CAPÍTULO 01 — LA ALERTA ROJA EN LAS CAMPAS DE ARRABA #2
A las seis menos cuarto de la mañana, los sanitarios de apoyo en el refugio dejaron listas cuatro camillas de vacío Ferno precalentadas con almohadillas térmicas químicas para recibir a los pacientes en cuanto fueran extraídos a la superficie.
A las seis de la mañana, la operadora de guardia en Txurdinaga asignó en exclusividad el canal directo Alfa-9 para coordinar la telemetría médica del ECMO entre la cueva de Supelegor y la UCI de Cruces.
A las seis y cuarto de la mañana, los mecánicos de vuelo de la Ertzaintza instalaron las palas calefactadas y los esquís de aterrizaje sobre nieve en el helicóptero bimotor Airbus H135 , manteniéndolo en alerta caliente con turbinas listas para despegar en cuanto abriera la visibilidad.
A las seis y media de la mañana, los veteranos del valle de Arratia encendieron lámparas de cera ante la imagen de San Bartolomé en Areatza, pidiendo la protección de la montaña para los rescatadores.
A las siete menos cuarto de la mañana, los voluntarios de Cruz Roja de Montaña sirvieron cazuelas de caldo caliente de gallina y verduras a los enlaces de radio que mantenían la vigilancia exterior en Pagomakurre.
A las siete de la mañana, Maite verificó en la repisa de entrada los termómetros de sonda timpánica esofágica de alta precisión, calibrados para registrar temperaturas corporales críticas entre catorce y treinta grados.
A las siete y cuarto de la mañana, el cabo Mendizabal desenrolló la bobina de cable telefónico blindado de campaña, fijándola con bridas plásticas a la pared de roca para asegurar comunicación por hilo directo con la superficie.
A las siete y media de la mañana, Mikel descendió los primeros quince metros con el detector portátil Dräger X-am 5000 , comprobando niveles de oxígeno al 20.9 % y ausencia total de monóxido de carbono o metano en el tiro de la cueva.
A las ocho menos cuarto de la mañana, los especialistas en espeleosocorro instalaron una polea bloqueadora Petzl Pro Traxion en la cabecera del pozo para evitar cualquier deslizamiento accidental durante el izado de sacas.
A las ocho de la mañana, Maite contactó por radio con la Dra. Miren Mendiluze en Cruces, confirmando que los circuitos de recalentamiento central de la UCI se encontraban en espera activa.
A las ocho y cuarto de la mañana, Mikel y Maite iniciaron el descenso suspendidos en el vacío de la gran sala de Supelegor, deslizándose suavemente por la cuerda estática hacia las sombras heladas del subsuelo kárstico.
A las ocho y media de la mañana, los haces de luz LED de los cascos iluminaron gigantescas cascadas de hielo fósil que cubrían los muros de caliza como cortinas de cristal milenario.
A las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, las botas de Mikel y Maite tocaron el suelo pedregoso de la cota menos noventa metros (-90 m), iniciando el avance hacia el meandro de los Neveros.
A las nueve de la mañana, el equipo de apoyo en superficie encendió el soplador de aire caliente por conducto flexible para inyectar aire atemperado hacia el pozo de entrada.
A las nueve y cuarto de la mañana, en el caserío Goiko-Enea , doña Arantza y don Joseba preparaban termos de café recién molido y bizcochos de nuez para enviar al puesto de mando.
A las nueve y media de la mañana, los rescatadores fijaron un nuevo anclaje en triángulo de fuerzas sobre una repisa de roca compacta a menos ciento cincuenta metros.
A las diez menos cuarto de la mañana, Maite comprobó que las dos botellas ligeras de composite de dos litros mantenían trescientos bares de presión estable.
A las diez de la mañana, Mikel y Maite sortearon arrastrándose una angosta gatera de diez metros de longitud entre la roca húmeda y el barro kárstico.
A las diez y cuarto de la mañana, el equipo desembocó en la inmensa caverna subterránea de la cota menos doscientos veinte metros (-220 m), donde los primeros ecos de los heridos resonaban en la oscuridad.
A las diez y media de la mañana, los mecánicos de la Sección de Montaña verificaron que el cabrestante de rescate con motor térmico portátil mantenía una tensión de tiro nominal de mil ochocientos kilos sin distorsión de tambor.
A las diez y cuarenta y cinco de la mañana, los bomberos de apoyo comarcal verificaron el cebado y encendido de las motobombas ligeras portátiles de achique para desviar los caudales de agua de deshielo que goteaban por las fisuras kársticas.
A las once de la mañana, los voluntarios de Cruz Roja sirvieron tazones de caldo de puchero humeante con hierbabuena a los enlaces de radio que custodiaban el repetidor exterior bajo la ventisca.
A las once y cuarto de la mañana, los vecinos de Areatza encendieron cirios votivos en el pórtico parroquial, orando por la vida de los espeleólogos atrapados y la protección de los rescatadores.
A las once y media de la mañana, la nieve cubría en silencio los robledales centenarios del fondo del valle, amortiguando los ecos lejanos de los motores de los vehículos todoterreno de emergencia.
A las doce menos cuarto del mediodía, don Joseba y doña Arantza colocaron sobre la mesa del zaguán las mantas de lana virgen de oveja latxa tejidas a mano para el ajuar de los heridos.
A las doce del mediodía, las tabernas del casco histórico de Areatza sirvieron raciones de morcilla tradicional de puerro frita en sartén de hierro a los conductores de los convoyes de suministro.
A las doce y media de la tarde, los viticultores de Orozko examinaron las cepas viejas de uva blanca cubiertas por la escarcha bajo las faldas del monte Gorbeia.
A la una de la tarde, don Joseba dio los últimos golpes de martillo sobre el yunque al acero forjado del piolet ceremonial que regalará a su hijo Mikel.
A la una y media de la tarde, una tabla de queso Idiazábal curado y ahumado con madera de haya presidió la sobremesa de los pastores en el caserío.
A las dos de la tarde, una cazuela de barro con alubias de Tolosa estofadas con berza y tocino de bellota reconfortó a los rescatadores de guardia en Pagomakurre.
A las dos y media de la tarde, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve en las gargantas kársticas que rodean la sima.
A las tres de la tarde, el párroco derramó agua bendita sobre las colmenas de madera del caserío para que las abejas resistan la dureza del invierno ártico.
A las tres y media de la tarde, doña Arantza sirvió bizcochos caseros de nuez con café caliente recién colado en la cocina baja de Goiko-Enea .
A las cuatro de la tarde, un grupo de montañeros veteranos encendió lamparillas de aceite ante el retablo de la ermita pidiendo una ventana de buen tiempo.
A las cuatro y media de la tarde, Mikel y Maite progresaron con paso firme entre bloques de caliza y charcos de agua helada hacia la sala profunda.
A las cinco de la tarde, Maite comprobó los niveles de anticoagulación y las conexiones luer-lock del oxigenador de membrana del equipo Cardiohelp .
A las cinco y media de la tarde, se verificó la carga de las baterías de litio calefactadas del videolaringoscopio McGrath para intubación orotraqueal bajo cero.
A las seis de la tarde, el sargento Mendizabal confirmó la nitidez de la señal de voz por el cable telefónico de campaña tendido hasta la superficie.
A las seis y media de la tarde, los rescatadores fijaron rodillos protectores articulados en las aristas afiladas de roca para evitar rozamiento en el cable de izado.
A las siete de la tarde, se tensó una tirolina de doble cuerda con poleas tándem para deslizar las mochilas pesadas de instrumental médico sobre el pozo intermedio.
A las siete y media de la tarde, Maite auscultó al primer espeleólogo localizado, registrando una temperatura timpánica profunda de 21.8 °C y ritmo cardíaco agónico.
A las ocho de la noche, se inició la perfusión intravenosa lenta de suero salino al 0.9 % precalentado a cuarenta grados mediante manguito presurizador térmico.
A las ocho y media de la noche, el paciente fue colocado sobre el colchón de vacío Ferno , extrayendo el aire con bomba manual para lograr una rigidez perfecta.
A las nueve de la noche, se aseguró la camilla nido Petzl Nest con cuatro cabos de suspensión ecualizados para el izado vertical por el pozo de noventa metros.
A las nueve y media de la noche, Maite comunicó a la Dra. Mendiluze en Cruces que el primer paciente saldría hacia la superficie en los próximos treinta minutos.
A las diez de la noche, los relevos de guardia en Pagomakurre mantuvieron la vigilancia de las antenas y el suministro de combustible al generador.
A las diez y media de la noche, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente con canela en la posada comunal, atentos a las noticias del rescate.
A las once de la noche, las campanas de San Bartolomé de Areatza dejaron listo su volteo para saludar con júbilo la victoria sobre la montaña.
A las once y media de la noche, Maite reguló el rotor electromagnético del equipo Cardiohelp , ajustando las revoluciones para mantener un flujo continuo de dos litros y medio por minuto sobre la línea arterial de recirculación sanguínea.
A las once y cuarenta y cinco de la noche, el sargento Mendizabal instaló dos cabos de amarre auxiliares de nueve milímetros para fijar las sacas estancas con los cilindros de oxígeno medicinal.
A las doce de la noche, la doctora Otxoa comprobó que la sonda esofágica registraba 22.1 °C, confirmando una leve ganancia térmica de tres décimas tras la infusión de cristaloides templados.
A las doce y media de la noche, Mikel repasó los cierres rápidos de titanio de la camilla nido Petzl Nest , acolchando la nuca del herido con compresas térmicas de gel para evitar lesiones por fricción.
A la una de la madrugada, los rescatadores colocaron un bloqueador ventral Croll en la línea de seguridad, eliminando cualquier riesgo de caída en caso de fallo del torno principal.