CAPÍTULO 02 — LA CABINA DEL AIRBUS H135 Y EL APOYO DE PATÍN EN PAGOMAKURRE
El comandante de vuelo Iñigo Olazabal , piloto veterano con más de cuatro mil horas de vuelo táctico en rescate de montaña, ajustó sus auriculares de comunicaciones con cancelación activa de ruido y revisó la pantalla multifunción del panel digital de aviónica Helionix .
El radar meteorológico de a bordo mostraba un estrecho pasillo de baja turbulencia que se abría sobre el valle de Arratia, avanzando hacia la cara norte del macizo del Gorbeia.
Una ventana de oportunidad de apenas cuarenta y cinco minutos antes de que un nuevo frente de nubes bajas y cellisca polar volviera a sellar el techo de vuelo a menos de cien metros sobre el suelo.
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A su lado, el copiloto y operador de grúa Mikelats Uriarte verificó el sistema cortacables del fuselaje, la calefacción eléctrica del parabrisas y el estado del cable de acero inoxidable de la grúa lateral Goodrich , certificada para doscientos setenta y dos kilos de carga útil.
—Torre Iurreta, aquí Ertzaintza-01 —transmitió el comandante Olazabal—. Iniciamos rodaje y despegue inmediato hacia Pagomakurre por la ruta Alfa-Arratia. Tiempo estimado en zona: ocho minutos.
Las cuatro palas de material compuesto del rotor principal cortaron el aire helado con un batir ensordecedor, elevando el aparato hacia el cielo plomizo que cubría las montañas de Bizkaia.
A las 06:12 horas, el Airbus H135 cruzó la garganta de Areatza a setecientos metros sobre el nivel del mar.
Las copas de los robles y castaños centenarios se doblaban bajo la fuerza del viento catabático que descendía de las cumbres del Gorbeia.
La turbulencia de aire de sotavento provocó sacudidas bruscas en los mandos cíclico y colectivo, pero el piloto mantuvo la senda de aproximación con correcciones milimétricas de pedal.
En el puesto de mando de Pagomakurre, el sargento Aitor Mendizabal y dos rescatadores equipados con chalecos de alta visibilidad y pasamontañas encendieron tres botes de humo naranja de alta densidad para señalizar la dirección exacta y la cizalladura del viento en la campa.
La columna de humo denso se inclinó casi horizontal hacia el noroeste, revelando ráfagas violentas de más de ochenta kilómetros por hora.
— «Ertzaintza-01, aquí PMA Pagomakurre» —comunicó Mendizabal por la frecuencia táctica—. «Campa con ciento sesenta centímetros de nieve virgen. Apoyo de patín obligatorio sobre el pretil de piedra del refugio. Tenemos al primer paciente en la cabecera del pozo listo para transferencia aérea» .
—Copiado, Pagomakurre. Iniciamos aproximación final con viento de cara a cuarenta nudos.
A las 06:18 horas, el helicóptero redujo la velocidad de traslación, descendiendo en un vuelo estacionario tenso y vibrante a tres metros sobre la pendiente helada.
El chorro de aire descendente de los rotores ( downwash ) levantó un torbellino gigantesco de nieve en polvo que redujo la visibilidad exterior a cero durante cinco segundos críticos.
El comandante Olazabal fijó su referencia visual en el dintel de piedra del refugio y apoyó con suavidad extrema el patín izquierdo sobre el borde de sillería compacta.
Mantuvo el sesenta por ciento de la sustentación en el rotor principal para evitar que el peso del fuselaje hundiera el patín derecho en la nieve blanda.
Mikelats abrió la puerta lateral corredera, asegurado con su cabo de anclaje corto al cáncamo del techo.
—¡Patín firme en piedra! ¡Puerta abierta y zona despejada! —gritó por el interfono de cabina.
El equipo de tierra avanzó encorvado bajo el disco del rotor, aproximando la camilla nido Petzl Nest donde yacía el primer espeleólogo rescatado de la sima.
La doctora Maite Otxoa , con la consola portátil de ECMO Cardiohelp sujeta mediante correas pectorales, subió al patín del helicóptero con paso decidido y transfirió el equipo al suelo de la cabina asistida por el operador sanitario de vuelo.
Mikel Goikoetxea aseguró los cuatro anclajes de la camilla a los raíles del suelo de la aeronave, ajustando las cintas de fijación rápida con un chasquido metálico.
—¡Paciente asegurado y monitorizado! —anunció Mikel mirando a los ojos a Maite—. ¡Vuela con él a Cruces, Maite! Yo bajo de nuevo a Supelegor a por los tres compañeros restantes.
Maite le apretó la mano enguantada con fuerza.
—Cuídate en ese pozo, Mikel. No te arriesgues más de lo necesario.
—Estaré esperándote aquí arriba. ¡Despejad el patín!
A las 06:24 horas, Mikelats cerró y enclavó la compuerta lateral corredera.
El comandante Olazabal tiró del mando colectivo con decisión, metiendo potencia a las turbinas mientras el aparato se despegaba del pretil de roca y caía hacia el valle ganando velocidad aerodinámica.
Dentro de la cabina medicalizada, a ciento ochenta kilómetros por hora, Maite se arrodilló junto al herido.
El monitor Corpuls3 mostraba un ritmo nodal lento a veintiocho latidos por minuto con una presión arterial invasiva de cincuenta y ocho sobre treinta y cuatro milímetros de mercurio.
Maite conectó la línea de oxígeno del helicóptero al mezclador del oxigenador de membrana del ECMO, fijando una fracción inspirada de oxígeno ( FiO2 ) al cien por cien y un flujo de barrido de tres litros por minuto.
—Temperatura esofágica en veintidós punto cuatro grados —anotó en la tableta clínica digital de Osakidetza—. Mantenemos flujo continuo de dos mil setecientos mililitros por minuto. Perfusión cerebral estable.
A las 06:34 horas, el Airbus H135 sobrevoló la ría de Bilbao y realizó una toma perfecta sobre el helipuerto de la azotea del Hospital Universitario de Cruces.
Un equipo de seis cirujanos y perfusionistas liderados por la Dra. Miren Mendiluze esperaba con la camilla de quirófano lista para la transferencia directa al Box 1 de Politrauma.
Simultáneamente, a las 06:40 horas en Pagomakurre, Mikel Goikoetxea se colocó de nuevo el casco con iluminación frontal Petzl Duo S y ajustó su descendedor al cable de descenso.
El sargento Mendizabal le entregó un nuevo juego de botellas de oxígeno de composite y dos mantas térmicas de rescate.
—La ventisca se está cerrando por la cara de Orozko, Mikel. Las nubes bajarán a cota seiscientos en menos de una hora. Si no sacamos a los otros tres espeleólogos antes del mediodía, nos quedaremos aislados en la sima sin apoyo aéreo.
Mikel miró hacia la mole pétrea de Itxina que se desvanecía entre la niebla blanca.
—Tenemos cuerda, tenemos generador y tenemos el deber de sacarlos con vida. Bajemos.
Mikel se arrojó al vacío del pozo de entrada, deslizándose a toda velocidad hacia las profundidades de la cueva.
A las 06:45 horas, las puertas automáticas del Box 1 de Reanimación de Cruces se abrieron de par en par.
El equipo quirúrgico conectó la consola central de bypass cardiopulmonar Maquet HL 20 , iniciando el calentamiento del circuito a un gradiente controlado de dos grados centígrados por hora.
La Dra. Mendiluze colocó los electrodos epicárdicos temporales y comprobó el estado de las pupilas del paciente.
—Midriasis reactiva lenta, reflejo corneal preservado. Este hombre tiene una oportunidad real de recuperación neurológica completa gracias al inicio precoz del ECMO en la cueva —dictaminó Miren mirando a Maite—. Gran trabajo en esa montaña, Maite.
—El mérito es de Mikel Goikoetxea y sus rescatadores, Miren. Sin ellos, este hombre seguiría congelado bajo ochenta toneladas de nieve.
A las siete de la mañana, los perfusionistas de Cruces calibraron el sensor de flujo electromagnético del bypass central, asegurando un índice cardíaco de dos punto cuatro litros por minuto por metro cuadrado de superficie corporal.
A las siete y cuarto de la mañana, el banco de sangre de Cruces reservó cuatro concentrados de hematíes O negativo y dos unidades de plasma fresco congelado precalentados a treinta y siete grados para la reposición volémica.
A las siete y media de la mañana, el analizador de gases en sangre Radiometer ABL90 confirmó un pH de 7.31 con exceso de bases de menos cuatro y lactato en descenso a 2.8 mmol/L.
A las ocho menos cuarto de la mañana, el helicóptero Airbus H135 repostó cuatrocientos litros de combustible de aviación JET A-1 en la plataforma elevada del hospital para estar listo ante el segundo aviso de extracción.
A las ocho de la mañana, los familiares de los espeleólogos encendieron velas blancas ante la imagen de la Virgen de Begoña en el oratorio del hospital, orando por la vida de los atrapados.
A las ocho y cuarto de la mañana, Maite Otxoa tomó un tazón de café con leche humeante y una tostada de pan rústico con aceite en la sala de médicos antes de reincorporarse a la unidad aérea.
A las ocho y media de la mañana, Mikel Goikoetxea alcanzó la cota menos ciento cincuenta metros (-150 m) en Supelegor, asegurando las cuerdas guía para la extracción del segundo herido.
A las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, el sargento Mendizabal taladró dos nuevos anclajes en la roca viva para montar el sistema de tracción desmultiplicador 5:1.
A las nueve de la mañana, los rescatadores deslizaron el trineo rígido sobre las lajas de caliza cubiertas de barro, aproximándolo a la sala donde aguardaban los otros tres expedicionarios.
A las nueve y cuarto de la mañana, se comprobó que las tres baterías de repuesto mantenían el cien por cien de carga en sus fundas térmicas.
A las nueve y media de la mañana, Mikel transmitió por el cable de campaña que el segundo paciente presentaba fractura abierta de fémur e hipotermia moderada de grado dos (29.5 °C).
A las diez menos cuarto de la mañana, los sanitarios en la cueva colocaron una férula de tracción mecánica Donway en la extremidad inferior del paciente para realinear la fractura y cohibir la hemorragia interna.
A las diez de la mañana, el retén exterior en Pagomakurre limpió de hielo las tomas de aire de los radiadores de los vehículos todo terreno.
A las diez y cuarto de la mañana, los radiooperadores compartieron tazones de caldo caliente con fideos finos para mantener la temperatura corporal bajo el temporal.