prensada mientras emitía ladridos sostenidos de alta frecuencia.
El guía canino Unai Gaztelu acudió de inmediato al punto marcado.
—¡Marca positiva de venteo profundo! —gritó sobre el rumor del viento—. Beltz ha localizado una salida de aire caliente procedente de la red de galerías inferiores.
Mikel desenfundó su sonda de carbono de tres metros y ochenta centímetros y la clavó en la nieve con técnica helicoidal.
A dos metros y veinte centímetros de profundidad, la punta metálica de la sonda hizo tope contra un objeto semirrígido que no correspondía a roca caliza ni a hielo compacto.
—Tenemos contacto artificial. Iniciamos zanja de desescombro en V invertida —ordenó Mikel.
Los rescatadores excavaron con palas de aluminio aeronáutico a una cadencia constante de cuarenta paladas por minuto.
Al retirar el bloque central de nieve endurecida, descubrieron una oquedad artificial camuflada con una lona de camuflaje invernal blanca impregnada de resina impermeable.
Bajo la lona apareció un bidón estanco de polietileno de alta densidad de sesenta litros, sellado con precinto de seguridad numerado.
Mikel abrió la tapa roscada con guantes quirúrgicos de nitrilo sobre sus manoplas térmicas.
En el interior del bidón no había material de rescate ni equipo convencional de espeleología.
El contenedor guardaba cuatro cajas de titanio de grado aeroespacial con cierres herméticos de presión, seis botellas de raciones de campaña de origen suizo con etiquetas codificadas y un estuche ignífugo que contenía mapas geológicos tridimensionales de las simas de Itxina con anotaciones manuscritas en tinta indeleble.
—Esto no es material de un club universitario de espeleología —señaló el sargento Mendizabal examinando las etiquetas con el frontal—. Son mapas de prospección minera de elementos de tierras raras e isótopos pesados.
Mikel tomó fotografías de alta resolución con la cámara técnica blindada de la Ertzaintza, registrando las coordenadas GPS diferenciales de la cavidad.
—Precinten el bidón y mantengan la cadena de custodia. Alguien ha estado utilizando la sima de Supelegor como base de operaciones clandestina mucho antes de que el alud sellara la entrada.
El equipo continuó el sondeo en la repisa kárstica superior, localizando a cuarenta metros del Ojo de Atxular una sima secundaria —la denominada Sima del Tejo Helado — cuyo pozo vertical de sesenta metros comunicaba directamente con la Sala de las Columnas a cota menos doscientos metros (-200 m).
La perra Txuri marcó con ladridos firmes el brocal de esta segunda entrada, que se encontraba libre de tapones de nieve gracias a la corriente de aire ascendente.
Mikel examinó el borde de roca y detectó dos anclajes químicos parabolt de titanio de dieciséis milímetros instalados recientemente con resina epoxi de curado rápido.
—Esta entrada alternativa ha sido equipada hace menos de un mes —constató Mikel pasando el dedo por el brillo intacto del metal—. Nos servirá como tiro de evacuación directo para evitar el paso angosto del Meandro de los Neveros.
Mikel instaló una cabecera de polea de reenvío con cuerda de diez punto cinco milímetros y conectó el teléfono de campaña con el equipo que permanecía en las galerías inferiores.
— «Mikel a puesto subterráneo... Hemos abierto y asegurado la segunda vertical desde el Ojo de Atxular. Tenemos línea de tiro limpia de sesenta metros para izar las dos últimas camillas directamente a la repisa exterior» .
Desde las profundidades de la cueva, la voz del cabo rescatador confirmó la recepción.
— «Recibido, oficial. Tenemos a los dos últimos espeleólogos empaquetados en las camillas nido y listos para enganche en la vertical» .
A las 11:30 horas, el equipo de superficie montó el cabrestante de rescate motorizado sobre un trípode de aluminio Petzl Nest .
El cable de acero comenzó a izar la tercera camilla nido a una velocidad suave y constante de doce metros por minuto.
A las 11:48 horas, la camilla emergió por la boca de la sima, recibida por Mikel y dos rescatadores que la aseguraron de inmediato a la línea de vida exterior.
El paciente, consciente y con constantes vitales estables tras recibir aporte de oxígeno caliente y fluidoterapia, agradeció con lágrimas en los ojos el rescate.
—Gracias... Había unos hombres armados en la galería baja... Nos obligaron a bajar hasta el sifón fósil antes del derrumbe...
Mikel le cubrió el rostro con una manta térmica de plumón.
—Tranquilo. Ya está a salvo con la Ertzaintza. Ahora descanse.
El paciente fue acomodado en el trineo oruga para su traslado hacia Pagomakurre.
En el refugio de Pagomakurre, el sargento Mendizabal y dos agentes de la Policía Judicial iniciaron el inventario técnico de los documentos encontrados en el bidón estanco.
Los mapas detallaban depósitos subterráneos de caliza rica en vetas de monacita y torio, junto a planos de antiguas galerías mineras que conectaban el subsuelo de Itxina con las canteras de caliza de Atxarte en Urkiola.
—Estamos ante una red organizada de expolio geológico y tráfico de minerales estratégicos —concluyó Mendizabal—. La tormenta y el alud frustraron su plan de extracción y dejaron a estos espeleólogos atrapados como rehenes involuntarios.
Mikel ajustó su arnés de rescate para el último descenso a Supelegor.
—Vamos a sacar al último herido y a asegurar cada rincón de esa cueva. Nadie quedará atrapado en la montaña.
A las doce del mediodía, los técnicos de rescate revisaron el nivel de aceite y los filtros de combustible del generador portátil de cinco kilovatios instalado en la repisa del Ojo de Atxular, asegurando el funcionamiento ininterrumpido de las luminarias LED de alta potencia.
A las doce y media de la tarde, los especialistas en montaña verificaron la nivelación de las tres patas telescópicas del trípode de aluminio TerrAdaptor , comprobando que los pasadores de seguridad de acero inoxidable soportaban una carga vertical de dos mil kilos sin flexión.
A la una de la tarde, los voluntarios de Protección Civil sirvieron tazones de caldo caliente de puchero con tropezones de jamón y pollo a los guías caninos y sus perros de rescate, permitiéndoles reponer energías tras tres horas de rastreo en nieve profunda.
A la una y media de la tarde, un grupo de vecinos de Areatza y pastores del valle encendieron cirios de cera virgen en el altar mayor de la parroquia, elevando plegarias por la culminación exitosa del rescate en el Gorbeia.
A las dos de la tarde, las ramas centenarias de los robles trasmochos de Arratia soportaban silenciosamente el peso de la cellisca, mientras los convoyes de todoterrenos de emergencias mantenían abierto el carril de suministro hacia Pagomakurre.
A las dos y media de la tarde, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar y embalar seis mantas adicionales de lana virgen de oveja latxa para remitirlas en el vehículo oruga hacia el puesto de mando de montaña.
A las tres de la tarde, las tabernas del casco medieval de Areatza sirvieron platos de morcilla tradicional de puerro frita en sartén de hierro con pimientos del piquillo a los conductores de las máquinas quitanieves forales.
A las tres y media de la tarde, los agricultores de Orozko contemplaban las laderas nevadas del macizo de Itxina, comentando las noticias que confirmaban el rescate del tercer espeleólogo.
A las cuatro de la tarde, don Joseba templó en el agua del manantial de Goiko-Enea la pica de acero forjado del piolet ceremonial, comprobando la pureza y el equilibrio de la herramienta con una sonrisa de orgullo paterno.
A las cuatro y media de la tarde, doña Arantza ofreció a los enlaces de transmisiones una fuente de dulce de membrillo con nueces y queso curado de pastor, celebrando el avance de las labores de salvamento.
A las cinco de la tarde, una cazuela de barro con alubias de Gernika estofadas con berza y morcilla reconfortó a los integrantes del retén exterior de montaña en Pagomakurre.
A las cinco y media de la tarde, la sombra protectora de los tejos milenarios de Itxina cubría las gargantas kársticas, creando un refugio natural frente a los vientos racheados del norte.
A las seis de la tarde, el sacerdote de Areatza extendió su bendición sobre los colmenares resguardados bajo los alerones de madera noble de los caseríos del valle.